Todos somos capaces:

Todos somos capaces by Marta Roussel Perla is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
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Todos somos capaces:

The
tortoise is a ground-living creature. It is impossible to live nearer the
ground without being under it. Its horizons are a few inches away. It has about
as good a turn of speed as you need to hunt down a lettuce.
Terry Pratchett.
Tortuguitas:
En los
sueños a veces vemos a extraños que no lo son y en la isla esmeralda dicen que un
extraño es un amigo que está aún por conocer.
No sé si
soñé con ellas antes de conocerlas, pero sé que sueño con ellas bajo cualquier auspicio
y color. Sé que puedo reconocerlas a través de todas las noches en los reinos
de Oniros sin importar el disfraz que haya decidido tejer la imaginación y, sin
embargo, las admiro como en cada instante de vigilia.
Amigas y
amantes, se querían tanto que se dejaron marchar y se querían tanto que se
reencuentran sin querer, tal vez con otra forma.
El
verdadero amor es libre.
Y camina a paso lento y relajado,
como el de las tortuguitas tomando el horizonte por guía y maestro.
Cuando quieres a alguien,
simplemente deseas que esté en tu vida si ése es su deseo.
¿Y por qué adoro a estas mujeres?
Porque se tatúan sus temores, les dan vida y les acorralan contra la esperanza;
porque son un abrazo en el que se refugia el corazón, porque son una sonrisa
compartida en la que descansar, porque son guerreras deshaciéndose de las
cadenas del poder.
Y en esta noche, con el sabor del
vino ya en los labios, sonrío al pensarlas.
Mirándonos de igual a igual.

Mood Indigo:
Aprovecharé mi posición como escritor de éxito para comenzar a narrar una
vivencia que muy posiblemente pueda encontrar al lector haciéndose un par de
preguntas al final del texto. Se trata de algo que podría ser mundano pero que,
como cada lectura literaria, tiene un elemento crucial que distingue la
experiencia narrada de todas las demás, siendo este elemento no otro que la
fealdad de una mujer.
Noto su inquietud, lector, preguntándose usted por qué
clase de fealdad se trata y en ese sentido he de decir, sin ánimo de decepcionarle,
que no es más que mera fealdad física. Lo especial del caso es que se concentra
toda ella en el rostro de una sola mujer, a la que llamaremos S* a fin de
proteger su identidad.
Conocí a S* en una suerte de cita doble que había
organizado un amigo para mí (y para él y su novia de entonces, por supuesto). La
historia es como sigue: la mujer que en primer lugar debía acompañarme no se podría
presentar al encuentro a causa de una emergencia y mi amigo trató de encontrar sin
éxito a una sustituta apropiada para que, lógicamente, viniera en su lugar. Si
bien, esta mujer era la última de su lista y, por supuesto, mi amigo se
disculpó de todo corazón conmigo tras la cita.
Sin duda he de hablar de ella, de modo que pueda usted
entenderme, querido lector (tal vez lectora, si es que ha podido aguantar su
crispación y ha conseguido llegar hasta aquí). Describamos pues su fealdad,
aunque va a ser difícil ilustrar sólo mediante palabras la asombrosa imperfección
de su rostro, que aunque había de ser forzosamente fruto del azar, llevaba a
pensar inevitablemente en el esmero que la casualidad ponía en conseguir que
cada pieza del puzle estuviera tan fuera de lugar y, no obstante, encajara de
tal forma que llegaba a verse en esa cara una cierta armonía o, al menos, la
perversión de la misma. Era un monumento a todo lo horrendo del mundo en
términos estéticos sin que, a la vez, se apreciara ninguna clase de
malformación de origen genético o enfermedad. Era una obra maestra de todo lo
que no debía ser estéticamente posible en un ser humano.
Pero, comprenda, querido lector, que no lleva este relato
el título de una canción de jazz por nada, sino como prueba de lo que nos unió
aquella noche. Sepa usted que además de la trágica apariencia externa de esta
mujer había en ella una personalidad magnética, pues raramente la vida nos maldice
dos veces seguidas, siendo ella además una persona que disfrutaba del jazz,
algo muy difícil de observar entre las nuevas generaciones. Y quizás cabe detenerse
en ese hecho porque de entre todas las formas de arte es posiblemente la música
la más perfecta: no hace falta entender el idioma en que la letra de tal o cual
canción ha sido compuesta, ni que una canción tenga letra siquiera, la música
consigue ir más allá, transpasando el umbral de inteligibilidad de nuestro
pobre lenguaje, diseñado para comunicar a otro ser humano dónde estaba la
comida y dónde no los depredadores, dejando atrás nuestras terribles
limitaciones y llegando a la profundidad nuestra alma.
