Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.

martes, 31 de julio de 2012

Pasar la tarde

Pasar la tarde:

El cielo se elevaba ante ellos como la paleta gigante del multiverso, con sus acostumbrados tonos verdes, azules, morados y naranjas. Resplandecía en la noche clara de la quinta hora después de que el gato se bajara del poste. Las tres lunas en lo alto se vislumbraban tenuemente en ese momento del día en el cual los dos soles estaban cada uno en un horizonte, señalando el camino de los misterios y la senda de los laberintos unidireccionales más allá de la explanada paradójica.
Dos figuras –una alta aunque levemente encorvada y otra menuda– cruzaban despreocupadas sobre la enorme rama de El Árbol de los Dioses sin Nombre un abismo de cientos de metros de profundidad. La sima era conocida como La Garganta del Mundo, en cuyo fondo el agua rugía cuando había tormenta, allí donde la vida se gestaba para luego subir a través de sus propias raíces y darle un abrazo al cielo.
–Los ancestros nos escucharán, ¿verdad, Yayotal?
–¿Quiénes son los ancestros? –dijo el anciano Yayotal apoyándose en su bastón al caminar.
–¿Hay otros aparte de éstos? –quiso saber la pequeña Tikal extendiendo sus pequeños brazos hacia la inmensidad del mundo.
–Hay quien no sabe verlos, hay quien no aprende jamás.
–Y, yyyy… si uno no aprende… ¿Cómo perdona?  –interrogó ella.
–No lo hace.
–Jo, pues eso es como si quisieras ir río abajo agarrado a una piedra muy, muy grande, ¿no, Yayotal?
–Claro. El mundo es más sabio que un solo individuo aferrándose a aquello que ya no está.
–¡Por eso si la gente dice que se ha hecho a sí misma es porque se deshace, ¿verdad, Yayotal?! –exclamó entusiasmada, corriendo alrededor de él y dando volteretas de vez en cuando.
–Así es. La gente es siempre lo que hace, rara vez lo que dice o lo que piensa de sí misma.
Sus pies descalzos salvaron la distancia entre ambos lados del precipicio y llegaron hasta la pequeña isla suspendida en la nada, de la que las raíces de El Árbol de los Dioses sin Nombre sobresalían, agitadas de vez en cuando por el viento, donde los deseos a veces se quedaban enredados durante unos instantes antes de seguir su vuelo. Llegó Tikal seguida de Yayotal a La Charca sin Forma y se tumbaron ambos sobre la hierba verde y brillante que bajaba por el terraplén.
El sonido de la aguda voz de la pequeña se deslizó por el silencio como si quisiera jugar al pilla-pilla con él y se atraparan el uno al otro constantemente.
–Pues yo creo que si una persona dice algo, la persona es lo que dice.
–A mí también me lo parece, pequeña Tikal.
–Pero la gente que dice mucho puede tener muchos pensamientos en la cabeza yyy… y la gente que dice poco puede tener muchos pensamientos en la cabeza, ¿verdad, Yayotal?
–La gente es como olas en el océano.
–Y nunca se ahogan, seguro que no.
–Nacen y mueren en el océano.
–¡No es cierto! ¡Porque son el océano! –aseguró la pequeña Tikal amohinada, rompiendo luego en carcajadas, como hacía siempre después de enfurruñarse.
–Por supuesto –el anciano Yayotal, satisfecho, pensó que Tikal ya conocía a los ancestros que no eran, no habían sido ni fueron jamás, no iban a ser y nunca serían.
Tikal por su parte se acercó a La Charca sin Forma reptando como las serpientes y bebió agua.
Luego se levantó y empezó a saltar riendo y disfrutando de las salpicaduras y de las gotas brillando ante los dos soles, contemplando sus múltiples reflejos acuosos en los que viajaban fluyendo los secretos.

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Kaleidoskopio

Kaleidoskopio:

