Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.
Mostrando entradas con la etiqueta vikingos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vikingos. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de octubre de 2012

Tóra Sigmunddóttir

“Dagurin líður, náttin kemur
Dimmir á jørð so fríða
Í morgin saðlum hestar dyst at ríða”.
TÝR.

Tóra Sigmunddóttir:

            Su bayo de calzado alto iba al paso sobre la hierba verde, hacia ningún lugar. Las montañas de las tierras noruegas, escarpadas y grises, en las que algunos grupos de árboles fuertes habían echado raíces dispersos aquí y allí esquivando los fiordos, la habían recibido con un silencio gélido, expectantes. Él, su Helgi, no estaba. Sus destinos se habían separado. Helgi le había prometido una nueva vida en sus tierras, lejos de la inclemencia del tiempo y de los terribles caprichos de los vientos que azotaban la isla de Skúvoy, el hogar de la joven Tóra. Pero la promesa hecha ante los dioses se había roto en pedazos de excusas. Ella sin embargo no estaba dispuesta a caer para el regocijo de quien dijo ser su compañero y sólo veía un camino más allá del lejano acantilado en el que rompían las olas que nacían de las aguas oscuras: regresar a casa. Su espada afilada la acompañaba y pronto saldría un barco hacia las islas. El amor no sería su prisión ni la orilla rocosa del desfiladero, el consuelo de los necios, su destino. ¿Morir por amor? Nunca. Alguien conocería su amor, alguien que no sabría ni del miedo ni de las mentiras. Su corazón, rojo y poderoso, no lloraría jamás por quien la había abandonado. Ella era fuerte. Ella era hija de Turið Torkilsdóttir y Sigmund Brestisson, muerto cuando Tóra contaba nueve años, era nieta de Torkil Barfrost. La sangre de los guerreros nórdicos corría por sus venas. Creía, para desgracia de su difunto padre, en los dioses del norte y ellos le daban fuerza. Yggdrasil entero aguardaba con impaciencia verla regresar a casa, conteniendo la respiración en la calma de los abruptos montes del fiordo de Sogn.
–Tóra Sigmunddóttir –una mujer no mucho mayor que la propia Tóra se acercaba también a caballo. Sentada a horcajadas sobre la silla de montar resultaba imponente, era fuerte y su mirada tenaz. Tenía un ojo verde y otro azul, y ambos parecían examinarla en busca de respuestas en su alma.
–¿Quién eres? –inquirió la joven Tóra.
–Freydis Eiríksdóttir. ¿Sabes qué Eirík es mi padre?
–El Rojo –respondió Tóra y Freydis asintió aprobatoriamente, eso le ahorraría algo de tiempo.
–Dicen que Helgi, el hermano de Finnbogi, te engañó –dijo Freydis–. Yo tengo pensado engañarle a él en Vinland. Y acabar con su vida. Tengo mis motivos, pero saben todos que tú tienes los tuyos –la hija de Eirík sabía que era fácil convencer a aquellos que se hallaban desconsolados, sabía que era fácil hacer que dudaran si uno insistía en su tristeza, si se sentían solos contra el mundo. Tenía que alimentar ese odio.
–Él dijo amarme. Mintió. Que la nieve se lo lleve –Tóra era prudente, quería volver a casa, nada más.
