Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.
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viernes, 15 de abril de 2016

Lo mío era el bebop

A Sira. Al final comprendí de qué hablabas cuando hablabas.

Lo mío era el bebop:

Lo mío era el bebop, no obstante el cool jazz rondaba el escenario, elegante, decidido y, en cierto modo, previsible. Al menos si se hacía la comparación.
La vocalista se esforzaba en imitar a Ella Fitzgerald mientras sujetaba unos globos de helio. Estaba iluminada por unos focos que oscurecían el resto de la sala, en cierto modo era una imagen desconcertante. Pero en realidad la cantante lo hacía bastante bien, de modo que decidí retirar la palabra “previsible” de la mesa. Era una imitación tan buena que sólo había creación.
La cerilla raspó el lateral de la cajetilla, liberó unas chispas y ardió.
Acerqué la llama al extremo del cigarro y aspiré hondo. El tabaco se prendió anaranjado. Con un movimiento vivaz apagué el fósforo.
A continuación dejé escapar una voluta de humo nutrida y espesa, lentamente.
Quizás eran algo accesorio pero aquellos gestos anecdóticos formaban parte de los múltiples placeres de fumar.
Di un toque en la barra y pedí un whisky.
Tomé un sorbo y pude paladear el tonel en el que había sido conservado. Efectivamente, demasiada madera.
El hotel Springfield Coffee Lodge no descansaba nunca y a esas horas de la noche el grupo seguía tocando a pesar de que cada vez más sillas y sillones vacíos se acumulaban en el salón.
Respiré hondo.
El caso no avanzaba en ninguna dirección.
Me sorprendía a mí mismo contemplando los apuntes tomados como si le pertenecieran a otra persona, como si fueran algo ajeno a mí y como si yo fuera a mi vez algo ajeno al mundo. El tiempo pasaba a mi alrededor como si se hubiera olvidado de mi presencia en otra canción de jazz. El caso no avanzaba y yo no cejaba en mi empeño vano de anticipar, de tratar de imaginar posibles alternativas, posibles formas de hacer encajar las pistas que daban forma a la investigación.
Tratar de anticipar en la situación en que me hallaba era como huir hacia adelante estando acorralado contra el futuro. El camino que trazaban mis pasos no me ofrecía absolutamente nada al reconstruirlo.
Revisé mi bloc de notas, el asesino estaba escribiendo un texto breve y me había convertido en una sórdida mezcla de bufón y taquígrafo. Jugaba conmigo y, sin embargo y habida cuenta de las peculiaridades del caso, no podía sino rezar por encontrar otra pista que no requiriese de un baño de sangre.
Estaba fatigado, necesitaba descansar.
Extraje un pañuelo del bolsillo de mi gabardina, la cual había estado doblada sobre la banqueta adyacente.
Desdoblé el pañuelo, el carmín de unos labios rojos marcaban una esquina, justo al lado del mensaje que lo cruzaba en diagonal:

Las respuestas relevantes suelen presentarse a la misma hora que el buen sexo. También es un placer compartirlas saltándose los horarios.

