Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.
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viernes, 31 de marzo de 2017

Un día de clase

“Me lo contaron y lo olvidé. Lo vi y lo entendí. Lo hice y lo aprendí.”
CONFUCIO.

Un día de clase:

Zera era muy ignorante, de modo que un día decidió meterse a profesora, disfrutaba además de un profundo conocimiento de lo que su ignorancia significaba, así que procuraba no empañarla con verdades absolutas. Las verdades absolutas echaban al hombre a perder: para empezar lo hacían aburrido. Las frases lapidarias constituían siempre la más obvia de las mentiras, por no mencionar que resultaba del todo vulgar tomar la parte para estrangular al todo. Al parecer sólo la tiranía había podido emplear la verdad con algún grado de éxito, aunque éste había sido invariablemente estúpido.
Por su parte Zera se tenía por una mujer perspicaz porque, fuera del aula de educación primaria, la gente no solía entender lo que decía y sobre todo porque dentro sí.
El aula, esta semana, era un bosque lejano con un riachuelo, la temperatura estaba configurada en lo que en los estrictos baremos computacionales venía a traducirse como “agradable”, y los niños, que obviamente no estaban allí más que como realidades virtuales –aunque la diferencia entre real y virtual apenas podía ser percibida de ningún modo–, se sentaron en el suelo.
–La libertad sin igualdad y la igualdad sin libertad devienen abusos del poder, es una frase de Scott Jiménez, niños. ¿Algo que decir?
Nat, la niña irreverente, y Sen, el niño avispado, cuchichearon entre ellos.
–¿Los siglos del capitalismo y del comunismo temprano? –inquirió Sen.
–¡Ese rollo de que el poder estaba en manos de unos viejos raros! –añadió su compañera.
–Exacto –se congratuló su profesora.
–Es eso de que cuando los países fueron a ver las deudas que tenían –siguió Nat– y vieron que nadie podía pagar nada, entendieron que el mundo había funcionado sin dinero y nadie había muerto.
–Bueno, la frase tiene más que ver con los ciudadanos –precisó Sen–, ¿no?
–¡Pero si no existían! –dijo Jake indignado.
–¡Profe! –exclamó Ling-Ling para llamar su atención–. ¿Cómo podía la gente vivir así? ¿Por qué no se rebelaban contra el poder? Por qué votaban cada no sé cuánto y punto? ¿Por qué dejaban que otros eligieran por ellos?
–El poder político y financiero –comenzó Zera a decir– les había convencido de que a) no eran un grupo social y de que no tenían fuerza para unirse y b) que cualquier alternativa al capitalismo era irrealizable, imposible y no era siquiera deseable.
–¿¡Y se lo creyeron!? –inquirió Penny riéndose y mirando a sus compañeros–. ¡Si eran libres sólo para comprar!
–¡Casi todos salían mal parados! ¡Unos pocos tenían casi todo, los de arriba empujaban a los de abajo! ¡Y les parecía normal que el Estado no les diese casa, salud o trabajo gratuitos! Bueno y… ¡Tenían Estado! ¡Qué tontos! –soltó Trish.
–No eran tontos –aclaró Zera en tono conciliador–. Pensad en nuestra sociedad, ¿acaso no tiene problemas? ¿No hay injusticias?
