Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.

sábado, 19 de octubre de 2013

Unas horas en La Coquette


A Vito. Jajaja.

Unas horas en La Coquette:

            –Pero no te voy a engañar: echo de menos el sexo. –dijo ella
–Yo también –aseveró él–, pero soy un poco más gay: echo de menos los mimos. Que me acaricien y me abracen… Aun así… siempre he sido muy dependiente. Y debería ser una naranja entera, no una media naranja.
–Es un pensamiento reconfortante y, coño, más saludable –afirmó la chica.
–Me pregunto, con todo lo que ha pasado… por qué la gente se deja manipular, por qué la gente se equivoca y la caga, tronca.
–Es una pregunta difícil de responder.
–Es que… –comenzó él dubitativamente– ¿Sabes?, creo que es el sufrimiento, que… la gente que sufre… En fin, si te lo he dicho mil veces, soy un poco pesado. Pero a veces me parece que la gente la caga y se reafirma, y tal, en lo que hace sólo… sólo por orgullo o algo así. Como si echarse atrás fuese un error. Aunque obviamente estén defendiendo algo que a todas luces se pasa la ética por el forro de los cojones.
Ella asintió y comenzó a decir:
–La verdad es que cuanto más reflexiono, más me da la sensación de que la capacidad que tiene una persona de rectificar es uno de los mejores indicadores de su calidad humana.
–Eso mismito pienso yo y ya sabes… rectificar de verdad. Y… es un alivio oírlo de otra persona. Pero, ¿sabes?, desgraciadamente si alguien te dice “lo siento” y repite el error, te está engañando. Y puede estar realmente arrepentido en el momento por lo que ha hecho, pero, oye, que lo vuelve a hacer. Y miente, lo quiera o no. Eso es mentir, vamos, se mire como se mire.
–Desde luego no deberíamos permitir que una disculpa equivaliese a una justificación.
–¿No, verdad? –coincidió él.
–Del mismo modo que una explicación no es una justificación, aunque de hecho una disculpa sea algo cualitativamente distinto.
–Sí, es como una promesa hacia el futuro. Es jodido que uno rompa su palabra.
–¿Te gusta la cerveza? –quiso saber la chica.
–Está cojonuda, tú. Nunca había tomado cerveza roja, es muy dulzona. Bueno, eso creo, con lo constipado que estoy igual me como un pedazo de cartón corrugado de ocho capas y me sabe a cerdo agridulce. No, pero sí. Cojonuda.
–Yo la de trigo la tolero cada vez menos –le confesó ella.
–A mí nunca me gustó, es como la coca light. Te va bajando por la garganta y va sabiendo cada vez peor, es increíble.
–Da mucho asco.
–Hace poco me dijeron que no sé quién (un famoso o algo) dijo que eso de beber coca light es de gordos –comentó él.
–Jajaja.
–Es inteligente. Es decir, igual es estúpido. Pero es inteligente, ¿eh?
–Jajaja.
–Tronca, ¿te acuerdas del tuto? Molaba. Te pusieron un parte.
–Sí –afirmó ella.
–A mí otro, pero el mío fue muy tonto –le aclaró el chico.
–Sí.
–Tú defendiste nuestros derechos, fue genial –declaró él sonriendo.
–Jajaja.
–“No nos insulte usted más” o algo así –dijo él tras un intento fallido de hacer memoria a través de los años.
–“Sí, sí, pero deje ya de insultarnos, por favor” –le recordó ella.
–Jajajaja.
–Esa señora no paraba de insultarnos –le ilustró ella–, nos llamó tontos unas cuantas veces: “es que sois unos tontos”, “porque sois tontos, de verdad”…
–Valiente imbécil. Vaya mierda de persona que se aprovecha de la ignorancia de unos críos de dieciséis años. Porque, joder, se estaba aprovechando de nuestra absoluta incapacidad para defendernos –explicaba él con cierta incredulidad a pesar de haberlo vivido–. Es fácil manipular a unos chavales…
–Mi madre me echó la bronca, mi padre me dijo que muy bien hecho. Jajaja.
–Jajaja. Sí, tía, no es como esos casos en los que un padre idiota pega al profe de su nene porque ha cateao con todas las de la ley. Tú hiciste lo que debías. Bueno, siempre has sido muy así.
–Tampoco está muy bien que una señora empiece a denigrarle a una impunemente –reflexionó la chica tras dar un trago.
–Ah, volviendo a lo de antes, la mezcla de “jar rok” y “pank” –comenzó a decir él, cambiando de tema.
–“Jar rok” –repitió ella con sorna.
Hard rock –rectificó él poniendo un acento exagerado–. En España está mal visto decir las cosas bien en inglés.
–Y es cómico –resolvió ella alzando el dedo índice–, porque da la casualidad de que las cosas bien dichas es como se dicen.
–Jajajaja. Sí. Pero la gente se ríe de ti si hablas bien. Bueno, total, que Nashville Pussy están de puta madre. Ya ni me acordaba de que me los enseñaste tú.
–Fíjate, qué tontería, ¿eh? Parece que no, pero tampoco.
–Jajajaja. Yo qué sé, tú, no me acordaba. Ya ves… Bueno, pagamos ya la cuenta, ¿no?
–Por mí sí –convino ella–. Yo ya no voy a tomar nada más y se va haciendo tarde.
–Pero tenemos que volver. Además hacía mucho que no veníamos y el blues mola.
–Sí que mola.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Kalani