Como le comentaba al principio de este relato, si los
hombres y mujeres no pueden tener amistades genuinas, debido indudablemente al
componente sexual que siempre atará a un hombre y una mujer que conversen
demasiado y lleguen a congeniar en la misma frecuencia de ideas e ingenio, sepan
ustedes que ese día conseguí una amiga que todavía aún conservo, habida cuenta
de que S* era tan fea que mi mujer, ya cuando me casé, se reía de cualquier
consideración sobre el adulterio. Pero queda así claro que, quizás por una vez,
un hombre y una mujer pudieron ser amigos, e incluso buenos amigos.
Y sepan disculparme algunos de ustedes: éste no es un
relato que busque hacer enfadar al lector (ni a la lectora, si es que alguna
mujer ha seguido leyendo hasta el final). Y si en cualquier caso encontrara
usted en sí mismo enojo, siéntase libre de hacer con él lo que le plazca, ya
sabemos que la rabia es útil cuando se emplea en el momento adecuado.
Y mientras suena Fontainebleau Forest en mi tocadiscos,
me despidiré de ustedes. No olviden brindar por la fealdad, que por métodos
inciertos también nos descubre el alma.

Verso blanco:

Black Widow:
He had always been a daydreamer,
maybe because this world looked like a broken and dusty reflection of a promise
that never came true. There must be something else. How could this be
everything it was?
Death swifted across the fog, those
corpses were staring beyond the void, standing still, as though they were
banners warning not to go one step further.
He
looked up: the dead body of another warrior stood on the grass, covered in
blood and without one arm, seemed to be gazing right at the other side of
reality.
It
was the work of who, as rumours claimed, were the most powerful necromancer
since the Academy foundation: the one called Black Widow. How could they even
think of defeating him?
“Why
are they not moving?” his partner demanded.
Einar
managed to get out from the spider web of his thoughts, confused.
Stench
hit him, returning him back to his surroundings.
His
partner Heike was observing those living dead through the dense mist, fresh
corpses showing terrible wounds. One with no legs, another with ruptured
tendons, another one with a whole on his chest so big one could see through.
All those corpses belonged to the Death Church warriors, all of them clad in
the order armour and attires. Some of them even holding their weapons.
“Be
careful, Einar,” Heike said, stopping him with her arm. “I don’t understand why
are they not attacking us, quite possibly it’s some kind of trap, more
intelligent than my ‘hit them until they don’t hit you’ protocol.”
“I
don’t think it’s a trap, it looks rather like some kind of dissuasive measure…”
he commented bemused, “Do you think it’s the Black Widow?” he added in a
dubious tone.
“Do
not low your guard” she commanded, taking her battle axe with both hands, “I
don’t want to end up like our sisters” she said, speaking about the warrior corpses.
Einar
held his twin swords tight, he was scared.
Heike
looked at him, she was also terrified. She didn’t show it though, but Einar had
been with his partner for too long to not know that when Heike was worried, she
repeated some kind of high murmur as if she was a feral beast. And
now she didn’t stop her whispering.
“Do
you see the house?” she asked.
“Wait
here, I will go round it”
Heike
saw how Einar was engulfed by the mist. She had some living dead at her back,
making clicking and guttural noises that were not reassuring at all.
After
some seconds, Einar came back from the other side.
“The windows are
too narrow and there’s no other entrance” he muttered.
“Shit,” she replied at the same volume.
He
sneaked towards the house, she followed him. Einar hold the door firmly and
opened it slowly, avoiding any creaking sound.
He
saw some sacks leaning on the wooden wall, plough tools, a loft with haystacks
on it and a door to another room.
And
on that other room there was a little girl, possibly she was seven years old.
She
was reading a heavy book, sitting next to a candlelit table.
