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domingo, 1 de noviembre de 2020

La guerrera al otro lado

 La guerrera al otro lado:

 

Tal vez hubo mundos.

Pero a este lado del espejo sólo hay trauma.

Aunque nosotras podamos ser el reflejo de algo más, eso no se me escapa.

 

Soy una de las hijas y me pregunto si en esta pesadilla de nadie mis acciones tienen algún sentido. ¿Soy la causa o la consecuencia de lo que pasa al otro lado? Filosofía en un yermo de olvido y sangre que no se detiene ante mis pesares. Sé que tuve un nombre y un tiempo, pero quizás sólo eran los restos de memoria de otra persona. Aquí recorro los pasillos del desconcierto, el miedo acecha y la poca luz que poseo sólo me hace pensar que la oscuridad que me rodea siempre ha llegado ahí antes.

El miedo trata de atenazarme, pero en mi mano hay una espada y lo desafío diciendo:

Eres mi miedo le miro a los ojos, adelante.

Y viene hacia mí y en un abrazo uno de los dos consigue devorar al otro. Al principio nunca consigo discernir quién queda en pie.

No sé si soy un recuerdo, una promesa o el ahora imparable.

Pero sé por qué miramos al miedo a los ojos.

Y a éste lo he hecho mío. Lo he atado a mi alma. Al menos si no ha logrado engañarme. Porque este miedo no es mío, como aquí nada lo es, de modo que tendré cuidado: la posesión es una mentira que tiende a cambiar los papeles con facilidad. Cortaré el lazo de este miedo y pasará a través de mí.

Y, haciendo esto, desaparece tras el velo que separa cada realidad.

Me doy la vuelta: raramente viene el terror solo, suele acompañarse de recuerdos a olvidar, de gritos que logran rasgar el límite entre la realidad y lo irreal, de aullidos desgarrados que consiguen romper y llegar al otro lado.

En nuestra lucha por hacerlos desaparecer a veces mis hermanas mueren, a veces yo muero. No tengo nombre pero renazco en paz. Me gusta la esperanza, sin embargo sólo soy una decisión irreflexiva, soy el puro sentimiento de rebeldía que lucha por desaprender, por hacer maleable un conocimiento petrificado en el orgullo. Supongo que me libero entre paradojas y eso me da fuerza.

Camino atenta mientras estas ruinas me miran pasar.

Restos de espejos flotan a mi alrededor, este pasillo parece respirar y cambiar de forma ante cada uno de mis pasos. Las paredes sangran. Al menos parecen estar prestando atención en silencio. No sé por qué lo sé, pero lo sé. Y prefiero que me insulten y me despedacen y me amenacen entre alaridos y que me susurren mis errores y me los escupan antes de que finjan que no estoy ahí, antes de que las palabras que no se dicen me hagan desaparecer. No sé qué trauma enfrento, no sé de quién, si es que hay criaturas para este dolor. Pero giro una esquina y lo veo.

El trauma ruge, aterrado. Está maniatado y sufre mientras unos filos se deslizan ante él, gravitando amenazantes, cortando el tejido del universo.

Ah… lo reconozco.

Tiene miedo.

Porque no sabe quién soy. Porque no sabe quién es bajo la hoja de la calma.

La separación es la vaina de la que extraigo mi hoja.

Y mi caza comienza.

Lo persigo, corriendo entre bifurcaciones.

Se esconde tras la duda, mi certeza la corta por la mitad. Me lleva a una eternidad estática y exhausta de lágrimas, sin promesas, sin ningún después. Sus garras, como reproches, consiguen atenazarme, si bien conjuro mi luz y mi espada comienza a danzar en mi puño mientras cerceno los juicios y los castigos de quien está en guerra consigo. Porque quien está en guerra consigo mismo sólo puede caer derrotado y es ésa paradójicamente su liberación, siempre y cuando sea vista desde el ángulo apropiado.

El trauma deja de plantar batalla y cae, como una estalactita. Parece un hilo de dolor ante mí, sólo eso. Y mi hoja la separa en dos.

Ya no hay más derrota.

De momento…

En este lado del espejo se oyen gritos.

Siempre se oyen gritos.

