Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.

sábado, 31 de agosto de 2013

Memorias de antes de nacer

Memorias de antes de nacer:

            Aquí se está calentito, la verdad.
Uy, perdón, vayamos por partes: estoy en un útero.
            Y soy un niño tan pequeño que aún no he nacido.
Pero aún antes de nacer tengo una historia y creo que no está mal. Yo diría incluso que tengo mucha más historia, mucho antes de ésta.
Papá era cobarde y la voz suave de mamá dice que papá, antes de hacerlo con ella y concebirme a mí, antes de que viniera la cigüeña, estuvo con una prostituta. Papá estaba casado con mamá por la Iglesia, pero creo que eso no le importó mucho. Y contrajo una enfermedad que se llama gonorrea.
La gonorrea es una enfermedad de transmisión sexual provocada por la bacteria Neisseria gonorrhoeae o gonococo según la Wikipedia.
La Wikipedia es una enciclopedia de internet que aún no existe, pero existirá unos cuantos años después de que yo haya nacido.
En estos días, mientras yo aguardo acogido en un vientre repleto de comodidades, mi mamá y mi papá se contentan con leer la Gran Enciclopedia Larousse, que no está mal para los tiempos que corren, aunque se quedará desfasada, ya lo verán. Yugoslavia ya no será lo que es.
Pero volvamos a la gonorrea. A mí el nombre me recuerda a Sodoma y Gomorra, y lo de gonococo me suena a comecocos. Bueno, aún no, claro.
Comecocos… waka, waka, waka.
La gonorrea en el feto –y desgraciadamente yo soy uno de ésos, un feto– puede causar ceguera durante el parto y la muerte o aborto durante el embarazo, supongo que si entonces causara ceguera, no sería muy importante…
Pero la verdad es que yo aquí no sé si veo nada. Bueno, seamos sinceros, tampoco puedo tener pensamientos conscientes, articular lenguaje y ni mucho menos relatar historias, ¿qué se han creído ustedes?
¡Si ni siquiera sé cuántos soy! Por lo que a mí respecta yo podría ser gemelos o trillizos, u octillizos como los de Apu.
Apu es el tendero indio –de la India– de Los Simpsons, una serie de dibujos cuyas primeras diez temporadas son magistrales. La verdad es que la serie tampoco existe aún pero no le queda tanto como a la Wikipedia.
Regresando al interior del vientre materno nos volvemos a encontrar conmigo. Y yo tengo miedito, porque puedo morir. Y mamá sabe que el embarazo no va bien, lo supo desde el primer momento. No sabe por qué lo sabe. Pero sabe que lo sabe, porque es una madre, ha tenido más hijos y, sobre todo, ha prestado atención a lo esencial. Y ha interrogado a papá porque se hizo pruebas y el médico se lo dijo, le dijo: “tiene usted gonorrea”. Porque cuando yo estaba por nacer aún se llamaba a la gente de usted en el ambulatorio independientemente de la edad que uno tuviera. Esperen, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí, que tengo miedo.
Y mamá también tiene miedo.
Y papá le dijo que la habría cogido en la ducha –hablo de la enfermedad–. Y mamá pensó que “este hombre es tonto”. Luego pensó “y lo peor es que cree que yo soy tonta, aunque lo peor es que eso no es ni mucho menos lo peor, ojalá”.
