Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.

domingo, 31 de mayo de 2026

Mazmorreo

Mazmorreo:

 


Shelyn tenía varios años de experiencia desvalijando mazmorras en ruinas, o al menos haciéndose con la poca chatarra que pudiera sacar de ellas, por eso, cuando esa losa de piedra se cerró a sus espaldas, no perdió la calma.

Es cierto, no le gustó haber pasado por alto una trampa; sin embargo, no conseguía localizar la losa o el mecanismo que la accionaba. Lo lógico sería que estuviera en aquella sala en la que se encontraba.

Aunque la sala en la que se encontraba le hizo pensar en alguna clase de magia retorcida, porque, cuando trató de iluminarla con su antorcha, lo que vio en ella era altamente sospechoso.

Para empezar, la habitación era perfectamente cúbica, que ya bastante raro es.

En el centro de la habitación había un pedestal sobre el que reposaba una llave, un par de pasos a la izquierda del pedestal había un espejo y, en la pared del fondo, una puerta con una inscripción que rezaba: “salida”.

Un extraño líquido luminiscente y azulado que cubría las paredes le dejaba adivinar más de lo que su antorcha le habría permitido.

Shelyn creía que no hacía falta ser una mazmorrera… no sabía cuál era la palabra, ¿tal vez mazmorreante? No… ¿Quizás mazmorreadora? En fin, daba igual, lo importante era que esa habitación era una trampa.

¿Pero por qué una trampa tan obvia? La principal función de una trampa es pasar desapercibida para ser accionada por el aventurero de turno y causarle algún daño.

¿Se trataba esto de alguna clase de extraño sadismo arquitectónico? Si fuera el caso, quizás lo que sea que había activado la losa que se cerró a sus espaldas estaba en el umbral mismo y el objetivo de la losa era aplastarla y no aprisionarla, pero Shelyn tampoco había hecho nada especial para esquivarla, simplemente había entrado en la sala.

Usó un bastón extensible para lanzar la llave lejos del pedestal sin tocarlo, aunque no pasó nada.

Después fue asegurándose con su bastón de que las losas del suelo y de las paredes no escondían ningún mecanismo que reaccionase a la presión.

Tiró algunos objetos a su alrededor, por si hubiera algún otro tipo de sensores que pudieran activarse al detectar movimiento y luego los recogió.

De forma un poco temeraria tocó la llave con el dedo, no pasaba nada, así que la cogió y la usó en la cerradura, pero, aunque encajaba, no giraba y no podía abrir la puerta. Tampoco podía decir que no se hubiera visto venir.

Sacó sus ganzúas, porque no se podía ir mazmorreando por ahí sin ganzúas de calidad, sin embargo y previsiblemente, el cerrojo tampoco cedía.

Tras pensarlo unos segundos intentó abrir la puerta sin meter ninguna llave, pero por lo que sea eso tampoco dio resultado.

Quedaba el espejo y Shelyn sabía que la combinación de espejos y ruinas perdidas y oscuras solía dar lugar a criaturas atrapadas al otro lado del terror, peligrosos viajes entre extraños planos de existencia sin una clara vía de vuelta a casa, enfermizos cultos interdimensionales, o a una atractiva pelirroja mirándola al otro lado. Pero normalmente Shelyn no tenía la suerte de ver su reflejo.

Juraría que su reflejo antes había sido normal, pero ahora, por supuesto, era una versión extraña de sí misma: más cuero, más palidez, definitivamente más cicatrices, unos ropajes con demasiadas cadenas colgando, algo parecido a agujas traspasando sus brazos y creando una especie de coraza y una actitud amenazadora.

Shelyn la examinó con curiosidad.

Esa criatura empezó a embestir desde el otro lado del espejo, primero fracturándolo, mientras Shelyn la contemplaba con interés. Después, la criatura al otro lado consiguió romper el espejo y salir o entrar en aquella habitación.

Hola, ¿no serás una metáfora? se aventuró Shelyn. No me gustan las metáforas trató de explicarse torpemente.

Es una pregunta extraña respondió la Shelyn del otro lado. No que yo sepa, ¿lo eres tú? ¿Puede una metáfora preguntarle a otra si es una metáfora?

No y no tengo ni idea contestó la aventurera, confundida.

¿No se te había ocurrido lo del espejo? preguntó la del otro lado señalando a ese boquete que quedaba entre dos salas que no debían poder conectarse como lo hacían.

No, soy un poco lenta y pensaba que yo era la yo correcta, hasta ahora, claro se disculpó Shelyn.

La Shelyn del otro lado rodeó el espejo, mirando en su interior de pasada: esas dos salas eran un problema geométrico importante.

Mola, ¿eh? le dijo a la Shelyn de este lado, sonriendo.

Tengo una idea Shelyn fue a lo que quedaba del espejo, lo cruzó y tomó la llave del otro lado. Después la probó en la cerradura y pudo abrir la puerta.

La Shelyn del otro lado iba a hacer lo propio pero se dio cuenta de que la puerta de su lado ya estaba abierta, por supuesto.

Cada una cruzó su puerta, la siguiente sala era rectangular, esta vez el espejo cubría todo el techo y cada una veía a la otra como si caminara bocabajo.

El espejo no era tal, evidentemente, al menos no las reflejaba a ellas y además podían oírse a través. El resto de la sala sí se reflejaba a la perfección.

¿Crees que esto tiene sentido? preguntó Shelyn.

Dejé las drogas hace años respondió la del otro lado, así que seguramente no.

En la pared del fondo había una pequeña placa con letra cursiva.

Aquí pone… comenzó Shelyn “el libre albedrío?”, pone un signo de interrogación y todo.

”¿Existe” pone aquí, pero sólo está el signo de interrogación de apertura indicó la Shelyn del otro lado. ¿Tú qué crees?

