I don't know many things, but I know this: no matter if it’s intentional or not, if someone hurts you, they say they’re sorry, but they don’t want to make reparations; that’s just manipulation and not an apology. That's why there are four elements in a genuine apology.

jueves, 28 de febrero de 2019

En el nombre de Dios

Rock me like the devil
Whip your tail and turn me on
Turn me to eleven
Leave me burning when you’re done
CRUCIFIED BARBARA.

En el nombre de Dios:

Llovía y la viajera tenía que descansar.
La taberna no estaba particularmente llena, pero había demasiados hombres dentro y todos los ojos la miraban y ella, de no haber llevado esa espada, habría querido desaparecer, encogerse y tratar de pasar todo lo desapercibida que hubiese podido.
Desgraciadamente, un parroquiano que parecía un buen hombre se había sentado a su lado mientras la viajera comía queso y vino. No había hecho mención a que fuese una mujer, ni a que anduviera sola por el mundo. Simplemente le estaba contando una historia.
Según decían, una maldición asolaba aquellas tierras y a causa de ello los niños nacían sin alma.
–Sí, y todo es culpa de la bruja. Ella trujo a esos niños al mundo, que ni sonreír pueden, ni hablan, están como muer…
–Espera –le interrumpió la viajera, de nombre Candelaria–. ¿Dices que una bruja ha sido la comadrona de los niños? –inquirió con incredulidad.
–Bueno –comenzó su interlocutor, visiblemente incómodo–, entonces no sabíamos que era un bruja… ¡Pero habíamos de haberlo sospechao! Una vieja pelleja, que nunca ha tenío un marido… eso no es señal de nada bueno.
¿Ya te has dado cuenta, cariño? Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza... –la voz de Lilim en su cabeza se deslizaba como la miel, el ansia incontrolable por un poco de diversión se retorcía en un gemido obsceno, degustaba cada suspiro en un anhelo irreverente, necesitado de algo que lamer–. ¿Qué vas a hacer con esos niños, mi vida? ¿Te importan? –encontró una respuesta llena de determinación–. Me gusta, cada latido de tu corazón es exquisito… –decía a punto de ahogarse en un océano de placer, incapaz de contener su sed.
–¿Qué vais a hacer con los niños? –preguntó la viajera, visiblemente perturbada e intentando hacer caso omiso de las palabras y el poder de Lilim sobre todo lo que quedaba debajo de su piel.
–Parece ser cosa de demonios, hemos llamao a un Inquisidor, un tal don Alonso García, con permiso del alcalde, claro está, como está conforme.
–El inquisidor. ¿Cuándo llega? –interrogó Candelaria, quizás demasiado apurada, demasiado agitada.
–Haces muchas preguntas para ser una extraña –le respondió el buen hombre, suspicaz, con su amabilidad desaparecida.
Cuidado, Candela, no queremos que te corten esa deliciosa lengua que tienes, si tu espada no la protege, seré la salvaguarda de cada uno de los secretos de tu cuerpo, pero ya sabes que, por lo general, prefiero estar aquí dentro –Lilim soltó una risotada líquida, su deseo insaciable aprisionando los pensamientos de la viajera, derramándose por cada letra que pronunciaba en su mente, el cuerpo de su humana comenzó a encenderse y Candelaria tuvo que luchar para no llevarse las manos al estómago, para después seguir bajando por él, allí no, no en público, le pidió a Lilim en una oración–. Tienes razón… es peligroso… –el fuego se apagó momentáneamente, con mucho esfuerzo–. Pregunta por la anciana, amor mío. Veremos si conoce a los demonios o si estamos ante un caso de mera humanidad.