“People don´t fail because they aim too high and miss, but because they aim too low and hit”.
LES BROWN.

Kalani:

Kalani escuchó risas y conversaciones subiendo por las escaleras. No tenía tiempo para pensar. No tenía tiempo… ¿Qué estaba bien, qué estaba mal? Pegó un tiro. Luego salió al sol. No sabía muy bien qué acababa de pasar. Sabía que las piernas le ardían mientras corría sobre el cemento de los tejados, y que sus hombros le dolían indeciblemente cuando trepaba hasta las escaleras de incendios después de atravesar de un salto un espacio vacío entre los edificios. Oía muchos pasos corriendo tras ella, muchas amenazas y una cantidad moderada de insultos tomando aire. Y entonces las piernas volvían a quemar. Corría, se escabullía, saltaba, trepaba, corría… Apenas le llegaba el aire a los pulmones. Se había golpeado en la carrera, notaba un moratón en el brazo. Aunque dejó de oírles, no paró de correr. ¿Había salvado algo? El pellejo, claro, ¿pero aparte? Creía… creía que no se había equivocado. Seguía siendo Kalani cuando, exhausta, trataba de recuperar el aliento, y el ritmo de su respiración se asentaba con una tos, muy lejos de allí y muy aliviada. Seguía siendo Kalani, no había ninguna duda.
Entonces… ¿podía caminar como antes?

El zumbido de las moscas cubría los muertos.
Una figura menuda con una mochila a cuestas rebuscaba entre la pila de cadáveres. Se cubría la cara con un casco y unas gafas de piloto. Casi se había acostumbrado al hedor de la descomposición y de la sangre reseca. Llevaba una camisa de tirantes manchada, un brazalete de cuero y otro hecho con hilo de cobre trenzado que le arrancaba destellos rojizos al sol. Tenía una enorme cicatriz en el hombro izquierdo, de una época en la cual aún caminaba junto a gente que se había preocupado por ella. Sus pantalones vaqueros estaban desgarrados a la altura de las rodillas y sus deportivas, como sus calcetines, desparejadas. Su piel morena, al igual que sus ropas, estaba salpicada por la mugre y los restos de suciedad tras semanas en la meseta.
            Arrojó a su espalda un destornillador, luego bajó corriendo a por él, levantando una nube de polvo al llegar al suelo, riendo a carcajadas.
Volvió a trepar a la pila de cadáveres y metió el destornillador en su mochila. Tiró un pintalabios, cogió un reproductor de música estropeado, empujó con esfuerzo un par de cuerpos y trató de espantar a las moscas sin éxito dando manotazos al aire y gritándoles cosas. Lanzó por ahí un par de botas destrozadas, una dentadura postiza, la funda vacía de unas gafas, una venda muy usada y ennegrecida mientras ponía cara de asco, billetes, tarjetas, carnés. Nada útil.
Pero bueno, al menos había encontrado un destornillador.
Se quitó el casco de piloto, se pasó el dorso de la mano por la frente retirándose el sudor de sus cabellos y respiró hondo. Su pelo, corto y cortado caprichosamente, era rubio bajo la suciedad que lo cubría.
Hacía mucho calor.
La pequeña Kalani, esa figura menuda, miró alrededor: hacía una buena mañana pese al bochorno y la vegetación que había tomado la ciudad a unos kilómetros de allí respiraba verde e intensa.
Junto a la pila de cadáveres sobre la que se encontraba había un huerto arrasado y dos chozas construidas mayormente a base de planchas de uralita y madera adheridas de mala manera a los restos de una pared. Demasiados muertos para tan pocas casas...
Adultos… eran indeseables.
Los niños también, también eran indeseables y también había bandas de ellos saqueando y degollando al abrigo de la oscuridad. Bah, adultos pequeñitos.
Aunque, pese a todo, a veces podía hacer trueques en el camino. Adultos raros, tres o cuatro hasta fueron amables. Kalani se dedicaba a vender cosas y a escapar de gente, quizás por eso era increíblemente buena juzgando a los demás.
Hacía mucho tiempo, cuando le hicieron y le curaron la cicatriz, había tenido compañeros. No los recordaba bien… Suponía que iba a la ciudad con la esperanza –tan secreta como le obligaba la soledad– de encontrar a alguien, porque su cuerpo o sus tripas o lo que fuera que hubiese dentro de ella sabía que necesitaba contacto humano.
“Eres ingenua, Kalani”, se decía a sí misma, pensando en sus experiencias previas: poblados medio civilizados asaltados por bandidos, aldeas endogámicas, abusos, canibalismo...
Abrió su mochila y sacó su botella de agua de río. Dio un trago, volvió a guardar la botella y se echó la mochila al hombro. Se puso la mano sobre la frente a modo de visera y calculó la distancia que la separaba de su destino.
Luego se echó a andar sonriendo, a fin de cuentas hacía un día fenomenal.
Cuando ella andaba también bailaba un poquito mientras se imaginaba canciones llenas de ritmo. Tenía que vivir un poco, ¿no? Se pasaba el día sobreviviendo…

