I don't know many things, but I know this: no matter if it’s intentional or not, if someone hurts you, they say they’re sorry, but they don’t want to make reparations; that’s just manipulation and not an apology. That's why there are four elements in a genuine apology.

domingo, 31 de agosto de 2014

La historia de Bjorn

La historia de Bjorn:

–Vivimos en las ruinas de una civilización –declaró Bjorn.
Vivían en las ruinas de una civilización. Moraban entre los vestigios que seguían el camino de lo que pudo ser. Además, en aquel preciso momento estaban resguardados por los muros de una antigua catedral de proporciones colosales y semiderruida, de forma que aquel enunciado adquiría un cariz significativamente gráfico.
Su interlocutora le miraba fijamente, hacía tiempo para que él siguiese hablando y aprovechaba para comerse el filete que tenía delante.
–Debió de resultar majestuosa –comentó Bjorn, dejando la piedra de amolar de su compañera a un lado para coger el asa de la jarra de cerveza que compartían.
–¿Qué? –quiso saber ella parpadeando, hablando con la boca llena e intentando espantar a un par de moscas muy ambiciosas que se habían propuesto secuestrar su filete. Una se posó en la mesa, cerca de Bjorn, pero estaba tan pegajosa su superficie de bebidas derramadas que éste no estaba dispuesto a intentar exterminarla con una palmada.
–Esta catedral –repitió él lamiéndose la espuma de los labios, describiendo un pequeño arco con la mano de la jarra–. Debió de ser… impresionante.
Aún lo era: aunque agrietada, sin apenas vidrio en las vidrieras y con medio tejado derrumbado, contenía en su interior un pequeño asentamiento humano. Las casas aprovechaban las paredes de piedra como apoyo para las restantes de madera y los techos de paja y turba contenían las aguas cuando llovía. Había un pozo y tenían un terreno cercado contiguo al ala oeste, a salvo de monstruos y demás depredadores.
Pero ella, Nara, no entendía nada de las construcciones humanas y, a juzgar por algunos episodios de su vida, las construcciones humanas tampoco la entendían a ella.
En cuanto a la gente, hablar de recelo hubiera sido eufemístico, casi todos la miraban con odio y desde luego nadie trataba de ocultar su desconfianza. Si su compañero no hubiera sido humano, la habrían violado y matado. Quién sabe si en ese orden. Tenía unos rasgos angulosos, casi afilados, era bajita y anormalmente delgada, y tenía unas enormes orejas puntiagudas que le caían a ambos lados de la cabeza. Ella consideraba que no era una chica agraciada, pero a Bjorn –y a casi cualquier persona– le resultaba irresistible.
A Nara le encantaba de él que fuera alto y atractivo. Y le gustaba perderse contemplando esas ojeras que, por alguna razón, relacionaba con un tipo estudioso. Y sus ojos marrones tan… humanos. Aunque, al igual que él, concebía el físico como un mero adorno.
Las antorchas iluminaban la noche y el hedor de sangre rancia invadía el recinto. Hacía un par de semanas que entre los dos habían cazado a un Bicéfalo escamado –a cambio de una recompensa demasiado baja para sus estándares habituales– y los restos del cuerpo inservibles se descomponían sobre la tierra en barbecho, al otro lado de los contrafuertes. Aun así, el olor llegaba hasta ellos saturándolos. Por otra parte ponerse a comer al lado tanto de la taberna como de la carnicería, con la mezcla de aromas que aquello suponía, tampoco había resultado ser una buena decisión. No podían asegurarlo, pero probablemente se encontraban en una especie de epicentro de pestilencia.
–Tío, ¿cómo conseguiste averiguar quién había matado al señor Harmack? –quiso saber Nara sin quitarle la vista a su pareja de espadas, una medida que, rodeada de gente poco élfica, siempre era conveniente revisar.
–Encontré su cabeza.
–Ah –asintió ella.
Bjorn era un nigromante y podía, por ejemplo, hablar con cadáveres, además de fabricarlos y/o animarlos de muy diversas maneras. La nigromancia como tal era una rama de la magia controvertida cuando menos y a cualquier adepto podía costarle la vida por los más diversos motivos… aunque uno bastante frecuente era el nutrido grupo de intersección que existía entre la gente con prejuicios bien definidos y la gente con acceso a horcas y antorchas.