Su caligrafía era sofisticada, cursiva y sugerente. Su mensaje iba más allá de lo previsible: mediaba entre lo explícito y lo sutil, lanzándote una obviedad a la cara y sonriéndote desde el sarcasmo cuando caías en la trampa.
Hacía tiempo que me había enamorado de Rayne.
Y me había enamorado de Rayne porque en su tiempo libre reunía pistas y las ensamblaba mejor que el mejor cerebro del cuerpo de investigación de la oficina federal. Y todas esas sonrisas altaneras y esa ostentación de placas, elocuencia y automóviles no eran más que un juego de niños al lado del trabajo bien hecho.
Y sus ojos y sus cejas eran una provocación elegante y suficiente insinuando un desafío travieso: “espera un segundo más, será…”.
Ambos coincidíamos en ese punto: deshacer un misterio era como desvestir a un amante.
En ese momento un acertijo nacía de su sonrisa.
Y su boca era un abismo a otros mundos susurrando el juego sin palabras al constreñirse en una de las cinco vocales y cerrarse sobre el paladar.
Si la lujuria hubiese sido unos labios, ella se los habría humedecido con la punta de la lengua.
Luego seguramente habría soltado una carcajada para observar que a fin de cuentas toda verdad debe quitarse la ropa.
Su mirada era el intelecto puro diciéndose entre risas que la estupidez humana era una ironía hueca jugando con el peculiar sentido del humor que a veces exhibía el universo.
¿Cómo no iba a amarla?
Más que admitirlo, lo estaba vociferando en mi cabeza, pero ésa era la verdad. La verdad era que me encantaban su cuerpo y su mente. Eso y encontrar soluciones sencillas al otro lado de complejos rompecabezas, como un esquema simple conectando enjambres de pensamientos.
Eran las cosas que hacían que todo lo demás mereciera la pena: enigmas.
El mundo, por supuesto, también era un misterio, pero tratar de resolverlo hubiese sido como intentar matar a la misma vida… o resucitar a la muerte en su propio ser. ¿He hablado antes de juegos de niños…?
Huelga decir que, como enigma, Rayne acababa y empezaba en el mismo punto: dando una sola pista.
Sopesé el pañuelo liviano entre mis dedos, lo doblé cuidadosamente y lo guardé en la gabardina junto a mí. Mis ojos, tras aquel periplo por los pensamientos, volvieron al escenario.
El piano sonaba mientras la cantante chasqueaba los dedos marcando el compás.
Era una canción lenta, de ésas en las que cada nota se pregunta qué demonios está haciendo ahí.
Necesitaba descansar, sin duda, mis cavilaciones y la realidad comenzaban a luchar, y discutir con uno mismo era señal inequívoca de agotamiento.
Al acabarme el pitillo subiría a la habitación.
La puntualidad arbitraria me hacía sonreír.
Así que sonreí.
Y luego… luego el tiempo se sacudió como si quisiera quitarse a la realidad de encima.
Escuché el grito violento de una mujer.
Desgarraba las reflexiones y se incrustaba en su lugar, disonante, agudo, horrible.
Me estremecí.
Conocía esa voz.
Otro grito femenino se elevó por encima, éste era de terror.
Eso sólo podía querer decir una cosa: Había vuelto a pasar.
Me levanté rápidamente mientras agarraba mi abrigo.
El camarero estalló en un llanto lleno de tristeza.
La banda no dejó de tocar aunque lo hiciera entre sollozos, la melodía se arrastraba a través de una ejecución desafinada y rota, paseándose ante la estridencia como una celebridad ante su público.
Subí corriendo las escaleras, abrí de una patada la puerta de mi habitación.
El ama de llaves chillaba sin parar, derrumbada en el suelo. Su expresión de horror quería abandonar su rostro arrasando con todo.
Me concentro.
Un cuchillo en el suelo, el filo rojo.
Los pedazos de cristal de la mesa esparcidos sobre la alfombra.
Un cuadro desprendido, una tira arrancada de papel pintado.
El cuerpo de Rayne luchando por unos últimos segundos sobre una enorme mancha de sangre. Sus propias entrañas resbalando entre sus manos temblorosas.
Sangre en la pared rezando: “inclinaos, arcángeles, al morir la luz”.
La tomo entre mis brazos.
Rebusco en sus bolsillos, encuentro su bloc de notas y leo mientras ella trata de hablar:

¿Relación del tío Tommy con Cecil?
La tarjeta encontrada en el faro.