Un par de horas más tarde, al mediodía, paseaba por las calles de la ciudad. Los coches llenos de óxido, los carteles, el asfalto y las tiendas desiertas no dejaban de resultarle un paisaje extraño. Siempre que caminaba entre los edificios de una ciudad tan grande pensaba más o menos las mismas cosas: “¿quién habrá sido tan idiota como para construir algo así?” o “¿encontraré algún hueco para aparcar?”, porque todo era descomunal y no servía para nada. En fin, al menos había mucho musgo y hiedras. Kalani había oído que antes no había plantas en la ciudad. Qué asco.
Las grietas se abrían en el orgullo del hombre antiguo con la cadencia del tiempo. Y ella condensaba la profundidad de aquel pensamiento en un bufido elocuente pese a la falta de vocales:
–Pfff… –pero sólo su estómago contestaba.
Tenía que encontrar comida, así que rodeó un bloque de pisos que tenía buena pinta para hacerse una idea de sus dimensiones y comprobar posibles rutas de huida. Una ventana del tercer piso daba a tejados colindantes, bastaría.
De la entrada sólo quedaban los goznes. El sonido de sus pasos alertó a unos pájaros que alzaron el vuelo y salieron en desbandada por un enorme agujero en una de las paredes. Si había suerte, aún quedarían latas en conserva y si había gente, probablemente tendrían huertos en las azoteas y las plantas altas. En aquel vestíbulo vio un par de ascensores atascados entre los pisos, inaccesibles. Los observó recelosa, ella nunca le confiaría su vida a nada que funcionara con una batería o mecanismo alguno. Bastante le disgustaba ya llevar ese revólver tan viejo… Kalani llevaba cinco balas cargadas –y no seis, lo cual podía resultar peligroso si se disparaba el percutor, que era bastante sensible– y unas cuantas más en un bolsillo interior. Cogió su arma e intentó hacer el menor ruido posible mientras evitaba pisar los cascotes y piedras que había diseminados aquí y allí.
Subió por las escaleras. Entre el tercer y el cuarto piso había un boquete infranqueable en lugar de escalones.
Se internó por un pasillo entre luces y sombras y restos de escombros meticulosamente apartados contra las paredes, de modo que se andaría con ojo. Había una ventana al final, era la que llevaba a los tejados. Miró al techo, en algunos puntos podía ver el cielo abierto a través de los pisos superiores. En aquel corredor el papel de las paredes –desgarradas y desnudas por lo demás– estaba descolorido. Marcos de puertas flanqueaban su caminar, a veces en lugar de madera sólo quedaban manchas de pegamento. Uno de ellos tenía hoja: la penúltima puerta a la derecha. Se detuvo, aguzó el oído. Creyó reconocer el sonido de un murmullo que procedía de la habitación cerrada. Nunca estaba de más saber a dónde no ir.
Las primeras dos habitaciones estaban vacías.
En el segundo cuartucho a la izquierda había armarios. Se deslizó sigilosamente hasta ellos y los abrió con mucha calma, evitando que las puertas chirriasen. Una considerable cantidad de latas de conserva apiladas fue lo que encontraron las dilatadas pupilas de Kalani que, emocionada y conteniendo una risotada que quería escapársele de entre los dedos, dejó después correr la cremallera de su mochila cuidadosamente, sin bajar la guardia por un momento.
Ya tenía una ceja arqueada y la lengua sobresaliéndole sobre el labio superior –su habitual expresión de concentración– mientras comenzaba a extender los brazos lentamente, cuando de repente su cuerpo reaccionó tensándose, alerta, sin abismos en su mente por los que cayeran las dudas, más allá del silencio para que ni solo ruido pudiera escapar en él. Estaba oculta y muy erguida junto al marco de la puerta.
Había escuchado algo.
Miró de reojo hacia el pasillo: pudo distinguir la figura de un hombre sin camiseta –con toda seguridad un adulto indeseable– que salía de la habitación cerrada, se metía en la de enfrente y volvía después de unos segundos por donde había venido dando un sonoro portazo. Fenomenal, ¿sólo un adulto?, fenomenal. Pero no pensaba confiarse demasiado. Eran como los perros o los lobos: no solían estar solos.