            Nunca me he sentido a gusto siendo clasificado, y no se trata simplemente del sentimiento del orgullo herido al saberme una persona formada, con mis propios pensamientos, emociones, interpretaciones y aspiraciones. Tampoco tiene que ver con el hecho de que no me sienta cómodo al pertenecer a un grupo determinado, por más que se me pueda alegar que si no estoy en un grupo, estoy en otro. No creo que la realidad, contemplada en sus propios términos, tenga esa necesidad de clasificación que tenemos nosotros porque no creo que tenga necesidad alguna. Podría parecer que la realidad, curiosamente, no es tanto un estado como un proceso. Yo por mi parte empiezo a sospechar que es algo que no puede ser aprehendido en esos conceptos.
En mi opinión pretender limitar la realidad a los estrechos confines de la lógica, sistemas, algoritmos o lenguajes no es más que una variante sutil del argumento paternal del “porque sí”. Es presuntuoso. Y esto me lleva a considerar qué es la inteligencia –porque no me parece que la presunción sea una de sus manifestaciones–. No paro de ver series de televisión en las cuales la inteligencia –si es que hay una sola cosa que pueda recibir ese nombre, lo cual dudo– se confunde con una verborrea pedante de pobre contenido o leo libros en los cuales un individuo puede sistematizar la realidad en base a un lenguaje determinado, muy evolucionado, eso sí, verbal, matemático, simbólico o tal vez una mezcla de todo lenguaje posible, llegando incluso a realizar certeras predicciones, puesto que, por lo visto, la realidad es reductible a nuestros toscos sistemas humanos de categorización y clasificación. Es tan ridículo como cuando los vanguardistas quisieron derribar el lenguaje sustituyéndolo por otro sistema de símbolos en su lugar, es decir otro lenguaje, de forma que el experimento –al menos en ese punto– fracasó. He de añadir que como experimento en sí fue un éxito, aunque se tratase casi de un éxito tautológico: el mero hecho de intentarlo ya suponía llegar a la meta.
Volviendo al tema, no niego que una inmensa capacidad de relación sea síntoma de inteligencia –lo es–, pero la inteligencia también está presente en el deportista de élite con especiales aptitudes, que toma decisiones precisas en intervalos de tiempo mínimos, y no sólo en decisiones que podríamos considerar puramente intelectuales... porque eso sería como intentar introducir todo el conocimiento del mundo en una diminuta prisión.
A mi entender la base del problema de una hipotética reducción de la realidad a un sistema escrupulosamente organizado radica en la circularidad del pensamiento y en la arbitrariedad de nuestros conceptos –irónicamente esta arbitrariedad está condicionada por nuestra constitución psicológica o biológica. Por un lado el pensamiento no puede salir de la esfera del pensamiento. Al ser una esfera –bueno, en realidad la forma es más o menos opcional, intento señalar las fronteras inherentes al discurso racional–, es un terreno limitado y nuestros movimientos filosóficos están condenados a una rotación cíclica, no somos mucho más que un ratón corriendo en una rueda y presento todos mis respetos al ratoncillo. Desde el pensamiento resulta imposible salir del pensamiento dado que lo único que encontramos es más pensamiento en toda su estrechez. Por otro lado los conceptos que manejamos están absolutamente sesgados y se basan en cortes caprichosos, tanto es así que los diversos idiomas humanos tienen palabras intraducibles entre sí. Se podría aducir que la mayoría de las palabras de una lengua sí puede verterse a otras, no obstante, siempre nos las tendríamos que ver con los confines del individuo, cuya trayectoria vital es inimitable y está provista de un significado único que se transfiere a los significados que pueden tener las palabras que tal sujeto emplea a lo largo de su vida, variando entonces no sólo de una persona a otra, sino de un momento a otro.
En cualquier caso estos cortes se mueven entre los opuestos, y éstos los condicionan. Y a su vez los cortes condicionan a los opuestos. Es un sistema cerrado que no para de zozobrar mientras parece sumido en una aparentemente férrea estabilidad. Se podría pensar que los opuestos son valores absolutos, sin embargo sólo adquieren significado reflejados en su contrario, es decir, que nuevamente son producto de una escisión casual en el tejido de la realidad. Una vez más, el intersticio entre ellos queda vacío de significado cuando reparamos en el absurdo de estos conceptos contrarios condicionados entre sí. Y curiosamente el mundo humano muy a menudo no nos presenta situaciones que puedan resolverse mediante la simple lógica. Al entrar las emociones en juego para permitirnos actuar y tomar decisiones, constatamos que nuestro mundo es ilógico –en un extraño sentido puesto que la lógica tiene indudablemente su espacio–. Quizás las emociones sean sólo un síntoma de esa realidad que parece resistirse a nuestra obsesiva codificación y racionalización. Nuevamente tenemos una división arbitraria: caos y orden, bien y mal, son herramientas útiles más que conceptos reales, fluctúan por nuestra conciencia despertando reacciones en nosotros, sin embargo no deberíamos olvidar lo que son.
Así desaparece todo concepto incluida la petrificada idea que pueda tener de mí mismo, por ejemplo en una infinita red de interrelaciones causales, tan vasta como el tiempo y el espacio.
Esos pretendidos esquemas globalizadores que todo lo engullen y organizan suelen olvidar la naturaleza de la realidad, en un alarde de esa especial y pueril arrogancia propia de nuestra especie. Nuestros constructos, por burdos, son complicados. No pueden jamás dar cuenta de la sencillez de la realidad. Todo intento de confinar esa sencillez es, por forzado y violento, demasiado complicado porque la sencillez sencillamente transcurre y fluye.
La creatividad está vacía y por eso está llena, porque va mucho más allá de los límites del pensamiento –el cual sólo se mueve a través de conceptos–, cruzando esa frontera sin pedir permiso, yendo a un terreno que no tiene límite alguno y por tanto, no existe.
El intento de codificar la realidad es un mito derribado por el principio de incertidumbre –o porque uno se asome a la ventana, tanto da–, y al igual que el paso del mito al logos, deberíamos pasar del logos a la unidad. Se trata de reconocer que esto, más que una codificación, es un juego que se juega a sí mismo y que el lenguaje y todo ese intento por organizarlo no es más que parte de ese juego.
Personalmente estoy convencido de que la creatividad está en todas partes. No soy barrendero por ese motivo, por supuesto, soy barrendero porque me gustan los movimientos que ejecuto, porque trabajo al aire libre y porque puedo conversar con algunos ancianos muy interesantes –y con otros que no lo son tanto–. Dicen que tengo talento para realizar algunas actividades más enriquecedoras –el concepto de “lo enriquecedor” se incardina dentro del baremo de alguien o de la sociedad, tanto da porque, en cualquier caso, no es el mío–, pero el hecho de que yo me dedique a cultivar este oficio como un arte no es un acto de rebeldía contra el sentimiento de pertenencia a un grupo ni contra los estándares de lo que se considera un empleo atractivo, ni tampoco busca dar ejemplo de nada –de ser así todo el hilo de pensamientos hasta ahora hilvanados no serían más que una especie de tratado hipócrita–, sino que hago lo que hago porque me siento bien al hacerlo. Si quisiera realizarme a través de mi trabajo –algo por otra parte estimable– tendría que lidiar con límites autoimpuestos. En lugar de eso, prefiero que cada instante de mi vida se libere de todo significado y así el significado vuelva a él constantemente, si es que alguna vez ha habido algo capaz de cargar con el peso de ese nombre.
De este modo, si mirase a través de un caleidoscopio, me quedaría maravillado por las relaciones de las formas geométricas y los colores al transformarse. O tal vez simplemente me quedara embobado con los colorines y punto.
–¿Cómo va? –pregunta el viejo Matías desde el otro lado de la calle.
–Pues nada, aquí, pensando en los caleidoscopios.
–¿Tenían tres espejos? –era de los interesantes. No porque supiera o no lo de los tres espejos, claro.