¿Es un problema lógico o emocional?

Creo que filosófico.

Ya, ya, ¿pero desde qué ángulo lo resolvemos?

Pongámoslo así propuso la Shelyn del otro lado. ¿Nuestra actividad mental está determinada o no? Si lo está, entonces no somos dueños de esa actividad y si no lo está, la actividad mental es aleatoria.

No me gusta esa idea… se sinceró Shelyn.

Si una actividad mental está determinada continuó la aventurera del otro lado, entonces está determinada por algo en nuestra mente o por algo externo. Si está determinada por algo externo, no tenemos libre albedrío, y si está determinada por algo en nuestra mente, simplemente estamos posponiendo el problema. Y podemos preguntarnos una vez más, eso que está en nuestra mente está determinado o es aleatorio. Y en cualquiera de los casos no tenemos el control de la situación.

Pero qué cojo-ohhh… Shelyn siempre había creído que el libre albedrío era esencial, por supuesto. Eliminarlo suponía tener que responder un montón de preguntas sobre ética, responsabilidad y punitivismo que gente muy inteligente pero tal vez no tan inteligente como para responder a esas preguntas tendría que hacerse. Y sin embargo, el libre albedrío de repente parecía una ilusión sin más que se rompía en añicos como aquel espejo de la primera habitación.

Al mismo tiempo, ese miedo de que un idiota que pensara que no existe el libre albedrío vería justificada cualquier atrocidad que cometiera, se desvaneció, porque ésa es la actitud de alguien que no comprende del todo el asunto.

No quiero decir nada dijo Shelyn sorprendida de haber dicho esas palabras.

¿Qué? se interesó la otra desde el otro lado.

Digo que si alguien me preguntara qué quiero decir si no hay libre albedrío…

Oh, sí, yo también soy demasiado mayor como para ir por ahí queriendo decir cosas convino su interlocutora. El libre albedrío no existe dijo teatralmente la del otro lado.

Esa pared del fondo se agitó un poco y generó una puerta.

Ambas la abrieron y entraron en la siguiente sala. Ésta era blanca y luminosa.

Ambas estaban en la misma sala, al mismo tiempo y en el mismo lugar, siendo una.

En la sala no había absolutamente nada, ni siquiera la puerta por la que habían entrado.

Shelyn realizó sus test rutinarios: comprobar si había sensores de presión, movimiento o sonido, comprobar si había alguna cavidad, relieve, saliente o cualquier viso de desnivel o separación en esa pared tan lisa.

Pero no había nada.

Así que Shelyn –o sus dos mitades– se sentó en el suelo y se puso a pensar.

Dentro de lo malo, ni tenía hambre ni sus funciones corporales parecían activarse, en otras palabras: tenía todo el tiempo del mundo.

Al principio pensó en su situación con urgencia, luego se relajó, luego reflexionó, se aburrió, se empezó a cuestionar el sentido de su existencia, de quién era, de qué era el mundo, pensó cosas tontas y fue pasando por estas fases, volviendo a ellas una y otra vez.

Tras lo que parecía ser una eternidad, dejó de pensar, porque hacerlo no le estaba llevando a ningún sitio.

Entonces se relajó en el silencio.

Éste se extendía en todas las direcciones, quien ella era se difuminaba en las paredes de aquella habitación y su mente se convirtió en un espejo que lo reflejaba todo.

Sin embargo, en el silencio volvió a pensar: su cerebro le dijo que la vida sería muy aburrida si no tenía nada en la mente, que no podía renunciar a sí misma con toda esa historia a sus espaldas. Y esa historia, quien ella era, se volvió a sentir pesada sobre sus hombros.

Sus temores de repente se abalanzaron sobre ella en una lucha sin cuartel, sus dudas aparecieron hiriéndola, su terror le trajo imágenes del pasado, llenas de oscuridad y de todo lo malo que le habían hecho o, sobre todo, había hecho.

Pero era demasiado tarde: Shelyn ya se había dado cuenta de que la idea que tenía de sí misma era una extraña mentira que nadie le contaba a nadie.

Sus errores eran su sabiduría y su dolor y preocupaciones le indicaban dónde estaban los problemas a resolver.

Y veía cómo toda esa oscuridad que llenaba su cuerpo, desaparecía, dejando huecos vacíos, que en lugar de repararse, dejaban pasar la luz.

A Shelyn no le gustaban las metáforas: nunca podías confiar en ellas porque nunca querían decir exactamente lo que fuese que decían, según Shelyn tenían un componente deshonesto, y por eso odiaba convertirse en una.

Ella valoraba la sinceridad –acompañada por supuesto de empatía– por encima de todo.

Así que se relajó y volvió al silencio.

Se dio cuenta de que las palabras no podían transmitir esa quietud, como mucho, podían nombrarla, destruyéndola en el proceso.

Y no estaba muy segura pero tal vez, y sólo tal vez, las metáforas fueran una forma –incomprensible, si le preguntaban a ella– de escapar de las limitaciones del lenguaje.

El silencio en cualquier caso sí le parecía una mejor solución: era muy honesto y quería decir exactamente lo que era.

El silencio se sentía como recordar algo importante, como volver a casa, esa calma de saber que estás donde deberías estar.

Y así, con un cuerpo atravesado por haces de luz, sintió cómo regresaba a sí misma.

Las paredes de aquella habitación se abrieron, como pétalos en primavera, y Shelyn se encontró ante una cabaña de madera en el bosque, junto a la que fluía un riachuelo: su hogar.

Hay que joderse murmuró.

Seguían sin gustarle las metáforas: no te puedes fiar de ellas.

 

     Mazmoreeo  © 2025 by Marta Roussel Perla is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International. To view a copy of this license, visit https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/

 

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