El sendero se seguía con facilidad y el bosque protegía ligeramente de la lluvia.
–Antes has dicho: “un caso de mera humanidad…” –se aventuró Candelaria, algo desconcertada.
La voz de Lilim apareció de nuevo en su mente como una caricia hambrienta, sin deseo alguno de dominar sus arrebatos:
No hay nada más humano que señalar al diferente, amor.
–Tal vez acabar con él sin señalarlo siquiera –apostó su amante.
Llegó a un claro y a una humilde choza. Era una choza tan pequeña que el bosque la habría engullido de no haber sido por una pequeña cerca, un arroyo y una cabra que la miraba con herbívora curiosidad.
Candelaria dio cuatro golpes en la puerta de la casa.
–¡Pero, niña! –exclamó la anciana al abrir– ¡Estás empapada, ven, pasa! –le ordenó.
–Muchas gracias –la viajera sonrió tímidamente.
–Siéntate junto al fuego. Espero que te guste la sopa: no tengo dientes y es lo único que cocino –dijo secamente.
La habitación no era grande, sólo había en ella una chimenea, un caldero, especias y hierbas, embutido, un conejo colgado de una viga y la piel de una cabra vieja extendida sobre el suelo en una esquina. Encima de la chimenea, en una repisa, había libros, algunos estaban escritos incluso en latín, o eso pensaba la viajera, que no estaba del todo segura de reconocer el idioma.
–Muy agradecida, señora.
–Mi nombre es Nieves, natural de Frías.
La anciana se detuvo de pronto, parecía alarmada.
–Llevas una espada al cinto, moza –señaló con preocupación.
–Decidí volver del infierno para ser libre. Ni esclava de los hombres, ni sierva de los dioses –se desabrochó la vaina y puso el hierro junto a la puerta de la casa–. He oído que es usted la partera del pueblo.
–Habrás oído también que están ahora a disgusto con los retoños. Y que me culpan a mí de ello a pesar de que, por supuesto, la mayoría de los niños nacen perfectamente sanos. Y ésos de los que tanto hablan también están sanos, algunos incluso podrán hablar.
–Dicen que no sonríen, que parecen haber muerto.
–¡Tonterías! Se comunican con los animales, y con los humanos necesitan algo de práctica.
–Antes ha sugerido que algunos no podrán hablar.
–Lo he dicho claramente, pero sí –atajó Nieves con acritud–. Eso no los hace menos que los demás.
–Han pedido auxilio a la Inquisición, pronto vendrá un comisario del Santo Oficio a investigar.
–¿Sabes lo que quiere decir eso? –interrogó la anciana.
–A usted la quemarán por brujería, aunque no haya magia en esta casa y matarán a los niños con cualquier excusa de posesión demoníaca.
–He visto a criaturas como éstas crecer –dijo la anciana dándole un bol de sopa y tomando otro para sí–. Algunos parecen niños siempre y, a la vez, grandes sabios. Otros no hablan pero pueden aprender a escribir. Muchos rehúyen de la gente y no les gusta el contacto humano o tal vez sí lo desean aunque no lo entienden. Ni la gente les entiende a ellos. Pero cuando quieren a alguien, no lo olvidan jamás. Ni olvidan nunca su palabra. Sí, son excéntricos y hay que explicarles algunas cosas con sumo detalle, mas no suelen ser malvados, ni mucho menos hijos de demonios. Pero qué sabrán los hombres de eso… –le dio un sorbo al caldo–. Hay demasiadas cosas más allá de lo que pueden ver los ojos –comentó, algo hosca–, el conocimiento siempre tiene la forma de una interrogación. Por cierto, tu amiga está muy callada. Por lo que sé de ellos, no es muy común.
Abuela, es sólo porque tengo que pasar unos minutos a solas con mi amante y estoy empezando a ponerme francamente nerviosa –se oía una sonrisa traviesa, su lengua relamiéndose mientras hablaba a través del cuerpo de Candelaria, su voz era distinta, más grave y rasposa–. No se preocupe, le agradecemos su hospitalidad, pero nos iremos al bosque –consiguió decir, sin apenas poder contenerse, quitándose el corpiño allí mismo.
La anciana dio gracias por que el corpiño fuera la primera prenda que aquella viajera llevaba y no la última.
–Esperaré fuera, ha salido el sol y tengo algunos quehaceres que atender –decidió Nieves–. Me gustaría poder decir que la piel de cabra es cómoda –aseguró cerrando la puerta.
–Toma mis manos, mi amor, toma mi cuerpo –pidió la peregrina, que ya era puro fuego ardiendo bajo la piel, incontenible. Lilim estaba a punto de quemar las ropas, apenas podía descalzarse las botas, quitarse las calzas, deshacerse del jubón, sudaba, ansiaba. Deseaba ser de nuevo las yemas deslizándose sobre el cuerpo por el que había desafiado todo poder, deseaba besar esa mente junto a la que había abandonado el mismísimo infierno. Sus dedos viajaban por cada rincón de su cuerpo, húmedo y desesperado.
Lilim apareció encima de ella, con sus cuernos, su rabo y su espalda herida tras haber perdido las alas por su amada, besándola sin parar en los labios, en las mejillas encendidas, el cuello, el pecho, el ombligo, besándola entre las piernas. Los minutos se dilataban en sus lenguas al buscarse. Sus movimientos y los de Candelaria se fundían en un solo ritmo desencadenado, ondulante, armonizando cada acometida y cada roce en una sola caricia, siendo cada vibración en el cuerpo de la otra, temblando en crescendo, acompasando sus respiraciones entrecortadas, atrapando su deseo en un beso apresurado antes de que huyera entre suspiros, deleitándose en el eco de un orgasmo al borde de los labios. El fuego de la chimenea crepitó al avivarse mientras lloraban de placer, con sus cuerpos apretados en un horror vacui de puro deseo satisfecho, dejándolas ardiendo al acabar.
¿Sabes?, no deberías usar el nombre de dios en vano –consiguió decir, jadeando en una sonrisa.
–¿Por qué no? Los curas lo hacen todo el tiempo –Lilim soltó una carcajada.
Se recostaron la una junto a la otra, buscando la posición en la que, abrazadas, pudieran encontrarse más cómodas.
El sexo es a la piel lo que el amor al corazón –dijo besándola.
–Lilim, eres la exiliada más dulce de todo el infierno.
Lo sé… –le aseguró Lilim riéndose, sin ocultar su sed renaciendo y liberándose otra vez.
Nieves estaba fuera, sentada junto al arroyo, disfrutando de la tarde dorada tras la lluvia y reflexionando sobre lo estúpido de que, si alguien hubiese oído lo que escuchó ella en aquel ocaso, habrían quemado su casa con sus ocupantes dentro.
“La sopa estaba buena”, pensó contemplando el bol vacío reposar sobre una piedra.
Candelaria salió de la casa con el bol de sopa entre las manos, la cara roja, despeinada toda y con una sonrisa.
–La sopa está muy buena, muchísimas gracias –dijo la viajera, un tanto de avergonzada.
Nieves se rio a carcajadas.

Eran apenas cuatro criaturas: Ana, de cuatro años, la pequeña filósofa; Federico de tres, no hablaba, pero Ana le estaba enseñando a escribir a escondidas; Manuel, apenas un recién nacido que nunca sonreía y Mercedes, la cual con sus dos años parecía estar permanentemente en su propio mundo.
Sus madres estaban con ellos, la de Ana y Manuel parecía inquieta por lo que pudiera pasar, intentaba ocultar sus lágrimas, en las madres de Federico y Mercedes se leía el rechazo a sus vástagos.
Les llevaron ante Alonso García, comisario del Santo Oficio.
Todo el pueblo se había congregado para contemplar qué pasaría con los niños malditos, también el alcalde se había presentado allí.
Había un perro tratado a palos que no se separaba del pequeño Federico en ningún momento, y la madre de éste miraba al animal con casi el mismo asco que a su hijo.
Candelaria se acercó corriendo a la puerta de la iglesia, donde le habían dicho que encontraría al inquisidor. Nieves iba tras ella, saludando a los niños.
–¿Tú eres la pérfida partera que ha creado engendros a partir de estos niños? –quiso saber el inquisidor.
La gente alrededor se puso a murmurar.
–Soy yo la partera y nada más hasta que Dios diga.
–¿Y tú? –dirigiéndose a la forastera.
–Una viajera.
La gente alrededor siguió murmurando.
–¿Y ese hierro? –dijo señalando la espada que la viajera llevaba.
–De noble abolengo y cuna soy –aclaró la mujer con renuencia. Y las conversaciones se tornaron en silencio.
–No pareces tal –las palabras también podían escupirse.
–Hidalga me llaman los que desconocen mi nombre: Candelaria de León, viajo escribiendo las aventuras que encuentro en mis caminos dado que de las tierras de mi hacienda apenas nada hay que sacar. Y tengo papeles que lo demuestran –el inquisidor tomó los papeles que la joven le ofrecía, no parecía impresionado por su autenticidad–. Por otra parte, mi hoja ha probado ser una gran aliada ante la adversidad.
–¿Y tenéis algo que decir en esto, viajera?
–Nieves, esta señora, lleva años en el pueblo ayudando a las mujeres de aquí a dar a luz. Estas cuatro criaturas son diferentes, mas son sólo cuatro de casi un centenar, no hay razones para creer que ella tiene algo que ver. No hay ganancia para ella y estos niños parecen tan sanos como cualquier otro.
–No responden a las llamadas, ni ríen –dijo el inquisidor.
–No se puede resumir la complejidad de una vida humana en un prejuicio –contestó ella–. Ni condenarla por ello.
–Ésa no es prueba de que estos niños no sean una falta por nuestros pecados.
–Señor –llamó la vocecita de Ana–, yo sé escribir y le estoy enseñando a Federico cada una de las letras. No nos gusta demasiado la compañía de los que no se molestan en comprendernos, porque se ríen y nos pegan, pero no dañamos a hombre ni bestia y seguimos las enseñanzas del Señor, ¿qué hay de malo en eso?
El inquisidor miró a la pequeña Ana genuinamente espantado, aunque intentaba disimularlo como simple aprensión.
–Tal inteligencia en una mujer, de cualquier edad y estatura, no puede por más que ser obra del Maligno.
Las madres de los niños se asustaron por motivos distintos. También el pueblo estaba aterrorizado pensando que Satanás se había abierto paso hasta su pequeña aldea.
Ana se le quedó mirando con curiosidad.
El inquisidor se volvió hacia Nieves.
–Bruja eres y serás juzgada por ello –le dijo, el hombre sacó una vela y la colocó en el suelo–. Este juicio es simple y rápido atendiendo que tengo muchas cabezas que juzgar. Si la vela se apaga, habrás de ser purificada por medio del fuego –Alonso García llamó al párroco que, con una mano temblorosa por la edad, trataba de proteger del viento un candil encendido que llevaba en la mano.
Nieves pensaba que iba a morir, y los hombres del pueblo la habían agarrado de los brazos para que no huyera.
Las risas de Lilim centelleaban en la mente de Candelaria.
Las llamas fluyen por tu piel hecha inmortal, amor –comentó con una excitación que se le desbordaba por el deseo contenido–. ¿Crees que podremos mantener esa pequeña candela encendida, desafiando al viento y al miedo?
–Si Dios no le permitiera juzgar a esos niños hoy, si claramente se lo impidiera, ¿se marcharía vuesarced de aquí?
–¿Y cómo iba Dios a impedirme tal cosa?