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domingo, 15 de julio de 2012

Sucinta reflexión acerca de la poesía

Si existe el verso libre y también la prosa poética, ¿la poesía no consistirá en ir dándole al Enter de forma ocasional, tanto más azarosa cuanto más alternativo sea uno? Total que, ¿cómo definirla si no? ¿Dónde están los límites de esta locura?
       ¿Ven?
             ¿Ven?
                    ¿Ven adónde nos lleva esto?
                                                         ¡Al caos y a la anarquía!
   Muajajajajá (y cae un rayo que es lo suyo).

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domingo, 1 de julio de 2012

Realidad negada


Realidad negada:

            Quiero tu amor, mi amada.
            Quiero tu desprecio.
            Quiero notar el tacto de tus puños sobre mi estómago,
derríbame al suelo y golpéame.
Insúltame.
Pero no, deja de pegarme.
No quiero llorar, ni tú quieres verme llorar, ámame.
Además, hasta los niños pueden dar patadas,
es tan burdo… hunde mi espíritu mejor,
hace mucho más daño.
Castígame, dime las cosas que he hecho mal,
remóntate años atrás y recuérdame cada detalle
que de cuantos fracasos vitales cometidos me torturan.
Acúsame de engañarte con todas
aquellas mujeres a las que jamás me uní.
Destroza mi espíritu.
Y si logro realizar algún amago de levantarme,
apunta a donde duele,
dime que soy justo aquello contra lo que lucho,
dime que soy machista, apático y cruel o que no te gusto
tantas veces como haga falta hasta que vuelva a mi lugar.
Hasta que bese el suelo de nuevo,
que es donde debo estar.
Dime que soy yo el único
y engáñame con otros entre hipócritas mentiras.
Puedes abandonarme siempre que quieras,
yo te seguiré como un cachorro perdido.
Explícate, justifícate, ¿por qué me pegabas?
¿Por qué me maltratabas?
Tienes las respuestas preparadas.
Pero mi mirada de desafío no es más
que la de un perro apaleado y acorralado en busca de refugio.
            No soy nada sin ti.
No soy nada para ti.
Sólo te necesito a ti.
Entra en cólera si alguien se interesa por mí,
desconfía de mí y de mi amor por ti,
y si quiero estar con mis amigos, échamelo en cara,
dime que no te dedico tiempo,
que no hago nada contigo,
porque me posees.
Interrógame cada vez que hablo con alguna vieja conocida
y verás que pronto dejaré de hablar con ella,
porque al menos así podré verte contenta.
Y si no tengo ganas de acostarme contigo,
oblígame, soy una puta, puedes obligarme y yo debo servirte.
Dime que soy un egoísta que sólo piensa en sí mismo y fóllame.
No valgo nada.
Ni siquiera soy una persona.
Dime todo lo que valgo.
Dime que soy el mundo entero.
Dime que me amas.
Destrúyeme y prométeme que vas a cambiar.
¡Por favor! ¡Por piedad!
¡Porque quiero tus besos!
Quiero ser tuyo.
Quiero tu amor.
Ojalá no existieras.
Quiero tu amor.

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Soy tuya


Soy tuya:

            Quiero tu amor, mi amado.
            Quiero tu desprecio.
            Quiero notar el tacto de tus puños sobre mi estómago,
derríbame al suelo y golpéame.
Insúltame.
Pero no, deja de pegarme.
No quiero llorar, ni tú quieres verme llorar, ámame.
Además, hasta los niños pueden dar patadas,
es tan burdo… hunde mi espíritu mejor,
hace mucho más daño.
Castígame, dime las cosas que he hecho mal,
remóntate años atrás y recuérdame cada detalle
que de cuantos fracasos vitales cometidos me torturan.
Acúsame de engañarte con todos
aquellos hombres a los que jamás me uní.
Destroza mi espíritu.
Y si logro realizar algún amago de levantarme,
apunta a donde duele,
dime que soy justo aquello contra lo que lucho,
dime que soy irresponsable, mentirosa y frívola o que no te gusto
tantas veces como haga falta hasta que vuelva a mi lugar.
Hasta que bese el suelo de nuevo,
que es donde debo estar.
Dime que soy yo la única
y engáñame con otras entre hipócritas mentiras.
Puedes abandonarme siempre que quieras,
yo te seguiré como un cachorro perdido.
Explícate, justifícate, ¿por qué me pegabas?
¿Por qué me maltratabas?
Tienes las respuestas preparadas.
Pero mi mirada de desafío no es más
que la de una perra apaleada y acorralada en busca de refugio.
            No soy nada sin ti.
No soy nada para ti.
Sólo te necesito a ti.
Entra en cólera si alguien se interesa por mí,
desconfía de mí y de mi amor por ti,
y si quiero estar con mis amigos, échamelo en cara,
dime que no te dedico tiempo,
que no hago nada contigo,
porque me posees.
Interrógame cada vez que hablo con algún viejo conocido
y verás que pronto dejaré de hablar con él,
porque al menos así podré verte contento.
Y si no tengo ganas de acostarme contigo,
oblígame, soy una puta, puedes obligarme y yo debo servirte.
Dime que soy una egoísta que sólo piensa en sí misma y fóllame.
No valgo nada.
Ni siquiera soy una persona.
Dime todo lo que valgo.
Dime que soy el mundo entero.
Dime que me amas.
Destrúyeme y prométeme que vas a cambiar.
¡Por favor! ¡Por piedad!
¡Porque quiero tus besos!
Quiero ser tuya.
Quiero tu amor.
Ojalá no existieras.