Y a pesar de que aquí se esté calentito, el cuerpo de mamá quiere expulsarme. Quiere enviarme ahí fuera muerto… Porque éste no es un buen año para nacer de veinticinco semanas. Uno se muere sin remedio. Cuando haya móviles con internet y libros electrónicos dará igual, pero ahora no. Uno se muere. Y, porque no puedo, pero si no, diría que no quiero morir. Aunque, ahora que lo pienso, ¿seguro que el cuerpo de mamá quiere desprenderse de mí? ¿Y no será al contrario? ¿No será que su cuerpo y su corazón y su amor y su mente son como una misma cosa que está desafiando a la enfermedad? Porque yo soy una manifestación de la realidad o algo así, y, ¡eh, estoy aquí dentro!
Pero si logro nacer seré –probablemente– ciego. De ser así no sabré qué son los colores y la gente me preguntará qué veo y yo les diré cualquier cosa porque no sabré qué dicen. Y ellos me preguntarán si veo negro y yo les diré que “estaría bien eso de ver el color negro pero es que no lo entiendo”, “pero tienes que ver algo”, ésa es la gente.
La gente es un poco lenta –o rápida en exceso– cuando hay demasiada junta.
Pero voy a morir. Así que no va a pasar nada de eso.
No lo digo por decir, lo dicen los médicos. Esto es lo que se llama un argumento de autoridad.
Mi papá es un irresponsable. Mamá ha aprendido que siempre lo fue, pero antes, aunque él hacía las mismas cosas, ella no era capaz de verlo. Me pregunto… si vivo, ¿lograré detectar esa clase de cosas en los demás y en mí mismo? La verdad es que en este preciso momento no sé qué implican, pero suena importante.
De repente me calmo. Mi madre está recordando sus propias fuerzas. Porque ella siempre lucha, porque ella siempre supera, porque ella siempre vence, porque ella siempre ha podido con todo. Porque siempre ha hecho lo que tenía que hacer, hasta sus últimas consecuencias y si no, ha sabido rectificar. Y ella sabe que me quiere. Y que esta vez tampoco se va a rendir. Luchará por mí, siempre. Aunque papá dice que sus hijos no tienen ningún problema. Pero mamá sabe lo que hay. Y lucha. Creo que no podría luchar si mintiera como papá, aunque eso es demasiado complicado…
Siento hablar tan apresuradamente, pero es que hay bastante movimiento fuera de aquí: mamá lleva unas horas sufriendo un dolor insoportable en un hospital, los médicos le dicen que está abortando. Papá no está. A mí el tiempo se me pasa volando. Tal vez porque no comprendo nada.
Y ahora saldré. Vivo o muerto. Como en los carteles de esas pelis del oeste en los que aparece un tío feo con bigote y muchos símbolos del dólar.
Será como jugar a cara o cruz, supongo. A simple vista podría parecer que no estoy en lo que podríamos llamar una posición favorable, sin embargo tengo la energía y la valentía de mi madre de mi lado, reproduciéndose en mi corazón.
No es soberbia pero yo apostaría por mí mismo.
Si pierdo tampoco me voy a enterar…
Bueno, ni si gano.
Pero entonces me reiré y seré un milagro.
Y un día veré las series que me gustan en una televisión de ésas de pantalla plana súper grandes. Y comeré nocilla. Y haré otras cosas que no sonarán tan triviales, claro. Pero también podré hacer cosas de las llamadas “triviales” y eso tiene su valor.
Y un día hasta puede que llegue a cuestionármelo Todo.
Quizás mientras como nocilla.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sólo una frase

