Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.
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lunes, 14 de septiembre de 2015

03:47


03:47:

Le habría gustado decir que era la soledad, pero la soledad y ella solían pasarlo muy bien juntas, y eso a pesar de que empezaron muy jóvenes. No tenía nada que reprocharle.
Le habría gustado decir que los horarios le impedían tener una vida social convencional, si bien cuidaba los pocos amigos que tenía con mucho cariño. En realidad, no le gustaba la gente, era tan simple como eso. Suponía que no sería en absoluto adecuado expresar ese pensamiento fuera de su círculo de confianza, pero no le gustaba la gente y era muy feliz sabiéndolo. No era nada personal, de hecho solía tratarla muy bien todo el mundo. Y además sus gustos no tenían nada que ver con ese detalle.
El turno de noche en la morgue era perfecto, ella jamás se aburría. Aunque tampoco se trataba de llenar el tiempo…
Probablemente tenía que ver con la estupenda relación que tenía consigo: Se llevaba muy bien con ella misma. Si se ponía a pensar, no dejaba a la imaginación parar, a veces hasta se reía sola, no podía evitarlo. Le gustaban los pensamientos relacionados con el miedo como eje central de sus reflexiones e inventar escenarios en los que estaba presente el sentimiento de terror, pero variaba bastante en cuanto a temas, aunque el humor, cuando no iba por libre, también pegaba muy bien junto al temor, una forma particularmente escabrosa de humor negro.
En ocasiones leía un libro o jugaba a encestar bolas de papel arrugadas en todas las papeleras que veía –sólo si eran para reciclaje– y a veces paseaba por el edificio saludando a quien estuviera de guardia por allí. También le gustaba mucho enfadarse con las cosas, para ella era el humor más refinado: si el ascensor por ejemplo tardaba en llegar, primero se amohinaba y luego ya comenzaba a darle ánimos. Solía hacer un descanso para comer a eso de las cuatro de la madrugada, porque si no, la noche se le hacía muy larga.
Otras veces, normalmente también de madrugada, solía sucumbir a sus impulsos con alegría, se encerraba en el baño y se daba placer imaginándose con alguno de esos muertos. Siempre había sido así. Nunca le había parecido nada negativo, no consideraba que mediante el sólo ejercicio de su mente hiciera daño a nadie o hiriera sus sentimientos, así que, lo sopesaba en una balanza moral y ésta se oxidaba y se rompía ante una lujuria tan aséptica como el hospital.
No hacía nada de nada, es decir, nada malo.
Y no se sentía sola, enferma, sucia ni vacía, lo había analizado.
La palabra “necrófila”, le resultaba divertida y tan próxima a “nigromante” que no podía evitar sonreír al pensar en ella. A veces se permitía el lujo de ser traviesa e imaginaba con picardía qué habría bajo las sábanas y las bolsas negras.
Por otro lado su trabajo era bastante rutinario –que no aburrido–, le ofrecía tiempo a espuertas y sustos de vez en cuando –si no eran sus compañeros, su imaginación hacía el trabajo también a este respecto–.
Siendo fieles a la verdad casi siempre era ella quien daba los sustos: era silenciosa y no solía dar señales de vida cuando veía a alguien enfrascado en sus tareas, quizás porque a ella misma no le gustaba que la interrumpieran durante su trabajo y consideraba que era lo más educado tratar a los demás como le gustaría que la trataran a ella. En cualquier caso la gente, al verla simplemente allí, pegaba un grito. Y entonces ella sonreía con una sonrisa preciosa y cándida, un contraste involuntario que resultaba cautivador. En algún momento de cada noche solía pensar que ojalá le permitieran acudir al hospital con una daga serpentina, una calavera y un vestido negro. Y a veces llevaba un vestido negro bajo la bata blanca y se imaginaba a sí misma en otras épocas y lugares, eso sí, rodeada de muertos y sangre coagulada.