–El mal toma muchas formas, a veces incluso entra en encarnizada batalla consigo mismo. Alguien ha de detenerlo. Además, ¿puede haber mayor deshonra para ti? Si un hombre miente a quien ama, ten por seguro que cometerá cualquier acto malvado, sin detenerse ante mayores consideraciones. Porque amar es lo más alto que un humano puede hacer y él ha escupido sobre eso, como si no importara en absoluto el sufrimiento de tu corazón. Ha gozado de otras mujeres, sudado con ellas, disfrutado de ellas mientras tú, demasiado joven y demasiado ingenua –señaló con afección–, le esperabas en casa rezando a los dioses por él. Y él te ha pagado con esa moneda despreciable –Freydis la estudiaba con la mirada, en busca de signos de confianza o empatía en su expresión corporal. Sabía que la justicia enmascaraba sobradamente la injusticia. Era el mejor disfraz y alguien dolido, la persona más fácil de engañar. Sólo debía dramatizar el engaño de Helgi, que pareciera algo hasta tal extremo imperdonable que la única solución viable fuera la venganza. Sólo tenía que conseguir que Tóra desdeñara lo realmente importante: que la muerte no era limpia, que sólo le traería más dolor, que acabaría asemejándose Tóra un poco más a la hija de Eirík el Rojo y que, sin duda, lo realmente injusto era arrebatarle la vida a un hombre. Era sencillo, porque Freydis le daría razones para su encono, porque parecería que la estaba ayudando a reconciliarse consigo misma, a que su existencia pudiera sostenerse sobre un fundamento rígido, de tal forma que su sentimiento de malestar no pareciera algo a evitar, sino algo en lo que instalarse y vivir.
La hija de Eirík el Rojo, por su parte, se decía a sí misma que pondría orden en el mundo, que además obtendría beneficio personal y fama, y que eliminaría a alguien prescindible en el reino de los hombres. Había hecho un pacto con los hermanos Helgi y Finnbogi para ir a Vinland en pos de madera y tesoros, no obstante ella iba a apoderarse de su drakkar y de sus vidas. En cualquier caso Freydis tenía presente que el que pareciera que de hecho tenía razón al decir lo que decía era mucho más importante que lo que decía, aunque era fácil aparentar lo correcto cuando se hacía lo correcto.
–Él es… Que muera de viejo, o que un hacha acabe con su vida –replicó Tóra, esta vez con un cariz titubeante en la voz.
–Tóra, hija del cristiano, devuélvete el honor perdido, que Tor a quien debes el nombre sepa de qué eres capaz. Dicen que tu espada se llama “Ladrona de gritos”. Roba los de Helgi en pago, que tus lágrimas descansen en ellos, acepta mi trato y respétate un poco más a ti misma, respeta a tus dioses, hazlo por ti. No seas cobarde –sabía Freydis que si conseguía que Tóra se sintiese en deuda, si conseguía hacerle sentir culpable por negarse a asesinar, si en última instancia conseguía que se sintiese mal por el hecho de sentirse mal, la tendría a su lado. Únicamente tenía que recurrir a los dioses, al honor, al respeto o a cualquier valor que se elevase por encima de la misma Tóra. La encadenaría con los grilletes de un compromiso que nunca sospechó haber contraído, forjados con un hierro casi indestructible, hecho de mentiras que de alguna forma eran agradables al oído. En realidad Tóra empezaba a entrar en armonía con una temerosa joven llena de odio, eclipsada por la sombra de un resentimiento abatido y sin apenas fuerzas.