El tiempo pasaba lentamente, tal vez se había detenido por completo para observar a la demonio que habitaba la mente de la viajera.
Lilim se asomó desde el cuerpo de Candelaria, invisible.
Es tan adorable… –comenzó a sentirse caliente otra vez, quizás porque la situación le resultaba divertida, riendo una risa traviesa y oscura– una virtud angelical dispuesta a matar a unos pequeños humanos. Tan pequeños que nuestro alado héroe debe utilizar a todo un adulto poderoso y mezquino para acometer tal hazaña y no marcharse las manos de sangre mortal –disfrutaba de cada palabra como de un secreto quebrado por el cuerpo que se entrega al placer.
–¿¡CÓMO OSAS INSULTARME, DESPOJO!?
No has probado la fruta prohibida: el conocimiento es una pregunta y no una respuesta, y la cobardía de la que haces gala no es un insulto, sólo una consecuencia –dijo riéndose, fingiendo una inocencia angelical mezclada con la lascivia libre del pecado grabado en piedra–. ¿Pero qué se puede esperar de aquéllos que sirven a ese psicópata creador del mundo? Vuestra devoción por el orden y el control os hace temerosos, ángel.
–¡SILENCIO, DEMONIO! ¡SOY UNA VIRTUD DE LA JERARQUÍA CELESTIAL!
Soy Lilim, hija de Lilith –aseveró hastiada–, y tú no eres nada –la luz que el ángel emitía pareció apagarse, sus alas eran más visibles ahora, las mismas alas a las cuales Lilim renunció. Tampoco las necesitaba.
El ángel voló sobre ella con intenciones de atacarla.
La demonio consideró saludable quemar esas plumas con el fuego del infierno, esa criatura la estaba poniendo de los nervios.
El ángel cayó y Lilim se puso sobre él a cuatro patas con su rabo de diablesa en movimiento, acariciando los labios de aquel ángel sometido, su cuello, su pecho mientras él intentaba zafarse sin éxito.
Toda una lástima –dijo apenada y caliente encima de él.
Luego juntó sus dedos y, como la hoja de una espada, perforó el tórax del ángel arrancándole el corazón mientras reía para destruirlo después con la presión de su puño cerrado.
Ay, humano, si necesitas a un dios para ser bueno, deberías ir al infierno que ha creado para ti…

En el mundo de los humanos Alonso García comenzó a llorar, para asombro de los presentes. La vela seguía encendida pese al viento y él parecía agotado.
Cayó de hinojos, le costaba respirar. Candelaria le cogió a tiempo para evitar que diera con sus huesos en el suelo.
El pequeño Federico comenzó a golpearse en la cabeza, había demasiada gente y no podía pensar: necesitaba concentrarse, necesitaba concentrar su atención en un punto, en el golpe en la cabeza, para poder separar todos los estímulos de sus propios pensamientos. El perro le calmó y él se abrazó al perro.
La vela seguía encendida delante de todos.
Lilim decidió dar un pequeño golpe de efecto e iluminó la cruz de la iglesia por unos segundos con una luz cegadora.
El pueblo entero se postró en una reverencia. La demonio, no paraba de reír en la mente de su querida compañera.
El inquisidor miró de reojo hacia la iglesia, sin llegar a creer lo que estaba viendo.
–¿Y bien? –inquirió la peregrina–. La vela continúa refulgiendo, la cruz brilla con la luz de los cielos y vuestra merced no ha podido proseguir con el juicio.
El hombre miró a la viajera, desconcertado.
Ésta dejó pasar unos segundos de cortesía pero no obtuvo respuesta.
–¡Que alguien le dé alimento y un lecho! –gritó Candelaria. Unos hombres se aproximaron, atemorizados y pálidos como un cadáver, y llevaron al inquisidor a alguna casa.
La madre de Ana y Manuel lloraba aliviada, mientras les decía a Mercedes y a Federico que podían acudir a su casa siempre que quisieran, y que Ana y ella les darían de comer y cuidarían de ellos. Miraba a la forastera con una gratitud eterna y ésta la sonrió antes de volver a sus asuntos.
–¿Es usted el alcalde, verdad? –quiso saber Candelaria dirigiéndose a un hombre de entre la multitud–. Tenemos de qué hablar usted y yo.