–He sido una polilla o un gato si lo prefieres –musita sonriendo, sin apenas fuerza para tomar aire–. Ahora soy… –sus labios ensangrentados son incapaces de encontrar esta vez la curvatura del placer y este hecho, sobre cualesquiera otros, es lo que me resulta más desconcertante y casi es lo único que me hace confrontar la realidad–. Resuélveme, Robert.
Sus palabras cuelgan de un hilo de voz acabada. Y caen sin lágrimas.
Comienzo a llorar.
–Yo… no… yo no he sido –logra decir el ama de llaves.
–Lo sé –respondo, sus manos están manchadas de sangre–. Aun así tenemos que llevarla al calabozo, créame, será más seguro para usted y para los que la rodean –me esfuerzo en decir–. Dígame su nombre –Ella llora. Maldito Cecil, ¿por qué la has matado?–. Sé que es un momento complicado –yo también estoy llorando–, trate de mantener la calma y procure responderme –una frase idiota en una habitación empapada de vísceras y locura.
–Claire Pulaski –logra articular tras unos segundos–. ¿Quiere que le traiga la cena? ¿Tal vez un aperitivo? Los croissants son exquisitos –las lágrimas siguen fluyendo.
¿Pulaski? ¿Qué demonios…?
Acaricio la mano de Rayne. Pero la realidad no está ahí.
Tiendo a desconfiar de las casualidades. Cecil quería matarme o matarla, tal vez acabar con los dos. Eso significa que estoy cerca… y que él ignora que yo ignoro el por qué. ¿Qué ha cambiado? Soy un niño perdido en una noche sin relojes. ¡Tengo que prestar atención al bloc de notas! Nos enfrentamos a un asesino que no es humano, que es, por lo que podemos saber, una especie de energía que puede controlar a los hombres para sus propios fines. Unos fines que por otra parte no están nada claros. Y nada de eso, pese a su significación y relevancia, importa ahora. La causa de una muerte nunca puede llenar el vacío que deja la vida tras de sí.
Tomo la mano de Rayne. El tacto me ha abandonado, perdiéndose.
No obstante esta chica del servicio de habitaciones no tiene nada que ver con las minas de carbón. Sin embargo debe existir una relación, él no puede poseer cualquier cuerpo. Pulaski…
Beso la mano de Rayne. La suavidad es un espejismo inalcanzable.
Eso o es una especie de espíritu sádico sin objetivos claros y carente de todo sentido. Insisto en mi desconfianza. Quizás él necesite tiempo, sabiendo que no podemos asumir sin más la relación, pero entonces…
Lloro sobre la mano de Rayne. La lluvia perdura en algún lugar.
Entonces tal vez, y sólo tal vez, mi amante y yo seamos una pieza clave… Pulaski, el apellido aparece como un intersticio entre dos corrientes de ideas de distinta polaridad.
Abrazo el cuerpo muerto de Rayne. Pero el instante ha pasado de largo.
¿Son los sentimientos que trata de dibujar Cecil parte del ritual?
Beso los labios muertos de Rayne. La vida se escabulle.
El mundo se derrama a mi alrededor y sólo queda ella sujetando unos globos de helio, iluminada por un foco.
–Conoces la respuesta, sólo necesitas ponerle un cebo… Uno que no sea demasiado obvio, por favor –dice ella en mi mente, mordaz.
Sonrío. Lloro.
Sí, lo mío era el bebop.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Buscadores de palabras

“Mientras estamos dormidos en este mundo, estamos despiertos en el otro”.
SALVADOR DALÍ.

Buscadores de palabras:

Me levanté con un terrible pensamiento rondándome junto al despertar: “el mundo hoy está un poco más muerto”. Así de simple, así de crudo. Era un pensamiento seco, como si fuera producto de una erosión inevitable, sólido, inamovible e impenetrable, descorazonadoramente macizo. Un pensamiento que en definitiva ya había caído ante la lámpara de una reflexión infructuosa. La resaca tras una noche de abstinencia.
            Expulsé el humo de mi cigarro, hoy teníamos caso.
El primer paso era siempre el mismo: una búsqueda rutinaria y minuciosa por los diccionarios, porque a veces –sólo a veces– las palabras se habían refugiado en su interior como si fingieran ser cadáveres o criminales –en ocasiones incluso se escondían en lugares que no les correspondían–. Pero, para ser sincero, eso apenas ocurría.
Claro que había que asegurarse, al fin y al cabo somos profesionales de la investigación, el aburrimiento es casi preceptivo.
El caso anterior había sido complicado: sinceridad. Ésa fue la palabra desaparecida, la verdad es que durante aquella semana se notó su ausencia. Por supuesto que había palabras como honestidad o franqueza, pero no eran la pura sinceridad. Teníamos suerte si un pequeño porcentaje de esas palabras desaparecidas u olvidadas eran como oligofrenia: empleada en un contexto específico que delimitaba la búsqueda, divertida, sonora y totalmente incapaz de no llamar la atención. Claro que pedirle a una palabra que se estuviese calladita nunca podía ser algo demasiado inteligente…
Nos montamos en el aerodeslizador con destino a la Planicie de la expresión. El sol quemaba las grietas que se abrían sobre el desierto y los árboles retorcidos y secos se erguían en rebeldía contra el texto.
Y yo no dejaba de pensar en aquella mujer columpiándose sobre los relojes, Elli, que pensativa nos había ofrecido una recompensa exorbitante. Y no dejaba de darle vueltas a sus últimas palabras “el problema es que creo que no es un término como tal, que no es una palabra al uso, pero es…”, se quedó en blanco tras pronunciarlas, bloqueada en medio de una frase que se desvanecía en su génesis. No podía continuar y sus ojos pedían una respuesta. Ella no tenía miedo, sólo estaba confusa, pero a mí había algo en todo aquello que sí me inspiraba un profundo temor. Respeto, decían los ancianos. Yo no usaría esa palabra: el respeto me lo inspira la gente respetable, no las situaciones que me dan escalofríos. Y había algo en todo aquello que no me cuadraba en absoluto.
Aunque durante días no habíamos encontrado nada que pudiera describirse como una pista –siquiera como un indicio–, unos rumores que no resultaron baratos nos susurraron el lugar en el idioma de los óleos anegando la fantasía: la Torre de la golondrina, más allá de la Planicie de la expresión. No me gustaba jugarme la vida por rumores, aunque les hubieran puesto un precio muy alto y aunque ese precio jugara a ser la ilusión de que la información era realmente útil.
Basia conducía, llevaba gafas de sol y una camisa hortera.
–Se dice que la Planicie de la expresión es segura por la noche –comento recordando una partida de billar, unos labios llenos de picardía y un whisky que no me hizo olvidar tantas cosas como me hubiera gustado.
–Se dicen muchas gilipolleces, por eso nosotros buscamos palabras perdidas –me contesta ella sin apartar la vista de la carretera–. Puedo poner música, si quieres –dice mirándome de reojo, sabe que he tenido un mal despertar. Ella siempre lo sabe.
–Muchas gracias, pero lo estoy dejando.
–Intentas darme la razón –me espeta riéndose.
–Falta algo –le aseguro.
–Nunca paras de trabajar –la afirmación se le resquebraja en los labios.
–Se ha roto, lo notas –también en los míos.
–Joder… sí que falta algo –se da algo de tiempo y vuelve a intentarlo–. Nunca paras de trabajar ni en el trabajo… –se esfuerza en decir, pero parte del mensaje se pierde antes de rozar la realidad, desfragmentándose en imposibles. Después ella se queda en silencio, pensativa.
Falta sátira, falta filosofía, ironía y curiosidad. Falta amor y falta vida. Y Basia aguarda cavilando entre posibles como manantiales y escaleras de imposibles que se cruzan por doquier. Y reflexiona porque se muerde el labio y se muerde el labio porque reflexiona.
