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miércoles, 31 de enero de 2024

Rape me, my friend

Rape me, my friend:


Cuando tu pareja te viola a veces tienes que fingir el orgasmo, para que acabe rápido.

Un amigo de mi pareja me decía: "SI TE DUELE, TE JODES".

Por supuesto, ni siquiera sabía que me estaban violando como tampoco supe que me estaban maltratando.

Ni siquiera cuando me obligaban a decir que yo era una persona distinta y peor, ni siquiera cuando estaba tirada en el suelo e intentaba cubrirme de las patadas que me daba en el pecho y la espalda.

 Los años de pesadilla ya pasaron y sin embargo hay algo que permanece: "SI TE DUELE, TE JODES".

 

jueves, 2 de febrero de 2023

Todos somos capaces

Todos somos capaces:


Miro sus ojos y en ellos veo una persona viva y otra muerta, confluyendo en un presente opresivo, lleno de consejos bienintencionados que bien podrían ser un ancla que, en lugar de sujetar nuestro barco, nos ahoga en el fondo de las negras aguas.
No logro comprender por qué tanta gente elige a la persona muerta, es una forma reverente de arrogancia el decidir y obligar al otro a ser quien es a través de nuestra pupila, porque así le iría mejor, porque la queremos.
La persona muerta me aterroriza, puede andar, tal vez conoce la visión o el oído, quizás puede ayudar en casa o desempeñar algún trabajo. Es, en definitiva, una persona que no existe. Una persona capaz, pero que nunca jamás llegará a ser.
No podemos esculpir nuestras limitaciones para descubrir bajo ellas un núcleo puro y sin tara alguna, porque el núcleo también está hecho de la misma materia que el resto de nosotros. Esculpirnos es sólo un quitarnos para ocupar poco espacio, un ejercicio de substracción canibal sobre una misma, a fin de que que no se rasgen las vestiduras aquéllos que enarbolan el estandarte de la normalidad.
Ante mí veo a alguien con necesidades y capacidades diferentes que podría ser feliz pero se ahoga bajo el peso de todo aquello que debería ser, que da manotazos en el agua pidiendo auxilio mientras alguien se alegra genuinamente porque por fin mueve los brazos. ¿No estaba paralizada? ¿Acaso no se mueve ahora? ¿No será el ésta la clara señal de que sí podía con todo, tal y como pensábamos? Mientras, sin comprender y exhausta, muere y mueren sus ojos.
Hay una persona viva también, todavía está aquí. Necesita una silla de ruedas, un implante cloquear, unas pastillas o quizás comprensión. Necesita que no le hagan hacer malabares si es tuerta, que no le manden estar quieta si para aprender necesita movimiento, que no le hagan correr cien metros lisos si sus piernas no responden, que no la fuercen a tener un trabajo de ocho horas cuando el mundo es demasiado maleable para comprenderlo, tan cambiante que satura cada neurona y en su vaivén hace daño. Que no le digan que carece de valor por no ser otra persona que jamás podrá ser pues, por más que la obliguemos, sólo obtendremos de ella un cadáver que, pese a todo, no era como los demás y nunca hubiera podido serlo.
No eres una carga y no necesitas ser como aquéllos que te rodean.
Tus capacidades y tus necesidades sólo pueden ser un problema para quien te mira y cubre al tiempo sus ojos. Yo quiero verte, sin miedo.
Quiero verte y celebrarte.
Quiero verte y admirarte.




 

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Todos somos capaces by Marta Roussel Perla is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
Based on a work at https://martarousselperla.blogspot.com/.

domingo, 1 de mayo de 2022

Mood Indigo

 Mood Indigo:

 


          

Aprovecharé mi posición como escritor de éxito para comenzar a narrar una vivencia que muy posiblemente pueda encontrar al lector haciéndose un par de preguntas al final del texto. Se trata de algo que podría ser mundano pero que, como cada lectura literaria, tiene un elemento crucial que distingue la experiencia narrada de todas las demás, siendo este elemento no otro que la fealdad de una mujer.

Noto su inquietud, lector, preguntándose usted por qué clase de fealdad se trata y en ese sentido he de decir, sin ánimo de decepcionarle, que no es más que mera fealdad física. Lo especial del caso es que se concentra toda ella en el rostro de una sola mujer, a la que llamaremos S* a fin de proteger su identidad.