Al día siguiente, por la tarde, Candelaria contemplaba el arroyo de la casa de Nieves, donde había pasado la noche, habiéndole agradecido a la partera mil veces su hospitalidad y dedicación.
–Gracias por ayudarme, Lil. No creo que hubiese podido convencer a ese hombre de nada y, de no haber sido por ti, esos niños y niñas y Nieves estarían muertos.
Ninguna idea debería estar por encima de la vida humana.
–Entonces la idea del pecado es la locura de Dios.
Dios crea al pecador, le condena por sus pecados y después le promete la salvación a cambio de adoración eterna.
–Tras morder la manzana no puedes seguir creyendo que es posible matar por la justicia, que es posible castigar por amor –convino su amante, la demonio era feliz.
Créeme, eres lo más cercano a una diosa que he conocido en toda mi eternidad –cada palabra parecía fundirse con la lujuria que Lilim atrapaba con los dientes–.De rodillas.
Candelaria sonreía, pícara.


jueves, 31 de enero de 2019

¡Quería gritar!

¡Quería gritar!:

Siempre nos dicen que somos enemigas, que nos robamos las unas a las otras, que decimos una cosa y queremos decir otra y que así atacamos a nuestras compañeras y defendemos nuestra virtud para no parecer fáciles. Fáciles. Eso dicen. O difíciles. En el instituto leo fragmentos de poemas y en todos ellos las mujeres callan y su silencio las hace crueles.
Últimamente ha habido un problema en el instituto: los chicos perseguían a las chicas, muy romántico todo, las acorralaban después y las tocaban. Hay gente que dice que es el porno, no lo creo, también dijeron que los videojuegos violentos son la causa de asesinatos pero… ya analizaré el cine porno más adelante en mi vida, supongo. El aula en el que pasó eso no era mi clase, además nunca me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, leo y me pierdo entre las palabras. Pero, siendo sincera conmigo misma… ¿habría sabido cómo reaccionar de haber presenciado algo así?
Una vez un chaval me dijo que había participado en una violación en grupo teniendo catorce años, porque entre chicos se dicen esas cosas. Y no supe cómo gestionarlo, mis amigos se callaron conmigo, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, entre horrorizados y confundidos, y yo dejé de ver a ese tío. Videos porno, zorras, guarras… silencio. Odio a los hombres. A su mayoría al menos. No lo sé. A veces quiero gritar, pero gritar no es de buena educación. Y yo quiero.
¡Quiero gritar!
Soy joven aún, lo del odio se pasará, pero cada frase y cada comentario los recordaré con rabia, asegurándoles a mis amigas que ellas ni se imaginan cómo anda el patio.
Cuando estoy con mis amigas y con mis amigos viendo una película y les digo que es sexista me dicen que exagero y que veo sexismo en todo. Y tienen razón, ¡hay sexismo en todo!
Pero ahora somos adolescentes, dadle tiempo a mis amigos: uno de ellos será todo un feminista en el futuro, otra pasará en apenas dos años de usar la palabra “feminazi” a entender los abusos más sutiles dentro de una pareja, y así. Y dadme tiempo a mí, aún no he leído, aún sigo negándome.
No me gustan las fotos porque no me gusta verme en ellas, he convencido a mis amigos y amigas de que me llamen por mi apellido porque me asquea mi nombre, ser una mujer cis sería perfecto, ser trans… me llevaría a la prostitución, ¿verdad? Me da miedo, pero nunca soy más feliz que cuando puedo ser un personaje femenino en videojuegos, partidas de rol, relatos. En mi mente jamás he sido un hombre. Y aún no lo sé, pero acabaré en una relación en la que me maltratarán.
Supongo que tardamos un poco de tiempo en cortar con el machismo… nuestros hijos y nuestras nietas, nuestros tataranietos y sus hermanas lo tendrán muchísimo más fácil.
Cuando me miro al espejo no soy el reflejo. Me cuesta entender los roles de género y cada vez que veo una diferencia de trato entre hombres y mujeres algo se revuelve en mi interior, pero no todo está claro y tengo un amigo al que llamo “gay” para meterme con él porque nadie me ha explicado lo increíblemente misógina que es esa palabra y esa concepción de los roles. Porque yo sola no puedo saberlo todo, aunque todavía no lo sepa.
Aún siento que los travestis son un insulto a mi existencia, que son una burla a las mujeres. Necesito en mi vida a esa pareja de amigas que me explique que lo que hacen drag queens y drag kings es precisamente destacar la performatividad de los roles sobre el fondo de lo que llamamos sentido común. Aún creo que, aunque me operara, nunca sería una mujer de verdad a ojos del mundo. Pero los peques sabrán decir quiénes son, no queda tanto. No obstante, cuando yo tenía seis o siete años se decía entre susurros la palabra “maricón” porque esos hombres estaban mal de la cabeza, porque era algo antinatural. Y les pegaba la gente de bien. Y, a veces, les mataban. Lo recuerdo perfectamente, ¿y nosotras?, nosotras éramos parodias interpretadas por hombres o monstruos que no debían existir.
Pero un día las mujeres marcharemos sin miedo un ocho de marzo, decidiremos y, más tarde, mucho más tarde, viviremos en completa igualdad con nuestros compañeros. Parece tan lejano… hoy parece imposible.
De vuelta a casa un tipo que va en coche me pregunta por una calle. No sé dónde queda, pero decido ser maja con él y le respondo con amabilidad. Soy menor pero él me pregunta si chupo pollas.
Un poco más tarde un señor intenta explicarme cómo son las mujeres mientras irrumpe en mi espacio personal, en un bar en el que me he metido para comprarme un bollo. Sé lo que tengo que hacer: sonreír, asentir e irme.
¡Me gustaría gritar!
¡Me gustaría gritarle! ¡A él! ¡Decirle que me da asco, que no tiene ni puta idea, que no somos cosas y que no tenemos una puta mente colmena ni pensamos todas igual!
Ni somos todas igual. Y ninguna es lo que dice ese baboso. Y no somos lo que dicen capullos como él que compran mujeres.
Y si las compran, también pueden robarlas, ¿no?
Siempre por encima, quitándonoslo todo, las opciones, la dignidad, el trabajo, los derechos. Robándonoslo todo con sus bromas y su silencio. ¡Con mi silencio!
¡Necesito gritar!
Pero aún no se hacerlo.
Porque todavía no he comprendido todo lo que intuyo.
¡Sí, aún no se hacerlo!
¡Pero sabré!


lunes, 31 de diciembre de 2018

Aquelarre

Aquelarre:

–Bueno… –comentó Kalani tirada sobre el asiento de atrás en el que había estado dormitando hasta hacía unos minutos. Senescal Piruleta estaba en el asiento de copiloto, disfrutando del viento con la lengua fuera–. Tú mataste a los dos hermanos que se cepillaron a ese novio tuyo tan horrible, lo entiendo, aunque no te sientes mejor. Ese par de capullos simplemente creyeron que tu novio te estaba violando. Tenían razón.
–¿Tú qué puedes saber? –Sniezhana detuvo el coche de golpe, su tono no era en absoluto amigable. Kalani no entendía demasiado bien a qué se debía el enfado, pero respondió lo único que pensaba que podía responder:
–Sé lo mismo que tú. No querías, te dolía, te violaba.
–Yo le amaba –insistió Snieshka.
–Lo sé –Kalani la miró a los ojos. Su interlocutora evitó su mirada: temía perderse en ese azul sin fondo y su poder, perder su alma en ese cúmulo de pensamientos que ya no eran de nadie, Kalani también desvió la suya, pensativa–. Normalmente la gente huye de la verdad –dijo–, supongo que tiene cierto sentido... aunque no es una decisión muy inteligente. Normalmente tratan de enterrarla bajo un buen montón de palabras, pero tú podrías hacerle frente. Ella sólo verá verdad en ti –le aseguró sonriendo–, te lo puedes tomar con calma –Kalani se mantuvo pensativa unos instantes–. Sólo la gente fuerte puede vivir en este mundo y dejar de sobrevivir a él.
De haber podido, Kalani hubiese dicho que leía mentes sin pensar. No era exactamente intencionado, tenía ciertos problemas a la hora de considerar la privacidad ajena cuando experimentaba cómo los pensamientos de su compañera entraban al asalto en su mente…
Desesperación, tristeza, recuerdos tercos y sueños rotos, la realidad destruyendo la ilusión, la sombra de la soledad languideciendo. Su amado Sasha haciéndole daño sin detenerse, la muerte que nunca llegaría, la eternidad como un infierno personal. Todo era demasiado para Kalani. Y todo era demasiado para Snieshka.
–El resto de hombres –reconocía esta última– han sido peores que él: me han prostituido, me han devorado brazos y piernas, me han vendido y comprado. No es mi culpa sangrar siempre. Ningún hombre bueno puede amar a un ser como yo.
–Tenía una amiga: Audrey –soltó Kalani, recordando que hubo un tiempo en que no se sabía peligrosa para los demás–. Te hubiese venido genial hablar con ella. Nadie tiene el derecho de hacerte daño, Sniezhana –a Kalani le costaba trabajo hacer su empatía funcionar, además coincidía en que ningún hombre bueno podía amar a Snieshka, aunque de algún modo quería consolar a su compañera porque a fin de cuentas no había elegido el tormento de no crecer, de modo que tras unos segundos de dudas y silencio dijo–. Me aburro. ¿Quieres que cambiemos de conductora? Así descansas.
–No es necesario –contestó Snieshka tomando una curva–. El problema, en realidad, no es que te acostumbres a soportar su actitud, porque nunca te acostumbras. El problema es que te acostumbras a sentirte mal debido a ella y a pensar que eso no significa nada, que tú no significas nada. He matado a demasiada gente y demasiada gente ha pasado por encima de mí –Kalani la miró con expresión bovina–. A ti nunca te hubiera ocurrido algo semejante –Snieshka respiró hondo, sentía que Kalani era como una niña ingenua que pensaba que los problemas se podían arreglar sólo con buena voluntad, le sonrió con cierta tristeza y Kalani sonrió a su vez, encantada, tal vez eso era lo que la hacía fuerte–. ¿Por qué no me hablas del asentamiento de Faro? He oído historias, pero lo cierto es que desconozco vuestra cultura.

Había un alce en medio de lo que quedaba de carretera, moribundo.
Su cornamenta parecía descomunal.
Snieshka detuvo el vehículo a regañadientes, a cierta distancia del animal.
El sol pasaba entre las copas de los árboles tomadas por los pájaros.
–No podemos dejarlo así –insistía Kalani desde el asiento de atrás.
–Voy yo –zanjó Sniezhana–. ¿Sabes si hay algún pensamiento alrededor?
–Si no estoy viendo a las personas, puedo tardar unos minutos… Intentaré concentrarme.
–No deberías exponerte –se quejó Snieshka al ver a su compañera salir del coche.
–La chatarra no es demasiado buena parando las balas… –observó Kalani dando un toquecito sobre el capó oxidado del vehículo. Senescal Piruleta olisqueaba la hierba y el verde que crecía en la antigua carretera mientras se acercaba zigzagueante al alce.
Kalani se aproximaba también en ese baile sutil que ella llamaba andar.
Snieshka se detuvo en seco al llegar ante el imponente animal.
Vio un agujero de bala en el lomo.
–¡Es una emboscada! –exclamó en un susurro.
Alguien corrió hacia el coche, Senescal Piruleta corrió hacia ese alguien. Más personas aparecieron entre los árboles del bosque.
El anteriormente mencionado Alguien disparó tres veces y el perro liberó un ladrido de dolor y cayó, pesado, al suelo.
Senescal Piruleta aullaba y gemía, con tres balas incrustadas en el cuerpo, sangrando y sin apenas mover más que sus patas delanteras, mientras miraba a Kalani en una súplica por entender el dolor. Y Kalani no podía calmarlo y eso le hacía llorar y ahogarse en una respiración entrecortada. No comprendía tanta información, se sentía abrumada, se sentía sobrepasada por el dolor.
Gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
Y todo el mundo cayó al suelo.
Sólo Snieshka consiguió levantarse con esfuerzo, apoyándose en su espada, mientras intentaba asimilar qué había ocurrido con su cerebro. Veía sangre sobre los restos de asfalto, era suya.
De alguna manera se sentía decepcionada.
Habían pasado unos segundos, tal vez unos minutos. No podía saberlo pero su cuerpo ya parecía recuperado a pesar de que debía haber muerto. Veía a Kalani abrazándose desesperada a su perro.
No dejaba de llorar y sangraba por la nariz profusamente mientras abrazaba y mecía a Senescal Piruleta, rodeado de rojo. Y Senescal Piruleta gimoteaba cada vez con menos fuerza y ella le sujetaba las patas y la cabeza para no dejarle ir.
Él la miraba con ojos tristes, pidiéndole auxilio. Ella sólo sollozaba, impotente.
–No podemos quedarnos aquí. Kalani. ¡Kalani! ¡No podemos quedarnos aquí! ¡Paiéjali!
Estaban rodeadas de cadáveres.
Los lobos comenzaron a aullar a lo lejos.
Y un enorme camión se detuvo ante ellas mientras Kalani observaba furiosa al conductor.