domingo, 1 de abril de 2012

Cuento de primavera



Cuento de primavera:

            Antes de nada, niños, me gustaría advertiros de que los colores de este pequeño cuento de primavera son el blanco, el negro y el rojo. No, no son los colores propios de una historia con final feliz, así que, si lo que queréis es un relato de pájaros cantando a coro con las flores, posiblemente seguir leyendo no sea la mejor opción. Pero si no os importa que el final vaya a ser triste –a veces hay finales tristes–, continuad…

Érase una vez un hombre muy romántico que paseaba por el parque a eso de las dos de la tarde. Este hombre, siempre muy atento a lo que pudiera ocurrir, se encontró con el Amor que estaba sentado en un banco tomando el sol del mediodía.
            No estaba muy seguro de si era o no era el Amor, de modo que, por si acaso, le preguntó quién era.
–Soy el Amor –respondió.
–Entonces pronto me enamoraré –dedujo el hombre.
–Supongo –dijo haciendo una mueca de circunstancias–, no lo sé… yo sólo estoy por aquí, se está a gustito.
El hombre, temeroso de que el Amor pudiese marcharse de su lado y haciendo gala de un pragmatismo que de lógico rayaba en la psicopatía, comenzó a arrearle puñetazos en la cabeza hasta que éste se quedó inconsciente y se lo llevó a su casa como rehén. Era un hombre muy romántico y…
Un momento. Niños, tenéis que entender que el Amor es un concepto abstracto y que, aunque es igual para todos si es bien entendido, nuestro hombre romántico sólo veía un Amor muy concreto e individual que no era ni más ni menos que el que él había creado. Era un amor grandilocuente y muy limitado, en definitiva sometido al autoritarismo. Él se creía, como hacen muchos adolescentes, el único amante verdadero. No hace falta aclarar que estaba muy equivocado y que su error le llevaría lejos. Pero, en fin, continuemos con la historia.
Como iba diciendo, era un hombre muy romántico y había idealizado tanto el Amor que básicamente lo tenía secuestrado en el cuarto de baño contiguo a su espaciosa habitación –nuestro hombre romántico vivía en un lujoso chalet, aunque eso importaba más bien poco salvo por el hecho de que tenía un garaje privado muy práctico, ya veréis–. El Amor, maniatado, trataba de hacerle entrar en razón y le decía:
–No puedes retener el amor. No puedes hacer que nadie se enamore de ti, sólo puedes amar en la libertad. Da igual qué sutiles artimañas utilices, si sigues haciendo lo que haces, no amarás, sólo crearás una ilusión, sólo será una situación de necesidad.
–¿Una situación de qué?
–De necesidad… –repitió– de codependencia. Ya sabes, dos personas que están juntas porque tienen miedo de vivir el amor de verdad o de vivir a secas… ¡Por eso me has raptado! ¡Si yo fuera una persona de carne y hueso gritaría para que los vecinos llamaran a la policía!
Y es verdad que nadie podía oír al Amor de nuestro hombre romántico, no obstante nuestro hombre sí. Y lo consideraba bastante molesto, porque se quejaba mucho y se pasaba todo el día suplicando libertad. Así que lo amordazó.
Era nuestro hombre un tanto fanático con su idea del amor. Ni siquiera el Amor iba a hacerle cambiar de opinión.
Fueron transcurriendo los años y tuvo cinco parejas distintas con tres mujeres y dos hombres mientras su recluso pasaba el tiempo encerrado en el cuarto de baño contando baldosas. Nuestro hombre siempre les decía a sus amados: “Nadie te amará como yo”. Y, afortunadamente para sus parejas, era cierto. Él no sabía amar, siempre necesitaba a alguien. Se enamoraba del amor y no de sus parejas.
El pobre hombre no era muy listo y como no era muy listo se creía muy especial. De pequeño le dijeron que tenía que ser mejor que los demás y se lo debió de creer. No comprendía que lo especial estaba en todas partes.
Siempre hacía sufrir a los demás. Creía que su problema era no dar con la persona adecuada, sin embargo su problema era el siguiente: no era capaz de entender la forma en la que el amor florecía con sus pétalos y sus espinas, y que había que regarlo igual todos los días. Y, además, siempre quería enjaularlo como si fuera un animal doméstico. Deseaba lo imposible.
No se trataba de que sus relaciones fueran el problema sino de que su forma de relacionarse no era apropiada.
Pero, como hemos dicho, se creía especial y por lo tanto era incapaz de ver aunque tuviera dos ojos en la cara. De modo que siguieron pasando los años y un día, ya solo y muy harto de no entender las lecciones de la vida, agarró a su Amor –famélico y casi muerto por falta de alimento– lo bajó al garaje y lo tendió sobre una mesa.
Cogió unas tijeras de podar y le arrancó el dedo corazón de la mano derecha con el cuál intentaba su cautivo expresarle su opinión del asunto. Nuestro hombre tenía en mente hacerse un llavero con aquel dedo, un capricho. Bueno, el caso es que después cogió una motosierra y la puso en marcha.
Y comenzó a desmembrar al Amor sobre su mesa del garaje, ignorando  unos gritos desesperados que imploraban salvación ensordecidos por la mordaza que llevaba.
Seguidamente arrojó el torso, los brazos, las piernas y la cabeza –que, cubiertos de sangre, lo estaban poniendo todo perdido de rojo– a una trituradora de carne que tenía felizmente por allí.
La activó y la máquina hizo su trabajo.
Después cogió la masa sanguinolenta del Amor y lo metió en una batidora eléctrica para hacerse un zumo.
Cosa que hizo.
Y, claro, se lo bebió.
Estaba convencido de que así el amor nunca le abandonaría.
Por supuesto, niños, ya podéis imaginar qué le ocurrió a aquel hombre que había descuartizado su amor sin miramientos…
Nunca jamás volvió a saber nada de él.