“They
always come in more numbers…” she sighed to herself. She left the book aside,
the girl looked exhausted and on the verge of crying.
Einar,
who had always been especially sensitive to it, felt magic fluctuating about,
it was so intense he could perceive it clearly as tentacles waving around that
little girl.
“It cannot be,” he
managed to say.
“If you cross this
door, you will die. Please leave,” she begged.
“Is that girl the
Black Widow?” Heike probed in bewilderment.
“I think the girl
is right, we should go,” the warrior said.
“There’re
two of us, what chances does she has of defeating us?” his partner complained.
“Well,
about that… I think that entrance crowded by corpses is the most eloquent
garden I know, Heike.”
“We
have come here to investigate our sisters’ disappearance,” she remembered him.
“And
we have found the culprit,” Einar insisted, taking Heike by her arm. “We can go
now.”
“Please,”
the little girl implored. “I don’t want to have more nightmares…” She sobbed.
“The
Black Widow has killed how many? Fourteen, fifteen warriors?” she blurted out.
“She’s a monster!” Heike sentenced, full of anger.
She
violently broke free from her partner’s grasp and crossed the door. Einar
barely had time to shout.
When
she went through the threshold, her axe and armour got torn open and
disintegrated upon contact with the magic field the necromancress had summoned.
Her body exploded in a rain of blood.
The
little girl was bitterly crying.
She
cried like someone at the edge of her truces, with her trauma learning how to
scream.
She
cried like someone who doesn’t understand why still has to bear on her
shoulders the heavy weight of so much pain.
She
cried like someone who wants to stop living, not because she wanted to die, but
because she wanted to put an end to her suffering.
She
cried like someone with all her reflections at war.
“Why
do you do this to me?” she asked, baffled, with a thin voice.
“I
will say I have put you to death” Einar decided. “That will give you time until
rumours get kindled again. Try to hide and go to the north, I know there are
wise people over there that can heal the bad dreams of day and night” he added, not
knowing what to do, but knowing such gesture was naïve at its best. He left.
Some
hours later, by night, he understood what had happened during that day and
cried for the two, thinking he would cry for days.
Perhaps
considering this world as though it was some kind of simplistic battlefield
prevented people from seeing humanity in who’s different. And considering
somebody could be a correct human being, prevented people from seeing
difference in humanity.
Maybe
that’s why the world is the way it is, he thought, because there are men like
me.
He
went to the north.

La viuda negra:
Siempre había sido un soñador, quizás porque el mundo parecía el reflejo roto y polvoriento de promesas que parecían no llegar. Tenía que haber algo más. ¿Cómo podía ser esto todo cuanto había?
La
muerte se abría paso entre la niebla, los cadáveres contemplaban más allá de la
nada, de pie e inmóviles como estandartes advirtiéndoles de que no debían dar
un paso más.
Él levantó la vista: el cuerpo de
otra guerrera se erguía sobre la hierba, ensangrentado, le faltaba un brazo y
parecía mirar con sus ojos muertos al otro lado de la realidad.
Era obra del que parecía ser,
según decían los rumores, el más poderoso hechicero desde la fundación de la
Academia de nigromantes: ése que se había ganado del nombre de Viuda Negra. ¿Cómo
podían ellos siquiera pensar en derrotarle?
—¿Por qué no hacen nada? —demandó
su compañera.
Einar, por su parte, salió de la
telaraña de sus pensamientos, confundido.
El hedor le golpeó, devolviéndole
a su alrededor.
Su compañera Heike contemplaba
esos muertos vivientes a través de la espesa niebla, cadáveres frescos con
heridas terribles, uno sin piernas, otro con tendones desjarretados, otro con
una herida en el pecho de tal magnitud que podía verse a través. Todos esos
cuerpos pertenecían a las guerreras de la Iglesia de la Muerte, todos llevaban
la armadura y atavíos de la orden. Algunos incluso seguían empuñando sus armas.
—Ten cuidado, Einar —le dijo Heike,
deteniéndole con su brazo—. No entiendo por qué no atacan, probablemente sea
alguna clase de trampa más inteligente que mi protocolo habitual de “golpear a
la cosa hasta que la cosa deja de golpearte a ti”.
—No creo que sea una trampa,
parece más bien una medida disuasoria… —comentó Einar,
extrañado—. ¿Crees que es la Viuda Negra? —añadió, dubitativo.