Conocí a S* en una suerte de cita doble que había organizado un amigo para mí (y para él y su novia de entonces, por supuesto). La historia es como sigue: la mujer que en primer lugar debía acompañarme no se podría presentar al encuentro a causa de una emergencia y mi amigo trató de encontrar sin éxito a una sustituta apropiada para que, lógicamente, viniera en su lugar. Si bien, esta mujer era la última de su lista y, por supuesto, mi amigo se disculpó de todo corazón conmigo tras la cita.

Sin duda he de hablar de ella, de modo que pueda usted entenderme, querido lector (tal vez lectora, si es que ha podido aguantar su crispación y ha conseguido llegar hasta aquí). Describamos pues su fealdad, aunque va a ser difícil ilustrar sólo mediante palabras la asombrosa imperfección de su rostro, que aunque había de ser forzosamente fruto del azar, llevaba a pensar inevitablemente en el esmero que la casualidad ponía en conseguir que cada pieza del puzle estuviera tan fuera de lugar y, no obstante, encajara de tal forma que llegaba a verse en esa cara una cierta armonía o, al menos, la perversión de la misma. Era un monumento a todo lo horrendo del mundo en términos estéticos sin que, a la vez, se apreciara ninguna clase de malformación de origen genético o enfermedad. Era una obra maestra de todo lo que no debía ser estéticamente posible en un ser humano.

Pero, comprenda, querido lector, que no lleva este relato el título de una canción de jazz por nada, sino como prueba de lo que nos unió aquella noche. Sepa usted que además de la trágica apariencia externa de esta mujer había en ella una personalidad magnética, pues raramente la vida nos maldice dos veces seguidas, siendo ella además una persona que disfrutaba del jazz, algo muy difícil de observar entre las nuevas generaciones. Y quizás cabe detenerse en ese hecho porque de entre todas las formas de arte es posiblemente la música la más perfecta: no hace falta entender el idioma en que la letra de tal o cual canción ha sido compuesta, ni que una canción tenga letra siquiera, la música consigue ir más allá, transpasando el umbral de inteligibilidad de nuestro pobre lenguaje, diseñado para comunicar a otro ser humano dónde estaba la comida y dónde no los depredadores, dejando atrás nuestras terribles limitaciones y llegando a la profundidad nuestra alma.

Como le comentaba al principio de este relato, si los hombres y mujeres no pueden tener amistades genuinas, debido indudablemente al componente sexual que siempre atará a un hombre y una mujer que conversen demasiado y lleguen a congeniar en la misma frecuencia de ideas e ingenio, sepan ustedes que ese día conseguí una amiga que todavía aún conservo, habida cuenta de que S* era tan fea que mi mujer, ya cuando me casé, se reía de cualquier consideración sobre el adulterio. Pero queda así claro que, quizás por una vez, un hombre y una mujer pudieron ser amigos, e incluso buenos amigos.

Y sepan disculparme algunos de ustedes: éste no es un relato que busque hacer enfadar al lector (ni a la lectora, si es que alguna mujer ha seguido leyendo hasta el final). Y si en cualquier caso encontrara usted en sí mismo enojo, siéntase libre de hacer con él lo que le plazca, ya sabemos que la rabia es útil cuando se emplea en el momento adecuado.

Y mientras suena Fontainebleau Forest en mi tocadiscos, me despidiré de ustedes. No olviden brindar por la fealdad, que por métodos inciertos también nos descubre el alma.

 


 

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Mood Indigo by Marta Roussel Perla is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
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martes, 30 de abril de 2019

Todas paseamos por la calle

Todas paseamos por la calle:

Si hubiese ido solo o con amigos lo hubiese entendido mejor, aunque no sé si “entender” es la palabra apropiada.
Supongo que no lo debió de pensar mucho o se le fue un poco la cabeza.
Bueno, ya me diréis vosotras, y vosotros, claro, cómo lo veis.
Yo me había agachado ligeramente y estaba arrastrando una de esas sillas metálicas de terraza por la acera, porque había una mesa libre pero nada para sentarse.
Y noté una mano que me agarraba el culo.
Y en ese momento me quedé en un breve estado de shock, porque a mí aún no me había pasado nada parecido aunque, como tampoco he conocido jamás a ninguna mujer que no haya sufrido abundantes abusos y acosos a lo largo de su vida, estaba mentalizada.
La calle no estaba muy transitada, inequívocamente había sido él.
Y él iba con una chica, así que durante un segundo más o menos estuve tratando de asimilar la situación. Esas cosas las hacen los machos cuando van solos o en manada, y, en general, no de día… ¡Y no acompañados de mujeres!
–¡No me toques el culo! –grité cuando me recompuse. Nadie se dio por aludido, en realidad casi parecía que estaba hablando sola, así que corrí un poco para salvar esos escasos metros que nos separaban y me puse frente a él.
–¡Tú, hijo de puta –me presenté, educada–, me has tocado el culo!
La chica le miró incrédulo y él lo negó.
–¿Pero ha sido un roce o…? –dudó ella.
–Ha sido un: “te agarro el culo bien fuerte”, ¿sales mucho con este imbécil?
–¡Esta puta loca está mintiendo! –se quejó él, creo que algo disgustado al ver mi cara porque debía estar pensando que, encima, con mis treinta y muchos años era demasiado vieja o demasiado fea, o alguna mierda de ésas.
En cualquier caso no debían de llevar mucho tiempo saliendo, conociéndose o siendo amigos porque la chica le miró como si fuera un perfecto gilipollas. Normal, anda que decir eso… Todavía un: “debe haber sido un malentendido”, o algo así hubiera podido hacerle ganar unos segundos, tal vez la discusión.
–Ya no –respondió ella tras pensárselo un poco–. Por favor, no vuelvas a llamarme –se despidió de él.
Y él tuvo la decencia de marcharse y, supongo que como ya no tenía nada que perder, gruñó:
–Zorra –tampoco a un volumen demasiado alto, el pobre debía de sentir su orgullo masculino herido.
Pero se fue y, mirad, mejor así.
Me da la sensación, según lo escribo, de que todo era un poco más surrealista de lo normal. Pero sólo un poco, porque la realidad ya es una puta locura.
En fin, yo estaba bastante cabreada y la chica, bastante decepcionada, a juzgar por su expresión.
–No te preocupes –le dije–, eres joven, cuando tengas mi edad verás a los capullos de lejos. De todas formas una… Siempre es complicado ver a través de una persona que está intentando impresionarte.
–Dios, soy… –iba a lamentarse ella.
–No –la corté–, no lo eres. Ni tú ni yo tenemos la culpa. ¿Quieres tomar algo? Te invito.
–Ufff… –dijo rindiéndose sobre la silla–. Muchas gracias.
–Bueno –suspiré con un alivio incómodo–, ha sido la primera vez que me acosan por la calle. Menuda mierda.
–¿La primera? –en ese punto a la pobre casi se le cortocircuita el cerebro, lo juro.
–Soy transexual… ¡he perdido mis privilegios! –la sonreí.
–¿Eres transexual? –repitió incrédula–. No se te nota.
–Es un cumplido bienintencionado y… bastante ofensivo, pero no te preocupes: es complicado acertar –asentí.
–Jo, perdona.
–No te preocupes, simplemente intenta pensar que soy una mujer y no un pato espacial y todo irá bien.
–Entonces –se le iluminó la cara–, si te dicen cosas como: “te maquillas mejor que yo”, eso no te sienta bien, ¿no?
Yo me reí y la respondí:
–Implicaría que no soy una mujer pero puedo hacer algo que es propio de mujeres, no sé cuál de las dos partes de la frase es peor.
Ella se rio, no era una risa amarga, pero el peso de la normalidad la aplastaba. El camarero vino.
–¿Qué desean? –quiso saber con una amabilidad muy profesional.
–Pide lo que quieras –le ofrecí.
–Ponme una 1906, por favor –se decidió ella.
–A mí, una Coca-Cola –dije a mi vez.
–¿Light? –me preguntó el camarero. Y yo me quedé un poco así, ya sabéis, aunque le contesté rapidito:
–Normal, gracias.
–Micro-machismos –me susurró ella.
Y, como no nos apetecía llorar, nos echamos a reír.


jueves, 31 de enero de 2019

¡Quería gritar!