–Pero ya sabes que los cadáveres, estrictamente hablando, en fin… no hablan –siguió Bjorn. Los muertos sólo eran capaces de comunicar los últimos minutos de vida, por supuesto sin emplear las cuerdas vocales; no parecía que hubiese almas de ningún tipo tras las palabras de humo dibujadas en el aire–. ¿Y tú cómo conseguiste pillarlos a los cinco? ¿Es que fueron de uno en uno? –indagó él entre risas.
–La verdad es que no eran los cuchillos más afilados del cajón, ¡y menos en el bosque!, puse una trampa en el camino y… ¡cayeron dos! –lo recordaba riéndose–. Menos mal que no tuve que matar a ninguno, habría sido… Además una elfa… Yo vuelvo a cazar monstruos, nada de gente –anunció acurrucándose sobre el regazo de  Bjorn.
–Pensaba proponértelo –dijo distraídamente–. Con los monstruos uno sabe a qué atenerse –añadió contemplándola con un infinito cariño en los ojos.
–Cuéntame una historia, anda –le pidió ella acaramelándose–, las conversaciones de estos paletos me dan escalofríos.
Y es que los lugareños comentaban alternativamente rumores procedentes de lugares remotos y extraños:
–¿Pero qué dices? ¡Todo el mundo sabe que los reyes son buenos!
–Pero éste es un impostor.
–Ah, coño, un impostor….
–Ya andaba yo pensando…
–Si es que… no te fíes de gente con ojeras, que lo digo yo siempre.
Bjorn se volvió hacia Nara con cierta preocupación:
–¿Sabrán que el corazón atómico de la mayoría de los monstruos se colapsa al reaccionar con un campo de neutrinos apropiadamente canalizado a través de un báculo como éste? –dio un par de toquecitos en el suelo con el bastón.
–Ya salió el doctor “Pedanto” –se rio ella–. No creo que sepan lo que es la Universidad de Oxenholm ni en qué dirección se encuentra, ni creo que sepan cómo se deletrea la palabra “Oxenholm” –dijo fingiendo extenuación–. Bueno… ni la palabra “universidad”. ¡Y tú dices que vivimos en los restos de una civilización! –se indignó Nara entre ironías.
–¡Y es verdad! –se quejó él siguiéndole el juego.
–No, son los restos de tucivilización. Los elfos nos haremos abrigos con vuestras pieles: Antropología de las subespecies dos. ¡Toma ya!
–Qué pedagógico –él dio otro sorbo de cerveza.
–Didáctico incluso –la sonrisa de Nara era contagiosa.
–Ya no hacéis eso, ¿verdad?
–Hombre… –la elfa se encogió de hombros titubeando– todo es ponerse –finalizó con determinación–. Al menos hasta que dejéis de llamarnos “subespecies”. –aclaró riéndose–. Oye, ¿no me ibas a contar una historia? –quiso saber su sonrisa–. Y déjame la cerveza, que te la acabas tú toda, gordaco. ¿Nadie te ha dicho que compartir es vivir, joder? –cogió la jarra de entre sus manos, con una suavidad a la que Bjorn pensaba que afortunadamente jamás se acostumbraría.
–¿Puedo contarte, en vez de una historia, el esbozo de lo que trato de escribir?
–¡¿Que sabes escribir?! ¡No jodas! –soltó simulando sorpresa y llevándose las manos a la cabeza.
–Mira que no te lo cuento –le amenazó él.
–Mira que no te lo cuento –repitió ella modulando la voz infantilmente.
–Pues quiero escribir una historia empleando un lenguaje, digamos… arcaizante que trate de dos personajes y un destino intermitentemente trenzado…
–Pues quiero ser un pedante que escribe cosas pedantes y bla, bla, bla, pedantería, bla, bla… –se burló ella de nuevo, esta vez agravando la voz.
Él guardó silencio obstinado: intentaba parecer alguien que podría estar dispuesto a cumplir su amenaza y, sobre todo, a no reírse.
–Perdooooona…. –se disculpó la elfa sonriendo.
–Vale, pero me abrazas tú ahora.
–¡Vale! –le envolvió animada con sus brazos–. La verdad es que me he resultado casi cansina a mí misma –hizo presión con sus pechos en la espalda de él de forma exagerada, casi teatral, y ambos se rieron.
–Quería –comenzó a decir el hechicero– contar la historia de dos personajes que hacen el amor. Basada en nosotros dos, claro.
–Entonces es porno del bueno y eso me gusta, Bjorn, pero, ¡venga, tío! –le espetó entretenida–. Nos pasan un montón de… de… movidas alucinantes y todo eso. ¿Te acuerdas del monstruo de Olacile?, era enorme –le recordó– o… ¡de nuestro asalto al campamento del valle Dolina! –exclamó emocionada.
–¿Asalto? –repitió recordándolo entre risas–, ¡anda coño!