—No bajes la guardia —le ordenó ella,
empuñando su hacha de doble filo —. No quiero acabar como nuestras hermanas.
Einar se aferró a sus espadas
gemelas, tenía miedo.
Heike le miró, ella también
estaba aterrada. No lo mostraba con claridad, pero llevaba el suficiente tiempo
a su lado como para saber que cuando Heike estaba preocupada repetía una especie
de murmullo agudo como si fuera algún animal salvaje. Y ahora no paraba de susurrarlo.
—¿Ves la casa? —interrogó Heike.
—Espera aquí, voy a rodearla.
Heike vio cómo Einar desaparecía
en la bruma. Tenía a los muertos vivientes a su espalda, chasqueando de vez en
cuando o liberando algún ocasional farfulleo gutural muy poco tranquilizador.
Tras unos segundos Einar regresó
por el otro lado.
—Las ventanas son demasiado
pequeñas y no hay ninguna otra entrada —susurró.
—Mierda —respondió ella al mismo
volumen.
Él se acercó sigilosamente a la
casa, ella le siguió. Agarró la puerta firmemente y la abrió despacio, evitando
como pudo que crujiera.
Vio unos sacos apoyados en la
pared de madera, herramientas para el arado, un altillo lleno montones de paja
y una puerta que daba a otra estancia.
Y en esa otra habitación había
una niña pequeña de unos siete años.
Leía un libro pesado sentada
junto a una mesa, alumbrada por unas velas.
—Siempre vienen más… —murmuró
para sí. Dejó el libro a su lado, parecía exhausta y a punto de llorar.
Einar, que siempre había sido
especialmente sensible a ella, notaba la magia fluctuando alrededor, era tan
intensa que la percibía con claridad como tentáculos agitándose alrededor de esa
niña.
—No puede ser —consiguió decir
Einar.
—Si cruzáis a esa puerta,
moriréis. Marchaos, por favor —suplicó ella.
—¿Esa niña es la Viuda Negra?
—interrogó Heike, perpleja.
—Creo que la niña tiene razón:
deberíamos irnos —dijo el guerrero.
—¿Somos dos, qué posibilidades
tiene una cría de derrotarnos? —se indignó su compañera.
—Bueno, respecto a eso… creo que la
entrada llena de cadáveres de ahí fuera es el jardín más elocuente que conozco,
Heike.
—Hemos venido aquí a investigar
la desaparición de nuestras hermanas —le recordó Heike.
—Y ya hemos encontrado la causa
—insistió Einar, agarrándola del brazo—, podemos irnos.
—Por favor —imploró la niña—. No
quiero tener más pesadillas… —sollozaba.
—La Viuda Negra ha matado a… ¿cuántas
guerreras? ¿Catorce, quince? —le espetó Heike a su compañero—. ¡Es un monstruo!
—sentenció, llena de ira.
Heike se desasió de la mano de su
compañero violentamente y cruzó la puerta a la otra habitación. A Einar apenas
le dio tiempo a gritar.
Al cruzar el umbral su piel, su
armadura y su hacha se desgarraron y desintegraron al contacto con la energía
mágica que había invocado la nigromante. Su cuerpo estalló en una lluvia de
sangre.
Y la niña lloraba
desconsoladamente.
Lloraba como llora alguien al
filo de sus treguas, con el trauma aprendiendo a gritar.
Lloraba como llora quien no
entiende por qué tiene que continuar cargando con el peso de tanto dolor.
Lloraba como quien quiere acabar
de vivir, no porque quiera morir, sino porque quiere terminar de sufrir.
Lloraba como llora alguien con
todos sus reflejos en guerra.
—¿Por qué me hacéis esto?
—preguntaba la niña, desconcertada, en un hilo de voz.
—Diré que te he dado muerte
—resolvió Einar—, te dará tiempo hasta que se reaviven los rumores, intenta
mantenerte oculta y ve al norte, sé que allí hay sabios que curan las
pesadillas del día y la noche —añadió, sin saber qué hacer, en un gesto que en
retrospectiva era un poco ingenuo, y se marchó de allí.
Cuando unas horas más tarde
comprendió en la noche lo que había pasado aquel día lloró por las dos, supuso
que lloraría durante días.