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Lluvia

Lluvia:

            El cielo lloraba lágrimas finas y abundantes mientras el sol aparecía dorado entre las nubes lejanas, iluminando el paisaje. Un hombre, sentado bajo la protección de una gran piedra y de una pesada cota de malla, avivaba una hoguera mientras sostenía una rama con pequeños trozos de carne ensartados. Miraba al horizonte, observando los rayos de sol internándose uno a uno entre las nubes del mediodía, prometiéndole una tarde apacible. Su rostro sucio de barro, duro y curtido en experiencias, contemplaba meditabundo con dos ojos azules de acero cómo una figura se acercaba a lo lejos, aproximándose por el camino entre los prados que bajaban por la ladera de la montaña. Le dio un par de vueltas a su pincho entre las manos y lo retiró del fuego, agitándolo levemente antes de llevárselo a la boca.
El crepitar del fuego le hacía compañía a sus pensamientos.
          Solía imaginarse, en las ocasiones en que se fijaba en una persona en concreto entre la multitud del mercado o la plaza, a veces también en la soledad del camino, cómo sería la vida de aquél en quien sus ojos habían elegido posarse, qué sentimientos tomaban su corazón y qué destino podía esperarle. Tenía que admitir que el trato con los demás le disgustaba y que solía evitar cuanto podía los pueblos y ciudades, lugares que frecuentaba únicamente por razones de estricta necesidad. La gente en general era idiota, o tramposa, o pretendía engañarle. Él era cazador de hombres, un trabajo que le permitía comprender cada vez con más claridad la oscuridad del alma humana pero incluso en sus tareas a veces era objetivo de pretendidas estafas que solían acabar con amenazas por parte de pueblerinos paletos o guardaespaldas paletos. El mundo era un lugar complicado y en ocasiones le daba la sensación de que aquéllos a quienes daba muerte o captura no eran peores que los que le contrataban. En cualquier caso una ocupación así le venía como un guante. Se preguntaba cuánta oscuridad se escondía tras aquella mujer de aspecto guerrero que caminaba hacia él con paso decidido, qué secretos inconfesables guardaría en su pecho y punzarían su alma noche tras noche.
–¡Eh, tú! ¿Qué andas pensando? –soltó de pronto la viajera. A él le turbó aquella forma tan directa de dirigirse a un desconocido, esa manera tan despreocupada que nacía de una expresión risueña.
–Hace un buen día. –respondió con voz perezosa tras unos breves instantes, intentando ocultar sin mucho éxito su deseo de que la caminante pasara de largo.
–No estabas pensando eso – declaró ella–, pero gracias por regalarme tu falta de honestidad –se aproximó a él, vestía un peto de cuero y escarcelas y musleras de anillas, bajo la armadura llevaba un tabardo de un verde característico revelando su pertenencia a la Orden de Nínive, que tomaba su nombre de una legendaria herrera–, siempre es útil saber a qué atenerse, ¿verdad?– Esbozó una sonrisa repleta de franqueza.
–¿Deseas algo?–quiso saber él con un mal disimulada irritación en su voz.
–Iba a preguntarte si tienes comida –miró alrededor por un momento y después volvió a fijar la vista en su interlocutor–. ¿Tienes comida?
–Ten. –le extendió una bolsa llena de pedazos de carne frescos y sangrantes. Ella rebuscó entre los bolsillos atados a su ancho cinto de cuero y sacó un tenedor de madera maquinalmente. Inmediatamente después lo volvió a guardar con movimientos precisos y cadenciosos, cogió un palo del suelo, le pasó la mano un por encima, le dedicó un par de escuetos soplidos y trinchó un par de piezas de carne, absorbiéndose en cada gesto. Nunca se les negaba comida a los monjes, motivo por el cual algunos de ellos llevaban una vida de verdaderos parásitos sin importar el estrato social del que pudieran provenir.
–Muchísimas gracias. Que tus dioses te den bendiciones.
–¿Mis dioses?
–Pareces de Zealel.
–Soy de allí.
–Pues eso, tus dioses. Son varios –le explicó.
Ella comenzó a comer sin pensárselo mucho, mientras tanto él empezó a meditar sobre la pregunta que había comenzado aquella conversación. ¿Era tal vez únicamente una burda excusa para pedirle algo que llevarse a la boca? ¿Tenía él acaso expresión de pensar algo en particular? ¿Y qué si especulaba sobre la oscuridad de aquella mujer? ¿Por qué tenía ella que saber en qué estaba pensando? ¿Qué iba a hacer, juzgarle con su superioridad moral de monje, tan trillada y cansina? ¿Y además, por qué iba una monja de la Orden de Nínive así pertrechada? ¿Y quién demonios era, por cierto?
No obstante su hilo de pensamientos instigados por el miedo se vio interrumpido por los gruñidos de desazón y la subsiguiente voz de la mujer explicando sus muestras de malestar.
–Joder, me estoy cagando. Mierda, así no hay quien coma. Oye, esto… ahora vuelvo.
–¿No deberías haberte presentado? –le reprochó él.
–¡Sí, sí, ahora…! –exclamó ella alejándose corriendo unos metros más allá, bajo la lluvia, y disponiéndose a purgar su cuerpo. –Discúlpame, me llamo… –emitió otro gruñido, esta vez en medio del esfuerzo– Aile de Maru. ¿Tú?