Sólo una frase:

De pie –ante la belleza de la realidad– estaba a punto de darse cuenta de que siempre había creído en la sencillez de la magia.

viernes, 9 de agosto de 2013

¿Quieres una birra?

“Tenemos una niña a la que, a veces, digo –también con alegría–: no sirves para nada”. JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO.

¿Quieres una birra?:

Me follo a Ana.
Me follo a Sara.
Me follo a Estefanía. A ésta hay que pagarle.
Me follo a Alba.
        Alba me mira, le digo que podemos volver, que he cambiado, que ya no soy el hombre que era, que no volveré a engañarla. Me dice que no me cree, así que contraataco. Le digo que fue culpa suya, que no debería ser tan severa, que no debería hacer según qué cosas. Ella me dice que me meta mi chantaje emocional por el culo, si es que el karma no me lo ha destrozado ya. Que no quiere volver a verme. Me voy.
El humo de un cigarro sobrevuela la calle.
La boquilla se enciende.
Se apaga.
Despierto.
Mis hijas me sonríen a la hora de cenar, yo les digo que el karma es una tontería de los putos chinos, que si existiera el karma la gente mala debería morirse, ¿y no estaban ahí los multimillonarios apestosos, pudriéndose entre millones, y los dictadores y esa gente?
El tubo fosforescente del baño parpadea por la mañana, como la advertencia de la estupidez de la vida, de pensar sobre la vida. Parpadea intermitentemente, con un zumbido. Parpadea más que de costumbre, y finalmente se funde. Porque eso es nuestra vida, joder, fundirnos trágicamente, olvidados, solos… sustituidos por otra fuente de luz que también se va a apagar.
Quedo con Sonia.
Tengo unas hijas preciosas, le digo a ella.
Nunca confiéis en nadie, les digo a ellas.
Se portan bien, y a veces aprueban todas las asignaturas, le digo a ella.
La gente es esencialmente hija de puta, les digo a ellas, pero vosotras sois mis colegas, ¿no? No soy mal padre y les dejo acostarse tarde, bueno, tampoco demasiado, que no soy mal padre.
Sonia desaparece.
“¿Quieres follar?”, me pregunta Silvia. “Yo quiero”, me dice, hay una dulce impaciencia en su voz, es una voz de… de… de guarra. Tendré que darle lo que está deseando.
Me emborracho con Juan y con Sergio, hablamos de mujeres, de cómo son.
“Nadie me ha follado como tú”, me dice Ana un día al encontrármela por la calle, y claro, me dan ganas de tirármela, porque no hay nada mejor que se le pueda decir a un hombre. La respuesta a todo es exactamente esa bendita frase.
Tengo que encargarme de mis hijas, y lo hago cada día. Y eso que me gustaría estar en el bar o yendo con mis amigos de marcha… algo que no fuera estar tan pendiente de ellas…
“¡Todos los hombres sois iguales!”, me suelta Lucía, la mayor de mis hijas. Algún hijoputa la habrá dejado o algo así. Cierra la puerta de un portazo y se encierra en su habitación. “¿Quieres una birra?”, le pregunto, no responde. Yo voy a por una.
Abro el frigo.
No sé ni para qué viene a decirme esa mierda.
Cierro el frigo con el sonido del portazo amortiguado.
Vanesa, la pequeña, es más inocente aunque su nombre sea una horterada que le impuso la irresponsable de su madre. Abro la lata, suena ese siseo burbujeante escapando a toda prisa. Doy un sorbo. De todas formas Vanesa ya empieza a preguntar y claro, ¿cómo voy a mentirle? La vida es una puta mierda y se lo digo.
Me emborracho con Juan, otra vez. Lucía estará de fiesta por ahí enrollándose con algún gilipollas que espero que no traiga a casa. Detesto oír a otras personas follando cuando yo no tengo el gusto. Vanesa se habrá ido a ver la tele, seguro. Le doy un sorbo al whisky mientras se lo explico a Juan. Yo creo que no se duerme a su hora ni de coña, seguro que se levanta, enciende el televisor y cuando oye la puerta lo apaga y se va corriendo a la cama. Es demasiado lista.
Saludo a Pablo por la calle. El muy cabrón no me devuelve el saludo. ¿Quién se habrá creído que es?
“Un puto gilipollas, eso es lo que eres” me espeta mi hija Lucía, a saber por qué… “Hay padres solteros que saben qué significa ser padres”, continúa, “¿tener hijas que te insultan?”, le respondo, ella se va a dar una vuelta.
Vanesa me pregunta qué le pasa a su hermana “tendrá la regla”, le digo. ¿Yo qué sé qué le pasa? Dios, me dieron una niña contestataria sin un puto manual de instrucciones… es injusto, joder. Y encima si me descuido, Vanesa empieza a pintar las putas paredes con un rotulador o lo primero que pilla… Pero en vez de vigilar las paredes le digo: “No confíes en nadie, Vanesa, la vida no es como en las películas, a los malos no se les ve venir de lejos ni nada, los tíos te van a engañar por otra con mejor culo y no vas a ser una estrella de rock, te lo aseguro. Y te lo digo porque te quiero, no quiero que te lleves más hostias de lo debido, ¿me oyes?”. Ella asiente obediente.