Pero eso era el trabajo en un día cualquiera.
Y hoy no era un día cualquiera.
Hoy estaba sola, y siempre que estaba sola se preguntaba lo mismo: ¿era realmente malo mantener relaciones con un muerto reciente? Con la debida protección, evidentemente. ¿Y si ella estuviera muerta, acaso le importaría que le hicieran eso a una cáscara que, por lo demás, había resultado muy útil hasta la desaparición de su consciencia y su capacidad para preocuparse por las cosas? Le parecían preguntas, sólo preguntas sin importancia al lado de temas de vida o muerte.
La verdad era que nunca había visto a ninguno erecto –era un fenómeno estadísticamente improbable–, pero esta noche tenía que decidirse rápido porque ante sus ojos, muy abiertos, y en la fría camilla de autopsias estaba él preparado para ella.
El priapismo post-mortem no era algo frecuente más que en casos de fallecimiento a causa de lesiones cerebrales determinadas, de envenenamiento según tipos o por ahorcamiento, era básicamente un indicador de muerte rápida y violenta. Con todo, extremadamente raro en un caso como aquél que tenía tendido en la camilla.
Nadie lo notaría, lo trataría con respeto. Ella veía la muerte todos los días. Ese hombre había fallecido súbitamente –probablemente alguna enfermedad cardíaca difícil de diagnosticar hasta su aparición, abrupta y repentina– y parecía en forma, muy en forma: su piel era bonita y casi brillaba más que la de cualquiera de sus compañeros a pesar de estar helada a través de los guantes de látex. Se notaba que había hecho ejercicio durante una vida quizás no tan larga aunque tampoco corta. No es que fuera muy guapo, pero sí era atractivo. Heterocromía central… eso le excitaba sin más. Cuestión de gustos, suponía. Pero unos ojos bonitos… En fin, nadie lo notaría…
A veces se había imaginado un coito furtivo y el cuerpo resucitando como de un coma, pero en aquella ocasión aquel pensamiento parecía haberse esfumado. Únicamente estaba ahí, de pie, mirándole y a punto de echarse a temblar de pura alegría.
Era curioso: ella veneraba la muerte y la vida. Le parecía que la vida era hermosa y que a los muertos no se les despedía con los rituales apropiados. Le parecía que el luto o velar el cadáver durante una semana al menos era importantísimo para quienes se quedaban en este mundo, para su aceptación. Encontraba injusto que muchos ancianos acabaran sus días en asilos, como si estuvieran ya en brazos de la muerte cuando eran ellos –la mayoría al menos– quienes se erigían como guardianes de toda la sabiduría que habían acumulado sobre la vida, lógicamente. Consideraba injusto igualmente que se enterrara a un finado tras unas escasas veinticuatro horas desde su defunción, era una barbarie. Tratar de olvidar y superar a toda prisa algo tan decisivo como era el cese de la existencia de un ser querido –o de quien fuera–, no era sino cultivar un dolor prolongado a través de ceremonias rápidas, inútilmente anestésicas: tratar de retener al que ya se ha ido por más tiempo del necesario en lugar de aceptar que somos lentos aceptando según qué cosas. Nadie podía huir de la muerte, sin embargo nos despedíamos de ella como si nunca fuese a tocarnos con sus dedos de hueso, cerrando los ojos con mucha fuerza y contando los segundos. Y no obstante era la muerte la que contaba los segundos, en los hospitales sólo se concedían treguas a su juego, pero nada más. En la morgue no se ofrecían más que respuestas médicas que no solían modificar la realidad y en cualquier caso no aquélla que tanto le preocupaba: los muertos merecían ritos.