–Bueno, ¿y de ese par de idiotas que intentaron secuestrarme? Vale, esa no es una historia demasiado buena, pero… –bajó el tono y comenzó a susurrar–, pero matamos a un jodido dragón, tío. No nos pagaron y toda esa mierda…
–La verdad es que fue una seria putada –convino él.
–Sí, pero lo matamos porque más vale maña que fuerza. No te niego que me das una cantidad y calidad de orgasmos épica, pero –él posó el dedo índice en los labios de ella– boddiad edcdibid…
–Puedo escribir esas cosas más tarde si me apetece, ¿no?
–Bueno, mirado así… –sopesó la situación arqueando una ceja–. ¿Ella puede tener barriguita? Me encantan las mujeres con barriguita, puedes apoyar la cabeza y está blandito. Los elfos somos plumas en perpetua caída.
–Vale –concedió el nigromante.
–Dime algo de lo que se te haya ocurrido, va.
–Sólo tengo una ligera idea: que el acto revista una forma ritualizada y, ya sabes, que terminen a la vez como es costumbre –ella asintió, eso también le gustaba–. Aparte tengo conceptos en la cabeza –comenzó a explicarse moviendo las manos en círculos–: trazos, ideas y frases sueltas… –hizo memoria–. “Y perdido más allá del placer, de la ternura y la comunión, me abrazo a tu cuerpo trémulo sobre el nacimiento de un gemido, surcando un tú y un yo que no somos nunca más, desapareciendo tras el velo del tiempo, porque nunca hubo dos almas donde hubo un amor” y “los orgasmos resbalan por tu garganta intentando trepar a tus labios, desesperados”.
–Es precioso –musitó Nara con las palabras perdidas de los sueños–, lo que escribes… es precioso.
–Gracias.
–Le hannon –repuso ella a su vez.
–¡No me des las gracias, hombre! –se quejó ruborizado.
–¡Claro que sí!, está guapísimo. Pero tienes que hablar de tu pene –aseveró su compañera señalándole.
–Ya lo tenía pensado…
Contemplaron la noche, en silencio, sólo por un momento.
–Parecemos gilipollas –resolvió él entre risas.
–Me encanta poder ser todo lo gilipollas que quiera contigo –ella sonreía y le abrazaba con más fuerza–. Gilipollas hasta el infinito –su mano describió una recta sin fin.
–Hasta el infinito más uno –siguió él.
–¿Hasta el infinito… más… dos? –se aventuró ella.
–¡Anda, flipá, eso no vale! –protestó él divertido.
–¡Entonces hasta el infinito al cubo!
–Mira, pues ahí me ha pillao.
–Qué pasao –dijo ella riéndose, junto a él.
–¿Pasao yo? –bufó Bjorn.
Sonrieron.
–¿Sabes qué? –dijo Bjorn apoyándose un poco en ella–, admiro la forma que tienes de luchar.
–Le hannon. Creo que al hacer el amor se puede hacer lo mismo: ser efectivo en aras de la vagancia. No digo que sea la opción más perfecta ni que uno no pueda deshacerse en florituras, que eso no es tan fácilmente cuantificable ni en términos de vaguedad ni en términos de vagancia y además suele apetecer –le aseguró Nara–, pero me gusta hacer las cosas así. En realidad intento dar lo mejor de mí misma y me concentro mucho para ser el movimiento justo. No somos distintos en absoluto. Por eso me gustas. Y si no, me gustarías por cualquier otra cosa.
–¿Y decidirías, dependiendo de la cosa, esto de estar conmigo y tal?
–Sí, nadie es perfecto. Yo no lo apruebo todo.
–Entonces me consientes mucho –bromeó él.
–Yo no te consiento nada –bromeó ella.
–Tienes razón, no hay salvados.
–Ni salvadores –añadió Nara.
Respiraron hondo, disfrutando de la noche.
–¿No crees que la gente se rallará? –quiso saber la elfa de pronto–. Es decir… en realidad no pasa nada, ¿no? En el sentido de que no hay inicio, nudo y desenlace en tu historia. Porque, bueno… porque no hay historia.
–Pero lo cierto es que sí que está pasando algo: el mundo que podría estar desquiciado vibra apacible siendo, en la eternidad del momento, la felicidad de dos personas, dos personas que se aman y, sobre todo, que lo pasan bien amándose.
–Me gusta –Nara se relajó aún más–. ¿Pero los escritores no escriben sobre la tristeza, la soledad y cosas así como para rajarse las venas? Ya sabes… fracaso, denuncia social, monstruos híper-desarrollados tanto figurados como literales, inteligencia frustrada y todo ese rollo.
–Podría ser… ¿Cómo voy yo a saberlo? –inquirió él mordaz.
–Buena pregunta –se rieron.
Se miraron.
Se besaron.
–Historias en las que no pasa nada… –murmuró Nara mientras miraba las estrellas.

