Only when we have no mind on things and no things in our mind we become available.

viernes, 1 de mayo de 2020

¡Golpe crítico!


¡Golpe crítico!:

Era a todas luces un tugurio: vómito, herrumbre donde debía haber una vieja estufa, madera enmohecida, orina, roedores luchando contra los parroquianos por la comida y, en general, esa clase de clientela que podría partirle la cara a cualquiera que supiera pronunciar un pentasílabo como “sofisticación”. No es que no supieran leer o escribir, no es que no supieran que, en alguna parte del universo, había gente que usaba palabras mayores que un gruñido; es que cualquier niño de cuatro años aprendía que la agresividad era una forma de manipular a los demás y, cuando esos críos no aprendían ninguna otra herramienta y eran rechazados por ello, decidían que a la larga era una forma eficaz de sobrevivir: al fin y al cabo podían tomar lo que su fuerza les permitiera.
Sí, eran personas peligrosas, sin embargo, una valoración apresurada nos haría perder de vista lo siguiente, en cierto modo comprendían con claridad una de las tres verdades universales: las palabras tenían poder y podían ser peligrosas.
Y aquí es cuando tenemos que detenernos en Heidel, porque ella conocía cada una de esas palabras.
Recordemos que aquél era la clase de tugurio que la gente de bien fingía no reconocer al fondo del pequeño callejón, por ese motivo resultaba extraño que una persona como Heidel se sentara en un rincón oscuro mientras bebía de una jarra de cerveza.
Heidel era una maga de batalla, había estudiado en universidades más grandes que toda aquella ciudadela y sólo las ropas que llevaba valían más que aquel emplazamiento. Tenía un aspecto impecable, majestuoso y totalmente fuera de lugar.
Sin embargo, los cadáveres recientes a su lado, aún humeantes, tal vez habían conseguido transmitir el mensaje de que ese día prefería que no la molestaran.
De todas formas el resto de la clientela casi parecía más preocupada por Shivala, su acompañante una mujer que, a juzgar por su expresión, su gran tamaño, unos tatuajes que rompían la estética o un mandoble que aún tenía manchas de sangre de alguien que no fue lo suficientemente cortés con ella, posiblemente pensaba que este tugurio en cuestión era una especie de restaurante familiar bastante apacible en el que pasar la tarde.
Su expresión era de felicidad, por supuesto, el sitio le parecía agradable y, en líneas generales, le gustaba escuchar a su compañera:
Efectivamente —decía Heidel—, pero me refiero a. ¿por qué un humano desearía inmiscuirse en asuntos de demonios?
—Los humanos suelen forjar pactos con demonios a cambio de poder o los utilizan como esclavos si consiguen encadenarlos con su magia el tiempo suficiente —contestó Shivala—. Por otro lado, los cazadores de demonios tienden a tener carreras bastante cortas dentro del gremio.
—Por eso mismo pregunto. ¿Además, por qué un humano tendría interés en destruir a un demonio particular? Podemos descartar motivos religiosos, supongo… ¿Y por qué contratarnos a nosotras?
—¿Aparte de por nuestra incapacidad para valorar nuestra experiencia laboral o para elegir un trabajo seguro? —inquirió Shivala pensativa—. Está el tema de la reputación.
—¿La nuestra o la suya?
—La suya.
—¿Te importaría extenderte un poco en ese punto?
—Nuestro cliente fracasó al intentar controlar a este demonio.
—¿Estamos trabajando para un nigromante? —preguntó Heidel sorprendida.
—Posiblemente. Para uno bastante estúpido, de hecho.
—¿Por qué estás tan segura?
—Cubría unas cadenas con sus ropajes, pero si escuchabas con atención, oías el tintineo. Cuando un nigromante intenta dominar a un demonio, incluso para conversar tranquilamente acerca de un posible pacto, dado que los demonios no son conocidos por su cordialidad, lleva una cadena, parece algo simbólico, pero es un catalizador. Si el demonio en cuestión no es subyugado, la cadena se une permanentemente al cuerpo del conjurador. Intentar extraerla, incluso con ayuda de magia, no suele acabar bien en mi experiencia.
—Francamente, no lo entiendo —dijo Heidel, confundida—. ¡Nadie es tan idiota como para buscar venganza debido a su propia incompetencia mientras se arma únicamente con ella!
—Eso suena a prejuicios en favor de los nigromantes, Heidel, ¿se trata de algo del gremio de los magos o algo así? ¿Ahora son todos los magos inteligentes de repente? Creo que conozco a los de tu clase bastante mejor que tú.
—¿Qué hay de una… orden de caballeros? —tanteó la maga de batalla—. Los caballeros son básicamente grupos de imbéciles que luchan por el bien sin importar si el bien termina siendo un terrible error.
—Me encanta tu descarnada aproximación a la ética —le aseguró Shivala—, pero nadie hace eso ya, sabes perfectamente que todas las órdenes de caballeros acababan sirviendo a los demonios. Ninguna nación permite caballeros en sus tierras.
—Hay una pregunta que no deja de aparecerse en mi mente: ¿tú cómo sabes tanto de demonios?
—Soy nigromante.
Heidel llevaba un año trabajando con ella y casi se hubiera sentido traicionada por su peligrosa ausencia de perspicacia si no fuera porque estaba demasiado ocupada tratando de entender lo que le decía su amiga.
—Multiclase —le aclaró ella, adelantándose a sus balbuceos de desconcierto y haciendo un gesto explicativo—, ya sabes: bárbara y nigromante. Tú eres maga de batalla, ¿no? Viene a ser más o menos lo mismo.
—¡Yo no levanto muertos! —se defendió ella, herida.
—Y eso sólo te hace menos divertida —indicó Shivala.
—¿Pero a qué te has dedicado estos años, a matar gente, levantarlos de nuevo y volverlos a matar?
Shivala prorrumpió en una carcajada y añadió:
—Eso sería muy poco profesional, ¿verdad? Nah… casi nadie paga por eso.