Llegamos a la Planicie de la expresión, donde moran esos extraños gigantes que arrojan letras a lo lejos –generalmente allí donde haya algo que se parezca a gente–. Un territorio inhóspito, arrasado por letras capitales de un tamaño que a nadie le acaba de convencer –exceptuando por supuesto a los atareados gigantes–. Basia conduce bien y es una maga escribidora, no tenemos de qué temer. Aún no.
Poco a poco los gigantes se van perdiendo en el horizonte de los desiertos y llegamos ante un árbol nudoso y negro como el carbón. Y, sobre todo, llegamos ante una torre, azul y alta como una aguja recortándose contra los soles.
Basia detiene el aerodeslizador. Nos bajamos. Cuando pone un pie sobre la arena la argolla de su muñequera de hierro comienza a vibrar en contacto con los vientos blancos que están por llegar.
–¡Ponte detrás de mí! –me ruge contra el viento, mientras el color blanco va llevándoselo todo, mientras va barriendo el paisaje y va engullendo la realidad–. No son palabras–recita ella mientras crea un círculo sintagmático en cuyo interior estamos a salvo–. No son palabras, son promesas y recuerdos que usamos cuando el camino se esfuma, cuando desconocemos el mundo. Son el círculo al que le robamos el tiempo, el mismo tiempo que sólo devolveremos con nuestra vida –el hechizo que trazan sus manos y sus cánticos nos protege del color blanco. Yo cojo mi pincel y, sobre ese lienzo que es el mundo, murmuro mis plegarias y dibujo y pinto las cosas hasta que éstas, conjuradas, deciden regresar. Y respiro hondo al acabar. Y me digo:
–Hay algo obvio que nos ha faltado desde que comenzamos a investigar –lo saboreo, pero aún no sé qué es.
–Explosivos –señala ella contrariada porque, de nuevo, no logra decir lo que se propone.
Miro la torre y pienso en lo que habrá en su interior… De repente mi cabeza estalla en un aluvión de ideas haciendo equilibrio sobre lo evidente.
–¡Pero qué idiota he sido! ¡Los ojos de Elli no pedían una respuesta, pedían una pregunta!
–¡El puto signo de interrogación! –recuerda Basia llegando a la misma conclusión–. Me cago en la puta… ¡con razón estábamos diciendo cosas sin gracia, ¡yo quería preguntar! –me abraza con alegría, sonríe–. Aunque estamos en el culo del mundo…
–Pero al menos ahora ya sabemos a qué le estamos siguiendo la pista –digo animado.
–Espero que se haya escondido por aquí –dice revisando el aerodeslizador–, en serio. No me apetece nada tener que irme al quinto coño para poder preguntar idioteces. Me sorprende que hayamos podido aceptar siquiera este caso si nadie podía interrogar acerca de nada de nada…
Yo extraigo un sello terminológico de uno de los bolsillos de mi guardapolvo. Si el signo de interrogación está en la torre no tendrá escapatoria, si bien reconozco que es una aberración tomar una palabra por la fuerza y dejarla impresa en un papel, aunque sea temporalmente. Sobre el papel la palabra muere… o al menos entra en un coma profundo que se parece demasiado a la muerte o a la exégesis.
Confieso que ardo en curiosidad por saber qué demonios hizo que la interrogación tuviera que huir. Tenía, por supuesto, numerosos enemigos, fanáticos de todo tipo, contenidos sin ideas, y toda esa calaña que decían defender la libertad para añadir un significativo pero más o menos a la mitad de la frase. No obstante y del mismo modo había importantes grupos de gente que hubieran dado su vida por las preguntas. No creo que tuviera deudas y, sinceramente, dudo mucho que precisamente ella, la interrogación, le hubiese puesto fin a absolutamente nada.
Me enciendo un cigarro.
Mucho antes de exhalar la primera calada ya he decidido guardar el sello terminológico, estoy convencido de que emplearlo sería un grave error.
Siento ganas de romper el papel, pero no lo hago. En cualquier caso hablaré. Me odiaría a mí mismo si no pudiese hablar en este momento. Siempre hemos ido en busca de respuestas. Hoy no. Y me alegro.
Basia y yo nos miramos, nos ofrecemos pasar primero y, tras unos amagos de cortesía abiertos por lo ridículo, entramos en la torre.
Esta vez en busca de preguntas.