–Oshnrava de Zealel –la forma de pronunciar su lugar de procedencia era bastante distinta a la que ella había empleado y es que tenían acentos muy diferentes –de hecho en Zealel no se hablaba el idioma de Aile–, sin embargo ambos se entendían.
–¿Puedo llamarte Osrraba? Es que hay varias letras de las que has dicho que, mira, soy incapaz de repetirlas. Si te es inconveniente o irrespetuoso, trataré de esforzarme más –extrajo de uno de sus bolsillos pergamino para limpiarse.
–¿Qué haces? ¿Qué es eso? –su curiosidad parecía haber despertado súbitamente.
–Me limpio, porque no hay hojas por aquí cerca. En mi tierra tomamos baños y nos lavamos, por eso hemos escrito un libro para mantener relaciones sexuales que supongo que a vosotros os parecería inservible… –se mantuvo dubitativa un segundo– o pintoresco –finalizó con decisión.
No obstante, y pese a que al cazarrecompensas le pudiera parecer que bañarse era una forma de debilitar su cuerpo contra las enfermedades y que todo aquello era digno de ser discutido, sus reflexiones de forma involuntaria volvieron a enfocarse en la primera cuestión, la cual le invadía incesantemente la cabeza horadándola y cruzando por ella una y otra vez. La inseguridad a la que había adorado como a sus propios dioses, que le había mostrado un mundo lleno de traición, le tomaba haciendo que poco a poco su cuerpo la obedeciera, hace tiempo esclavizado por ella.
–¿Por qué te interesaba saber en qué andaba yo pensando? –inquirió al fin, algo irritado.
Ella frunció los labios, en pose pensativa mientras volvía a atravesar la carne con su improvisado cubierto, sentada en aquella porción de suelo seco con las piernas cruzadas.
–Bueno, no pareces un tipo muy feliz consigo mismo –le aseguró la viajera con la boca llena, sin darle demasiada importancia.
–Suelo encontrarme mejor cuando no hablo con gente –usó un tono bastante tajante, quizás más agresivo de lo que permitían las convenciones sociales de Maru.
Ella en respuesta soltó una risotada sincera escupiendo un poco de la comida que intentaba tragar.
Y él contestó a aquel gesto con una bravata:
–He matado a hombres por mucho menos que esto. –de hecho sonaba como una verdadera amenaza.
Ella, mudada su afable expresión, desenvainó su espada velozmente. Le rozaba ya con el filo la garganta cuando él apenas hubo podido echar mano de su hoja. Oshnrava, con los dedos firmes en la empuñadura, trataba de contener su impotencia y su vergüenza, trataba de esconder su orgullo herido en su asombro. Pero no temblaba, porque en los ojos de aquella monja leía una vida sin otras arrebatadas.
–Nunca has matado a nadie. –le espetó.
–Ni deseo hacerlo, pero tengo aún menos ganas de morir. –afirmó con la más pura convicción. Aun a ella le impresionaba su propia fuerza, nacida probablemente del temor.
–No sabes lo que es acabar con la vida de un hombre. Suplican, se aferran a ella hasta el último aliento. –aseveró él, algo más calmado. A Aile le pareció algo artificial aquel mensaje dada la situación, tal vez interpretaba al personaje del cazarrecompensas más que mostrarse a sí mismo. En cualquier caso no perdió de vista el contenido profundo de sus palabras.
–No eres valiente, sólo te has acostumbrado al dolor de los demás. Tú te aferras más que ellos.
–¿Qué sabes tú de mí, niña? –el fuego de su interior volvía a llenarle de cólera en apenas unos segundos.
–Que no te cuesta matar. Y para el que está dispuesto a matar por gilipolleces y además a un monje, la vida no tiene valor. Ni la tuya ni la de los demás. Pero yo sólo quiero comer, así que cálmate y envaina –el dudó por un momento–, vamos, esto es excesivo –hizo aquella declaración en un tono tranquilizador, amigable y sobre todo tan sencillo que resultaba incomprensiblemente irrebatible para él–. Además –comenzó ella a decir buscando alguna forma de distraer la violencia que, según había podido comprobar, podía desatarse en aquel corazón con suma facilidad–, ya que estamos, podríamos hablar de tus pensamientos, al parecer, aunque no entiendo muy bien por qué, te interesaba mucho saber qué piensa esta desconocida a ese respecto.
Él se mantuvo unos instantes sin decir una palabra, parecía confuso, como si en su alma se agitase un mar de emociones bajo la tormenta del desconcierto. Ella siguió comiendo, dándole todo el tiempo del mundo y disfrutando de una carne que tenía muy buen sabor y del repiqueteo de las gotas de lluvia golpeando el suelo con paciencia.
–Sí. –dijo él tras una larga espera. Aile se sobresaltó casi imperceptiblemente, y tuvo que hacer memoria para seguir el hilo de la conversación porque, disfrutando del tiempo, lo había olvidado momentáneamente.
–Pareces un tipo impulsivo, te cuesta encontrar serenidad.
–La encuentro cuando no hay gente, rodeado de árboles del bosque, del fluir de los ríos… soy más espiritual de lo que parezco.
–No, no lo eres en absoluto –afirmó rotundamente–. Esa calma no es tuya sino de los árboles y de los ríos –siguió hablando rápidamente, sin dejarle espacio para reaccionar–. Dime, ¿qué ocurre cuando hay gente?
–Dejo de encontrarme bien.
–¿Por qué?
–¿Tengo que contestarte a todas estas preguntas?
–Si no quieres no, aunque ha sido decisión tuya. La verdad es que yo prefiero comer.