–¿Alguien ha visto mi móvil?, no encuentro mi móvil –se produce un silencio incómodo hasta que Javier vuelve a lanzar su pobremente soterrada acusación al aire–. ¿Mi móvil? Lo había dejado aquí. ¿Nadie lo ha tocado?
–No lo he visto –finalmente me veo forzado a responder.
–Tú nunca ves nada, cariño, no sé ni para qué pregunto.
–¿Qué pasa, papá? –dice Raúl sin apenas interés, mirándonos a ambos vagamente, dejando en nuestra mano decidir a quién se dirige.
–No sé dónde está el móvil –le responde Javier–, seguro que alguien me lo ha cogido.
–Lo he visto encima de la mesa hace un momento –indica Raúl.
–Vale, ahí está.
Nos metemos en el coche, me detengo unos instantes pensando en algunas cosas relativas a la exposición que tengo organizada para hoy, repasando mentalmente cada punto, como si necesitase un impulso para…
–Manuel –me interpela él malhumorado–, ¿vas a arrancar hoy? –su tono de voz me hace sentir como un idiota. Pero arranco.
–No me hables así, por favor –siento la tensión carcomiéndome, ¿mis piernas se estremecen con un temblor? Sólo son palabras…
Pero él se sorprende, ¿cuándo me he atrevido yo a decirle no ya lo que siento, que no he sido capaz; sino simplemente “no” a algo?
–¿Así, cómo? –me inquiere muy erguido, casi tenso, clavándome al asiento del conductor con una mirada que trato de contener más allá de la periferia de la mía–. ¿Qué pasa, tengo que soportar consejos de un tío que me puso los cuernos, es eso? –lo hice y juré no hacer nada parecido jamás… fue horrible, la estúpida respuesta que comúnmente se conoce como un ataque de cuernos, y él me lo recuerda, como si fuera casto y puro, cuando tiene la menor ocasión. No sé si es una ironía o un absurdo o…–. ¿Así, cómo, Manuel? –insiste.
Me quedo callado durante unos instantes sintiéndome culpable, ni siquiera me veo con fuerza para decirle que no hablemos de eso delante de Raúl.
La culpa…
La culpa es como LSD en mi cerebro –aunque yo no sé cómo es el LSD en el cerebro de nadie–, el caso es que va transfigurándolo todo. Pero en vez de tener una experiencia mística de ésas que te acercan a Dios, a Buda o al puto mundo del Mago de Oz, tengo un mal viaje. En fin, siempre es un mal viaje. Como el de cada mañana al trabajo, más o menos.
–Olvídalo… –dice él reteniéndolo en la memoria–. Raúl, pórtate bien en el cole –le pide con una sonrisa radiante.
Raúl está cada vez más… apagado. AYER LE PEGÓ A UN NIÑO. Por lo visto no fue exactamente una pelea sino más bien una agresión bastante unilateral. Nos llamaron del colegio. Tengo que hablar con él… ¿Por qué demonios ha hecho algo así? No es mal chico, recuerdo cuando era un poco más pequeño y pasábamos horas jugando en el parque al columpio, al balancín y esas cosas… Es un chico muy bueno. ¿Por qué le habrá pegado a otra persona?
Se cierra la puerta, el coche vuelve a ponerse en marcha con un ronroneo. El magnánimo silencio de Javier no dura mucho, en seguida vuelve a saltar con el tema:
–Manuel, no eres nadie para hablar de moralidad. ¿Quién te crees que eres? Tú también lo hiciste –me recrimina, afortunadamente ahora a solas.
–Tienes razón –me rindo, como siempre.
Está bien, pronto le dejaré en el trabajo, tal vez hoy no salga del coche gritando. Gritándome. Tampoco es que grite en general. Me grita a mí.

miércoles, 31 de julio de 2013

Matanza

Matanza:

La gravilla gris parecía un todo fundiéndose con los escombros ennegrecidos de la casa calcinada y en ruinas. Retazos de hierba luchaban por verdecer el paisaje aunque tan sólo alcanzaban a parecer manchas oscuras en medio de una nada lítica.
Las nubes cubrían el cielo, el viento rugía y se abría paso ululando entre los árboles desnudos, entre los cuerpos de las cinco personas que estaban allí.
Cuatro desmontaron junto al linde del bosque, aún en el camino, armas en ristre.
La espesura constituía un terreno demasiado peligroso para los caballos: los árboles, aunque desnudos, estaban demasiado cerca unos de otros y sus raíces descomunales saltaban aquí y allí, salvando piedras y socavones, buscando un lugar por el que horadar un suelo duro y macizo que les expulsaba.
Nai –la quinta figura sin montura–, observándolos al abrigo de los árboles, tomó su hacha y su escudo, ajustándose las correas al brazo cuidadosamente, sin prisa. Después dejó planear su mirada por encima de cada uno de ellos: tres hombres y una mujer.
Los animales inquietos olían el tiempo cambiante a la intemperie y lo recibían con aprensión, piafaban y resollaban intranquilos tras los guerreros.
El vendaval arreciaba pugnando por transformarse entre torrentes gélidos y cálidos, desatándose y comenzando a rugir. Los rayos asolaban implacables las llanuras más allá, cada vez más cerca. El cielo oscurecía.
Nai esperó…
Y, en un momento dado, se tensó.
Se tensó sin una palabra cuando se lanzaron tres de ellos al ataque, la cuarta quería cubrir más distancia para pillarla desprevenida por detrás.
Correr, blandiendo espadas, una maza… Correr y saber que bien podría acabar la vida ahí mismo.
Un preciso movimiento de cadera y Nai esquivó un precipitado tajo horizontal que quería encontrar su cabeza.
Cercenó la mano del arma de su oponente notando la endeble resistencia del hueso contra el acero afilado y los tendones seccionados bajo su mandato.
La sangre la salpicó. El rostro de un hombre atractivo que tenía por nombre Maer se contrajo de dolor y profirió un alarido que reverberó en la cabeza de Nai mientras caía de hinojos con un sonido sordo. Se aferraba a lo que sólo era un muñón sanguinolento en vano.
Nai tuvo que interponer su escudo contra un golpe y una estocada de dos de sus enemigos, cuidando de desviar esta última hacia la izquierda, lejos de sí. Había un hueco abierto entre el torso y la maza que portaba uno de sus adversarios y Nai clavó su hacha en aquel tronco expuesto con un movimiento ascendente.
Maer gritaba.
El cuerpo de Thearas se desplomó sin vida junto a su maza, arrastrando a Nai con su peso que, ladeada de mala manera, asía el mango de su arma y tanteaba y forcejeaba para sacarla de aquel tórax con rapidez.
Nai consiguió detener otra estocada de Vaesel, un tipo con mirada de asco, con su rodela mientras desencajaba el hacha de las costillas del cadáver con un crujido.
Los aullidos del guerrero sin muñeca no cesaban, llenando el bosque muerto.
Unos cuervos comenzaron a graznar, esperando su justo banquete.
Escuchó el sonido de unos pasos tras ella, corriendo.
Le dio un hachazo en el cuello al de la mirada de asco tras balancear y equilibrar su arma. Le rajó la carótida.
Las gotas de sangre se deslizaban por el filo curvo de su hacha mientras ella se daba la vuelta para encarar a la mujer que debía de estar ya muy cerca.
Al tiempo que giraba sobre sí misma se agachó mientras flexionaba las rodillas barriendo con el escudo las piernas de Nallalon, la mujer tuerta. Su contrincante salió despedida, cayendo justo detrás de Nai la cual, volviéndose de nuevo y sin poder detenerse a calcular apropiadamente el golpe, descargó toda su potencia hacia abajo, clavando el arco que describía la cabeza de su hacha en el estómago de la tuerta Nalallon. Extrajo la hoja con una estela carmesí tras ella.
Nalallon trataba de recogerse las tripas mientras vomitaba sangre, sintiendo cómo se le escapaban los intestinos con cada respiración, con cada contracción que le asestaba el dolor.
El tipo atractivo del muñón, Maer, era persistente y sus chillidos seguían eclipsando el sufrimiento ajeno.
Nai decidió recompensar las súplicas de la tuerta con un tajo en la garganta y el sonido de un gorgoteo grotesco extinguiéndose en el silencio roto que eran los gritos.
Después volvió su atención a Vaesel, el de la mirada de asco, que malherido en el cuello sollozaba, pálido, de rodillas, intentando contener la sangre que manaba de una herida demasiado profunda y se derramaba oscura por entre la suciedad de sus dedos manchados, sabiéndose muerto, pidiendo clemencia con los ojos.
Ella incrustó el hacha en su sien y, con el crujido del hueso al quebrarse, dio término a su patético lloriqueo.
El filo tenía pegados pedazos de vísceras y pequeñas astillas óseas entre surcos rojos.
Maer, apoyado sobre un árbol, no había dejado de chillar durante aquellos largos trece segundos.
La guerrera se dirigió hacia él.
Empezó a llover. Primero cuatro gotas arrastradas por el viento que ya soplaba con fuerza, luego torrencialmente.
Los gritos cesaron para dar paso a unos terribles graznidos que tomaron el mundo bajo el estruendo de la tormenta que se alzaba sobre los caídos.
Plumas negras y lluvia limpiando sangre.
Y Nai.