Volvió a sus quehaceres entre los armarios y cogió siete latas. Cuando se trataba de comida nunca tomaba más de un cuarto de lo que se encontraba, quizás era arbitrario, pero... Bueno, vale, era arbitrario y punto.
Se disponía a marcharse cuando escuchó unos gritos… ¿eran de hombre? Sí, eran de hombre. Eran gritos de dolor cortos, constantes, continuados. No era la primera vez que Kalani los oía, y siempre que los oía acababa metiéndose en líos.
“Eres ingenua, Kalani”, se recordó, “no te digo más”.
Una vez un viejo dispuesto a intercambiar bienes le dijo “la curiosidad mató al gato” y ella pensó que menudo viejo. No recordaba de qué hablaban, pero seguro que el anciano no lo dijo al tuntún. Empezaba a entender eso del gato muerto cada vez más.
Avanzó silenciosa por el pasillo, preparada para esconderse en alguna de las habitaciones ante cualquier sospecha. Estaba rompiendo sus propias reglas: aparte de la entrada, su ruta de huida estaba al fondo del pasillo y no era muy sensato intentar escapar en la dirección de la que uno presumiblemente tendría que huir.
Deslizó el tambor de su revólver abriéndolo con cautela. Colocó la sexta bala sobre el percutor, despacito. Se quitó las gafas de piloto, sus ojos de color azul oscuro brillaban al sol que se colaba por el tejado. Esas gafas dejaban un surco de suciedad, mugre y sudor alrededor manteniendo sus ojos siempre limpios.
Giró el picaporte, le dio un empujón a la puerta y apuntó.
El hombre sin camiseta estaba mirándola de frente, sobre un colchón enmohecido, dándole por culo a un tipo que habría estado atado de pies y manos si no fuera porque tenía los codos seccionados, ahora muñones y puntos de sutura. Había una mesita de noche sobre la que descansaba un revólver y nada más que mereciera la pena. Paredes sucias, suelo agrietado, vómito, heces y agujeros en el techo, en aquellos momentos no eran detalles en los que ella fuera a reparar. Sin embargo la mano del hombre aproximándose lentamente a la pistola no le pasó desapercibida, aunque a la distancia que estaba le iba a costar mucho a aquel imbécil alcanzarla.
–No te muevas, pringao –le advirtió Kalani arrugando la nariz, parapetada tras el cañón de la suya.
–No quieres hacerlo, niña –observó el hombre, quizás leyendo algo en su rostro.
–Yo sólo quiero estar viva –aseveró ella dando un paso adelante, frunciendo el ceño, concentrada y convencida. Kalani se acercó poco a poco al revólver de la mesita, vigilante, lo cogió sin dejar de apuntar a aquel tipo, volvió a la puerta lentamente y allí contó las balas que tenía, se las quedó y guardó la pistola en su mochila.
–Mátame –musitó el hombre mutilado.
–¿Q-qué? –se le escapó a Kalani la realidad.
–Mátame, por favor –repitió aquel hombre roncamente, sollozando, implorando una salvación de plomo ante su agonía.
Kalani escuchó risas y conversaciones subiendo por las escaleras.
No podía permanecer allí ni un segundo más.
No tenía tiempo para pensar. ¿Qué estaba bien, qué estaba mal?
Sujetó con fuerza la culata del arma. Apuntó. Pegó un tiro.
El retroceso tomó la forma de un tirón en sus brazos, ella dio un par de pasos hacia atrás por el impulso.
La sangre manchó la pared y el cuerpo se desplomó inerte contra el colchón.
El indeseable –el que estaba violando al de los brazos amputados– aún tenía su miembro introducido en lo que ya era un cadáver. No parecía importarle.
Y ella oía el sonido de pasos que aligeraban y distinguía voces de alarma que se acercaban al pasillo, alertadas por el ensordecedor estruendo del disparo.
Se escabulló de sí misma y su mente y su cuerpo reaccionaron por ella, y salió disparada de allí.
Corrió y trepó y saltó ágilmente entre tejados, verjas y escaleras que se precipitaban al vacío del asfalto. Era rápida huyendo y ellos terminaron por dejar de perseguirla.
Aunque dejó de oírles, no paró de correr.
Después de un buen rato, apoyada sobre una alambrada, exhausta, llorando y tratando de recuperar el aliento, se puso a pensar entre bocanadas ahogadas y toses de agotamiento…
Creía… creía que no se había equivocado.
Así que, aunque vaciló unos instantes antes de hacerlo, empezó a bailar mientras caminaba. Primero con timidez, luego como siempre.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Breve biografía