 Freydis pensaba que la crueldad podía ser la mejor arma contra los malvados, el desprecio y un corazón frío el mejor escudo. Y si se veía obligada a forzar la situación o a flexibilizar las reglas, se trataba de un mal necesario.
–Pero… ¿pero por qué mi espada ha de cortar su cabeza? –exigió saber Tóra vacilante. La hija de Eirík el Rojo era consciente de que aquello no era una pregunta sino la última bisagra moral temblando ante el poder de su nombre y del nombre de su padre. Freydis estaba a punto de conseguir a esa joven para sí. Nunca fallaba, sólo tenía que acudir a la aflicción de la gente, a sus sentimientos de protección condescendiente o a los de lástima, era fácil. El olvido era su hoja, la necedad su vaina. Poseía un arma mucho más poderosa de lo que jamás sería la espada que llevaba al cinto: el miedo. El miedo a todo.
–¿No dicen que eres una guerrera? –interrogó Freydis desafiante–. Si no recuperas tú el honor, ¿quién lo hará? ¿Crees que los hombres que deshonran a otros hombres merecen gloria? ¿Las risas de esas mujeres con las que yacía no resuenan en tu cabeza? ¿Se ve mitigado el dolor de tu corazón? ¿No crece el rencor en tu interior al pensar en él? Se rió de ti, ¿no será la piedad de los que traen al dios único la que detiene tu espada? ¡Por menos se desafía al enemigo, por menos se derrama la sangre! Se ha burlado de ti, de tus raíces, de tu tierra y de tu familia. Estoy reclutando a gente que desee su muerte, y te aseguro Tóra, que no son pocos los enemigos que se ha ganado con sus engaños. Hermod descendió hasta Helheim a lomos de Sleipnir para restablecer lo que es justo, ¡vayamos nosotras a Vinland! –exhortó imperiosa.
Freydis, una vez más, había demostrado que sabía accionar los resortes del alma humana. Aunque ésta era frágil y se podía romper con facilidad, había una caricia suave y sutil que la embaucaba y doblegaba, y después la detenía y así, helada, se tornaba esclava de sus más mendaces temores. Infligía una herida que bajo su mirada vigilante no cicatrizaba. Y lo había logrado: la joven la escuchaba atenta, mirándola como se contempla a un sabio, como se admira a quien posee la solución al tormento que recorre el árbol del mundo. Y no obstante su sufrimiento había crecido en su interior, y Tóra misma se había hecho un poco más pequeña. Una ráfaga de viento agitó sus cabellos. Lágrimas de rabia surcaban su rostro.
–Vamos pues a las tierras de los skrælingar –propuso Tóra con una voz que no temblaba mientras su determinación iba alimentándose de la poca alegría que le pudiera quedar. La tentación de otra realidad a cambio de un olvido ensangrentado aparecía entre la bruma como una poderosa compensación.
–Sólo estaremos allí de paso: Valhall es nuestro destino –aseveró llena de convicción la hija de Eirík el Rojo, que sólo veía renombre en su futuro. Las cosas estaban saliendo justo como ella quería y el halo de la victoria refulgía.
Sin embargo Tóra ignoraba que con aquella decisión el amor se había convertido en su prisión. Y que lloraría lágrimas de sangre, invisibles a sus ojos. Freydis, con su permiso, había plantado en su corazón la amarga semilla del dolor. Y la joven no comprendía aún que el mal tomaba muchas formas en este mundo de dioses y hombres.