 

<a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/"><img alt="Creative Commons License" style="border-width:0" src="https://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/4.0/88x31.png" /></a><br /><span xmlns:dct="http://purl.org/dc/terms/" property="dct:title">La guerrera al otro lado</span> by <a xmlns:cc="http://creativecommons.org/ns#" href="https://martarousselperla.blogspot.com/" property="cc:attributionName" rel="cc:attributionURL">Marta Roussel Perla</a> is licensed under a <a rel="license" href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/">Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License</a>.<br />Based on a work at <a xmlns:dct="http://purl.org/dc/terms/" href="https://martarousselperla.blogspot.com/" rel="dct:source">https://martarousselperla.blogspot.com/</a>.

jueves, 31 de octubre de 2019

Promesas y palabras


Promesas y palabras:

            Siento mucho haber tardado tanto tiempo en darme cuenta de quién eres, de saber ver a través de ti, de apreciar cada cosa que haces, cada pequeño gesto. Creo que este amor me ha hecho más sabio y he comprendido que no tiene sentido querer cambiar a las personas, o querer que siempre estén ahí para ti. Cuando te miro no comprendo cómo el mundo no se enamora de ti al instante, y siento que a tu lado he crecido y me he hecho fuerte. Tengo mucho que agradecerte y, por supuesto, me faltan las palabras. Eres inteligente, graciosa, crítica y analítica y, aunque sea irrelevante para alguien como tú, hermosa. A veces pienso en esas personas que dicen aquello de “no eres como las otras chicas”, no entiendo qué problema hay con las otras chicas. Todo el mundo es único y tal vez lo que tratamos de decir es: “pero tú eres improbable”. Yo no pienso fallarte, estaré ahí para ti. No quisiera extenderme mucho con esto, pero, si pudieras sujetarme con firmeza ese cable…
–Por favor, déjame ir. No le diré nada a nadie. Ni siquiera sé tu nombre… Déjame ir… por favor…


miércoles, 31 de octubre de 2018

Todesangst

Todesangst:

–Papá, ¿cuando me muera, dejaré de sufrir?
Mi hija era demasiado pequeña y la realidad, como el fulgor en sus ojos, hacía tiempo que sólo era un extraño recuerdo consumido por las horas para subsistir.
No contesté inmediatamente, porque ante algo así uno no puede contestar inmediatamente, sólo puede quedarse bloqueado, tal vez repasando vivencias, reflexionando acerca de la naturaleza del dolor y la pérdida y la muerte, o sobre la necesidad de saber qué es la verdad, qué es lo correcto y qué nos separa de las tinieblas, si es que hay algún intersticio posible.
En cualquier caso la respuesta final a su pregunta pareció consolarla.
Yo salí de la habitación y estuve llorando, no sé por cuánto tiempo, pero anocheció.
Afuera el fuego se convertía en cenizas y los cuerpos, en sangre. La tierra tejía sus últimos estertores a la realidad, como puntos de sutura atenazando los labios de una boca que quiere gritar. Los sacerdotes sabían que el mundo, como mi hija, sucumbiría pronto, nadie podía ignorarlo ya. Incluso el brillo del sol no era más que el pálido reflejo de la luz, oscurecido y agotado, como si el día buscara aferrarse a una existencia marchita que no podía dejar de infectarse y pudrirse con el transcurrir de las horas.
Muy cerca de mi casa, sobre un círculo de arena negra, unos hombres y mujeres caminaban alrededor, liberando cánticos a los Antiguos mientras se fustigaban con látigos y sus heridas seguían desgarrándose.
La noche era impenetrable, ni siquiera los animales del bosque salían de sus madrigueras o se atrevían a abandonar sus nidos. Las lunas habían desaparecido de la bóveda nocturna.
Lo hubiese dado todo por estar con ella en todos esos terribles momentos, momentos en los que mi hija me necesitaba. Recuerdo la incomprensión en sus ojos, pero le hice una promesa y también eso pareció consolarla.