lunes, 1 de julio de 2013

Impasse

Impasse:

En la noche que había despertado –ésa que estaba al otro lado de la ventana– un sinfín de luces iban y venían, afortunadamente el potente estruendo de los coches volando de aquí para allá no atravesaba los cristales.
El resplandor del monitor iluminaba tenue la habitación en la oscuridad, una taza de café a medio acabar se enfriaba junto a ella y multitud de dispositivos electrónicos se desperdigaban por la mesa sobre la que dormitaba en una cacofonía de multicolores luces intermitentes. Y ella roncaba levemente mientras un hilillo de saliva caía de la comisura de sus labios y su gata dormía plácidamente a su lado. Unas gafas para conectarse a la red, con aquellos cristales verdes que emitían un suave fulgor, se aferraban como podían a su cabeza.
 El sonido ronco y desagradable del timbre hizo que abriera los ojos y se alzara en un aspaviento. Sus gafas terminaron de caer a la mesa. Ante aquel ruido áspero y eléctrico de la puerta su gata se dignó únicamente a menear una de sus orejas, ella por su parte terminó de incorporarse resignada sobre la silla, tenía un post-it pegado a la mejilla y los ojos entrecerrados. Parpadeó. El timbre volvió a sonar estridente, impaciente. Tenía que cambiar ese timbre de una vez, era el peor despertador del mundo. Se levantó y comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta, intentando organizar su mente. Con el pelo enmarañado le echó un vistazo a su reloj de pulsera, eran las nueve de la noche y empezaba a estar bastante segura de que con sus ganancias debía alquilar un local y tal vez contratar a un secretario. O al menos mudarse a un barrio mejor, de ésos que estaban arriba, donde había más sol y el aire olía menos a cerrado.
Abrió la puerta y se encontró frente a frente con Laia Olson, la cual traía consigo la habitual expresión de preocupación que solían tener sus clientes.
–Perdona, Laia, no… –comenzó ella a decir luchando aún contra el sueño o tal vez contra la realidad–. Estaba durmiendo. Ayer terminé de interrogarlos a todos… –su voz se desplazaba tirante– terminé tarde.
–¿Has hablado con todo el vecindario? –dijo Laia quitándole el post-it de la mejilla, su asombro no conseguía hacerse un hueco a través del desasosiego.
–Para eso me pagas, creo –se aventuró Amina.
–¿Y has encontrado algo? –preguntó Laia evidentemente inquieta.
–No, nadie sabe nada, pero eso concuerda con los informes de la policía… se supone que el cuerpo fue desplazado de la escena del crimen.
–¿Y nadie sabe nada? –la desesperación contenida en cambio sí podía entrar en juego con facilidad.
–A veces parece una pena que esto no sea como al otro lado del Atlántico, con cámaras de vigilancia en cada esquina –dijo irónica mientras se desperezaba–. El concierto acabó muy tarde, y luego permanecisteis en el Spike & Jet por un espacio de tiempo dilatado.
–¿Me estás interrogando, Amina? –aunque se esforzaba en aparentar tranquilidad, parecía a un paso de explotar desquiciada. Amina consideraba que Laia estaba llevando el asunto con bastante entereza.
–Una vez es suficiente. Saliste fuera de toda sospecha, como el resto de amigos de Scott, sólo intento explicarte la situación… Perdóname, mi cabeza está repasando informes incluso ahora. Pasa… Siéntate, ponte cómoda, te traeré algo de beber... y no te cobraré por ello.
Amina Adams se dirigió a esa especie de chatarrería entrópica que era su cocina, rebuscó entre pilas de utensilios y productos varios, y sirvió dos zumos de frutas en vasos grandes y desiguales. Después volvió al salón espacioso y diáfano: dos sofás blancos, una mesa de cristal, cuadros de mal gusto… Aceptable para las visitas y un mundo ajeno al resto de la vivienda.
–¿Cómo lo haces? –quiso saber Laia Olson sentada en el sofá.
–¿No cobrarte el zumo? No sé… creo que es pura diversión –le ofreció el vaso mientras se sentaba frente a ella.
–Siempre he pensado que tienes un extraño sentido del humor, ¿sabes?
–Bueno… lo prefiero cuando la gente se ríe.
–¿Es alguna clase de humor negro? –indagó Laia.
–Absurdo, sólo que hay muertos de por medio.
–¿Conservas a los clientes?
–Normalmente no hablo tanto con ellos –aseveró Amina–. De hecho debería callarme o voy a tener que empezar a hacerte descuentos indecentes. Lo siento, yo no conocía a Scott, aparte de la vez que me lo presentaste hace un par de años.
–¿Crees que me he equivocado al contratarte a ti o algo así?
–Bueno, yo soy muy buena haciendo mi trabajo, pero… mira, no te voy a mentir, necesitaba el dinero por lo que te dije: estoy a punto de mudarme. He sido demasiado avariciosa, tampoco tenía que haber aceptado. Últimamente he estado muy… descuidada. Menuda amiga, ¿eh?
El ambiente se relajó varias magnitudes.