Emer golpeó a la puerta y a tras unos segundos una nigromante abrió y salió a recibirle. Su cabello despeinado y su tabardo cubriendo sus ropas -que probablemente habían acabado donde estaban de forma apresurada, mientras ella intentaba retomar el aliento-  y su rubor hicieron que su cliente adoptara una actitud marginalmente suspicaz. Ella, dándose cuenta de su mirada indiscreta por el rabillo del ojo, se aclaró sonoramente la garganta.
—Esto… ¿quién…? —empezó ella.
—¿Qué hay de mi mujer? ¿Se encuentra bien? —tras un examen cuidadoso de sus palabras apresuradas y de su expresión, determinó que el hombre parecía preocupado.
—Sí, es decir… No. Está muerta, pero… se le da muy bien—la nigromante se rascó el brazo, evitando mirar a su cliente a los ojos.
—¿Qué?
—Bueno, no se ha perdido todo… ¿aún podemos transformarla en un zombi? —se ofreció ella.
—¿QUÉ? —le impresionó escuchar con tanta claridad aquellas mayúsculas.
—¿Qué? —respondió ella a su vez.
—¡Eso es ilegal!
—Ilegal y tampoco muy higiénico, si no le importa —le aseguró ella—. ¿Yo le… estaba probando? —se aventuró.
—¿Por qué?
—Em… ¡Tenemos un veinte por ciento de descuento para clientes leales! —dijo alegre. —Leales a las buenas maneras y de alineamientos legales, por supuesto. Podemos, no obstante, enviarle sus buenos deseos, mensajes e incluso maldiciones, si ese fuera el caso.
—Pronunciaré unas palabras.
—¿Buenas palabras, supongo?
—¡Helen! ¡Helen! —empezó a gritar él, su voz elevándose al cielo. Después pareció pensarlo por un segundo y comenzó a gritar en dirección al suelo—. ¡Helen! ¿Sabes dónde está nuestro Patrick? Mujer, ese crío es un demonio…
—Lo dudo, señor —dijo la nigromante— y, sí… contactar con los espíritus es un arte que no puede recrearse mediante alaridos a lugares aleatorios. —Porque necesitas algunas calaveras, algunas velas, sobre todo para darle ese aspecto tradicional, y una habitación acogedora en la que comer galletas tras la sesión porque a ella solía darle hambre poco después—. Por favor, vuelva por la tarde y veremos qué se puede hacer.
—¿Amor? —Una voz femenina vino del interior de la casa—. Por favor déjame ocuparme del servicio al cli… Oh…. —Una mujer rubia salió, a juzgar por los símbolos en su túnica blanca era una clériga y a juzgar por ese aliento entrecortado al que daba caza debía de haber estado haciendo alguna clase de ejercicio. Emer no hubiera sabido decir cuál, aun tras considerar ejemplos tales como andar e incluso correr—. Me temo que estamos cerrados momentáneamente, pero le hago saber que los restos de su esposa son tratados con el máximo cuidado de acuerdo con el artículo siete, sección tercera de nuestro contrato. Sabemos que puede ser duro perder a un ser querido y sabemos que no hay palabras pronunciadas por criatura alguna que puedan llevarse con ellas el dolor de un alma en duelo. Desgraciadamente tenemos prohibido evitar el sufrimiento por medio de la magia ya que sólo acarrea un dolor mayor a largo plazo. Debe comprender que tenemos unas fuertes convicciones filosóficas que defender y por ese motivo ofrecemos vales de descuento para cerveza a nuestros clientes —le dio uno a Emer y cerró la puerta.
La nigromante se quedó allí, de pie, algo confusa e intentando sonreír.