sábado, 10 de marzo de 2012

Ragnarok

A Guille y su pasión por los zombis.

Ragnarok:

            El golpe en la cabeza dolía, se sentía a sí mismo frío, sobre la nieve húmeda. Los copos caían sobre él, dando vueltas, arremolinándose arrastrados por el viento, junto con la ceniza. Percibía el olor acre del humo, quizás no muy lejano. Era todo dolor.
Intentó incorporarse, pero el mundo daba vueltas. Vio una figura tambaleándose y su cabeza dejó el dolor suspendido en una burbuja de emoción pura. Se centró. El mundo se aproximó levemente a su lugar natural regalándole cierto equilibrio, él en correspondencia se apoyó con los brazos en el suelo, incorporándose con esfuerzo, y consiguió erguirse.
No obstante el mundo, que se había acercado tímidamente al principio, de repente irrumpía en su conciencia presentándole toda clase de grotescas imágenes y Nóvgorod se consumía en las implacables llamas de una pesadilla que no podía ser. Unos muertos, cerca de él, devoraban sin solemnidad el cadáver de un sacerdote cristiano crucificado mientras él se volvía confundido hacia ellos y los observaba, luchando por comprender qué estaba ocurriendo.
Escuchaba innumerables gritos. Gritos de terror, de socorro y de dolor que rasgaban el viento.
Sus ojos, que habían visto ya nueve inviernos, nunca reflejaron uno como aquel.
¿Qué hacía Velés en aquellos momentos? Recordaba correr, aunque no recordaba haber caído. Recordaba huir de ellos. Bendito cristiano aquél por el cual se habían tomado tantas molestias los habitantes de la ciudad, que había hecho vacilar la atención de los muertos que caminaban, porque moría en su lugar.
Un pensamiento cruzó su cabeza repentinamente, un pensamiento que le advertía de que aquél no era momento para pensar. Tenía que salir de la ciudad.
Giraba la cabeza y veía cómo un grupo de cinco de aquellas criaturas acorralaban a una madre que llevaba a su bebé en brazos sofocando el agudo llanto del hijo y poniendo fin a los ruegos a los dioses de la madre. Volvía la vista a causa del espanto y veía innumerables cadáveres sobre la nieve, algunos de ellos levantándose tras la muerte. Uno le aterrorizó particularmente: se arrastraba pesadamente sobre su torso cercenado, tirando a duras penas de sus tripas sanguinolentas, dejando un rastro oscuro tras de sí, estirando unos brazos hambrientos en un gesto desesperado por acortar distancias con respecto a los vivos. Retiraba espantado de allí sus ojos y éstos se posaban involuntariamente sobre un anciano que huía apoyándose en su bastón, consciente de que su lento caminar no le ofrecía ninguna posibilidad de escapar de los brazos de la muerte que se cernían poderosamente sobre él para arrancarle la piel de la mejilla de un mordisco. Y después del torso, de los brazos y las piernas al tiempo que llegaban con rapidez más de aquellos cuerpos sin vida y se aglutinaban en torno a él, lanzándose como una jauría de lobos sobre su presa, un hombre que aún trataba de revolverse, apagando sus ya débiles e inútiles súplicas.
Y el miedo tomaba su cuerpo y aferraba su mente con cadenas forjadas a través del sufrimiento, eslabones de terror aprisionaban su espíritu apresándolo sin encontrar resistencia, resonando con un espanto que se asentaba, paralizándole hasta tal punto que no podía más que llorar, acuclillado, a punto de arrojarse al suelo.
Impotente, cerró los ojos para escapar de aquel tormento, en un gesto que sabía baldío, y, pese a sus denodados esfuerzos, en su lugar sus oídos se llenaron del sonido de la tortura y el terror, su boca saboreó la condenación del mundo y la piel que le cubría sintió el gélido viento que llevaba la destrucción.
Súbitamente, en medio del horror, unos brazos le aferraron con fuerza las sienes.
Y chilló hasta que una voz femenina le contuvo en un equilibrio inestable, desbordada por una inquietud rayana en la angustia:
–¡Niño, ¿cómo salir de la ciudad?! –demandó con uno de los acentos de las tierras lejanas  del norte–. ¡¿Tú… sabes?! ¡Rápido, rápido! –vio unos agitados ojos verdes que exigían una respuesta inmediata y un cuerpo envuelto en pieles y anillas de acero.