Quizás entender el mundo como una
batalla maniquea es lo que impedía ver la humanidad en la diferencia. Y pensar
que alguien podía ser un ser humano correcto impedía ver la diferencia en la
humanidad.
Quizás por eso el mundo es como
es, pensó, porque hay hombres como yo.
Tenía que soñar mucho más lejos.
Se
dirigió al norte.

Kalani (reboot):
La civilización es lo último que se pierde. La esperanza puede morir en una sociedad desquiciada cuando el odio se convierte en costumbre, por eso nadie cruza estas montañas, no al menos en la dirección de la que venía Kalani.
Kalani no era su nombre, por supuesto, pero ni recordaba el que le habían dado ni recordaba apenas nada de quiénes podían haber sido. No es que cuando se detuviera ante esos pensamientos no le invadiera una tristeza llena de preguntas, pero había decidido utilizar su rabia para darse un nombre a sí misma. Kalani, un nombre extranjero en aquel pedazo de tierra vencida por el viento y el frío, un nombre que no se sentía de ningún lugar. Un nombre apropiado.
Era una apenas una adolescente, demasiado delgada, obviamente desnutrida en su infancia, con cabellos de ceniza y unos ojos azules en los que nadie debería asomarse demasiado tiempo.
Aunque se divisaba un edificio de tierra de antes de la era de las guerras, la madera y la chatarra daban forma a las casas del pueblo.
El sol se colaba entre las nubes como ella se colaba entre la gente.
Se detuvo ante los carteles de se busca a la entrada de la ciudad.
—¿Has perdido a alguien o buscas a alguien? —le preguntó un anciano que jugaba al ajedrez con un perro en un tablero desvencijado y al que muy posiblemente le faltaban piezas.
—No, sólo me aseguro de no estar yo entre ellos.
—No pareces una caza recompensas, desde luego —se rió el anciano, que tal vez no la había entendido bien.
—No parezco muchas cosas —dijo Kalani—. Guardia a alfil cuatro, dijo ella.
—Esa pieza no existe, muchacha.
—Entonces prefiero jugar al ajedrez con su perro.
—No es mío.
Kalani se acercó al perro, un pastor catalán, dejó que le oliera la mano, y le acarició. Se sentó junto a él y estuvo un buen rato abrazándole, lo cual incomodó al anciano.
Alguien se acercó a Kalani. Una mujer de aspecto triste.
—Louis ha muerto —le susurró—. A sido Philippe, un accidente. Te está buscando. ¿Sirve como pago por salvarme la vida?
—Nunca quise nada a cambio, pero por supuesto que sí —dijo levantándose de un salto, animada.
Kalani, que andaba distraída y sonriente, recibió un puñetazo en la boca, uno muy fuerte de ésos que te arrancan un diente de cuajo.
En consecuencia escupió uno de sus incisivos inferiores y cayó al suelo.
—Tus amigos tienen miedo —le dijo ella a su atacante desde ahí abajo, sin ocultar su dolor, mientras comenzaba a comprender dónde estaba: un callejón con Philippe, todo un hombre pegando a una cría, y su séquito de cretinos, que habían arrojado un arma al suelo y que ya se estaban yendo de allí a toda prisa.
Lo cierto era que ella también tenía miedo, no mucho, porque en aquel asentamiento todo era un peligro de segunda en comparación con el desierto al otro lado de las montañas, pero un poco.
Aparte de sentir un moratón naciendo sobre su barbilla, comenzó a sangrar por la nariz. Esperaba no tener una migraña a causa de eso, era un gran inconveniente.
Sin embargo lo más importante era que Philippe, que no entendía por qué sus amigos habían huido, también comenzaba a tener miedo aunque no sabía del todo por qué.
Recientemente Kalani había tenido una revelación: si su propio movimiento mental adquiría una forma concreta –el temor, por ejemplo– era más fácil dibujar esa misma forma en las mentes de otros. Y eso es lo que estaba haciendo al infiltrarse en la muy poco estimulante mente de aquél imbécil.
Y aunque era algo más difícil manipular una mente alerta, era bastante fácil desestabilizar la del que no comprende.