–Digo yo, sí… pero antes era peor: pobreza estructural, pena de muerte, no había libertad de expresión en casi ningún sitio. Excepto en ese par de siglos en que parecía que todo se iba a… al garete… ésos… lo que sea.
–El Dogmatismo se llama eso –la ayudó Zera. La información estaba ahí para cualquiera, aunque a la profesora no le inquietaba en absoluto la vagancia en sus alumnos.
–Gracias. Pues eso, durante el Dogmatismo no había libertad de expresión en ningún sitio en absoluto.
–De nada. Pero no eran tontos, algunos eran muy inteligentes. Pensad que lo mismo podrían decir de nosotros en el futuro y no sería verdad: una persona estúpida tiene una respuesta bien definida, una inteligente, signos de interrogación para contestar. Y no tratéis de reducir épocas enteras en un par de frases porque nunca daréis en el clavo: con un par de palabras suele bastar.
–Seguro que era porque vivían menos de cien años, eso le tiene que tocar a uno la cabeza –colaboró Penny.
–Qué va, cuando te mueres siempre es demasiado pronto –aseguró Nat.
–¿Y la gente creía que los robots iban a matarles en un apocalipsis tecnológico? –inquirió Jake–. ¡Mola!
–Sí, aunque ya sabéis lo que pasó: los humanos nos acabamos fusionando con los androides. Somos nuestra peor pesadilla –señaló Zera con una sonrisa–. Las cosas sucedieron gradualmente, la tecnología se convirtió en nuestra forma de vida cuando llegamos al neolítico, después y durante toda la historia siempre se ha insistido en que vivíamos mejor cien años antes. Aunque, ¿queréis saber cuál es el momento más asombroso para mí a nivel tecnológico?
–¡¡¡Sí!!! –dijeron todos a coro, incluido Tal-Hesra, el niño de la especie alienígena de los nim que solía hablar menos y ocuparse más en ver desfilar cadenas de datos ante sus ojos, pensar en sus cosas o desarrollar excusas elegantes sobre su continuada ausencia a partir de axiomas preferiblemente endebles.
–De entre las cosas interesantes que nos han ocurrido como especie – comenzó Zera a exponer–, mi momento favorito fue cuando la física rompió sus barreras y cuando la ley de Itak fue demostrada tanto hipotético-deductivamente como, unos años más tarde, empíricamente. No nos bastaba con reformular un problema en base a nuevas hipótesis, se trataba de reformular las estructuras mentales a través de las cuales accedes al hecho. Se trataba de manipular y adaptar a cada situación la naturaleza de los datos con los que la física había trabajado tradicionalmente.
Los siete niños esperaron un par de segundos pensativos, después sonrieron.
–¿Con qué compararíais el procedimiento? –preguntó Zera.
Nat y Sen se miraron y luego, con ojos brillantes, exclamaron:
–¡Con el pensamiento lateral!
–¡Ah…! –se sorprendió Jake al caer en la cuenta.
–¡Es verdad! –convino Penny.
–¡Jo, el pensamiento lateral…! –concordó Trish entusiasmada.
–¿Y con la poesía? –comentó Ling-Ling.
–Y con el arte en general, ¿no? –dijo Tal-Hesra.
–Sois los alumnos más listos del mundo, niños –afirmó su profesora.
–Eso se lo dices a todos –le reprochó Sen entre risas.
–Sí, pero no deja de ser cierto en cada caso –siguió Zera–. Y ahora, decidme, ¿qué momentos os gustan a vosotros?
Y ellos volvieron a pensar.