Y aunque pudiera parecerlo, aquello no le resultaba contradictorio con su inclinación: no iba a olvidarle y le daría un ritual. Al menos ella sí le iba a tratar como a una persona digna, y sí rezaría por él, no a un dios cualquiera –la idea de deidad le parecía absurda–, sino al mundo entero. Siempre lo hacía, por todos y cada uno de ellos. Siempre, y si no hubiese sido porque no acostumbraba a utilizar esa palabra, cualquiera hubiera estimado sus pensamientos más profundos como algo sagrado. Siempre dejaba un espacio de silencio puro, un espacio en el que podía sentir todo lo que aquello significaba. Y despedirse de quien ya no estaba ahí.
Nunca hubiera entendido una crítica a su modo de ver las cosas más que como el juego de los vivos usurpando el lugar de los muertos, apropiándose de una indignación que no le pertenecía nadie –suponía que de ese punto se trataba–. Estar vivo y hacer de muerto le parecía una locura. Por supuesto hubiera aceptado comentarios aunque no juicios, ésos se los tendrían que imponer por la fuerza.
Ella por su parte sabía que los hombres no mueren y que los cadáveres jamás han vivido.
Leyó el historial en el ordenador: no tenía familia. Sonrió. No es que tuviese muchas dudas a la hora de hacer lo que se proponía, pero si además el destino se lo ponía en bandeja no podía más que bajarse las bragas. Aunque le pareció un poco triste por un segundo, después abandonó la idea al comprender la banalidad de un juicio sin información suficiente.
Palpó el bolsillo izquierdo de su bata, encontró un preservativo y su corazón dio un vuelco, la noche se había puesto de acuerdo con ella, no cabía duda. Le costó contener su respiración que empezaba a adelantársele entrecortada. Se relamió sin querer, era algo tan salvaje que se detuvo unos instantes a saborear la emoción.
Se desabrochó la bata, un botón tras otro, con delicadeza, dejando que la impaciencia se llenara como la sangre se drenaba en una aguja: tal vez nunca pudiera repetirlo y absolutamente todo resultaba pura lascivia luchando a duras penas por contenerse en su interior. Apagó algunas luces, los tubos fosforescentes temblaron ante ella.
Se abrazó a su cuello, erguida sobre el torso de él, notando su sexo húmedo sobre la frialdad del cadáver, mirándole con una sonrisa benévola.
–Soy la sacerdotisa de los muertos, encanto –le susurró al oído, sus labios rozaban las palabras sobre aquella piel. Si la gente jugaba al rol en la cama, ella no sería menos–. Haré que los dioses te reserven un lugar a su lado –quería haber seguido con un “pórtate bien” pero le dio vergüenza el humor negro y se lo guardó. De verdad que no deseaba mancillar la memoria de aquel hombre.
Le miró con aprecio, después sus sentimientos volvieron a encenderse con pasión. No necesitaba esperar, no necesitaba preliminares, la prohibición, encadenada por su sed, luchaba contra su deseo en un juego que hacía tiempo que había perdido. Y ahora su deseo se divertía con las convenciones como un gato le arrancaba las alas a una mosca. Su deseo devoraba el tiempo y ella se notaba húmeda y ardiendo. No iba a esperar.
Introdujo aquel miembro tan duro en su interior.
Llegó al orgasmo sólo con ese gesto y gimió sabiendo que cada segundo allí encima sería el éxtasis que llevaba toda la vida imaginado. El mundo se transformó en el más puro placer.
Él estaba frío. Ella, caliente.
Era perfecto.