Él titubeó. Miró hacia el horizonte, como si buscara ayuda más allá del cielo y de la tierra. Calló durante largos segundos y ella esperó. Aile pensaba que, de alguna manera, ese hombre necesitaba ser oído, pero estaba segura de que nunca había tratado de escucharse a sí mismo. Resultaba sorprendente lo que podía la gente abrirse a desconocidos. Consideraba que abrirse a la primera persona que pasara por allí era algo bastante arriesgado para alguien en sus condiciones, pero, dado que ella no le deseaba ningún mal a nadie, estaría él a salvo en aquella charla. No le solían gustar a la monja aquéllos que necesitaban ser rescatados porque, en general, no querían ser rescatados ni rescatarse a sí mismos y porque solían dar con gente peligrosa y dañina, no obstante siempre le habían intrigado las historias que sus mayores tenían para relatar. Aprendía.
–Pierdo la calma porque el corazón de la gente es un nido de embustes, porque engañan y manipulan, porque en ocasiones me utilizan, a veces ni siquiera cobro y no suelo conocer a gente que me resulte de confianza, y si por lo que sea me fío, por lo que sea, me equivoco sobre en quién depositar mi confianza. Los monjes de Nínive dais consejos…
No pudo acabar de pronunciar la frase, súbitamente se derrumbó, como una torre hacía siglos abandonada. Y se echó a llorar.
No era una historia precisamente fascinante, se lamentó la monja, demasiado borrosa e imprecisa. Sólo eran huellas de demonios azotadas por la tempestad, demonios que estaban en todas partes, en lo que parecía ser –según sospechaba ella– el dolor de un niño atrapado entre las amargas arrugas de la insatisfacción que comenzaban a hacerse hueco en su rostro, perfilando ya el dibujo de su alma.
El pobre era como una princesa atrapada en esa misma torre que caía bajo su propio peso… pero Aile sólo conocía una respuesta a esta clase de asuntos. Una respuesta tan intensa como sólo podía serlo la realidad. Siempre le había preocupado el hecho de que las víctimas solían ser verdugos al tiempo. Lo pensó un poco y llegó a la conclusión de que eso de que “le preocupaba” no era la expresión adecuada… más bien le parecía interesante. Sólo eran dos caras de la misma moneda, de la misma forma que el error sólo era la otra cara del acierto. No sabía hasta qué punto era justo ahorcar a un asesino –para ser más precisos no pensaba que fuera justo en absoluto–, puesto que, aunque no lo pudiera parecer, la principal víctima del crimen era siempre el propio criminal. Por eso sólo aquéllos que aceptaban haber cometido errores podían entrar en la Orden, tenían que estar preparados para comprenderse a sí mismos, para olvidarse de sí mismos, para entender el sufrimiento y sus innumerables máscaras, y aprehender así la verdadera naturaleza de la empatía. En cualquier caso la situación de Oshnrava era, muy probablemente, injusta para mucha gente, empezando por él mismo.
–Lo siento –comenzó ella a decir–, pero no estás preparado para escuchar ningún consejo, hace falta estar en un punto de apertura que no has alcanzado. Si dejara volar mis palabras, producirían el efecto contrario al pretendido, es muy peligroso.
–¡Dímelo! –le exigió él con repentina furia, que por caprichosa era casi pueril.
–Estás alterado –constató ella–. No puedes escuchar, el momento no ha llegado.
–¡Dímelo! –insistió.
–La realidad es dura, es directa, ¿lo entiendes? A veces no es tan sencillo… cálmate, por favor. No quieres oírlo y yo no puedo convencerte de lo contrario. En realidad no quieres oírlo, por favor… entiéndelo –reclamó con una férrea seguridad en sus palabras.
Él desenvainó, enjuagándose las lágrimas con su mano izquierda, colérico, fuera de sí.
–¡Aplaca tu ira –exclamó ella alzando los brazos–, Osrraba de Zealel! ¡Escúchame y templa tu alma!
Bajó la espada, pero en su expresión no se veía ni rastro de avenencia ni concordia, sino el turbio convencimiento de su siguiente paso, anticipando unos pesados grilletes para el destino.
–Eres una monja de la Orden de Nínive, debes hablar si te lo pido tres veces –sentenció.
Ella asintió, suspiró y tomó aire antes de comenzar su discurso, sabedora de que tenía ante sí a un hombre desesperado y poco receptivo, e igualmente conocedora de sus votos.
Consideró la posibilidad de quebrantarlos. No sería la primera vez ni la última –ni era tampoco algo infrecuente entre los monjes de la Orden–. Sin embargo sabía que esto no acabaría sino con el deseo de aquel extraño saciado, por más que fuera él incapaz de entender las consecuencias que algo así tenía. Porque la otra opción era una vida segada por la ceguera más absoluta y era aún más estúpida si cabía.
“Las palabras son tan poderosas como les dejemos serlo”, pensó ella dándose ánimos, consciente de que lo hacía en vano.
Le miró a los ojos, acorazados de azul.
Y comenzó a hablar.