Al día siguiente decidí emprender un peligroso viaje a la Catedral.
Así que me arranqué el corazón.
Dicen que sólo los puros sobreviven, que sólo la determinación puede sanar sus heridas.
Y que la cicatriz en tu pecho te llevará al infierno.
Las iglesias y el miedo y los credos sin sentido nos ofrecen la salvación a cambio de aceptar que debemos ser salvados. La llave es sólo un dogma putrefacto y la cerradura tiene la forma de nuestros deseos.
Veo una casa de madera, un pasillo en su interior, una puerta.
Veo un ciempiés avanzando sobre los restos de una pared húmeda y desconchada, el olor me es extrañamente familiar.
Veo las ramas de los árboles justo antes de la noche, no sé dónde estoy.
Veo lo que tal vez sea un animal, muerto, su tórax es un agujero rojo del que se alimentan los gusanos.
Veo símbolos antiguos, circulares, llenándose en un significado que no comprendo en ningún ahora y en ningún cuándo.
Y veo la Catedral, y me siento real en medio de ese aire enrarecido del que mis pulmones se llenan, mi corazón bombea sangre, siento mis huesos, mis músculos, mi piel, el vello erizándose y la ropa sobre ella.
La Catedral era un edificio descomunal, en ningún modo diseñado para una especie como la nuestra, y aunque había oído hablar de ella por algunos supervivientes, nunca había sido capaz de imaginar lo sobrecogedora y ominosa que resultaría a mis ojos. Sus arcos se retorcían, unos por encima de otros, alzándose hacia el infinito. Su laberinto de pilares sostenía la realidad y en lugar de bóveda alguna, se veían, lejos, galaxias y estrellas.
Pero ese paisaje rutilante no podía tener nada que ver con el de nuestro mundo agonizante.
Estatuas de criaturas difíciles de catalogar miraban hacia las paredes, parecían contraerse en algo parecido a una reverencia o, tal vez, al dolor. Había algunas próximas al centro de la sala, parecían haber sido colocadas aleatoriamente y siempre miraban hacia los pilares que flanqueaban. Criaturas en ofrenda a los Antiguos.
Y ellos, dondequiera que estuviesen, parecían observarlo todo.
Ellos nos dominaban porque eran mucho más antiguos que el tiempo en este universo, mucho más antiguos que nuestro terror a lo desconocido.
Mi insensatez hizo que me arrodillara ante el altar.
Una sacerdotisa deslizó sus tentáculos pegajosos de color verduzco por mi cuerpo, lentamente, palpando la herida, regenerándola y dejando en su lugar una marca negra como el hollín. Su cabeza, cubierta por el hábito blanco no dejaba adivinar un rostro.
Sólo había silencio y el sonido arrastrado, viscoso y pesado de lo que no puede dar paso alguno mientras se desplaza.
Se acercó a una estantería, tomó un libro polvoriento y lo puso en mis manos.
Yo la miré, eternamente agradecido.
Un turíbulo se cruzó ante mis ojos, el humo de incienso era denso, se internó en mis pulmones y me transportó de nuevo a mi hogar.
Esta vez no hay visiones. Es como despertar de un sueño a una pesadilla.

Pasé aquel día cantando en la habitación en la que mi hija estaba postrada. Yo recitaba el contenido del libro, verso a verso.
No conocía las palabras escritas en esas páginas, y sin embargo mi lengua las pronunciaba, mis entrañas las recordaban.
Y mi hija me miraba atemorizada, entre dudas que no se atrevía a verbalizar a fin de no interrumpirme.
Al acabar, no pasó nada, pero me sentía agotado, de manera que decidí sentarme en la habitación contigua a descansar.
–¡Papá! –mi hija gritó, aunque la voz se le estancaba en los pulmones y se diluía en su enfermedad.
Corrí a la habitación, ella seguía en la cama, pero parecía muy asustada y estaba muy quieta.
–Hay alguien en el armario.
Un sollozo se oía con claridad, proveniente de su interior.
Abrí el armario y vi a mi hija, mi propia hija estaba ahí dentro, llorando, sus ojos eran puro terror.
–Papá, hay algo sobre mi cama.
Miré hacia atrás.
Un monstruo informe que no es mi hija se agita violentamente, hay ojos y miembros, multiplicados, ubicados sin concierto en un cuerpo incomprensible. Tiene boca, sufre en un alarido interminable, inestable, intenso, demasiado humano y demasiado infantil. Mi hija grita desde el armario. Sus gritos se parecen.
Cierro la puerta del guardarropa.
Voy a la habitación adyacente y veo el libro. Junto a él hay un hacha que suelo utilizar para cortar leña. Por un momento pienso en coger el libro.
Vuelvo a la habitación con el arma en ristre y ataco a esa criatura. Grita nuevamente.
Mi brazo arde con las acometidas, no me detengo.
Creo percibir el eco de la confusión en cada chillido, tras cada hachazo hendiéndose en su piel. No sabría distinguir sus alaridos de los de mi hija. Parecen los gritos de una criatura indefensa y enferma, sufriendo. Quiero parar pero tengo miedo.
Y mis lágrimas me ciegan.
La sangre cubre mi brazo, golpe a golpe.
Mi brazo se queda sin fuerzas.
Esa bestia ya no se mueve.
Abro la puerta del armario para cerciorarme de que mi hija está bien.
Pero no está bien.
Está llorando mientras se transforma de nuevo en esa criatura.
Y sé que no puedo matarla.
Otra vez no.