En contraste con sus dimensiones corporales menudas, los ojos azules de Kalani resultaban ahora amenazantes, más de lo que una cría de su edad debería poder intimidar, que era absolutamente nada. Y sin embargo eran la extraña advertencia de un peligro sin nombre. El hombre retrocedió a pesar de que simplemente estaba encarando a una chica a la que sacaba más de dos cabezas.
—¿No te gustó el revólver, Philippe? —él dio unos pasos atrás, desconcertado—. No es fácil traficar con armas, ¿no crees? Esto es Europa no esa tierra de locos al otro lado del mar ni el desierto de ahí abajo. Y te expliqué muy bien que tenía el percutor un poco suelto. Te expliqué muy bien que no debías cargarlo con seis balas. Te expliqué muy bien que por eso mismo te lo vendía un poco más barato, ¿recuerdas? ¡Joder, te lo expliqué todo de putísima madre! Incluso te regalé unas cuantas balas a pesar de que no me caes nada bien, a eso se llama fidelización del cliente o algo así pero, ¿qué clase de gilipollas apunta a su novio con un arma? Es una pregunta retórica, eso significa que no hace falta que contestes —le aclaró ella, a Kalani le encantaba utilizar todas las palabras que había aprendido—. Dame mi puto revólver, pringao, el que me han quitado esos —le indicó paciente—, el otro es tuyo y un trato es un trato —él le dio la pistola con una expresión dubitativa en el rostro, expresión de la que no se infería más inteligencia que la de un tiesto de gladiolos particularmente emprendedor.
—Me van a desterrar —se rindió él.
—Si tienes suerte —le recordó ella, súbitamente sus ojos se iluminaron con un destello decidido—. No diré nada de esto si me devuelves el otro revólver, ¿qué te parece? Y podría hacerlo porque en realidad ese revólver no es de contrabando, era mío, pero es que quería hacerme la interesante —le explicó—. Bueno, espera… supongo que todas las armas de fuego son de contrabando, así que…
Ante tan insensible discurso, Philippe comenzó a llorar y Kalani, sintiendo una riada repentina de empatía y tras hacer unos amagos de abrazarle, decidió darle unos toquecitos en la cabeza.
—He estado en tu lugar en varias ocasiones… Me refiero a perseguida por la justicia, no ha… —Kalani se detuvo, no había forma de que aquella frase pudiera desembocar en nada positivo—. En fin, si todavía no te han detenido, yo me marcharía por mi propio pie —se aventuró ella. Seguramente era uno de esos momentos de escuchar en lugar de buscar soluciones, pero tal y como lo veía, las autoridades no iban a ser tan comprensivas.
Y no lo fueron, al siguiente atardecer Philippe tenía una soga al cuello y toda la aldea parecía haberse congregado alrededor para disfrutar de la ejecución. Los familiares de su novio exigían con una furia comprensible la pena capital.
Kalani a pesar de no entender cómo ese hombre no había aprovechado para escapar, sabía ya que todas las muchedumbres ante el ahorcado eran la misma y sabía ya que a todas les parecía bien el asesinato, al menos mientras fuera a este lado de la tapia y de la ley. Una medida algo ineficaz, si se le preguntaba a ella, pero nadie le preguntaba.
Así que ella se lanzaba a hablar.
—¡¿Es así como tratáis a quienes necesitan comprender?! —inquirió tras abrirse paso hasta la primera fila. —¡¿La justicia no es reparación sino retribución?!
En consecuencia los presentes empezaron a insultarla e intentaron agarrarla, aunque ella consiguió escabullirse.
—¡No, no, pueblo de Ur! —exclamó un hombre de aspecto autoritario, poniendo orden—. Aquí incluso los extranjeros pueden hablar y Kalani salvó a Victorine. Merece que la escuchemos.
A juzgar por el griterío y los insultos el pueblo de Ur no parecía estar muy de acuerdo, sin embargo el hombre, posiblemente el juez de la aldea, se dirigió a Kalani:
—Cuando un hombre arrebata una vida, debe morir. Así se da ejemplo a los demás para que sigan por el buen camino —declaró él con esa seguridad condescendiente que concede la autoridad.
—Y es una política infalible, porque seguís teniendo crímenes —respondió Kalani.