–Los hombres siempre buscan una respuesta en la sangre –le había dicho la eterna Sonrisas a Nai hacía ya tiempo, mientras extendía sus alas negras sobre una montaña de calaveras, iluminada por el fuego de las nubes ardiendo–, y a la vez temen que detrás de la violencia no haya nada, que alguien pueda matar sin justificación. Lo sienten vacío, lo sienten absurdo. Siempre me ha parecido curiosa esa distinción. Y la estúpida ilusión de que hay una violencia que tiene alguna razón de ser, por remota que ésta sea. Sólo eres otra humana con un montón de motivos que no existen –liberó una carcajada al viento y desapareció entre sus ecos.
–¡No me importan tus palabras! –le había gritado Nai al vacío que quedaba–. ¡Estás loca! –exclamaba mientras el mundo de los hombres volvía a ser lo que ella recordaba y desaparecían la muerte y el fuego de la vagabunda Sonrisas para dejar paso a otra muerte, a otro fuego y a otras alas de plumas negras.
Llovía.
Y Nai seguía ahí, rodeada de cadáveres siendo devorados.
Sonrisas, perdida entre los ángulos del espacio-tiempo, sonrió divertida: esa gente seguía empuñando una espada en nombre de la justicia. Absurdo.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Rompido y arreglado?


¿Rompido y arreglado?:

–Hermana, ya tengo todos los pedazos de tu corazón, sé cómo arreglarlo –dijo con su voz infantil sentado sobre una valla al sol de la tarde frente al mar.
–Jugaremos al escondite, cierra bien los ojos –ella era mucho mayor que él. Le gustaba cuando se divertían porque sus pies flotaban. Los rayos del sol caían dulces sobre su hermoso rostro, iluminándolo.
Echó a correr, un autobús se cayó del cielo y, aprovechando, se escondió detrás. Su larga melena seguía el viento que ella cortaba.
Él abrió los ojos cuando terminó de contar, no había huellas en la arena.
–Sé que estás detrás del autobús –dijo el pequeño confiado.
–¿Y cómo lo sabes? –se oyó la voz de su hermana mayor que estaba hurgándose la nariz.
–Porque soy tu hermano, y sé lo que sabes –estaban abrazados, tumbados sobre la hierba de un parque, tal vez hacía más sol–. ¿Por qué nadie entiende tu dolor, hermana? ¿Es porque tú no quieres entenderlo?
–Yo creía que me odiabas… –su tono se diluía en la cerilla que encendía el cigarro de alguien.
–Yo nunca te he odiado. Sabes lo que pienso del odio. Tú me conoces mejor que nadie, ¿cómo has llegado a pensar eso? –quiso saber ser cándido y no sólo curioso.
–No lo sé… –respondió ella colgando de la decepción de un abrazo que nadie le había dado.
–No busco andar tu camino, pero tu camino y el mío… andan juntos, porque somos hermanos yyyy… y eso nunca se olvida. Cuando matas gente…
–¿Mato gente? –quiso saber entretenida y condescendiente, muy adulta.
–Sé por qué lo haces, y sé que no quieres hacerlo, pero lo haces. Ni siquiera quieres saber que lo haces. Por eso dices que todo ha cambiado una y otra vez aunque sea mentira, mientras vuelves a matar.
–¡Silencio, hermano! –corrió a esconderse detrás del poder y de la culpabilidad, la culpabilidad de él.
–No hagas eso, es triste… ¿querrías matarme a mí también? –le preguntó él y ella se echó a llorar. Y el poder se transformó en temor puro, y la culpabilidad de él se convirtió en la inseguridad de ella–. ¿Serías feliz si yo muriera?
–Sí, sí lo sería –contestó ella. La verja espinada de un campo de concentración había atravesado el suelo de tierra, resquebrajándolo, y se extendía ante ellos, separándolos.
–Cantas y lloras y te preguntas por qué sé dónde te escondes –dijo él. Estaban en la azotea de un edificio, viendo la noche en la ciudad–. Y cuando lloras también engañas.
–Calla.
–Está bien –él calló y ella aguardando, crispados los puños, absorbiendo la fuerza de las nubes en una espiral, temblaba sin poder apenas controlarse. Y estalló y las nubes cayeron pesadas aplastándolo todo mientras se hacían añicos y ella gritaba:
–¡No! ¡¿Cómo vas tú a arreglar mi corazón?! ¡No…! ¡Sólo eres un crío! ¡Mientes!
Él se acordó de lo que ocurría, del dolor que había querido dominar el mundo entre rojo y negro y metal. El mundo de su hermana…
–Tu corazón se deshace… –afirmó el niño–. Pero sé cómo arreglarlo. Y tengo todos los pedazos. ¿Lo ves? –dijo mostrándoselos.
–No quiero tus palabras –le espetó. El orgullo la empujó y ella cayó al suelo.
–¿Palabras? –dijo él ayudándole a levantarse como pudo.
–¡Nunca más! ¡Vete! –no gritaba, lloraba, y las lágrimas temblaban chillando por ella.
–Bueno, pero tú sonríe –le pidió tomando prestada la esperanza que moraba tras el tiempo, cerca del beso de una madre.
Ella se fue corriendo y se escondió en el olvido y en el odio hacia sí misma y él sonrió inocente, no era tonto.
–¡Te mataré, soy un demonio! –clamó ella asomándose–. ¡Odio tus mentiras! ¡Mentiroso! ¡No puedes encontrarme! ¡Nunca más! ¡No me entiendes, no me conoces, no sabes nada! ¡Sólo juegas con las palabras!
–No quiero encontrarte, hermanita. No quiero encontrar nada, con estar aquí me vale –le aseguró con el cuerpo sumergido en un cálido manantial mientras ella le lavaba con una esponja–. Entiendo tu dolor, entiendo por qué engañas, entiendo por qué lloras. Pero yo no quiero nada de eso, ni tenerlo cerca. Esas cosas no son…