¡Quería gritar!:

Siempre nos dicen que somos enemigas, que nos robamos las unas a las otras, que decimos una cosa y queremos decir otra y que así atacamos a nuestras compañeras y defendemos nuestra virtud para no parecer fáciles. Fáciles. Eso dicen. O difíciles. En el instituto leo fragmentos de poemas y en todos ellos las mujeres callan y su silencio las hace crueles.
Últimamente ha habido un problema en el instituto: los chicos perseguían a las chicas, muy romántico todo, las acorralaban después y las tocaban. Hay gente que dice que es el porno, no lo creo, también dijeron que los videojuegos violentos son la causa de asesinatos pero… ya analizaré el cine porno más adelante en mi vida, supongo. El aula en el que pasó eso no era mi clase, además nunca me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, leo y me pierdo entre las palabras. Pero, siendo sincera conmigo misma… ¿habría sabido cómo reaccionar de haber presenciado algo así?
Una vez un chaval me dijo que había participado en una violación en grupo teniendo catorce años, porque entre chicos se dicen esas cosas. Y no supe cómo gestionarlo, mis amigos se callaron conmigo, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, entre horrorizados y confundidos, y yo dejé de ver a ese tío. Videos porno, zorras, guarras… silencio. Odio a los hombres. A su mayoría al menos. No lo sé. A veces quiero gritar, pero gritar no es de buena educación. Y yo quiero.
¡Quiero gritar!
Soy joven aún, lo del odio se pasará, pero cada frase y cada comentario los recordaré con rabia, asegurándoles a mis amigas que ellas ni se imaginan cómo anda el patio.
Cuando estoy con mis amigas y con mis amigos viendo una película y les digo que es sexista me dicen que exagero y que veo sexismo en todo. Y tienen razón, ¡hay sexismo en todo!
Pero ahora somos adolescentes, dadle tiempo a mis amigos: uno de ellos será todo un feminista en el futuro, otra pasará en apenas dos años de usar la palabra “feminazi” a entender los abusos más sutiles dentro de una pareja, y así. Y dadme tiempo a mí, aún no he leído, aún sigo negándome.
No me gustan las fotos porque no me gusta verme en ellas, he convencido a mis amigos y amigas de que me llamen por mi apellido porque me asquea mi nombre, ser una mujer cis sería perfecto, ser trans… me llevaría a la prostitución, ¿verdad? Me da miedo, pero nunca soy más feliz que cuando puedo ser un personaje femenino en videojuegos, partidas de rol, relatos. En mi mente jamás he sido un hombre. Y aún no lo sé, pero acabaré en una relación en la que me maltratarán.
Supongo que tardamos un poco de tiempo en cortar con el machismo… nuestros hijos y nuestras nietas, nuestros tataranietos y sus hermanas lo tendrán muchísimo más fácil.
Cuando me miro al espejo no soy el reflejo. Me cuesta entender los roles de género y cada vez que veo una diferencia de trato entre hombres y mujeres algo se revuelve en mi interior, pero no todo está claro y tengo un amigo al que llamo “gay” para meterme con él porque nadie me ha explicado lo increíblemente misógina que es esa palabra y esa concepción de los roles. Porque yo sola no puedo saberlo todo, aunque todavía no lo sepa.
Aún siento que los travestis son un insulto a mi existencia, que son una burla a las mujeres. Necesito en mi vida a esa pareja de amigas que me explique que lo que hacen drag queens y drag kings es precisamente destacar la performatividad de los roles sobre el fondo de lo que llamamos sentido común. Aún creo que, aunque me operara, nunca sería una mujer de verdad a ojos del mundo. Pero los peques sabrán decir quiénes son, no queda tanto. No obstante, cuando yo tenía seis o siete años se decía entre susurros la palabra “maricón” porque esos hombres estaban mal de la cabeza, porque era algo antinatural. Y les pegaba la gente de bien. Y, a veces, les mataban. Lo recuerdo perfectamente, ¿y nosotras?, nosotras éramos parodias interpretadas por hombres o monstruos que no debían existir.
Pero un día las mujeres marcharemos sin miedo un ocho de marzo, decidiremos y, más tarde, mucho más tarde, viviremos en completa igualdad con nuestros compañeros. Parece tan lejano… hoy parece imposible.
De vuelta a casa un tipo que va en coche me pregunta por una calle. No sé dónde queda, pero decido ser maja con él y le respondo con amabilidad. Soy menor pero él me pregunta si chupo pollas.
Un poco más tarde un señor intenta explicarme cómo son las mujeres mientras irrumpe en mi espacio personal, en un bar en el que me he metido para comprarme un bollo. Sé lo que tengo que hacer: sonreír, asentir e irme.
¡Me gustaría gritar!
¡Me gustaría gritarle! ¡A él! ¡Decirle que me da asco, que no tiene ni puta idea, que no somos cosas y que no tenemos una puta mente colmena ni pensamos todas igual!
Ni somos todas igual. Y ninguna es lo que dice ese baboso. Y no somos lo que dicen capullos como él que compran mujeres.
Y si las compran, también pueden robarlas, ¿no?
Siempre por encima, quitándonoslo todo, las opciones, la dignidad, el trabajo, los derechos. Robándonoslo todo con sus bromas y su silencio. ¡Con mi silencio!
¡Necesito gritar!
Pero aún no se hacerlo.
Porque todavía no he comprendido todo lo que intuyo.
¡Sí, aún no se hacerlo!
¡Pero sabré!