jueves, 31 de julio de 2014

Biblioteca


Biblioteca:

Siempre he sido una pesada, ésa ha sido la razón que me movió a escribir: escribir para eclipsar la carga de ser una molestia para mis amigos y familiares. Y seguramente esta conclusión sea la causa de que mis amigos nunca jamás deseen leer lo que escribo.
Y si tuviera que describir lo que hago en realidad sería más o menos así: escribir: escribir: escribir…
Hace tiempo se discutía el hecho de que un androide fuese capaz para la creación artística, y la entonces llamada inteligencia artificial decía: no todos los humanos parecen capaces para la experiencia artística. No estoy de acuerdo, ni tampoco con la palabra “arte”.
Con respecto a la antigua nomenclatura de la I.A. prefiero el nombre de inteligencia simulada: aunque impresionante, seguía unos mandatos, tenía unos límites, era la émula imperfecta de la inteligencia, grabada en un código estrecho y quebradizo.
Llamarnos androides, decir que usamos de una inteligencia artificial es algo que, tras una breve reflexión, cualquier ser vivo rechazaría: no aporta nada al conocimiento: una distinción superflua que sólo podría encerrarnos entre cuatro paredes: objetos, sujetos, palabras y categorías. Los humanos y los androides hacía tanto tiempo que nos habíamos fusionado como especie, que todo el miedo que esa posibilidad pudo haber despertado en su momento resultaba ingenuo. Y sin embargo siempre tengo la impresión de que hemos aprendido demasiado y demasiado poco, de que siempre hay camino.
Creo que por eso siento amor hacia el resto de seres vivos y me complace investigar cómo hemos evolucionado los humanos –la inmensa mayoría, ya que la especie se dividió hace siglos entre las estrellas–, cómo hemos llegado a ser lo que somos, a entender lo que entendemos, a fundirnos con un universo sin límite. Y me ilusiona la idea de estar aquí, en este monumento alzado a los libros. En Biblioteca.
La suavidad del neo-gótico del siglo XXXII perfila los arcos bajo el azul del cielo y se esconde en cada estantería, entre los libros. En este planeta, además, siempre hay una bruma densa que disuelve todo en el color blanco a unos metros de los ojos. Reconozco que a mí siempre me ha atraído lo antiguo.
Las grandes extensiones arboladas entre los pasillos separan secciones enteras, también de un tamaño descomunal, los animales salvajes cruzan las lustrosas baldosas y la tierra por igual, pero jamás atraviesan el tenue campo de luz que ilumina cada encuadernación, y así los viejos libros se mantienen a salvo de sus garras y de las inclemencias del tiempo.
Dicen que jamás un ser humano que recorra estos mismos pasillos por los cuales mis pies caminan se ha topado con otro.
¿Me permiten cambiar al tiempo narrativo pretérito? Estaremos más cómodos, yo al menos.
En fin, comencé a pensar en los libros separados en aquel extraño mundo: debía ser una especie de ilusión…
Alargué la mano y un libro fue atraído hasta mi palma. Abrí las tapas y leí que se trataba de una colección de poesía del siglo XXXVII reunida bajo el nombre “Involuciones” de R. S. Larsson-Pai.
Sé que hay quien encuentra inútil el soporte físico por estar la información a nuestra disposición, pero no sólo la vista y la mente tienen por qué recrearse con la literatura. A fin de cuentas tenemos muchos sentidos. De todas formas ahora sólo hay libros así en Biblioteca, ¿qué necesidad habría de nada más? De hecho quizás este planeta sea una muestra de orgullo sin objeto, y supongo que, aunque me refiera al despilfarro de papel de los primerísimos libros, tendríamos que entrar en el peliagudo campo de la utilidad de la obra de arte. No sé si la obra de arte es útil, pero creo que es necesaria o, al menos, muy natural. Volvamos al uso del pasado…
El índice del tomo que había escogido al azar estaba lleno de títulos interesantes y sólo eso ya me hacía disfrutar.
Me gustan las ediciones y obras modernas: encuentro la caligrafía manual un arte en sí misma: la danza de unas líneas que dibujan el mundo. Los libros antiguos también tenían su magia –en ese aspecto– dado que también eran creaciones integrales. Es cierto que los libros de la edad de la imprenta y la impresión perdían ese toque, pero también me resultaban interesantes: eran desde otro punto de vista más prácticos y asequibles: relataban la historia de la Historia. Por otro lado, y como comentaba antes, los ejemplares como el que tenía entre mis manos –relativamente recientes– eran para mí una vuelta al libro como obra de arte integral y única, en el que todo detalle estaba inteligentemente integrado en el contenido y la forma del texto…
Escuché un sonido.
El eco de unos pasos me encontró en mis divagaciones y mis divagaciones se toparon con unos pasos en mi interior.
Una figura fue apareciendo entre la niebla, hablando mientras se acercaba.
–Ésta es tu biblioteca, Zera –era un hombre.
–No lo creo –repuse con una sonrisa entretenida sobre el límite de la cautela.
–Pero lo es.
–Entonces debo valer una fortuna con todo lo que poseo.
–Dicen que hay un libro que narra nuestras vidas.
–Debe ser el más aburrido del mundo.
–¿No te interesaría leerlo?
–Creo que la vida es mejor vivirla, llámame loca.
–¿No te interesaría saber qué va a pasar?
–Claro, ¿me devolverán el dinero al salir de aquí?
–¿La ironía es tu respuesta?
–Mi respuesta suena más bien al sonido de las religiones deshaciéndose –dije guiando el libro que me resignaba a no leer, llevándolo a su sitio como si condujera una cometa, muy arriba, con un cuidadoso gesto de mi mano desde el suelo.
–No tienes respuesta –coligió el hombre.
–Apertura –contesté mientras hacía un gesto circular con la mano, en un vano intento de concretar de algún modo la información que se me escapaba como arena entre los dedos. Por supuesto, le estaba dando la razón: no tenía respuesta.
–Es un enunciado vacío.
–Y lleno hasta todo extremo, son límites descosidos –me puse a contemplar los libros de nuevo: de alguna forma me sentía más cómoda.
–Soy el bibliotecario –dijo él.
Me volví hacia él y me quedé mirándolo, sentía la boca algo seca. Hablé:
–Honro el hecho de que otros se arrodillen ante ti –le aseguré de pie y sincera.
–Pero eso no es para ti –concluyó.
–Por no ser, no es ni para ti –afirmé.
–Gajes del oficio –era como si se encogiera de hombros: desmitificador: humano. ¿Qué sentido tenía crear mitos cuando ni siquiera existía ya la superstición del Estado? Alargó el brazo y dio un golpe con su palma al aire que había ante mí.