—Es la mejor alternativa —sentenció el juez, intentando ocultar su desagrado—. Lo explicaré, porque también deseo que Ur lo recuerde: la justicia es orden. Si los familiares de la víctima simplemente le mataran sin un juicio, sin escuchar a testigos, sin la presencia de un juez imparcial. Entonces estaríamos hablando de otro asesinato, ojo por ojo, como se dice y tendríamos a más personas a las cuales juzgar. Sin embargo si le damos a este hombre justo castigo tras habernos asegurado de que efectivamente fue él quien cometió el asesinato, tras haber sopesado sus razones y haber considerado que tenía armas ilegales en este pueblo, lo cual podría haber puesto en peligro la vida de todos, entonces estamos hablando de consenso y de comunidad, de la restauración del orden.
—El problema de encontrar una buena respuesta es que intentamos que las preguntas encajen en ella y no al revés —dijo Kalani, como aquello le había quedado bastante bien, trató recordar algo que leyó en un libro—. No cambia el asesinato del emperador porque fueran muchas las manos que… llevaran los cuchillos, ni son menos asesinos según quien juzgue sus intenciones. Da igual que sea una aldea entera la que vaya matando por ahí.. ¿no? —terminó, sintiéndose entre torpe e incómoda.
—¿Y qué alternativa sugieres, niña?
Kalani sonrió satisfecha, con un diente de menos y un moratón.
—El exilio: podrá aprender a ser una mejor versión de sí mismo y vosotros defenderéis que el asesinato está mal dando ejemplo. —por supuesto el juez, que tenía mucha verdad a cuestas, no accedería a ello. Pero era todo cuanto Kalani necesitaba para que su espectáculo de titiritera mental fuese creíble por el tiempo suficiente.
Se preparó.
Sintió un latigazo de dolor, se llevó las manos a las sienes, sangraba por la nariz mientras tanto el verdugo como el juez se convertían en sus marionetas.
El juez asentía y el verdugo liberaba al prisionero.
Y Kalani le gritaba a Philippe en un susurro que corriera mientras ella se marchaba de allí, tratando de no apretar demasiado el paso.
Pronto habría un cartel pidiendo una recompensa con su nombre pobremente deletreado y tal vez la palabra bruja escrita entre un numero de exclamaciones a todas luces excesivo.
Rescatar a idiotas de su propia estupidez, pensaba, era muy poco gratificante. Eran demasiado ingeniosos a la hora de tenderse trampas a sí mismos y sólo sabían ir en una dirección.
Además ante la horca la estupidez les hacía creerse jueces y no verdugos. Ahorcado incluido.
.

Un estudiante preguntó a T’ou-tzu:
—¿Qué ocurre cuando en la mente no hay nada?
T’ou-tzu respondió:
—¿De dónde has sacado eso?
Allí:
Estoy Allí. En Allí los relojes están parados al hacer tictac y no hay paredes, porque no hay nada más que oscuridad devorando las llamas de las velas. Estoy cansada de estar en este lugar, pero no puedo moverme, esta contención mecánica atenaza con correas de cuero cada una de mis ganas.
Siento un vacío constante mientras el tiempo no pasa. Siento dolor, siento angustia y me siento sola. El vacío no está vacío de sufrimiento, ¿puedo llamarlo sentido del humor? Las paredes sin puertas se estrechan contra mí. ¿Antes os he dicho que no había paredes? La luz fluorescente me taladra la cabeza. Si grito, no viene nadie. Si lloro, no viene nadie. Si no estoy, no viene nadie.
Cuento las pastillas, nadie viene.
Ocho pastillas, nadie viene.
Doce, nadie.
Cuando digo que estoy mal, la gente se enfada conmigo invariablemente y siempre siento que no me quedan energías. Mi vida es un teléfono que no deja de sonar en alguna otra habitación y que nunca respondo.
Una figura se acerca, no logro distinguir de quién se trata. Al quedarse a sólo unos pasos de mí logro ver en ella mi propio rostro. No dice nada. Toma una navaja de afeitar y se corta el cuello. Mi cuerpo muerto choca estrepitosamente contra el suelo. ¿Quiero morir? Viendo mi cuerpo inerte sólo siento miedo y un profundo desamparo.
No, no quiero morir.
Sólo quiero dejar de sufrir.