jueves, 14 de agosto de 2014

Creo que saben a qué me refiero

“I think sometimes people really require the satisfaction of closure”.
DIABLO CODY.

Creo que saben a qué me refiero:

            –¿Abuela, te vas a morir? –quiso saber la pequeña Clara, que le había pedido a sus papás unos minutos a solas con su abuela, la cual estaba conectada a un respirador mediante tubitos en la nariz, vestida toda de blanco como una poderosa hechicera junto a la cama del hospital, observando por la terraza el sol del mediodía.
            –Claro que sí –respondió ella con una sonrisa.
Clara era pequeña –qué duda cabía– pero, por vicisitudes de la vida, ya había visto a más gente morir. A veces esa gente llegaba a sonreír, muy al final. Pero su abuela siempre había sonreído con esa desbordante sinceridad, durante toda su vida, así que se fiaba mucho más de sus palabras que de las de cualquier otro adulto.
–Mamá dice que irás al Cielo. ¿Eso existe?
–No, hijita mía, no. Pero tu madre no quiere que tengas miedo ni que sufras, y eso no es del todo bueno.
–Ya decía yo… –dijo Clara algo decepcionada, no tanto por eso del Cielo (lo cual, de todos modos, le parecía muy poco plausible) como por el hecho de que en cierto modo eso que le decía su mamá de que la magia no existía, era un poquito más cierto.
–¿Te gustaría que existiese el Cielo? –curioseó su abuelita sonriéndola como siempre.
–No… no es eso… es que… –se inclinó a un lado y a otro, haciendo tiempo porque pensaba que quizás iba a decir algo tonto. Y su abuela, que la conocía bien, la animó un poco:
–Nunca jamás dirás nada por lo que debas sentirte tonta, Clara.
Y Clara se decidió, no sin un poquito de vergüenza:
–Es que mamá dice que la magia no existe… y a lo mejor el Cielo era un sitio mágico… ¿no?
–Ah… pero la magia existe, Clara –le alentó su abuela.
–¿Ah, sí? –le costaba desconfiar de ella, lógicamente, pero los adultos siempre parecían saber muchas cosas de color gris y ocultarlas casi todas.
–Creo que sabes a qué me refiero… –Clara la miró entre expectante y extrañada–. ¿Alguna vez te has detenido a escuchar a esos músicos que uno encuentra por la calle, como el cuarteto de cuerda de la Fnac de Callao? Unos virtuosos que tocaban piezas del calibre de Primavera (te diría alguna pieza más pero no recuerdo bien cuáles entraban dentro de su repertorio y no me gustaría mentirte) –le dijo esbozando una sonrisa muy amplia y bondadosa–. En esos momentos (conciertos improvisados en subterráneos de Moscú, coros a capellaentre las estaciones del metro de Nueva York) aparece el mismo sentimiento que nos invade con el rasgueo sincero de cualquier guitarra, por más modestos que sean estilo, melodía o ejecución. En esos momentos resultaría extremadamente difícil no ser los intérpretes de la canción o la canción misma, resultaría nimio esforzarse por no convertirse en cada una de las gotas de lluvia de otoño que puedan caer o en cada ráfaga de viento o de calor que llegara a nosotros. Sería absurdo pretender, no sólo que no somos uno más del público, sino que somos el público y el entorno entero. Además, cuando esta unión ocurre, nada está fuera de lugar y todo lo aparente (y su posible distinción) ha desaparecido. Y si intento reparar en algo concreto como si yo estuviera aquí y lo demás allí, eso, inevitablemente, se pierde por ahí. ¿Y sabes qué, Clara? A eso le llamo yo magia. Sobre todo porque, si lo piensas bien, así es cada momento de tu vida.
–¡Es verdad! –exclamó Clara encantada–. Pero… ¿qué quiere decir “nimio”? Creo que lo sé pero… es por asegurarme.
La abuelita soltó una carcajada.
–Que no vale para nada. Me gusta –declaró su abuela y Clara la miró interrogativamente–: sabes muchas palabras.
–Sí, y ahora también sé qué es la magia –soltó la niña alegre.
–Y además haces caso de lo esencial, me gusta, Clara –sonreía, cómo no.
–¿Y si me pongo muy triste cuando tú no estés y… y me quedo así? –inquirió Clara tras unos brevísimos instantes de reflexión, pronunciando cada palabra con cierto temor.
–Cuando me vaya, te dolerá como a todos nosotros nos duele la muerte, pero el dolor pasará si no te apropias de él. Lo único que debes hacer es dejarlo libre para que, cuando se quiera ir, se vaya. Sólo tienes que acordarte de que la magia pura que tú eres carece de límites, eso y aprender. Aprender de todo lo que te pasa. Así nunca te harás vieja, aunque crezcas. ¿Lo harás?
–¡Claro! –acordó Clara abrazándola y sonriéndola como un espejo.
Los papás de Clara entraron solemnes y la niña exclamó:
–¡Soy la magia! ¡Soy un kraken del mar!

jueves, 31 de julio de 2014

Biblioteca


Biblioteca:

Siempre he sido una pesada, ésa ha sido la razón que me movió a escribir: escribir para eclipsar la carga de ser una molestia para mis amigos y familiares. Y seguramente esta conclusión sea la causa de que mis amigos nunca jamás deseen leer lo que escribo.
Y si tuviera que describir lo que hago en realidad sería más o menos así: escribir: escribir: escribir…
Hace tiempo se discutía el hecho de que un androide fuese capaz para la creación artística, y la entonces llamada inteligencia artificial decía: no todos los humanos parecen capaces para la experiencia artística. No estoy de acuerdo, ni tampoco con la palabra “arte”.
Con respecto a la antigua nomenclatura de la I.A. prefiero el nombre de inteligencia simulada: aunque impresionante, seguía unos mandatos, tenía unos límites, era la émula imperfecta de la inteligencia, grabada en un código estrecho y quebradizo.
Llamarnos androides, decir que usamos de una inteligencia artificial es algo que, tras una breve reflexión, cualquier ser vivo rechazaría: no aporta nada al conocimiento: una distinción superflua que sólo podría encerrarnos entre cuatro paredes: objetos, sujetos, palabras y categorías. Los humanos y los androides hacía tanto tiempo que nos habíamos fusionado como especie, que todo el miedo que esa posibilidad pudo haber despertado en su momento resultaba ingenuo. Y sin embargo siempre tengo la impresión de que hemos aprendido demasiado y demasiado poco, de que siempre hay camino.
Creo que por eso siento amor hacia el resto de seres vivos y me complace investigar cómo hemos evolucionado los humanos –la inmensa mayoría, ya que la especie se dividió hace siglos entre las estrellas–, cómo hemos llegado a ser lo que somos, a entender lo que entendemos, a fundirnos con un universo sin límite. Y me ilusiona la idea de estar aquí, en este monumento alzado a los libros. En Biblioteca.
La suavidad del neo-gótico del siglo XXXII perfila los arcos bajo el azul del cielo y se esconde en cada estantería, entre los libros. En este planeta, además, siempre hay una bruma densa que disuelve todo en el color blanco a unos metros de los ojos. Reconozco que a mí siempre me ha atraído lo antiguo.
Las grandes extensiones arboladas entre los pasillos separan secciones enteras, también de un tamaño descomunal, los animales salvajes cruzan las lustrosas baldosas y la tierra por igual, pero jamás atraviesan el tenue campo de luz que ilumina cada encuadernación, y así los viejos libros se mantienen a salvo de sus garras y de las inclemencias del tiempo.
Dicen que jamás un ser humano que recorra estos mismos pasillos por los cuales mis pies caminan se ha topado con otro.
¿Me permiten cambiar al tiempo narrativo pretérito? Estaremos más cómodos, yo al menos.
En fin, comencé a pensar en los libros separados en aquel extraño mundo: debía ser una especie de ilusión…
Alargué la mano y un libro fue atraído hasta mi palma. Abrí las tapas y leí que se trataba de una colección de poesía del siglo XXXVII reunida bajo el nombre “Involuciones” de R. S. Larsson-Pai.