–Entonces, ¿qué quieres? ¡¿Qué haces aquí?! –gritó impotente en una fugaz explosión de ira–.  Todo el mundo quiere algo… –resolvió tan agotada que no podía estar desesperada–. Hermano, todos quieren…  ¿Qué quieres? –no esperó a que él le respondiera y huyó a la realidad de la playa soleada de nuevo y se escondió detrás de una pintada dejada sobre una pared de cemento. Y las lágrimas que habían caído dejaron un rastro tras ella.
Él la siguió sin mayor problema, levantando los colores del grafiti como si fueran una sábana para encontrarla encogida en una sombra. Y ella susurró apocada sin poder encontrar ya más furia, acurrucada bajo su propio miedo:
–¿Qué haces aquí?
–Nada.
Ella le miró y él entendió lo que ella decía: “¿qué es esto, hermano?”.
Él la miró diciendo: “eso no importa”.
Ella le miró sintiéndose perdida: “¿somos como personajes de un libro?”.
Él la miró, ella entendió lo que él decía: “somos tú y yo”.
Volvieron a la conversación con palabras.
–Oye… ¿crees que soy mala? –el llanto se secaba en su rostro.
–¿Mala? –repitió él profundamente extrañado–. ¿Qué es eso?
–Gente que no sabe lo que hace ni por qué lo hace y luego dice que no lo ha hecho.
–Pues entonces… no creo que nadie sea malo de verdad.
–Yo… yo sólo quería jugar al escondite –musitó ella–. Quería jugar contigo y que tú me encontraras. No esconderme de… de todo… Todo el mundo puede, ¿por qué yo no?
–Todos tienen problemas, no se trata de eso… Te habías dejado esto por ahí –declaró el niño enseñándole los pedazos de su corazón–, a mí también se me ha olvidado alguna vez el mío, ya sabes, y he tenido mucho miedo.
–¿Mucho?
–Mucho, mucho –aseveró él con su voz infantil–. Y he sido las huellas del dolor, me he mentido y he llorado. Pero al final siempre he conseguido encontrar todos mis cachos, supongo que por eso sabía dónde estaban los tuyos –le entregó su corazón–. Igual te viene pequeño, porque es de cuando tenías mi edad y entonces era grande, pero como hace tiempo que anda perdido… Pero crece si lo usas, y se hace muy, muuuyyyyy fuerte.
–No lo entiendo, nadie puede arreglar mi corazón.
–Eso es cierto, es imposible que nadie lo arregle. Y… y además yo no quiero arreglarlo, eso da asco –le dijo a su hermana con una expresión optimista en los ojos.
–Sí, sí que da asco –comprendía exactamente a qué se refería su hermano. Le abrazó con fuerza.
–Esas cosas no se hacen –dijo apretando la cara contra el pecho de su hermana, bajando la voz–. Yo sólo te lo traigo, nada más. Esas cosas… Es como sentir lástima, confío demasiado en ti como para sentir lástima por que elijas destruirte, y además debes seguir matando si eso es lo que crees que debes hacer, aunque yo te diga que te veo sufrir tus mentiras –aclaró él retirándose un poco y mirándola risueño.
–Nunca he acabado de entender que me quisieras…
–No me importa, si hubiera una razón no te querría. Sólo quiero que sepas qué significa que una persona quiera a otra incondicionalmente, ilimitadamente. Sabes que te quiero y que siempre te querré. Y eso es muy importante, porque es mi regalo.
Contemplaban el horizonte, ahora sentados. El sol de un verano irreal parecía el sueño de un presente sólo para ellos.
Ella extendió su mano hacia su hermano y le sonrió como sonreía él, diciéndole:
–¿Quieres jugar? Jugar de verdad.
–¡Geniaaaal! –exclamó él tomando su mano y levantándose.

jueves, 11 de julio de 2013

Naciendo de mis cenizas

No tears from my eyes, strength from my wounds.
LAHMIA.

Naciendo de mis cenizas:

            He cruzado las tierras de la incomprensión y luchado contra el mundo en el reino del miedo. He creído las mentiras de la escisión. Me he vestido de tiempo ante las cicatrices del olvido. Y en los dominios del odio he muerto.
Pero buscaba otro lugar. Lo buscaba ávido de preguntas, desde mucho antes de que la memoria hiciera el amor conmigo, un lugar que mis ojos nunca antes habían visto y que sin embargo vagaba por mis recuerdos de lo que nunca fue y siempre tuvo que haber sido. Pensaba que ya no quedaba presente para seguir aprendiendo pero, una vez más, estaba en un error.
Me he contemplado naciendo de mis cenizas. Y ahora me alzo con alas de fuego.