Los gritos provenían de todas direcciones, mirase a donde mirase ellos estaban allí, corriendo por las calles, inagotables, entre las innumerables casas de madera.
Él, en respuesta, comenzó a moverse en dirección al muelle, sólo tenía en mente los drakkars.
–¡Nadie hay allí! ¡Yo soy varega! ¡Yo sé! ¡La muerte está allí y vuestro kremlin es fuego!
Él la cogió del brazo. Y rezó a Perún para que las puertas de la ciudad no hubieran sido cerradas.
O, al menos, no todas.
El sol parecía sangrar a lo lejos, allí donde no había nubes, pero había más motivos aparte de una noche que pronto se presentaría ante ellos para cerrar las puertas.
Una espada bañada en sangre coagulada inquiría por un camino seguro entre varias direcciones. Él escogió inmediatamente una de ellas, dispuesto a internarse entre los callejones del barrio de los carpinteros en el cual, de hecho, se encontraban.
Notó el tirón de unos dedos que se cerraban sobre su hombro a punto de derribarle al suelo, de los que emanaba un dolor punzante que le bajaba por el brazo.
Ella decía “no” con la mirada, “no” con la cabeza. Envainó. Paciente, juntaba las manos hasta dejar una estrecha rendija de espacio entre ellas como explicación. Él, aturdido aún, tardó unos segundos en entenderlo.  Ella se irguió, y ahora, con su torso a la altura de la mirada del chico, avanzó mientras él se giraba sobre sus talones. A juzgar por la sangre que cubría a la extraña joven, ella también sabía ya que aquellos que se levantaban de entre los muertos no conocían el cansancio. Y que no era fácil darles muerte definitiva. Una vez él se hubo dado la vuelta vio a uno de ellos que corría hacia donde se encontraban. Y vio a la extranjera ejecutando veloces y precisos movimientos.
Ella le dio la espalda al chico, cubriendo el espacio que había entre el muerto y el vivo.
Su mano buscó instintivamente la empuñadura de su espada.
Su espada buscó instintivamente a aquel cadáver andante que la contemplaba con ojos vacíos y estiraba los brazos hacia ella y, en un impacto que sonó como un chasquido sordo, quebró su cráneo.
El cuerpo cayó sobre la nieve en un crujido blanco y rojo.
–¿Cómo te llamas? –inquirió la extranjera.
–Aleksandr… –pareció dudar, quizás debido a la impresión del momento que ni siquiera le permitía darse cuenta del miedo que tenía–. Sasha –se decidió. Ella cerró en su menudo puño una daga que llevaba en una pequeña vaina atada al cinto, asegurándose de que la otra que llevaba en la caña de su bota aún seguía ahí.
–Ten –dijo. Echó a andar a paso ligero, ordenándole a cada pisada que lo siguiera de cerca y terminó por decantarse a favor del callejón que el chico le había señalado: ¿para qué preguntarle primero e ignorarle después? Había sido asombrosamente rápido al elegir, de modo que debía conocer el lugar perfectamente. Y probablemente él tampoco deseaba prolongar la vida de los muertos a costa de la suya propia.
Se movían deprisa. Los alaridos esta vez quedaban ensordecidos por la madera o, en ocasiones el crepitar de las llamas cercanas, sólo una vez les arrollaron con la potencia de la desesperación final al pasar junto a un umbral ensombrecido, obligándose ambos a no comprobar con la mirada qué ocurría dentro. Ella a veces derribaba o golpeaba o decapitaba a uno de ellos. No deseaba quedarse quieta, temía que entre aquellas callejas se agruparan esos demonios y les cerraran el paso. Pero tras girar unas pocas esquinas se encontraron en una calle reconfortablemente ancha.
Una buhonera trataba de recoger sus bártulos a escasos metros de ellos, seleccionándolos cuidadosamente y metiéndolos en una bolsa. Se tomaba su tiempo, pese a los últimos acontecimientos, y aquellos artículos que no le eran de utilidad comercial se los arrojaba a un grupo de tres muertos casi deshechos, con apenas harapos y tan podridos que eran incapaces de correr. Se acercaban a ella tambaleándose en pugna por coordinar su avidez de carne humana, aún a una distancia de veinte metros. Sasha, al tiempo que juzgaba que la señora no tenía mucha puntería, reconoció a Natasha Fiódorovna en aquella comerciante.
Los gritos alrededor se le incrustaban más allá de oídos, no creía que nunca jamás lograra hacerlos salir de ahí.