sábado, 28 de febrero de 2015

Y en el país de los tuertos...


Y en el país de los tuertos…:

            A lo largo de la historia siempre ha habido una disputa radical, original, que ha movido a la humanidad, que ha generado e impulsado los movimientos sociales y la propia marcha de nuestra especie; no es otra sino la batalla ancestral y primigenia que se libra desde la noche de los tiempos: los fuertes contra los débiles. No resulta difícil de ver y sin embargo parece muy tentador negarla o al menos tergiversarla interpretando los papeles. Es fácil pensar que los fuertes no son los descendientes de una casta guerrera y gobernante, que de alguna manera los fuertes están abajo, y que son fuertes por su tenacidad, que la perseverancia en un mundo hostil y la resignación son virtudes, que la aceptación de la pertenencia a una casta social desprestigiada y ahogada en la miseria ha de tener recompensa. Que tal retribución es sin duda lo justo. Sin duda podemos tomar ese discurso y darle las vueltas necesarias, argumentar de un modo u otro, tendenciosamente, para sacar a relucir un cierto victimismo herido. Y por otro lado vemos una realidad que –decimos– nos desgarra: los fuertes vencen, los débiles caen derrotados. Y lo cierto es que luchamos en ocasiones contra nuestra propia naturaleza e inventamos treguas para nuestra propia idiosincrasia ávida de poder. Las revoluciones sociales son una prueba de ello: tan sólo cambiamos papeles, el poder sigue ahí. Lo importante es quien lo detenta.
            Últimamente se nos vende la idea de que una persona, por el solo hecho de ser, por ejemplo, un minusválido, merece comprensión y nuestro reconocimiento porque nos avergüenza sabernos en mejores condiciones, ya sean físicas o psicológicas. Porque nos avergüenza saber que sin la medicina moderna los minusválidos no existirían. Algo tan espontáneo nos llena de culpa. De alguna manera son accidentes afortunados, pero lo cierto es que la naturaleza en principio no iba a permitir que esos individuos, con sus taras evidentes, se reprodujeran. La selección natural dicta que la función no hace al órgano, sino que el órgano hace la función: esto es, entre los animales –también entre los humanos– sobreviven sólo los más aptos, en términos evolutivos –y algo más exclusivos– la carga de mayor responsabilidad se encuentra en los que presentan mutaciones que mejoran a la especie. En cualquier caso, la teoría viene a decir que los individuos válidos son también los que se reproducirán. Evidentemente los avances tecnológicos –que permiten que aquéllos que iban a morir, vivan– influyen decisivamente en algo que no es otra cosa sino la selección natural en toda su imparcialidad. No se trata de moralidad, la naturaleza es neutra y amoral, los términos de la ética le son completamente ajenos y cualquier consideración al respecto no es más que palabrería. La verdad es que los fuertes sobreviven y los débiles mueren. Nos han dicho que debido a esto debemos sentirnos culpables. Y no nos sentiríamos culpables si no supiéramos que, de alguna manera, son inferiores a nosotros. Es por eso que tratamos de ayudarles con ahínco en la más torpe sobrecompensación, es por eso que, en el fondo, no les tratamos como a gente normal, que –de alguna manera– somos conscientes de la profunda diferencia existente entre ellos y nosotros y que nosotros, los que estamos por encima, debemos hacer algo para mitigar el efecto que produce la vida misma que se torna cruel repentinamente. Pero no son víctimas en poder de otros hombres, son sólo personas que viven únicamente porque la ciencia lo permite. Y no obstante siempre nos queda claro, como una astilla clavada en nuestro modo de procesar la información, que ellos debilitan a la raza humana. Que, si tienen descendencia, sus genes serán transmitidos y que esto nos doblegará o al menos hará que avancemos con una mayor lentitud y llevando una carga en nuestro camino.
Los pueblos fuertes se deshacen de aquellos individuos que resultan perjudiciales a través de diversos medios en todos los ámbitos: en el terreno de la justicia podemos encontrar prisiones o condenas más o menos severas, en términos de salud mental hallamos centros psiquiátricos con una política de visitas endeble y poco dada al sentido del humor, en términos de simple salud social, barriadas enteras de gente que muchos otros han considerado indeseables, ya sean drogadictos, okupas –con “c” o con “k”– o sin techo.
Con respecto a los minusválidos hablar de castración o de reclusión es sin duda una barbaridad, pero permitir un nacimiento que obviamente va a debilitar a la especie entera a largo plazo a expensas de la calidad de vida de numerosos individuos, no es sino una insensatez, sobre todo teniendo en cuenta que, en muchos casos, los padres tendrán que cargar con los problemas de sus hijos y el gobierno destinará cantidades ingentes de dinero a ayudar a quien, también en bastantes casos, no tendrá una existencia digna.
Lo que sugiero y propongo es una medida algo más moderada: no salvarlos, no invertir medios en ellos, permitir que el mundo se llene de una vida que no va a sufrir así. Y hacernos un favor a todos porque lo que nos jugamos no se puede medir en términos de una vida humana llena de egoísmo. Hablamos de una especie entera que debe mejorar.

martes, 31 de diciembre de 2013

El fin de un etarra

El fin de un etarra:

            Estoy esperando en la terraza de la cafetería, fumándome el primer cigarrillo de la tarde como puedo, preguntándome si no será el nerviosismo el que puede conmigo.
Repaso quién soy, ordenando los principales capítulos de mi vida, como si fueran apuntes de una novela que uno debe revisar, intentando dar respuesta a una pregunta viva, consciente de que si estoy donde estoy –sentado en una terraza de Bilbao casi vacía porque aún es demasiado pronto, esperando aquel encuentro– es porque todo cuanto he hecho en mi vida me ha llevado hasta este punto.
Aborrezco quien he sido, lo que he hecho y lo que he sentido. Detesto haber creído que la violencia podía transmutarse en solución, haberme insistido en que hacíamos algo grande que iba a ser recordado por las generaciones venideras. Y sonrío con amargura, porque habíamos hecho algo grande y que sería recordado…
A veces me pregunto qué es una mala persona. Mis compañeros en la prisión de Nanclares de Oca se habían alejado de la banda y todos habíamos pasado muchísimos meses hablando con psicólogos porque –deduzco– queríamos ver una realidad más objetiva. Yo creía que hacía el Bien o un bien mayor al menos… Tenemos familia, amamos a nuestros cónyuges, familiares e hijos… La vida no es esa ficción ridículamente sesgada que nos presentan en las películas. Creo que el error más importante que uno puede cometer es ser un ignorante. Nosotros lo éramos y tuvimos la fortuna de verlo.
Y decimos sin orgullo que hemos cometido errores, de esos para los cuales no hay rectificación posible.
Y aquí me hallo, habiendo dado uno de los pasos más importantes de mi vida y a punto de dar el siguiente.
Sé que algunos compañeros de antes de que me dieran la prisión condicional ya habían asistido a estos encuentros, en muchas ocasiones con excelentes resultados para su autoestima y estabilidad psicológica, compartiendo con las víctimas abrazos y hasta correspondencia electrónica en ocasiones. Siendo franco, nadie se esperaba esto. Así que nos empezamos a ayudar con más ahínco porque, habida cuenta de los episodios que vivíamos cuando alguno de nosotros llegaba a comprender lo que habían supuesto nuestros actos, resultaba obvio que necesitábamos mucha ayuda. Las ideas eran sólo ideas, pero tenían filo y desgraciadamente no era nada que estuviera en nuestro desconocimiento.
Habíamos cometido un error y eran otros los que pagaban por ello. Y saber algo así era mucho más complicado que enunciar una frase y largarse a casa mientras uno se decía a sí mismo que no se había marchitado.
Cuando maté a aquella concejala creí que hacía algo sinceramente bueno, una suerte de sacrificio por la libertad del País Vasco. Sólo pensarlo me llena de vergüenza.
Dicen que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Mi dolor y sufrimiento pasados son mi responsabilidad, así como es mi responsabilidad todo efecto desencadenado, y no tengo tiempo ahora para perderme en esas consideraciones. Pero siempre seré plenamente consciente de que son el reflejo del dolor y el sufrimiento que yo he causado a otros, magnificados en los demás por la grave injusticia cometida. Nada ha sido fácil de aceptar. Fui un asesino y robé una vida, y llegar a la verdad, dejar las justificaciones a un lado y verme como realmente yo era fue tan absurdo que no sabría decir si adjetivarlo como inhumano es adecuado.
De hecho me parece increíble que Xabier, el marido de aquélla a la que quité la vida, se haya prestado a este encuentro, que tenga fuerza para recibirme. Espero que no le parezca inmoral mi postura porque a mí me parece lo único que debo hacer. Sin embargo yo, sin negar la aberración por mí cometida, considero que también soy una víctima de mí mismo –esta frase quizás requiere de matices porque realmente es un asunto complicado–.
Me preguntará por qué lo hice, qué me llevó a tomar contacto con esas ideas, tal vez qué pensaba de mí mismo o de lo que había hecho después de hacerlo, quizás en qué momento y cómo me di cuenta de qué significaba realmente haber matado, qué pensé entonces, si podía mirarme al espejo… No podía, no pude durante dos años, tres meses y veintisiete días. Ahora soy otra persona. Hay errores que no se pueden enmendar, lo sé. Y ahora soy otra persona.
Dios, cuantísimas veces me habré imaginado este día y hoy soy un manojo de nervios. Veo a la gente aproximarse y pasar de largo y me pregunto si seré capaz de reconocerle, de estrecharle la mano, de pedirle perdón, de transmitirle lo que quiero decirle al pedir perdón…