lunes, 31 de julio de 2017

Autopsia de un depravado


Autopsia de un depravado:

–Caballeros –dijo el viejo profesor contemplando la mañana a través de la ventana desde aquél tercer piso: un marco de piedra y hiedra–, tengan a bien acompañar a las mujeres fuera de la sala –alzó la cabeza y fijó la vista en una de las pocas que asistían a la universidad, sintiéndose particularmente generoso–. Tanto esta institución como sus estudiantes se rigen por un estricto código moral, señorita Burrows, de otro modo el prestigio que merecemos se desvanecería en una suerte de anarquía, le exijo que no nos ponga en ridículo con sus diatribas y pretensiones descabelladas –dijo quitándole importancia con un gesto–. Nos hallamos ante el cadáver de un criminal y en modo alguno van ustedes a presenciar la autopsia del mismo, sería del todo inapropiado. El hecho de que tenga que explicarme sólo es una muestra de su pertinaz estupidez femenina. Como puede comprobar, el resto de mujeres, que comprenden mejor que usted su disipada naturaleza, ya están esperando fuera –efectivamente por la puerta salía la última estudiante, aparte de aquella rebelde que osaba permanecer en aquel cuarto de autopsias.
–¡Pero…! –comenzó a quejarse ella.
–Señorita, Burrows –le interrumpió el profesor en tono autoritario–, guárdese sus discursos incendiarios para otra ocasión y tal vez sea lo suficientemente magnánimo como para permitirle a alguno de los caballeros aquí presentes que compartan sus notas con ustedes.
Uno de los estudiantes se acercó con amabilidad a la señorita Burrows, la tomó del brazo y la sacó de la habitación.
–Las mujeres atractivas al menos tienen la decencia de saber que no tienen nada que decir –comentó el profesor con naturalidad, la mayoría de estudiantes se rieron–. Pero no les demos mayor pábulo a esas consideraciones y pasemos a nuestro cadáver de hoy, el cual, como homosexual, también se creía mujer en vida. El señor Gregors realizará la autopsia del cadáver para todos ustedes y ustedes podrán, naturalmente, hacer las precisiones, aportaciones o estimaciones que crean oportuno. Me gustaría recordarles que este hombre era un criminal, puesto que era un invertido y, por tanto, violador. No duden en confirmar los delitos perpetrados por este sujeto, si desean profundizar en la deplorable enfermedad que le aquejaba: la policía nos ha proporcionado su historial delictivo.
–Profesor –intervino uno de los hombres en la sala, sacando unos papeles para escribir sobre una mesa–, quería saber si podía saciar la curiosidad de este estudiante y responder la siguiente cuestión: ¿a qué se debe –la estilográfica bailando entre sus dedos– que tamaño despojo busque el perjuicio de los demás, por qué arruinar la vida de lo que para él no son sino desconocidos?
–Un salvaje de tal calaña sólo tiene esa posibilidad, no piense usted, caballero, que esta pérfida criatura puede elegir entre el bien y el mal –dijo con el dedo índice danzando en medio de su aire satisfecho– ni le confunda con un ser humano sólo por parecerlo físicamente: la moral le es totalmente ajena, pecaríamos de ingenuidad si creyéramos que hay en ese cuerpo alma alguna que salvar. Cuídese usted de tales preguntas, señor Fitzgerald, y no crea que un criminal iba a tener la deferencia de concederle a usted ninguna cualidad humana únicamente porque usted es capaz de proporcionárselas al malhechor, eso no es ahondar en el conocimiento, sino navegar a la deriva en las oscuras aguas de la ignorancia. Permítame ilustrarle con esta simple analogía: caería usted en el mismo error si pensara que un tigre no le va a devorar sólo porque usted lo considera majestuoso y digno de ser salvado de la mano del hombre. Nuestra opinión es siempre irrelevante frente al hecho –dijo tomando un bisturí y dándoselo al señor Gregors.