Breve biografía:

No quería ser las letras ni quien las hubiera escrito, no quería ser el blanco ni el negro, ni premios ni aplausos ni ignominia ni silencio ni soledad. Si hubiese querido escribir algo, no habría podido, no habría sabido. Cuando escribía para algo, por alguna razón, tenía que tirarlo todo a la basura. Cuando se abandonaba dejándose desaparecer no hacía nada y, sin embargo, sus manos se deslizaban por el teclado como si tocara un nocturno al piano y el mundo entero naciera de su pulsar, como si sintiera que no había nada sin hacer. Además casi siempre acababa diciendo lo que quería decir, pero tenía que dejar fluir esos instantes en los que no estaba presente porque sólo entonces sus ideas se convertían en pura vida y sus suspiros eran como pinturas en el lenguaje del tiempo. Y no podía pensar porque todo era algo sin nombre, algo hermoso. Un día se olvidó tanto de todo que se dio cuenta de que ella misma era un recuerdo sostenido, prodigiosa como un chiste, de que era la imaginación estallando y tomándolo todo, de que nunca jamás en su vida había estado perdida. Unos años después alguien puso una lápida en el Woodlawn Cemetery de Saskatoon, normal y corriente, de piedra gris.
Ella por su parte se había dejado en el mundo una sonrisa igualita a la del gato de Chesire, junto a un libro abierto y un vaso de leche.

sábado, 31 de agosto de 2013

Memorias de antes de nacer

Memorias de antes de nacer:

            Aquí se está calentito, la verdad.
Uy, perdón, vayamos por partes: estoy en un útero.
            Y soy un niño tan pequeño que aún no he nacido.
Pero aún antes de nacer tengo una historia y creo que no está mal. Yo diría incluso que tengo mucha más historia, mucho antes de ésta.
Papá era cobarde y la voz suave de mamá dice que papá, antes de hacerlo con ella y concebirme a mí, antes de que viniera la cigüeña, estuvo con una prostituta. Papá estaba casado con mamá por la Iglesia, pero creo que eso no le importó mucho. Y contrajo una enfermedad que se llama gonorrea.
La gonorrea es una enfermedad de transmisión sexual provocada por la bacteria Neisseria gonorrhoeae o gonococo según la Wikipedia.
La Wikipedia es una enciclopedia de internet que aún no existe, pero existirá unos cuantos años después de que yo haya nacido.
En estos días, mientras yo aguardo acogido en un vientre repleto de comodidades, mi mamá y mi papá se contentan con leer la Gran Enciclopedia Larousse, que no está mal para los tiempos que corren, aunque se quedará desfasada, ya lo verán. Yugoslavia ya no será lo que es.
Pero volvamos a la gonorrea. A mí el nombre me recuerda a Sodoma y Gomorra, y lo de gonococo me suena a comecocos. Bueno, aún no, claro.
Comecocos… waka, waka, waka.
La gonorrea en el feto –y desgraciadamente yo soy uno de ésos, un feto– puede causar ceguera durante el parto y la muerte o aborto durante el embarazo, supongo que si entonces causara ceguera, no sería muy importante…
Pero la verdad es que yo aquí no sé si veo nada. Bueno, seamos sinceros, tampoco puedo tener pensamientos conscientes, articular lenguaje y ni mucho menos relatar historias, ¿qué se han creído ustedes?
¡Si ni siquiera sé cuántos soy! Por lo que a mí respecta yo podría ser gemelos o trillizos, u octillizos como los de Apu.
Apu es el tendero indio –de la India– de Los Simpsons, una serie de dibujos cuyas primeras diez temporadas son magistrales. La verdad es que la serie tampoco existe aún pero no le queda tanto como a la Wikipedia.
Regresando al interior del vientre materno nos volvemos a encontrar conmigo. Y yo tengo miedito, porque puedo morir. Y mamá sabe que el embarazo no va bien, lo supo desde el primer momento. No sabe por qué lo sabe. Pero sabe que lo sabe, porque es una madre, ha tenido más hijos y, sobre todo, ha prestado atención a lo esencial. Y ha interrogado a papá porque se hizo pruebas y el médico se lo dijo, le dijo: “tiene usted gonorrea”. Porque cuando yo estaba por nacer aún se llamaba a la gente de usted en el ambulatorio independientemente de la edad que uno tuviera. Esperen, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí, que tengo miedo.
Y mamá también tiene miedo.
Y papá le dijo que la habría cogido en la ducha –hablo de la enfermedad–. Y mamá pensó que “este hombre es tonto”. Luego pensó “y lo peor es que cree que yo soy tonta, aunque lo peor es que eso no es ni mucho menos lo peor, ojalá”.
Y a pesar de que aquí se esté calentito, el cuerpo de mamá quiere expulsarme. Quiere enviarme ahí fuera muerto… Porque éste no es un buen año para nacer de veinticinco semanas. Uno se muere sin remedio. Cuando haya móviles con internet y libros electrónicos dará igual, pero ahora no. Uno se muere. Y, porque no puedo, pero si no, diría que no quiero morir. Aunque, ahora que lo pienso, ¿seguro que el cuerpo de mamá quiere desprenderse de mí? ¿Y no será al contrario? ¿No será que su cuerpo y su corazón y su amor y su mente son como una misma cosa que está desafiando a la enfermedad? Porque yo soy una manifestación de la realidad o algo así, y, ¡eh, estoy aquí dentro!
Pero si logro nacer seré –probablemente– ciego. De ser así no sabré qué son los colores y la gente me preguntará qué veo y yo les diré cualquier cosa porque no sabré qué dicen. Y ellos me preguntarán si veo negro y yo les diré que “estaría bien eso de ver el color negro pero es que no lo entiendo”, “pero tienes que ver algo”, ésa es la gente.
La gente es un poco lenta –o rápida en exceso– cuando hay demasiada junta.
Pero voy a morir. Así que no va a pasar nada de eso.
No lo digo por decir, lo dicen los médicos. Esto es lo que se llama un argumento de autoridad.
Mi papá es un irresponsable. Mamá ha aprendido que siempre lo fue, pero antes, aunque él hacía las mismas cosas, ella no era capaz de verlo. Me pregunto… si vivo, ¿lograré detectar esa clase de cosas en los demás y en mí mismo? La verdad es que en este preciso momento no sé qué implican, pero suena importante.
De repente me calmo. Mi madre está recordando sus propias fuerzas. Porque ella siempre lucha, porque ella siempre supera, porque ella siempre vence, porque ella siempre ha podido con todo. Porque siempre ha hecho lo que tenía que hacer, hasta sus últimas consecuencias y si no, ha sabido rectificar. Y ella sabe que me quiere. Y que esta vez tampoco se va a rendir. Luchará por mí, siempre. Aunque papá dice que sus hijos no tienen ningún problema. Pero mamá sabe lo que hay. Y lucha. Creo que no podría luchar si mintiera como papá, aunque eso es demasiado complicado…
Siento hablar tan apresuradamente, pero es que hay bastante movimiento fuera de aquí: mamá lleva unas horas sufriendo un dolor insoportable en un hospital, los médicos le dicen que está abortando. Papá no está. A mí el tiempo se me pasa volando. Tal vez porque no comprendo nada.
Y ahora saldré. Vivo o muerto. Como en los carteles de esas pelis del oeste en los que aparece un tío feo con bigote y muchos símbolos del dólar.
Será como jugar a cara o cruz, supongo. A simple vista podría parecer que no estoy en lo que podríamos llamar una posición favorable, sin embargo tengo la energía y la valentía de mi madre de mi lado, reproduciéndose en mi corazón.
No es soberbia pero yo apostaría por mí mismo.
Si pierdo tampoco me voy a enterar…
Bueno, ni si gano.
Pero entonces me reiré y seré un milagro.
Y un día veré las series que me gustan en una televisión de ésas de pantalla plana súper grandes. Y comeré nocilla. Y haré otras cosas que no sonarán tan triviales, claro. Pero también podré hacer cosas de las llamadas “triviales” y eso tiene su valor.
Y un día hasta puede que llegue a cuestionármelo Todo.
Quizás mientras como nocilla.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sólo una frase

Sólo una frase:

De pie –ante la belleza de la realidad– estaba a punto de darse cuenta de que siempre había creído en la sencillez de la magia.

viernes, 9 de agosto de 2013

¿Quieres una birra?