Sé que hay quien encuentra inútil el soporte físico por estar la información a nuestra disposición, pero no sólo la vista y la mente tienen por qué recrearse con la literatura. A fin de cuentas tenemos muchos sentidos. De todas formas ahora sólo hay libros así en Biblioteca, ¿qué necesidad habría de nada más? De hecho quizás este planeta sea una muestra de orgullo sin objeto, y supongo que, aunque me refiera al despilfarro de papel de los primerísimos libros, tendríamos que entrar en el peliagudo campo de la utilidad de la obra de arte. No sé si la obra de arte es útil, pero creo que es necesaria o, al menos, muy natural. Volvamos al uso del pasado…
El índice del tomo que había escogido al azar estaba lleno de títulos interesantes y sólo eso ya me hacía disfrutar.
Me gustan las ediciones y obras modernas: encuentro la caligrafía manual un arte en sí misma: la danza de unas líneas que dibujan el mundo. Los libros antiguos también tenían su magia –en ese aspecto– dado que también eran creaciones integrales. Es cierto que los libros de la edad de la imprenta y la impresión perdían ese toque, pero también me resultaban interesantes: eran desde otro punto de vista más prácticos y asequibles: relataban la historia de la Historia. Por otro lado, y como comentaba antes, los ejemplares como el que tenía entre mis manos –relativamente recientes– eran para mí una vuelta al libro como obra de arte integral y única, en el que todo detalle estaba inteligentemente integrado en el contenido y la forma del texto…
Escuché un sonido.
El eco de unos pasos me encontró en mis divagaciones y mis divagaciones se toparon con unos pasos en mi interior.
Una figura fue apareciendo entre la niebla, hablando mientras se acercaba.
–Ésta es tu biblioteca, Zera –era un hombre.
–No lo creo –repuse con una sonrisa entretenida sobre el límite de la cautela.
–Pero lo es.
–Entonces debo valer una fortuna con todo lo que poseo.
–Dicen que hay un libro que narra nuestras vidas.
–Debe ser el más aburrido del mundo.
–¿No te interesaría leerlo?
–Creo que la vida es mejor vivirla, llámame loca.
–¿No te interesaría saber qué va a pasar?
–Claro, ¿me devolverán el dinero al salir de aquí?
–¿La ironía es tu respuesta?
–Mi respuesta suena más bien al sonido de las religiones deshaciéndose –dije guiando el libro que me resignaba a no leer, llevándolo a su sitio como si condujera una cometa, muy arriba, con un cuidadoso gesto de mi mano desde el suelo.
–No tienes respuesta –coligió el hombre.
–Apertura –contesté mientras hacía un gesto circular con la mano, en un vano intento de concretar de algún modo la información que se me escapaba como arena entre los dedos. Por supuesto, le estaba dando la razón: no tenía respuesta.
–Es un enunciado vacío.
–Y lleno hasta todo extremo, son límites descosidos –me puse a contemplar los libros de nuevo: de alguna forma me sentía más cómoda.
–Soy el bibliotecario –dijo él.
Me volví hacia él y me quedé mirándolo, sentía la boca algo seca. Hablé:
–Honro el hecho de que otros se arrodillen ante ti –le aseguré de pie y sincera.
–Pero eso no es para ti –concluyó.
–Por no ser, no es ni para ti –afirmé.
–Gajes del oficio –era como si se encogiera de hombros: desmitificador: humano. ¿Qué sentido tenía crear mitos cuando ni siquiera existía ya la superstición del Estado? Alargó el brazo y dio un golpe con su palma al aire que había ante mí.