martes, 31 de octubre de 2017

Mi silencio


Carve away the rotten flesh
It’s time to burn
Strip away the dirty lies
Expose the ugly truth…
ARCH ENEMY

Mi silencio:

            Cuando era pequeña en la casa de papá sólo había una cama.
Y es que los padres pueden dormir con sus hijas mientras no sean el mío.
Casa pequeña, comida barata y ropa prestada o heredada: la vida de mamá era el paraíso entre semana.
Pero en casa de papá podía hacer cualquier cosa, no había normas. Beber coca-cola, comprar chucherías y acostarme tarde entre piruletas y gominolas.
Y sólo había una cama.
No había nanas ni cuentos. No había historias antes de dormir y las hadas sólo existían en los dibujos y en los libros, en los libros, en los libros.
Sólo había una cama para esperar a que el sueño llegara con las bragas apretadas en las manos. Y mi mente era mi refugio, era el lugar al que volver para pasar las horas, igual que en el colegio, mi mente era mi santuario, donde los niños no me señalaban con el dedo. El dedo de papá.
Y los niños se reían y me dejaban sola. Sola cada hora, cada día y cada año. Sola con gente sola.
Con papá siempre me quedaba muda, tal vez por eso ahora tengo voz y no sirve, tal vez por eso hablo pero las palabras no se distinguen del silencio.
Tuve un novio y una breve enfermedad que no llegó a abrirme los ojos. Le decía que no cuando íbamos a la cama, le decía que me dolía, que esperara unos meses a que se pasara aquel achaque, que parara por favor. Sólo iban a ser unos meses, nada más. Pero al parecer eso no importaba.
Me dolía y a él no le importaba, él no quería esperar a que me curara. Y al final acababa abriendo las piernas: por amor o algo así. ¿Era eso una violación? ¿Nunca me han violado porque siempre me he sentido entre la espada y la pared, porque nunca he podido decir que no con la firmeza suficiente? ¿Decir “no” no tiene la fuerza suficiente? ¿Acaso es eso decir que sí?
Me pregunto si mis palabras saben hacer ruido…
Recuerdo que una vez me contaron que el hermano de alguien forzaba a su sobrina de seis años, me puse pálida, me estremecí deseando escapar, vomitar, desaparecer. Los castigados no importan, no son personas: son juguetes rotos para los monstruos. Y los monstruos tampoco son personas para aquellos que los señalan. Y es fácil subestimar la ironía de la situación.
Yo también soy un monstruo.
Me masturbo y vuelvo a ser demasiado pequeña y los hombres abusan de mí, me arañan, me muerden, me pegan, me penetran y me violan en el santuario de mi mente mientras mis piernas lloran terror y deseo.
Y los titulares de los periódicos me provocan vergüenza, porque mi cuerpo me imagina en medio del dolor y se enciende, y no tengo modo alguno de acabar con esto.
El otro día estaba con mis amigas en el parque y una niña pequeña me sonrió, se subió la falda y me enseñó su ropa interior.
Y no sé leer si eso es inocencia o el abuso de una familia desgraciada, porque no pertenezco a este mundo, ¿puedo confiar en que no pasa nada? Ella parecía feliz y yo nunca lo fui a su edad. ¿Sé algo de la felicidad?
Mi santuario se ha derrumbado y no recuerdo cómo volver a construirlo. En una esquina entre sus ruinas, ése es mi lugar, sentada y aferrándome a mí misma, escondiendo la tristeza en la cabeza. En un paisaje tétrico tejido por la culpa de ser una mujer en este siglo y el terror a la oscuridad. El terror primitivo al que nos acogemos todos al final, el que esconde las pesadillas que tengo cada noche de cada día de mi vida.
Ustedes quieren criaturas terribles, terribles culpables, inhumanos y dignos de las historias de terror más sórdidas y repugnantes. Alguien a quien acusar.
Pues bien, en esta historia el monstruo soy yo.
Porque no se puede engendrar con una pesadilla sin parir una abominación.
Ustedes no lo entienden, me miran y ven a una víctima. Y piensan que yo sólo podría ser un verdugo si hubiese abusado a mi vez de alguna otra persona, y piensan que algún otro debe ser señalado con el dedo.
El odio sólo es un amor equivocado al igual que la esperanza sólo es el miedo visto desde el otro lado.
Y por eso mi santuario caído es el monstruo mismo: está en el lado equivocado.
Solemos separar víctimas de verdugos porque queremos revelar a los monstruos del cuento. El sufrimiento nos aterroriza y nos gusta pensar en el bien y el mal allí donde sólo hay gente corriente y vidas cotidianas. No queremos dirigir la mirada a la causa, a la esencia de los monstruos. Nos avergüenza. Y por eso les dejamos morir en prisiones, relatos y leyendas negras. No hay solución si no hay problema.
Mientras, en mi santuario la ausencia de sonido hace daño en los oídos y la soledad crepita bajo la piel. El mutismo allí resuena como un grito que marca todo mi cuerpo y el pensamiento es una cadena que me retiene y ahoga contra el pasado.
Sí, solemos separar víctimas de verdugos.
Pero esas palabras son sólo silencio.
Mi silencio.