–…y tenía un pene gigante, pero –puntualizó Kalani– no sangré la primera vez que lo hicimos: Cole era súper suave. Luego a la segunda ya sí porque pensábamos que no iba a sangrar y nos vinimos arriba y tal.
–Creo que eso no tiene que ver con la vida en el asentamiento de Faro, Kalani –dijo la pequeña Snieshka mientras conducía–. ¿Podrías intentar ser algo más genérica y no limitar vuestras costumbres a tu vida sexual?
–No. Echo de menos follar y en el asentamiento follaba mucho, no sólo con Cole. La verdad es que las primeras veces son las peores…
Snieshka quedó pensativa y Kalani se perdió en el verde del paisaje que veía.
–Hiciste un buen trabajo durante estos meses en Arriba –comentó Sniezhana–. Cazaste a cada uno.
–Y a cada una –se rio Kalani–. Jack es un hombre poderoso, no creo que sea una mala persona pero sus manos están manchadas de sangre y sólo ve soluciones dentro de un sistema defectuoso, de modo que esas soluciones también son injustas. En Arriba la gente es esclava del poder y de una idea distorsionada del orden. Las prisiones sólo crean una sensación ficticia de seguridad… a posteriori. Es el reconocimiento de que no has resuelto el problema. Una puta mierda, vamos.
–¿Hay prisiones en Faro?
–Hay castigos duros –Kalani se encogió de hombros–, vienen a ser la misma mierda.
–Es una buena respuesta en términos de suministros –señaló Snieshka.
–El problema de encontrar una buena respuesta es que intentamos que las preguntas encajen en ella y no al revés –Kalani desconfiaba de las palabras, la gente tendía a confundirlas con la realidad muy a menudo y eso llevaba a toda clase de disparates. La realidad, sin embargo no cabía en el pensamiento sino que se presentaba sin más y en ocasiones te hacía decir:–. ¡¿Qué coño es eso?!

El conductor bajó del camión y se acercó a Kalani mientras ella sangraba por la nariz y respiraba con esfuerzo, exhausta.
Éste le dio las llaves y fue a llamar a los demás hombres y mujeres.
Kalani apoyó la espalda contra la parte frontal del camión, luego se sostuvo con las manos en las rodillas mientras tosía y luchaba por tomar aire.
Snieshka también se ocultó junto a ella, miraba a su compañera, preocupada.
Kalani, al ver a los demás tras su parapeto, se interpuso en su camino y éstos se detuvieron ante ella.
Una de ellos le tiró a Sniezhana otras llaves, eran grandes. Snieshka se dirigió a la parte de atrás del camión.
La puerta de atrás se abrió y los rayos del sol llegaron al interior de aquél enorme remolque ante la perplejidad de quienes se encontraban allí.
–¡Son esclavistas! –vociferó Snieshka tras abrir la puerta–. ¡Hay gente aquí… Niños y niñas en su totalidad!
–Lo sé –sentenció Kalani con los labios y la barbilla ensangrentados mientras su pecho subía y bajaba, aún a un ritmo frenético.
El conductor les pegó a sus compañeros, uno a uno, un tiro en la cabeza, luego se disparó a sí mismo.
Senescal Piruleta ya había muerto.
Kalani se dirigió a la parte trasera del camión respirando entrecortadamente, visiblemente agotada.
–¿Sabes a dónde se dirigían? –interrogó Snieshka.
–Sé el nombre de la ciudad –respondió Kalani entre toses, después subió como pudo al remolque del camión, dentro olía a cerrado y a sudor.
–Kalani, los niños tienen miedo –huían de ellas dos, apretujándose contra las paredes del camión y contra las provisiones, evitando asimismo una caja gigante.
–¿Qué?
–Estamos cubiertas de sangre, Kalani.
–Ufff… estoy muy cansada, ¿puedes ocuparte de ellos? No soy demasiado buena calmando a la gente… es decir, sin poderes.
Snieshka bajó a los niños y a las niñas del camión y se quedó hablando con ellos, explicándoles que eran libres y que podían quedarse en Faro si es que no sabían cómo llegar a sus hogares o no estaban dispuestas a hacerlo.
Kalani se aproximó a la caja, llena de curiosidad. Tenía una abertura a la altura del suelo, era de madera y estaba cubierta por una lona de plástico gruesa y raída. Dio tres golpes con la mano, como si llamara a una puerta. Del otro lado recibió otros tres golpes a modo de respuesta.
–¿Quién eres? –gritó un poco para hacerse oír.
–Me llamo Rona –respondió la mujer recluida al mismo volumen.
–¿Por qué te tienen miedo los críos?
–Maté a Daryl, un completo hijoputa, cuando me pasaba una bandeja de comida por esa ranura que ves ahí abajo. Luego los muy cerdos les dijeron a los niños que se turnaran ellos para meter la bandeja por la ranura. Aún no les había dado tiempo a los pobres pero han visto morir a un gilipollas aquí mismo. Es normal que estén aterrorizados.
–¿Tienes algún sitio al que volver?
–No –Kalani abrió la puerta con el juego de llaves y Rona sólo vio en ella una sonrisa sincera y unos ojos azules que parecían estar concentrados en alguna otra cosa. Kalani vio a una mujer con la piel parecida a la de Cole y, como ya sabía que era sincera, todo lo demás le daba igual.
–Si quieres –le propuso Kalani– puedes viajar con nosotras. También somos brujas. O sea… no bailamos desnudas a la luz de la luna ni nada de eso, sólo tenemos poderes raros que nos joden la vida y nos la arreglan a partes desiguales.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Todesangst

Todesangst:

–Papá, ¿cuando me muera, dejaré de sufrir?
Mi hija era demasiado pequeña y la realidad, como el fulgor en sus ojos, hacía tiempo que sólo era un extraño recuerdo consumido por las horas para subsistir.
No contesté inmediatamente, porque ante algo así uno no puede contestar inmediatamente, sólo puede quedarse bloqueado, tal vez repasando vivencias, reflexionando acerca de la naturaleza del dolor y la pérdida y la muerte, o sobre la necesidad de saber qué es la verdad, qué es lo correcto y qué nos separa de las tinieblas, si es que hay algún intersticio posible.
En cualquier caso la respuesta final a su pregunta pareció consolarla.
Yo salí de la habitación y estuve llorando, no sé por cuánto tiempo, pero anocheció.
Afuera el fuego se convertía en cenizas y los cuerpos, en sangre. La tierra tejía sus últimos estertores a la realidad, como puntos de sutura atenazando los labios de una boca que quiere gritar. Los sacerdotes sabían que el mundo, como mi hija, sucumbiría pronto, nadie podía ignorarlo ya. Incluso el brillo del sol no era más que el pálido reflejo de la luz, oscurecido y agotado, como si el día buscara aferrarse a una existencia marchita que no podía dejar de infectarse y pudrirse con el transcurrir de las horas.
Muy cerca de mi casa, sobre un círculo de arena negra, unos hombres y mujeres caminaban alrededor, liberando cánticos a los Antiguos mientras se fustigaban con látigos y sus heridas seguían desgarrándose.
La noche era impenetrable, ni siquiera los animales del bosque salían de sus madrigueras o se atrevían a abandonar sus nidos. Las lunas habían desaparecido de la bóveda nocturna.
Lo hubiese dado todo por estar con ella en todos esos terribles momentos, momentos en los que mi hija me necesitaba. Recuerdo la incomprensión en sus ojos, pero le hice una promesa y también eso pareció consolarla.

Al día siguiente decidí emprender un peligroso viaje a la Catedral.
Así que me arranqué el corazón.
Dicen que sólo los puros sobreviven, que sólo la determinación puede sanar sus heridas.
Y que la cicatriz en tu pecho te llevará al infierno.
Las iglesias y el miedo y los credos sin sentido nos ofrecen la salvación a cambio de aceptar que debemos ser salvados. La llave es sólo un dogma putrefacto y la cerradura tiene la forma de nuestros deseos.
Veo una casa de madera, un pasillo en su interior, una puerta.
Veo un ciempiés avanzando sobre los restos de una pared húmeda y desconchada, el olor me es extrañamente familiar.
Veo las ramas de los árboles justo antes de la noche, no sé dónde estoy.
Veo lo que tal vez sea un animal, muerto, su tórax es un agujero rojo del que se alimentan los gusanos.
Veo símbolos antiguos, circulares, llenándose en un significado que no comprendo en ningún ahora y en ningún cuándo.
Y veo la Catedral, y me siento real en medio de ese aire enrarecido del que mis pulmones se llenan, mi corazón bombea sangre, siento mis huesos, mis músculos, mi piel, el vello erizándose y la ropa sobre ella.
La Catedral era un edificio descomunal, en ningún modo diseñado para una especie como la nuestra, y aunque había oído hablar de ella por algunos supervivientes, nunca había sido capaz de imaginar lo sobrecogedora y ominosa que resultaría a mis ojos. Sus arcos se retorcían, unos por encima de otros, alzándose hacia el infinito. Su laberinto de pilares sostenía la realidad y en lugar de bóveda alguna, se veían, lejos, galaxias y estrellas.
Pero ese paisaje rutilante no podía tener nada que ver con el de nuestro mundo agonizante.
Estatuas de criaturas difíciles de catalogar miraban hacia las paredes, parecían contraerse en algo parecido a una reverencia o, tal vez, al dolor. Había algunas próximas al centro de la sala, parecían haber sido colocadas aleatoriamente y siempre miraban hacia los pilares que flanqueaban. Criaturas en ofrenda a los Antiguos.
Y ellos, dondequiera que estuviesen, parecían observarlo todo.
Ellos nos dominaban porque eran mucho más antiguos que el tiempo en este universo, mucho más antiguos que nuestro terror a lo desconocido.
Mi insensatez hizo que me arrodillara ante el altar.
Una sacerdotisa deslizó sus tentáculos pegajosos de color verduzco por mi cuerpo, lentamente, palpando la herida, regenerándola y dejando en su lugar una marca negra como el hollín. Su cabeza, cubierta por el hábito blanco no dejaba adivinar un rostro.
Sólo había silencio y el sonido arrastrado, viscoso y pesado de lo que no puede dar paso alguno mientras se desplaza.
Se acercó a una estantería, tomó un libro polvoriento y lo puso en mis manos.
Yo la miré, eternamente agradecido.
Un turíbulo se cruzó ante mis ojos, el humo de incienso era denso, se internó en mis pulmones y me transportó de nuevo a mi hogar.
Esta vez no hay visiones. Es como despertar de un sueño a una pesadilla.

Pasé aquel día cantando en la habitación en la que mi hija estaba postrada. Yo recitaba el contenido del libro, verso a verso.
No conocía las palabras escritas en esas páginas, y sin embargo mi lengua las pronunciaba, mis entrañas las recordaban.
Y mi hija me miraba atemorizada, entre dudas que no se atrevía a verbalizar a fin de no interrumpirme.
Al acabar, no pasó nada, pero me sentía agotado, de manera que decidí sentarme en la habitación contigua a descansar.
–¡Papá! –mi hija gritó, aunque la voz se le estancaba en los pulmones y se diluía en su enfermedad.
Corrí a la habitación, ella seguía en la cama, pero parecía muy asustada y estaba muy quieta.
–Hay alguien en el armario.
Un sollozo se oía con claridad, proveniente de su interior.
Abrí el armario y vi a mi hija, mi propia hija estaba ahí dentro, llorando, sus ojos eran puro terror.
–Papá, hay algo sobre mi cama.
Miré hacia atrás.
Un monstruo informe que no es mi hija se agita violentamente, hay ojos y miembros, multiplicados, ubicados sin concierto en un cuerpo incomprensible. Tiene boca, sufre en un alarido interminable, inestable, intenso, demasiado humano y demasiado infantil. Mi hija grita desde el armario. Sus gritos se parecen.
Cierro la puerta del guardarropa.
Voy a la habitación adyacente y veo el libro. Junto a él hay un hacha que suelo utilizar para cortar leña. Por un momento pienso en coger el libro.
Vuelvo a la habitación con el arma en ristre y ataco a esa criatura. Grita nuevamente.
Mi brazo arde con las acometidas, no me detengo.
Creo percibir el eco de la confusión en cada chillido, tras cada hachazo hendiéndose en su piel. No sabría distinguir sus alaridos de los de mi hija. Parecen los gritos de una criatura indefensa y enferma, sufriendo. Quiero parar pero tengo miedo.
Y mis lágrimas me ciegan.
La sangre cubre mi brazo, golpe a golpe.
Mi brazo se queda sin fuerzas.
Esa bestia ya no se mueve.
Abro la puerta del armario para cerciorarme de que mi hija está bien.
Pero no está bien.
Está llorando mientras se transforma de nuevo en esa criatura.
Y sé que no puedo matarla.
Otra vez no.


domingo, 30 de septiembre de 2018

Virginie


Virginie:

Recuerdo el tic-tac del reloj del dormitorio, contando cada segundo con una diligencia extrañamente estática, ignoro, sin embargo, de cuándo databa aquella madera que se negaba a envejecer mientras nos decía el paso del tiempo. Siempre supuse que se trataba de una herencia mantenida desde antiguo, cuando el blasón familiar era por todos conocido. Mi padre nunca le dio importancia y yo nunca le pregunté, porque a veces no deseamos revelar los secretos que sólo dejamos escapar entre suspiros. ¿Crees que puedo conservar la memoria en unas pocas lágrimas? El reloj, tras tus primeras visitas a nuestra hacienda durante aquella primavera, lo sentí tan necesario, tan imprescindible para mi propia vida, como cualquiera de tus caricias, y es que de alguna manera se apoderaba de mí un miedo atroz a perderme en tus ojos, temiendo que, extraviada en su verde fluir, no supiera yo encontrar el camino de regreso. No obstante, su sonido me ataba al ahora y, tal vez por esa razón, si es que razón era, de estar el eco del tiempo presente, sentía el más sencillo sosiego. Era entonces cuando en la belleza de tus ojos podía yo viajar al mundo de los sueños, Virginie, deslizándose mis susurros sobre tus mejillas encendidas.
En ocasiones me lamento, nunca debí haber tomado esposo alguno.
He crecido y ahora sólo sé soñar.
Olympe

Ya, ya, no debí leer la carta, ya lo sé.
Que, a ver, entera tampoco la leí porque era un coñazo, la verdad.
Era tarde y hacía frío. Creo que la chica había estado sentada en medio del parque, se le cayó y yo le eché un vistazo.
Y la carta… parecía muy vieja y no sólo por la redacción o esa caligrafía tan circular que sólo he visto en las cajas de bombones caros y en marcas de lencería femenina. Total, si no la habían sacado directamente del siglo XIX supongo que venía de algún manicomio o, que sé yo… alguna casa de los horrores con tintes de beatitud, cadenas, crucifijos, caníbales y mierdas de ésas. El papel también era viejo: amarillento y, ¿”ajado” es la palabra? Sí, supongo que vale. Olía a perfume o algo. Una mariconada de principio a fin, joder.
La chica aún se veía entre la niebla.
Una silueta, poco más.
En cualquier caso el papel había sobrevivido y estaba seco.
Le grité a la chica, pero estaba bastante lejos, el parque era bastante grande, y no se volvió, así que decidí correr hacia ella antes de que la niebla la engullera. Era densa de cojones, por si no lo he dicho.
Se metió, para mi sorpresa, en una casa bastante grande, oscura y destartalada, llena de pintadas, la planta baja era un vacío de polvo y hormigón. No había podido verla bien pero no parecía la clase de tía que viviera en una casa okupa con perro-flautas, punkis y gente de ésa.
Toqué a la puerta.
Silencio.
Como no pasaba nada, me metí dentro. Sólo había unas escaleras que subían, así que fui a la planta de arriba. Aquello sí se parecía más a una casa. Es decir, no había casi nada, pero al menos había habitaciones, puertas y todo eso.
Había una puerta cerrada, quiero decir que era la única puerta cerrada.
Joder, hubiese sido casi indecente no abrirla, así que, por supuesto, la abrí.
Un dormitorio, menuda decepción. Ni cadenas ni hostias, sólo una cama normal y corriente. Y ni rastro de la chica de la carta.
Me volví hacia la puerta. Vi una figura en la penumbra, muy quieta y en silencio. Me dio tal susto que me volví a dar la vuelta.
Vale, aquello era el equivalente de cubrirse con las sábanas al ver por la noche un montón de ropa en una silla y, como me di cuenta de que debía de estar pareciendo un completo capullo, decidí hacer algún comentario que pudiera justificar, aunque fuera remotamente, mis putos movimientos espasmódicos de nenaza:
–Joder… la cama está toda deshecha.
En fin, soy un capullo, para qué vamos a engañarnos.
Me volví, pero ahí me acojoné en serio. Cualquiera de vosotros se hubiera acojonado, vamos a ver.
Lo que vi era una especie de sombra crepitando oscuridad, desplazándose a cuatro patas con una extraña comodidad pese a que se distinguía el dibujo de una anatomía humana en ella.
Que, bueno, esto os lo digo ahora, después de que haya pasado todo. Y sí, estoy vivo y os he jodido el final de la historia, pero en aquel momento, estaba yo como para pensar en qué coño estaba viendo. Y fue como cosa de un par de segundos, pero ese puto bicho era raro de pelotas y cualquier tío duro se hubiera cagado de miedo. Por más que quieras, no puedes pegarle a una puta sombra.
Estaba entre la puerta y yo, así que mi cuerpo tomó sus propias decisiones, un tanto estúpidas, la verdad: retroceder lentamente.
La sombra se abalanzó de mí, encima de la cama, pero cuando abrí los ojos, había una chica desnuda sobre mí mirándome con curiosidad.
Fue extraño, dudé de lo que había visto momentos antes, la realidad parecía estar haciéndose un hueco en mí. Y era fantástica. Y, joder, ¿y si lo que pasaba es que en la puta casa okupa había alguna droga rara y había estado flipando?
En este punto de la historia me gustaría subrayar de nuevo el hecho de que tenía una tía en pelotas sobre mí.
Me empalmé, naturalmente.
La chica se deslizó sobre mi cuerpo y comenzó a besarme el cuello.
Luego se alzó. Recuerdo sus colmillos, sobresalían, pero supongo que debía estar flipando también.
Ella vio la carta que yo sujetaba y me la arrebató de las manos.
–Puedes irte –me dijo, sólo que ahora estaba parada en la puerta, vestida.
Fui a preguntarle qué estaba pasando, pero giró una esquina y no pude encontrarla.
Como todo aquello era bastante perturbador me fui de allí.
No lo entiendo bien, la gente no suele ir compartiendo drogas por ahí.

Una mujer caminaba por la calle cuando, para su sorpresa, vio salir a un joven de su casa. Parecía muy alterado, su expresión, desencajada; su piel, pálida, y trataba de correr con torpeza. Gemía y se ahogaba, como si se hubiera quedado sin fuerzas para gritar. No era una situación habitual: la gente no solía salir de su casa una vez había entrado en ella. Al menos no por su propio pie, de modo que sintió una enorme curiosidad.
Subió las escaleras y atravesó el pasillo, después cruzó la puerta de su habitación.
Sonrió.
–Eres toda una sentimental.