“Tenemos una niña a la que, a veces, digo –también con alegría–: no sirves para nada”. JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO.

¿Quieres una birra?:

Me follo a Ana.
Me follo a Sara.
Me follo a Estefanía. A ésta hay que pagarle.
Me follo a Alba.
        Alba me mira, le digo que podemos volver, que he cambiado, que ya no soy el hombre que era, que no volveré a engañarla. Me dice que no me cree, así que contraataco. Le digo que fue culpa suya, que no debería ser tan severa, que no debería hacer según qué cosas. Ella me dice que me meta mi chantaje emocional por el culo, si es que el karma no me lo ha destrozado ya. Que no quiere volver a verme. Me voy.
El humo de un cigarro sobrevuela la calle.
La boquilla se enciende.
Se apaga.
Despierto.
Mis hijas me sonríen a la hora de cenar, yo les digo que el karma es una tontería de los putos chinos, que si existiera el karma la gente mala debería morirse, ¿y no estaban ahí los multimillonarios apestosos, pudriéndose entre millones, y los dictadores y esa gente?
El tubo fosforescente del baño parpadea por la mañana, como la advertencia de la estupidez de la vida, de pensar sobre la vida. Parpadea intermitentemente, con un zumbido. Parpadea más que de costumbre, y finalmente se funde. Porque eso es nuestra vida, joder, fundirnos trágicamente, olvidados, solos… sustituidos por otra fuente de luz que también se va a apagar.
Quedo con Sonia.
Tengo unas hijas preciosas, le digo a ella.
Nunca confiéis en nadie, les digo a ellas.
Se portan bien, y a veces aprueban todas las asignaturas, le digo a ella.
La gente es esencialmente hija de puta, les digo a ellas, pero vosotras sois mis colegas, ¿no? No soy mal padre y les dejo acostarse tarde, bueno, tampoco demasiado, que no soy mal padre.
Sonia desaparece.
“¿Quieres follar?”, me pregunta Silvia. “Yo quiero”, me dice, hay una dulce impaciencia en su voz, es una voz de… de… de guarra. Tendré que darle lo que está deseando.
Me emborracho con Juan y con Sergio, hablamos de mujeres, de cómo son.
“Nadie me ha follado como tú”, me dice Ana un día al encontrármela por la calle, y claro, me dan ganas de tirármela, porque no hay nada mejor que se le pueda decir a un hombre. La respuesta a todo es exactamente esa bendita frase.
Tengo que encargarme de mis hijas, y lo hago cada día. Y eso que me gustaría estar en el bar o yendo con mis amigos de marcha… algo que no fuera estar tan pendiente de ellas…
“¡Todos los hombres sois iguales!”, me suelta Lucía, la mayor de mis hijas. Algún hijoputa la habrá dejado o algo así. Cierra la puerta de un portazo y se encierra en su habitación. “¿Quieres una birra?”, le pregunto, no responde. Yo voy a por una.
Abro el frigo.
No sé ni para qué viene a decirme esa mierda.
Cierro el frigo con el sonido del portazo amortiguado.
Vanesa, la pequeña, es más inocente aunque su nombre sea una horterada que le impuso la irresponsable de su madre. Abro la lata, suena ese siseo burbujeante escapando a toda prisa. Doy un sorbo. De todas formas Vanesa ya empieza a preguntar y claro, ¿cómo voy a mentirle? La vida es una puta mierda y se lo digo.
Me emborracho con Juan, otra vez. Lucía estará de fiesta por ahí enrollándose con algún gilipollas que espero que no traiga a casa. Detesto oír a otras personas follando cuando yo no tengo el gusto. Vanesa se habrá ido a ver la tele, seguro. Le doy un sorbo al whisky mientras se lo explico a Juan. Yo creo que no se duerme a su hora ni de coña, seguro que se levanta, enciende el televisor y cuando oye la puerta lo apaga y se va corriendo a la cama. Es demasiado lista.
Saludo a Pablo por la calle. El muy cabrón no me devuelve el saludo. ¿Quién se habrá creído que es?
“Un puto gilipollas, eso es lo que eres” me espeta mi hija Lucía, a saber por qué… “Hay padres solteros que saben qué significa ser padres”, continúa, “¿tener hijas que te insultan?”, le respondo, ella se va a dar una vuelta.
Vanesa me pregunta qué le pasa a su hermana “tendrá la regla”, le digo. ¿Yo qué sé qué le pasa? Dios, me dieron una niña contestataria sin un puto manual de instrucciones… es injusto, joder. Y encima si me descuido, Vanesa empieza a pintar las putas paredes con un rotulador o lo primero que pilla… Pero en vez de vigilar las paredes le digo: “No confíes en nadie, Vanesa, la vida no es como en las películas, a los malos no se les ve venir de lejos ni nada, los tíos te van a engañar por otra con mejor culo y no vas a ser una estrella de rock, te lo aseguro. Y te lo digo porque te quiero, no quiero que te lleves más hostias de lo debido, ¿me oyes?”. Ella asiente obediente.