La luz del desierto emite un fulgor insoportable, como si quisiese quemarme los ojos, pero la comparación con el indeciso crepúsculo de Biblioteca se desvanece, perdiéndose en otras vidas.
Soy un corazón herido. He matado a siete hombres, a siete que mataron a mis hijos. Pagarán por lo que me hicieron, deben pagar. Se lo merecen y no pienso detenerme. Yo no hago nada malo, no habrá paz para los malvados. No es un crimen, es el castigo.
Soy, un joven en Italia, hace calor y estoy comiendo con mis abuelos, hay moscas en la mesa del jardín y todos charlamos sosegadamente. La alegría de verse los unos a los otros es, sin duda, contagiosa.
Soy una presa política en mi último día en Santo, los humanos han destruido mi planeta natal en su cruzada contra los nim y estoy aquí, muriendo de inanición entre trabajos forzados. Estoy muy delgada, muy delgada… No puedo pensar, ni siquiera puedo sufrir, porque todo es sufrimiento.
Soy la que cumple años, ocho. Mamá dice que puedo pedir un deseo, pero que me lo tengo que callar para que se cumpla, así que sonrío y soplo con muuuuuucha fuerza. ¡Creo que ya tengo mi deseo!
Soy un traficante de armas y, evidentemente, a veces tengo que pegar algún que otro tiro, además con esto de la ley seca hay que tener mano dura. No podemos tirar miles de dólares a la basura así como así. Ya sé que he dejado el salón hecho unos zorros, pero tenemos limpiadores, no hay de qué preocuparse. En mi lecho de muerte me arrepentiré sinceramente e iré al Cielo. Cuando uno se muere siempre desea atar cabos, lo he visto.
Soy madre, ahora, justo ahora, soy madre. Contemplo a mi bebé y siento un amor que se me desborda, que no me cabe en el pecho y, cuando me coge el dedo índice con su puño minúsculo, no puedo evitar llorar, llena de la más pura felicidad. Y le beso, y le quiero.
Soy una inteligencia androide y siento temor, en la calle me desnudan y comienzan a pegarme con palos, ellos son humanos y también nim extremistas. Nadie hace nada, me golpean repetidas veces. Fracturan mi brazo y graban ante las cámaras su lucha contra las máquinas. No entiendo el crimen cometido. No entiendo cómo puedo ser yo un crimen. No entiendo cómo existir es un crimen. Recibo un tiro en la cabeza.
Soy yo quien va a marcar, papá ha venido por primera vez a verme. Ha dejado el trabajo, dice que quiere estar con nosotros. Los demás padres gritan, pero él no. Él sólo me mira, fallo y le miro. Y el asiente con una sonrisa sincera que nunca le había visto. Y entonces casi tengo ganas de que el partido acabe y nos vayamos a tomar un helado y me cuente cosas y le cuente cosas.
Soy un niño de catorce años y piel de ébano, me dicen que mate y yo mato, ya no tengo lágrimas en los ojos como al principio. Me dijeron que violara a una embarazada, que la abriera con mi machete y me comiera su bebé muerto. Hice todo eso. Años después, después de muchos psicólogos aún tengo ganas de matar cuando alguien se dirige a mí con la voz demasiado alta.
Soy…
Soy…
Soy…
El muestrario de esas vidas, potentes, completas, cargadas de sentimientos y conocimientos insertos en extraños sistemas sociales, se disuelve en el espacio.