–Da igual adónde vayas, el problema está sólo en tu mente –pronunciaba las palabras despacio, haciendo acopio de toda la parsimonia que podía, intentando que su sinceridad, a la que debía fidelidad, no entrara en batalla con la débil imagen que su interlocutor tenía de sí mismo, consciente de que era casi imposible–. Las personas a tu alrededor simplemente te reflejan, porque tú estás lleno de secretos, utilizas, manipulas y eres poco digno de confianza. Cuando estás solo crees que estás mejor, sin embargo tu pesar te persigue sin descanso, por eso sabes que nunca obtienes esa ansiada paz que dices buscar. En mi tierra hay un refrán que reza: “cree el ladrón que todos son de su condición”. Por eso da igual a dónde puedas dirigirte o lo que creas que controlas. No se trata de cambiar lo que hay fuera. Se trata de hacer algo con lo que hay dentro. Es fácil culpar a cualquiera por tu infelicidad, pero todo eso que dices sólo demuestra que la desolación de tu corazón se acuerda de sí misma con más facilidad ante la cercanía de otras personas, las cuales sencillamente revelan quién eres y aparecen ante tus ojos, no como son, sino como eres tú. Si culpas a los demás por tu infelicidad, no pierdas el tiempo preocupándote, pues siempre serás desdichado. La gente es gente como el cielo es cielo. Y aquí el problema eres tú, tu mente. Puedo endulzarte este mensaje, pero bastante acostumbrado pareces ya a decirte a ti mismo que los demás te han hecho así, a descargar tu culpa, y ya eres demasiado mayor como para ignorar las verdades más básicas de la vida. Si te sirve de consuelo, no eres el primero que veo en ese estado. Ahora bien, el mundo en el que vives no tiene nada que ver con la realidad. Y eso no quiere decir que el mundo no sea duro, lo es si lo quieren tus ojos. Pero tú no vives aquí, tu corazón mora en algún otro lugar, lejos. Quizás tus dioses sepan dónde –se detuvo para tomar aire y contempló unos ojos que parecían resistirse a todo cuanto decía y, a la vez, exigir un poco más–. Dicen los ancianos de Maru que cuando llueve, el agua cae del cielo sin rechistar. La gente que es feliz sabe a qué se refieren, conoce el significado de esas palabras. Esa misma gente eligió abandonar el sufrimiento y aceptar el dolor y la alegría sin más. Nadie puede ayudarte. Pero tú sí puedes ayudarte a cada segundo. Y para eso tienes todo mi apoyo. Porque basta una elección tuya y entenderás todo cuanto te rodea, no hay elección. Todo es mucho más sencillo de lo que crees, créeme, por favor. En el mundo sólo existe la Unión, no hay diferencias y no existe el mal… Eso que vives no es la realidad, te has alejado de ella. Pero siempre podrás volver. Es mucho más sencillo de lo que crees porque en realidad no tienes que cambiar nada. Escucha, si lo que deseas es seguir tu camino, sumérgete en él, vive en él como si nada más existiera, aliméntate del sufrimiento con todo tu ser, haz que tu corazón lata en él, consume el espíritu del bosque, frústrate, sé infeliz hasta que la infelicidad se convierta en todo cuanto existe y cree en todas esas cómodas mentiras que el miedo te susurra al oído cada noche al conciliar el sueño y que te guían, porque sin duda será ése el camino que debes seguir y, créeme también en esto, nadie es quién para decirte qué tienes que hacer. Pero no culpes a lo que existe fuera de ti para justificarte porque no hay absolutamente nada que exista fuera de ti, tú lo eres todo, y todo es un reflejo de lo que eres. La paz es aceptarlo como es, entonces desaparece el espejo y queda el mundo. Siempre tienes ante ti una encrucijada, yo sólo te presento varios rumbos a tomar. Tu camino, sea cual sea el que elijas, es tu camino y de nadie más –juntó las palmas de sus manos ante sí para terminar con la conocida expresión–. Nínive es dios y demonio, uno y muchos.
Oshnrava se echó a llorar, tendiéndose en el suelo, temblando.
Aile, aunque ya una mujer, tal vez fuese demasiado joven como para medir sus palabras de forma apropiada o quizás fuera una simple cuestión de carácter. Sabía que él no podía hacer otra cosa que malinterpretar su mensaje. Siempre había sido demasiado brusca incluso para los estándares de la Orden y lo aceptaba así. Ella era más bien falible, no conocía la verdad ni creía tener más razón que él –a fin de cuentas él vivía como deseaba y no podía imponerle a nadie ser feliz–, pero era consciente de que aquellos que optaban por ignorar la realidad, terminaban encadenando su destino a un movimiento descendente y espiral.
Se comió su último pedazo de carne, tiró el palo al suelo, dio las gracias de nuevo y se despidió siguiendo su camino.
El hombre se quedó allí deshecho, entre gimoteos y lágrimas.
Aile rezó por él, entendía que no quisiese cambiar pese a no compartir en absoluto su visión de las cosas. Y le deseó lo mejor.
Era bien sabido que cuando uno encontraba en el camino a un monje de la particular Orden de Nínive y le pedía consejo acababa llorando o riendo. Se solía decir en las tierras de Maru, Basaru y Hermod que aquello no dependía del monje, sino de si el necesitado de auxilio estaba preparado o no para recibirlo.
Quizás –pensó ella– a la Orden le vendría mejor un método más gradual de tratar los problemas de la vida o tal vez ahondar más en el alma humana y su movimiento para poder restablecerla. Claro que, por otra parte, ellos no estaban ahí para salvar a nadie.
En cualquier caso Aile, siguiendo los votos, no volvió la vista atrás.
Llovía sobre su cabeza, sobre ella.
Comenzó a sonreír de nuevo.
Porque mientras tanto, sencillamente, llovía.
Y el agua caía del cielo sin rechistar.

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