–Pero yo lo que quería saber –siguió Laia– era… ¿cómo haces eso de los interrogatorios?
–Ahora que lo dices parece un gran misterio, no sé tener la boca cerrada –esta vez Laia esbozó una sonrisa, tenía trazos de una amargura avergonzada.
–Me refiero a… –Laia dudó unos instantes– escudriñar mentes, aunque tú ya sabías a qué me refería, supongo.
–“Escudriñar” –repitió Amina tanteando la palabra con los dientes, como si comprobase el peso de un objeto–, casi parece algo travieso e inocente –comentó con un ligero desconcierto–. Es como bucear por la actividad mental –explicó–. A través de un interrogatorio además puedo hacer que el cerebro se centre en una información determinada, aunque de fondo siempre hay un montón de información adicional relacionada, a veces interesante. Indagar verbalmente me ahorra mucho tiempo y me da pensamientos en forma de frases más o menos coherentes, un lujo.
–¿Y cómo distingues entre lo que es verdad y lo que es mentira? –preguntó Laia.
–Bueno, cuando mi mentirómetro marca un cinco punto cinco… Pues mira, entre recordar e imaginar hay una diferencia semántica importante aunque se activen las mismas áreas del cerebro. Y no sólo en cuanto al proceso en general sino también con respecto a aspectos más concretos, por ejemplo: los sentimientos desplegados pueden ser los mismos pero el enfoque desde el que… invaden la realidad es muy distinto. La práctica como tal del engaño es parecida, aunque la mentira pueda estar muy arraigada como proceso o como información concreta. Además en la mente se mezclan y entrelazan intenciones, deseos, sentimientos, pensamientos… para mí todo eso es la misma información: percibo pulsaciones llenas de significado. Al principio creí que era un caos, luego aprendí y vi que había un orden, ahora en cambio… no me atrevería a usar esas palabras para definirlo.
–Esto… ¿te has inventado algo de lo que me acabas de decir? –inquirió Laia arqueando una ceja.
–Sí –afirmó rotundamente Amina y luego se rió–. No, es broma. Oye, tú quieres asegurarte de mi eficiencia… yo diría que mi reputación me avala. Pero mucho me temo que por primera vez en veintiséis casos, no tengo nada. Normalmente no me cuesta cerrar un contrato satisfactoriamente, pero estoy tan perdida como la policía. A Scott lo mataron con un cordón de zapatilla a las tantas de la madrugada, no hay huellas, no le agredieron sexualmente… no hay rastro de ADN en absoluto. Parece un insulto de lo sencillo que es y no hay pistas. Es enervante. Tampoco tenemos un registro de los asistentes al concierto… La obsesión malsana como móvil sigue siendo lo más probable una vez te descartaron a ti. Eras la última persona que le vio con vida y ya sabes cómo funciona esto. Pero tocasteis en un tugurio oscuro. Quizás si os hubiese dado tiempo a comenzar con la gira nacional… tal vez habría algo grabado con cierta calidad o registros de compraventa de entradas y aún así no sería garantía de nada. Pero encontrar a la gente a partir de videos borrosos en la red, y más en un concierto crash, es bastante difícil.
–Entonces, ¿no hay solución? –el tono general de la cara de Laia cambió repentinamente y su expresión se tornó angustiada, Amina anticipaba un arranque de ira.
–Déjame sólo un día más, intentaré pensar algo –solicitó.
–¡Joder…! –exclamó Laia levantándose furiosa, airada quizás para disimular la consternación y la impotencia que la embargaban, dando un portazo al salir que resonó a exasperación.
Amina estaba cada vez más convencida de que Laia llevaba el asunto con una fortaleza excepcional y, conociéndola, sabía que poco tenía que ver con el hecho de que fuesen amigas. Había visto a gente que perdía completamente los papeles por incidentes más triviales que el asesinato de un buen amigo, como sucesos que tenían que ver con escarceos amorosos o estafas alrededor de herencias y testamentos, más habituales en su profesión. No es que no tuvieran aquéllos motivos para el enfado pero lo cierto era que la muerte era lo único definitivo en la vida. Aparte de la propia vida, claro.
De una u otra manera, y pese a su connatural optimismo, ella misma se sentía frustrada: llevaba algo más de un mes trabajando en el caso y a medida que corroboraba punto por punto los informes de las autoridades competentes e interrogaba a todos los vecinos de las manzanas circundantes al lugar en que fuera hallado el cadáver, se iba cerciorando desalentada de lo infructuoso de sus pesquisas. Se encontraba ante un callejón sin salida.
Fue a su despacho y le echó un vistazo desganado al ordenador, pensando en la montaña de documentos reducidos ahora a un inservible justificante de sus honorarios.
Paseó por entre la maraña de datos del ordenador y de repente dio con algo que había escrito –si no recordaba mal– cuando contaba alrededor de quince años:

–No es eso, los pensamientos no suelen estar muy ordenados… es como bucear entre libros y libros… –hablo rápidamente como siempre o eso creo, algunos imbéciles dicen que gesticulo mucho y tal, yo qué sé… mis trenzas azabaches se balancean sobre mis hombros de ébano haciéndome cosquillas, parecen rastas super molonas, eso es así– Si una persona está haciendo algo en particular piensa en ello y entonces le leo y punto pero… no sé, uno tiene que estar recordando algo muy concreto y eso para que yo pueda conocer ese recuerdo y tal… Joder, y hablo como el culo, ¿sabes? O sea... hablo como el culo, tío, y… y es raro, ¿por qué la gente con superpoderes encaja tan bien entre ellos y su poder? Es decir, su superpoder…

Lo peor de todo es que el texto seguía relatando sus experiencias desde ese mismo punto de vista tan maduro y aséptico. La verdad es que le hizo gracia, por otro lado agradeció no haberse metido a escritora, ella estaba hecha para otros menesteres. Al menos aquello le sirvió para relajarse. Volvió a los documentos importantes y leyó un par de líneas sueltas.
“No hay signos de forcejeo tras la autopsia del cadáver de tal modo que se barajan dos posibilidades principales: o bien el homicidio se llevó a cabo entre más de dos personas o por una sola muy corpulenta”, decían los informes. Sólo palabras. No podían cotejar el ADN porque no había…
De repente se acordó del resto del texto que había escrito de pequeña, hablaba con dos amigos suyos, los únicos raros –así se les había apodado– que conocía personalmente: Javi y la sempiterna Coralie, con poderes que por otra parte nada tenían que ver con el suyo.
Quizás había una posibilidad: existía un muy controvertido Registro Oficial de Dotados, incluso de aquéllos que cruzaban las fronteras como turistas. Y las multas que se le podían imponer a un raro no registrado eran cuando menos significativas, llegando en ocasiones y según escenarios previstos a ser penado con la prisión. Constituía la versión tal vez menos invasiva –en grado, que no cualitativamente– de las cámaras de vigilancia a ese lado del Atlántico y no acababa de cuajar entre la opinión pública que, pese a no saber qué pensar acerca de ese extraño colectivo y de sus deberes, tenía una vaga idea de los derechos que les correspondían: los que tenía todo el mundo. Parecía que el ROD –un registro cuya existencia era de público conocimiento y cuyo contenido no era accesible– tenía los días contados. A nadie se le escapaba que era el fruto de una acción legislativa motivada por la desconfianza y algo así, al menos en aquella parte del mundo, era insostenible.
Sin embargo si un raro tenía telequinesis, ¿qué le impedía aplastar la nuez de Scott Williams con un cordón de zapatilla? Pero aunque así fuera, ¿tendría pruebas físicas con las que sustentar sus hallazgos? Y eso era por repasar el poder más obvio en relación con el caso.
¿Cuántos raros debía de haber en todo el país? Por lo que Amina podía saber no pasarían de doscientos. Y aunque había algunos como ella, la gran mayoría había salido a la luz durante el último año, o eso era lo que se correspondía con la información ofrecida por los medios, los mismos que habían hecho pública la existencia del ROD como un escándalo contra la igualdad social. El debate estaba recién abierto y parecía que iba a empezar a sangrar. No quería pensar en eso aunque… a saber qué aptitudes poseían… Y aun así no tenía nada mejor en aquellos momentos aparte de su imaginación. Era posible aunque poco probable, no obstante y como dijo aquél: “una vez descartado lo imposible…”.
Bueno, aún así no tenía por qué haber sido un raro, sólo tenía que asegurarse de haber cubierto todas las posibilidades, nada más, en eso consistía su trabajo. Aunque había que reconocer que resultaba difícil de creer –por más optimista que fuera uno atendiendo a su reducido número– que ninguno de ellos le hubiera dado un uso deshonesto a sus capacidades. Seguro que como poco se habían dado casos de delitos menores, quizás había alguna investigación abierta por ahí... Además siempre cabía la opción de que alguien faltara en ese registro. Casi prefería no recabar pista alguna y no ser la responsable de una potencial cruzada contra los suyos… ¿Contra los suyos? Contra los raros.
No obstante su carrera como detective privado era producto de una amalgama muy equilibrada entre vocación, habilidad y afán de justicia. Sentía que por más que sus sospechas en torno a aquel caso se moviesen aún en los terrenos de lo potencial y lo imaginario, era su deber investigarlo. Cogió el auricular del teléfono y marcó un número.
–Phil, ¿sigues trabajando? –dijo tras esperar unos segundos–. Necesito que me hagas un favor… –enmudeció expectante por unos instantes–. No, tío, que me busques un par de cosas en la base de datos del cuerpo si puedes –aguardó de nuevo unos segundos–. No, tranquilo, no te meterás en un lío… bueno, igual sí, pero sólo si nos pillan. Mira, te comento…