La Inmersión no era el estudio objetivo de la realidad, era un torrente de experiencias palpitando, vivo. Yo estaba volviendo…
Y el bibliotecario me observaba expectante.
–La felicidad es muy sencilla, apenas necesita contexto. Las víctimas sufrían, a veces hacían daño y siempre se hacían daño. Es el temor, ¿verdad? –quise saber.
–Así es.
–Los humanos hemos pasado por mucho para llegar hasta aquí –murmuré.
–Ten –me acercó un libro, con sus propias manos, solemne.
–Gracias.
Sólo podía dar las gracias por estar aquí, porque aquí había preguntas y no había respuestas. Daba gracias al miedo, la inseguridad y la crueldad que a costa de cegarnos nos enseñaron a abrir los ojos. En aquella nebulosa biblioteca flotaba un deseo impersonal que pedía mi sonrisa en todas las vidas que no había vivido.
–En el libro –comenzó a decir el bibliotecario– se muestra cómo tú, tu alma, sois Dios.
–La verdad es que no estoy para nada de acuerdo con que exista algo tan dicotómico como el “alma”, pero sé que yo soy una. Y, ¿qué tránsito podría haber para llegar ser Dios?
–Zera…
–¡Qué poco sentido del humor! Si me hablas como si fuera una niña tendré que reírme, ¿no?, no me tomes en serio. Pero me lo he pasado muy bien y muy mal –le aseguré admirada–. Muchas gracias –le dije alejándome, muy alegre–, ya sé qué escribir. Ahora sólo tengo que pasear y esperar. Aprender es inevitable, cosa de dioses.
–¿No quieres saber qué tenías que aprender? –inquirió en la lejanía.
–¡Qué va! La ironía ya me la sé –repuse mientras me alejaba.