Pero el tiempo es estático y sólo me promete esta deriva entumecida en medio de la incertidumbre y la tristeza.
Sólo quiero dejar de sufrir, por favor.
Pero no hay salida, no hay huecos, no hay ventanas, no hay puerta alguna en Allí.
Mi cuerpo se levanta y me sonríe.
Me aterra verme.
Intento escapar entre las palabras, pero mis pasos no logran avanzar y ese reflejo distorsionado me persigue en esta pesadilla.
Quizás pueda llegar al otro lado de la página.
Tal vez pueda esconderme al otro lado.
Mis pulmones arden a causa de la carrera y me siento desfallecer, sabiendo que no estoy llegando a ningún sitio porque Allí existe antes de todos los lugares.
Estiro mi brazo, estiro mis dedos, un poco más, casi puedo notar el papel…
Sólo un poco más…
Estoy al otro lado, mi respiración va recobrando su cadencia. Mi cuerpo se yergue, en esa posición cuesta estar triste. Además, puedo sentir los rayos del sol, cálidos sobre mi piel, escucho el cantar de los pájaros, noto el tacto fresco de la madera barnizada bajo mis pies desnudos, ante mí se abre un jardín y a mi espalda logro distinguir un suelo de tatami. Me doy la vuelta y veo espalderas, estoy en un gimnasio de lo más extraño porque al fondo hay una enorme estantería llena de libros y un despacho antiguo, con enormes sillones de cuero de época, con su relieve en los respaldos. La mesa del despacho es bastante grande, sobre ella hay una máquina de escribir y una de esas lámparas con pantalla verde tan elegantes, típicas de antiguos bancos y bibliotecas.
Mi doble oscura está ahí, sentada al otro lado de la mesa, con aire de filósofa y fumando de una gran pipa.
—Deberías dejar de fumar —me asegura.
—¿Por qué me perseguías? —le pregunto, totalmente descolocada.
—Ésa no es la pregunta correcta —responde ella sin darle importancia, con ese aura de pesadilla, como si parte de Allí estuviera Aquí—. La pregunta es por qué insistes en eludir la tristeza y perseguir la alegría: es una comedia ridícula —se explica, empiezo a sentirme cansada de nuevo.
—¿Quieres matarme?
—Creo… creo que eso no es del todo cierto —dice con calma—. ¿Aún no sabes quién soy? Sabes que la metáfora no es compleja.
—Eres una versión mía que me jode la vida —respondo, irritada.
—Un análisis simplificado pero, mira, creo que soy una versión de ti que te da miedo y creo que me has declarado la guerra. Posiblemente soy tus fallos, tu sentirte mal, tu no tener ganas.
—¿Y no entiendes que intente separarte de mí? —francamente, espero bastante más de mí misma…
—Sé que suena contraintuitivo, pero no puedes separar tus fallos de ti, tienes que aceptarte como eres, tienes que aceptar que si sientes miedo, rabia o tristeza, es necesario y saludable. De lo contrario te sentirás culpable y ése es un sentimiento inútil. Quienes están en guerra consigo mismos, sólo pueden caer derrotados.
—Eso es muy fácil de decir cuando no pasas tus días en un lugar donde el tiempo no existe pero cada segundo duele en el corazón.
—Te equivocas, sí los paso y no es fácil de decir.
—Acerca de… esto que estás diciendo, ¿Tienes alguna pista? —interrogo con recelo—. No quiero volver Allí.
—Volverás Allí, todo el mundo en algún momento tiene que hacer frente a sus miedos. Te sugiero que intentes hacer las paces conmigo.
—Espera… ¿Cuando intentas matarte o cuando intentas matarme? —replico indignada.
—No tengo una receta ni palabras mágicas, no creo que leerte un párrafo de El Principito o del Shobogenzo pueda ayudarte, no sé más cosas de las que sabes tú, pero supongo que luchar por ti en lugar de contra ti ayuda.
—Eso es bastante más críptico de lo que parezco creer… —murmuro.
—Tanto como cruzar al otro lado de la página y comprobar que un cambio de perspectiva cambia el mundo. Por favor, entiende que sólo puedes estar Aquí y que el estado normal de tu mente es la paz.
—Nada de esto tiene sentido —me quejo.
—¿Y de dónde has sacado que debería tenerlo?
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