El señor John Gregors y el profesor caminaban por la calle, ya al atardecer, por esa callejuela que serpenteaba junto al río. Era un buen vecindario, había un café en la esquina y no distaba del banco.
–Pero no acostumbro a recibir visitas, John –iba diciendo el profesor–, ya lo sabes, el estado de mi padre es delicado y cualquier sobresalto podría acarrearle graves consecuencias.
–¿Sigue tomándose las medicinas que le prescribí?
–Sí, sin embargo empeora.
–Me gustaría echarle un vistazo, si me lo permites, Charles –llegaron a la puerta robusta de una casa imponente como todas las de la zona.
–Por Dios, John, ¿quince años y todavía sigues pidiendo permiso?
–Charles.
–¿Sí?
–¿Puedes explicarme por qué tu padre va vestido como una mujer? –aquél anciano estaba parado en medio del pasillo, intentando anudarse el delantal.
–Porque son las siete de la tarde –repuso Charles, extrañado por la pregunta de su amigo.


miércoles, 31 de mayo de 2017

No es mi cuerpo


You want them to notice
the ragged ends of your summer dress,
you want them to see you
like they see every other girl.
AGAINST ME!

No es mi cuerpo:

No, mi cuerpo no me desagrada. No está mal, es sólo que no es mío. Me miro al espejo y es raro. Mi mamá, perdón, mi madre siempre me dejó verla cuando se ponía esos potingues raros delante del espejo y se maquillaba. Aunque a mí los mejunjes no me van… supongo que no todas las chicas somos iguales. O igual es eso que dicen los mayores: “lo entenderás cuando seas mayor”, jo, odio esa frase…
Como no sé nada de mi padre, alguien sugirió que era demasiado peque como para entender quién era, que me había… ¿identificado?, sí, eso, con mi madre. Pero yo me miro al espejo y no acabo de entender mi cuerpo, es como… de otra persona, aunque sea mío.
Y no me desagrada, a mí me parece un cuerpo bonito, ¿pero seguro que debería hablar así de mi cuerpo? Porque no lo siento mío.
Mi madre me ha dicho que iremos al médico y que me pondrán bien, que seré una chica como todas las demás. Y yo me he puesto a llorar.
Y sigo llorando.
Qué tontería, ¿no?
Pero me siento muy feliz, así que lloro.
Me abracé a mamá con más fuerza que en toda mi vida.
Ahora seré quien soy. Supongo que suena raro, pero… yo no era esto.
Porque no es mi cuerpo, lo que yo soy no es mi cuerpo.
Hace unos meses me puse a leer sobre transexuales, los transexuales adultos. Ellos lo han pasado muy mal, se han burlado de ellos y… Leí el libro de una señora árabe a la que le pasó de todo, cosas horribles. No sé ni qué pensar: hay gente que ha muerto por esto, por estar atrapado en su propio cuerpo. Y no lo entiendo.
Pero toda esa gente ha dado su vida y ha luchado por que yo pueda llorar hoy de felicidad, porque mi madre no me pregunte nada de nada, sólo me diga: “¡vamos!”.
Y a mis amigos les da igual. A algunos chicos sí les importaba un poco.
Bueno, algunos me preguntaron que si me iban a gustar los chicos. Recuerdo haberme reído un montón, a mí siempre me habían gustado los chicos. Ni siquiera sabía que una tenía que elegir entre chicos y chicas.
Y Laura salió a defenderme, bueno, a luchar conmigo, que yo me defiendo muy bien solita. Porque él hace como que se afeita con su papá. Y, al igual que yo, pronto cambiará, ya está con el bloqueo de las hormonas, ¡qué morro! Me dijo que se llamaba Sergio.
Estoy corriendo a su casa, le llamaría, pero vamos juntos a jugar al fútbol.
Cuando le veo dando toques con el balón le digo:
–Sergio –y se gira sonriéndome–. Yo seré Marta a partir de hoy.
–¿Marta? –repite él y yo asiento–. Es un nombre bonito –y me pasa el balón.
Ahora todo es sencillo. A veces me pregunto si, en otro tiempo, Sergio y yo podríamos haber hecho otra cosa aparte de luchar. En unos meses sólo seré una chica más y a él le miraran como a cualquier otro chico.
Los mayores brindan por las cosas buenas, ¿no?
Pues nosotros sonreímos y jugamos porque somos felices.