–Escape de aquí, Natasha Fiódorovna –le apremió el joven luchando por concentrarse.
–¿Adónde, pequeño Aleksandr Iúrievich?
–No lo sé, pero muévase.
–¿Y adónde vais vosotros?
–Pues a donde sea.
–¿Y se puede vender allí? No lo creo –afirmó obstinada.
–Señora –intervino la extranjera–, puede usted morir –tras aquellas palabras se puso en marcha de nuevo dando cuenta de aquellos tres muertos. Mientras, los copos caían sobre ella y una ráfaga de humo perdida pasaba de largo.
–Ya, ya, aunque más me preocupa a mí andar después de eso –la extranjera no parecía haber entendido todas las palabras de Natasha, quizás hablaba demasiado rápido o quizás su atención se estaba centrando más bien en comenzar a caminar–. Bueno, ¿queréis algo o sólo vais a mirar? –inquirió la buhonera tirando despreocupada los últimos productos al suelo tras evaluar el posible grado de interés de sus potenciales clientes en ellos.
–Escúcheme, Natasha Fiódorovna –siguió Sasha–, los demonios son muy peligrosos. Yo me marcho, ya le he advertido. Ah, y deles en la cabeza con algo que pinche o que sea muy fuerte. Así se mueren –el pequeño movió rápidamente las piernas para ponerse a la altura de la extranjera.
–¿Cómo? ¿Pero no están muertos ya? –se oyó tras ellos.
La varega se encontraba exhausta, había matado a unos cuantos, el viento frío del invierno les azotaba robándoles energía y su espada debía de ser muy pesada. No obstante también parecía la extranjera recuperarse con rapidez. El vaho iba saliendo de entre sus labios con más calma a medida que se aproximaban a una de las puertas de la ciudad, afortunadamente abiertas y ella iba recobrando el aliento. Vio a algunos hombres corriendo por los adarves de la muralla, guardias que parecían estar huyendo aterrorizados de todo aquello y a otros que no podían apenas reaccionar.
La extranjera los observó, mientras no cerraran las puertas los demonios podrían escapar, sí, si bien ellos también.
Los gritos lo inundaban todo.
Sasha creía que iba a morir ahogado en ellos.
Y es que no eran los únicos que habían tenido la misma idea: las puertas, aunque abiertas, no podían dar cuenta de toda la marea de gente que intentaba salir de la ciudad y la lentitud con la que se desarrollaban los acontecimientos no acaba de agradar a la vikinga. Por otra parte los muertos también se habían acumulado allí para disfrutar de la congregación.
La extranjera meditó acerca de que tal vez tenía que haberle preguntado al chico por la puerta principal, presumiblemente más grande, pero no quería ni pensar cómo estaría la situación de ser así tras hacer un simple cálculo mental. Y además tampoco estaba muy segura de cómo se diría aquello en el idioma de los eslavos, aunque enseguida se le ocurrió cómo hacerlo. Desafortunadamente no había podido reunirse con el resto del grupo de mercaderes vikingos cuando se inició el ataque, y cuando logró llegar a los muelles la mayoría de barcos habían desaparecido y los pocos que quedaban eran pasto de las llamas o habían sido abandonados. No había sido la única norteña que se había quedado en tierra, pero por lo que ella sabía, era la única que aún estaba viva. Sin embargo no era desafortunada del todo, por alguna razón le había preguntado, desesperada y sin un ápice de razón, a un niño llamado Sasha el cual probablemente había salvado su vida –la vida de ambos– guiándola hasta allí.
En cualquier caso ella iba a salir. E iba a salir con su pequeño salvador.
Tomó su mano.
No importaba qué o quién se le pusiera por delante.
–¡Jeg er Fenja Gjukisdatter! –exclamó al cielo, espada en ristre, para invocar al dios de los viajeros, al Padre de Todo–. ¡Og vi skal komme til Uppsala eller til Åsgard! ¡Det avhenger av deg, Allfader! ¡Derfor, Odin, hjelp oss!*
Entre vivos y muertos había de abrirse paso.
Y tal vez durante tres inviernos seguidos.





* “¡Yo soy Fenia Giukisdatter! ¡Y vamos a Uppsala o a Asgard! ¡Depende de ti, Padre de Todo! ¡Así que, Odín, ayúdanos!”

Licencia Creative Commons
Ragnarok por Jorge Roussel Perla se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en parafernaliablablabla.blogspot.com.es.