lunes, 31 de octubre de 2016

Ceguera


Ceguera:

La ceguera no es la oscuridad insondable ni se trata de un continuo de color negro, eterno y opaco ante los ojos, como un velo o un telón ante una experiencia visual que no logra hacerse un hueco en la existencia.
La ceguera no es de color blanco tampoco, Saramago me perdone, no tiene nada que ver con la visión: si lo tuviera, no podría ser su negación.
Tal vez debido a eso he llegado a la conclusión de que ustedes los videntes no tienen la más remota idea de qué es la ceguera y, si les es de algún consuelo, tampoco los invidentes tenemos la imaginación suficiente como para concebir lo que la visión supone. ¿Colores, luz? Imagínense por un momento que todas esas metáforas que ustedes utilizan para referirse al conocimiento, la bondad o la obviedad sólo fueran un juego de palabras, comprensible sí, pero totalmente hermético.
Por otro lado la ceguera tampoco es el motor de este relato, es sólo un punto de partida.

Mi casa no es más que una serie de espacios que cobran forma en relación a mi cuerpo. Mis manos me descubren el mundo: experimento, por ejemplo, un tacto duro y levemente estriado y el olor a madera, el cristal que huele a polvo, la televisión contándome historias a medias. Y nada parece ser nada hasta que al otro lado de la piel adivino el contorno de cada figura, de cada esquina y cada pared. Los marcos de las puertas se deslizan bajo mis palmas y entonces asiento sabiendo dónde me encuentro. Mi casa y mi relación con ella no tienen demasiado interés, con la salvedad de que es el escenario en el que se mueve la narración de una ciega.
Le añadiremos a la historia un dramatismo circunstancial, como lo son todos: mi perro lazarillo había muerto hacía un mes y, pese a lo necesario que se me hacía, me sentía demasiado abatida como para adquirir otro. Me tildarán algunos de sensiblera –quizás hasta de estúpida– cuando la palabra sustitución me viene a la cabeza en un reproche, y no me importa: un perro es alma y familia, y no debe tomarse a la ligera. Siempre he considerado que la ausencia y el dolor de la pérdida son menos cruciales que la soledad en esta clase de testimonios incomprensibles, como les expongo un poco más adelante. Por otra parte la tristeza de mis entrañas se había extendido por la casa y mis visitas me insinuaban muy cuidadosamente que todo parecía descuidado y yo era consciente de que todo parecía viejo entre el abandono. Comprenderán ustedes que la invidencia no es óbice para entender lo que le rodea a uno.