La luz del desierto emite un fulgor insoportable, como si quisiese quemarme los ojos, pero la comparación con el indeciso crepúsculo de Biblioteca se desvanece, perdiéndose en otras vidas.
Soy un corazón herido. He matado a siete hombres, a siete que mataron a mis hijos. Pagarán por lo que me hicieron, deben pagar. Se lo merecen y no pienso detenerme. Yo no hago nada malo, no habrá paz para los malvados. No es un crimen, es el castigo.
Soy, un joven en Italia, hace calor y estoy comiendo con mis abuelos, hay moscas en la mesa del jardín y todos charlamos sosegadamente. La alegría de verse los unos a los otros es, sin duda, contagiosa.
Soy una presa política en mi último día en Santo, los humanos han destruido mi planeta natal en su cruzada contra los nim y estoy aquí, muriendo de inanición entre trabajos forzados. Estoy muy delgada, muy delgada… No puedo pensar, ni siquiera puedo sufrir, porque todo es sufrimiento.
Soy la que cumple años, ocho. Mamá dice que puedo pedir un deseo, pero que me lo tengo que callar para que se cumpla, así que sonrío y soplo con muuuuuucha fuerza. ¡Creo que ya tengo mi deseo!
Soy un traficante de armas y, evidentemente, a veces tengo que pegar algún que otro tiro, además con esto de la ley seca hay que tener mano dura. No podemos tirar miles de dólares a la basura así como así. Ya sé que he dejado el salón hecho unos zorros, pero tenemos limpiadores, no hay de qué preocuparse. En mi lecho de muerte me arrepentiré sinceramente e iré al Cielo. Cuando uno se muere siempre desea atar cabos, lo he visto.
Soy madre, ahora, justo ahora, soy madre. Contemplo a mi bebé y siento un amor que se me desborda, que no me cabe en el pecho y, cuando me coge el dedo índice con su puño minúsculo, no puedo evitar llorar, llena de la más pura felicidad. Y le beso, y le quiero.
Soy una inteligencia androide y siento temor, en la calle me desnudan y comienzan a pegarme con palos, ellos son humanos y también nim extremistas. Nadie hace nada, me golpean repetidas veces. Fracturan mi brazo y graban ante las cámaras su lucha contra las máquinas. No entiendo el crimen cometido. No entiendo cómo puedo ser yo un crimen. No entiendo cómo existir es un crimen. Recibo un tiro en la cabeza.
Soy yo quien va a marcar, papá ha venido por primera vez a verme. Ha dejado el trabajo, dice que quiere estar con nosotros. Los demás padres gritan, pero él no. Él sólo me mira, fallo y le miro. Y el asiente con una sonrisa sincera que nunca le había visto. Y entonces casi tengo ganas de que el partido acabe y nos vayamos a tomar un helado y me cuente cosas y le cuente cosas.
Soy un niño de catorce años y piel de ébano, me dicen que mate y yo mato, ya no tengo lágrimas en los ojos como al principio. Me dijeron que violara a una embarazada, que la abriera con mi machete y me comiera su bebé muerto. Hice todo eso. Años después, después de muchos psicólogos aún tengo ganas de matar cuando alguien se dirige a mí con la voz demasiado alta.
Soy…
Soy…
Soy…
El muestrario de esas vidas, potentes, completas, cargadas de sentimientos y conocimientos insertos en extraños sistemas sociales, se disuelve en el espacio.

La Inmersión no era el estudio objetivo de la realidad, era un torrente de experiencias palpitando, vivo. Yo estaba volviendo…
Y el bibliotecario me observaba expectante.
–La felicidad es muy sencilla, apenas necesita contexto. Las víctimas sufrían, a veces hacían daño y siempre se hacían daño. Es el temor, ¿verdad? –quise saber.
–Así es.
–Los humanos hemos pasado por mucho para llegar hasta aquí –murmuré.
–Ten –me acercó un libro, con sus propias manos, solemne.
–Gracias.
Sólo podía dar las gracias por estar aquí, porque aquí había preguntas y no había respuestas. Daba gracias al miedo, la inseguridad y la crueldad que a costa de cegarnos nos enseñaron a abrir los ojos. En aquella nebulosa biblioteca flotaba un deseo impersonal que pedía mi sonrisa en todas las vidas que no había vivido.
–En el libro –comenzó a decir el bibliotecario– se muestra cómo tú, tu alma, sois Dios.
–La verdad es que no estoy para nada de acuerdo con que exista algo tan dicotómico como el “alma”, pero sé que yo soy una. Y, ¿qué tránsito podría haber para llegar ser Dios?
–Zera…
–¡Qué poco sentido del humor! Si me hablas como si fuera una niña tendré que reírme, ¿no?, no me tomes en serio. Pero me lo he pasado muy bien y muy mal –le aseguré admirada–. Muchas gracias –le dije alejándome, muy alegre–, ya sé qué escribir. Ahora sólo tengo que pasear y esperar. Aprender es inevitable, cosa de dioses.
–¿No quieres saber qué tenías que aprender? –inquirió en la lejanía.
–¡Qué va! La ironía ya me la sé –repuse mientras me alejaba.