–¿Alguien ha visto mi móvil?, no encuentro mi móvil –se produce un silencio incómodo hasta que Javier vuelve a lanzar su pobremente soterrada acusación al aire–. ¿Mi móvil? Lo había dejado aquí. ¿Nadie lo ha tocado?
–No lo he visto –finalmente me veo forzado a responder.
–Tú nunca ves nada, cariño, no sé ni para qué pregunto.
–¿Qué pasa, papá? –dice Raúl sin apenas interés, mirándonos a ambos vagamente, dejando en nuestra mano decidir a quién se dirige.
–No sé dónde está el móvil –le responde Javier–, seguro que alguien me lo ha cogido.
–Lo he visto encima de la mesa hace un momento –indica Raúl.
–Vale, ahí está.
Nos metemos en el coche, me detengo unos instantes pensando en algunas cosas relativas a la exposición que tengo organizada para hoy, repasando mentalmente cada punto, como si necesitase un impulso para…
–Manuel –me interpela él malhumorado–, ¿vas a arrancar hoy? –su tono de voz me hace sentir como un idiota. Pero arranco.
–No me hables así, por favor –siento la tensión carcomiéndome, ¿mis piernas se estremecen con un temblor? Sólo son palabras…
Pero él se sorprende, ¿cuándo me he atrevido yo a decirle no ya lo que siento, que no he sido capaz; sino simplemente “no” a algo?
–¿Así, cómo? –me inquiere muy erguido, casi tenso, clavándome al asiento del conductor con una mirada que trato de contener más allá de la periferia de la mía–. ¿Qué pasa, tengo que soportar consejos de un tío que me puso los cuernos, es eso? –lo hice y juré no hacer nada parecido jamás… fue horrible, la estúpida respuesta que comúnmente se conoce como un ataque de cuernos, y él me lo recuerda, como si fuera casto y puro, cuando tiene la menor ocasión. No sé si es una ironía o un absurdo o…–. ¿Así, cómo, Manuel? –insiste.
Me quedo callado durante unos instantes sintiéndome culpable, ni siquiera me veo con fuerza para decirle que no hablemos de eso delante de Raúl.
La culpa…
La culpa es como LSD en mi cerebro –aunque yo no sé cómo es el LSD en el cerebro de nadie–, el caso es que va transfigurándolo todo. Pero en vez de tener una experiencia mística de ésas que te acercan a Dios, a Buda o al puto mundo del Mago de Oz, tengo un mal viaje. En fin, siempre es un mal viaje. Como el de cada mañana al trabajo, más o menos.
–Olvídalo… –dice él reteniéndolo en la memoria–. Raúl, pórtate bien en el cole –le pide con una sonrisa radiante.
Raúl está cada vez más… apagado. AYER LE PEGÓ A UN NIÑO. Por lo visto no fue exactamente una pelea sino más bien una agresión bastante unilateral. Nos llamaron del colegio. Tengo que hablar con él… ¿Por qué demonios ha hecho algo así? No es mal chico, recuerdo cuando era un poco más pequeño y pasábamos horas jugando en el parque al columpio, al balancín y esas cosas… Es un chico muy bueno. ¿Por qué le habrá pegado a otra persona?
Se cierra la puerta, el coche vuelve a ponerse en marcha con un ronroneo. El magnánimo silencio de Javier no dura mucho, en seguida vuelve a saltar con el tema:
–Manuel, no eres nadie para hablar de moralidad. ¿Quién te crees que eres? Tú también lo hiciste –me recrimina, afortunadamente ahora a solas.
–Tienes razón –me rindo, como siempre.
Está bien, pronto le dejaré en el trabajo, tal vez hoy no salga del coche gritando. Gritándome. Tampoco es que grite en general. Me grita a mí.