No dejo de pensar que la tristeza nunca hubiese podido hacerlo, porque no inventaba nada para subsistir, sino que se alimentaba de sí misma, pero a la soledad le resultaba fácil difuminarse en percepciones inexplicables para llenar el vacío que engendraba. Éste es el otro punto de partida.
Y es que, un día, sin que mediara ninguna clase de acontecimiento previo, escuché tres golpes, como si un puño poderoso fuera descargado sobre una robusta puerta de madera.
No habría sido nada del otro mundo si yo hubiese tenido acaso alguna puerta de madera recia y sólida a la entrada de mi casa. Tampoco hubiese sido nada especial si aquel estrépito hubiese surgido al otro lado de alguna puerta, vibrando en los nudillos de algún visitante, y no a través de una pared del salón.
Y, por último pero no menos importante, he de confesar que era bastante llamativo que el estruendo se escuchara como si hubiera provenido del otro lado de una pared que da a la calle en un cuarto piso y sin balcón.

Sentí terror, y quizás a ustedes no les parezca para tanto en comparación con lo que acabo de narrar, pero tras lo siguiente que ocurrió entré en pánico: un escritorio que tenía en el salón, al aproximarme a la puerta de casa, se deslizó con un crujido estridente sobre el suelo y me bloqueó el paso y el acceso al manillar de la entrada principal. Y en pánico uno o se detiene o corre, pero pierde toda capacidad de orientación.
Por motivos obvios, me quedé paralizada y muerta de miedo.
Mientras tanto los segundos devoraban el tiempo.
En algún momento otros tres golpes poderosos volvieron a escucharse, esta vez desde la puerta principal, transformándose en el sudor frío de mi nuca.
Y me pareció comprender algo –o quizás era que quien llamaba había comprendido algo– y, aunque aún estaba en tensión, comencé a sentir un extraño sosiego que, pese a todo, parecía ajeno.
–Puedes pasar –dije.
Fue entonces cuando mis sentidos olvidaron cualquier vestigio de lo que podía ser verosímil o cabal, cuando cualquier referencia a aquello que me rodeaba no hubiese sido más que endogámica en su palabrería. Y fue entonces cuando empecé a escuchar sonidos que nunca podrían proceder de gargantas humanas.
El eco de gemidos perdidos resbalando por el orgasmo, palpitando como un ligero dolor de cabeza en la lengua, mientras el metal de algún otro mundo chirriaba pesado en mis oídos, a un ritmo constante.
Mi salón pareció cerrarse contra la angustia y pude notar una vibración en el aire, cercana a un zumbido roto y sin cadencia. Su fuente estaba ante mí, por alguna razón pensaba que se trataba de algo humanoide, esos temblores llegaban desde lo que suponía que sería su cabeza.
Estiré mi brazo para tocarlo.
Me detuve a medio camino.
Mis dedos se encogieron y entonces entendí que eso, fuese lo que fuese, me hablaba sin voz alguna: no había sonidos en mi cabeza, sólo ansiedad, vértigo y agonía chocando contra lo que yo pensaba que era la palabra.
Te daré visión y te haré un hijo, humana, sin dolor –me hizo saber aquello que se hallaba en mi salón.
–¿Puedo negarme a tu propuesta? –tanteé. Me sentía extrañamente tranquila, como si la presencia de aquel ser me reconfortara de alguna manera.
Sí.
–¿Cuál es el precio a pagar si acepto?
La corrupción, es más una consecuencia que una deuda.
–Entonces creo que ya te hemos hecho el trabajo: ¿estás familiarizado con el término parlamento?
Es la escritura de un libro sagrado en defensa de sus autores –pareció asentir.
–¿Existe algún lazo entre tú y yo?
Aaahhh… Sí.
–¿No crees que lo último que necesita el mundo es otra Pandora, otra Mujer que traiga el Mal?
La corrupción humana pasa por el desequilibrio.
–¿Y crees que voy a aceptar un hijo de…?
Un vástago de apariencia enteramente humana.
–¿Y crees que voy a aceptar un hijo y la visión a cambio de corromper aún más a la especie humana?
Sonreía. No puedo decir por qué lo sabía: probablemente aquella cosa no tuviera boca siquiera, pero sonreía entre los segundos y mi cuerpo.

Exacto.