Una bala en el estómago, dos en el pecho. Una bala en el estómago y dos en el pecho, por aceptar un cargo político, por luchar por la libertad.
He tenido que engañar a psicólogos y mediadores. He tenido que… bueno, que decirles lo que querían oír y todo eso, he tenido que asentir a la injusticia. Porque si es esto justicia, que baje Dios y lo vea. Mi esposa está muerta y ese tipo, ¿qué pretende, hacer borrón y cuenta nueva? ¿No pesa la muerte sobre sus hombros? ¿Qué se ha creído que es la vida? ¿Piensa marcharse de rositas? Eso no es justicia. Ese hombre es un asesino y siempre lo va a ser, la gente no cambia. No así.
Porque, joder, la pena de prisión se queda corta, y no soy el único que lo piensa. Al muy cabrón le cayeron veinticinco años de cárcel y al final en quince tiene la puta condicional. ¿Cómo vamos a erradicar esta lacra si no acabamos con los terroristas? Muerto el perro se acabó la rabia, ¿no? Joder, he pasado toda mi vida en el País Vasco con miedo, ¿y ahora que se desarticula –o eso dicen– la banda de los huevos, no ha pasado nada? ¡Anda, coño! ¡Han matado a más de ochocientas personas! ¿Y ahora ese gilipollas quiere mi perdón? ¡Que se joda! ¡Que se joda! ¡Que se jodan todos!
Además, no han conseguido nada. Nada que merezca la pena.
Desde luego no hay justicia si alguien mata a otra persona, cumple su condena y le sueltan sin más. Yo no querría tener a alguien así como vecino, ¡vamos, hombre!
Él me robó lo que yo más quería: Leire era lo mejor que me había pasado en la vida y ahora está muerta. Lleva dieciséis años muerta y seguirá muerta porque ese hijo de puta la asesinó a sangre fría.
Y yo miro sus fotos cada día, temo olvidar su rostro. Recuerdo nuestra boda y el discurso de la tía Pati, recuerdo nuestras primeras vacaciones en Cádiz con nuestro hijo de dos años, recuerdo cómo me abrazaba y cómo cantaba la melodía de “Los Simpsons”, le encantaba esa serie. Recuerdo cómo repetía las frases de los personajes y yo me descojonaba y cómo le acariciaba las piernas sin depilar diciéndole que “eso de depilarse está de más” y que eran cosas modernas. Me acuerdo de un día que abrió el frigo y se cayó un huevo que se estampó contra el suelo y, no sé por qué, nos empezamos a reír a carcajadas y cuando llevábamos como un minuto partiéndonos de risa vino Spot y empezó a lamer los restos del huevo y, por lo que sea, nos reímos con aún más fuerza, mucho más tiempo… Y recuerdo como si fuera ayer cuando éramos niños y Leire y yo jugábamos a perseguirnos por el patio del colegio.
Todo eso y más me han robado y por eso estoy aquí. Por las promesas de un mañana que se ha jodido. Ya no tengo nada.

Estoy organizándome un guión en una servilleta mientras anoto las ideas que voy a plantear a fin de que el señor Xabier Zubiri no albergue duda alguna de mi postura, cuando veo a un hombre que se dirige hacia mí con aire decidido. Dando por sentado que es él, me levanto y le ofrezco la mano derecha mientras reparo en que aún estoy aferrándome a la servilleta, como si fuese alguna suerte de talismán protector, y torpemente le ofrezco la izquierda con una sonrisa levemente estúpida, pese a mis esfuerzos para que parezca lo más neutra y seria posible.
–¿Es usted Xabier Zubiri? –le digo en algo que suena más a una afirmación que a una pregunta.
–Y usted, Eneko Etxebarría –responde tras mi asentimiento.
–Señor Zubiri, permítame expresarle mi agradecimiento y mi más profunda admiración puesto que es usted la prueba viviente de que otro camino es posible: un camino ajeno a la violencia, un camino que desgraciadamente yo no supe ver, sepa usted que una persona como yo tiene una vida entera que aprender de alguien como usted –hay tensión en su rostro, comprendo que la situación debe ser indeciblemente dura, pero parece haber furia contenida… es algo… desacompasado, intento mantenerme firme, demostrarle quién he logrado ser–. Discúlpeme, con toda seguridad tendrá usted muchas preguntas por aclarar y ha de saber que yo se las contestaré todas, pero antes déjeme expli… –dejo de hablar.
Mi cuerpo se paraliza mientras veo cómo el hombre extrae una pistola que llevaba escondida bajo la chaqueta. Siento mi rostro lívido y frío y la brisa del otoño se desliza gélida sobre mi piel. No sé si entiendo lo que está sucediendo. La mano de mi cigarro desciende hasta el cenicero lentamente mientras expulso el humo de tabaco y apago el cigarro, preguntándome si el tiempo se ha detenido mientras las cenizas dejan su rastro negro en el cenicero de cristal.
–Es un error –logro articular, observando el cañón de la pistola apuntándome entre los ojos–. Por favor, créame. Es un error, no se haga usted eso.
Alguien grita al otro lado de la calle.
Y, de forma casi inevitable, suena un disparo.
Y el sonido de batir de alas asoma por detrás del estruendo.
Creo que las palomas alzan el vuelo, huyendo…

La pistola está caliente en mi mano y el cañón humea. Me siento enfrente de ese cabronazo despreciable, deposito el arma en la mesa con un golpe metálico y espero. En un par de minutos llegará el sonido de las sirenas subiendo por la calle.
Al menos se ha hecho justicia, joder.