Después la clériga abrió la puerta y, riendo, tomó a la despistada nigromante del brazo y se metieron en casa.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Heidel, intrigada, mientras bajaban la calle dejando atrás un arco de piedra que conectaba un pequeño jardín entre las casas, iluminado por los últimos rayos de sol.
—¿Plan? Creo que me tomas por otra persona —contestó Shivala deteniéndose delante de una casa y llamando a la puerta—. ¡Tiff! —vociferó Shivala—. ¡Necesito ayuda! ¡Gratis, si puede ser!
La puerta se abrió, la clériga apareció.
—Hola, Tora, ¿qué tal? ¿Está Tiffany en casa?
—Sí, pasa. Esto… ¿Es de confianza? —preguntó refiriéndose a Heidel.
—Llevo trabajando con ella bastante tiempo y no parece importarle mi capacidad inhumana para meterme en líos —dijo encogiéndose de hombros, después se aproximó a la clériga sin ninguna discreción y le susurró—. En realidad me asusta un poco: está forrada y creo que ha perdido contacto con la realidad… es como una metáfora del poder económico —consiguió musitar.
—La vigilaremos —asintió ella al mismo volumen.
La clériga escuchó el llanto de un bebé a su espalda y se le erizó el vello. Al darse la vuelta, Tiffany estaba sonriéndole sobre un pentagrama, mientras un demonio con la suficiente decencia como para haber adoptado una forma cuasi humana sostenía tiernamente un bebé en brazos que parecía una sombra sobrecogedora, ladrona de luz.
—Hola, Tora, ¿quieres una galleta? —le ofreció el demonio a la clériga, candoroso.
—Nos quedamos al peque esta semana —le dijo Tiffany sonriendo—. Beleth dice que hay mucho trajín últimamente en las dimensiones mazmorra y que el pobrete no está durmiendo bien.
—No me extraña que acabarais teniendo un crío —comentó Tora.
Heidel no comprendía nada de lo que estaba pasando en aquel salón.
—No entiendo nada de lo que está pasando —declaró en consecuencia.
—Vamos a ver —comenzó Shivala, tratando de organizar sus ideas—. Tiff es una poderosa nigromante —Tiff se entretenía haciendo reír al bebé ignorando el resto del mundo—, tal vez no hayas reparado en ello, pero ella no lleva cadenas porque no trata de controlar ni confinar a los demonios que convoca. De hecho, de esa manera se labró una cierta reputación entre los demonios y Beleth, aquí presente —el demonio le saludó con un delicado apretón de manos. Heidel no estaba muy segura de dónde salía aquél otro brazo, pero trató de mantener la compostura— fue convocado por ella. Total, una noche bebieron mucho, hicieron un pacto para traer a un niño muy extraño al mundo y el resultado es el pequeño Abraxas. Pero Tiff estaba a sus cosas y comenzó a salir con Tora —Tora la saludó con una reverencia—, la cual aceptó toda esta rocambolesca historia porque como Tiff hay una entre un millón. Y seguramente porque le gustaba. Además de que tuvieron la idea fantástica de abrir este negocio. Y nosotras estamos aquí porque tal vez sepan a qué demonio trató de conjurar ese imbécil.
—¿Puedo preguntar cómo se llama vuestro imbécil? —preguntó Beleth con curiosidad mientras acunaba a su hijo en brazos.
—Se hace llamar Matt el Poderoso —contestó Shivala.
Tiffany estalló en una carcajada y el demonio y ella intercambiaron una mirada maliciosa.
—¡No! —dijo Shivala intentando contenerse a su vez.
—¡Sí! —respondió la nigromante, esta vez su diversión transformada en una risa cristalina—. Intentó someter nada más y nada menos que a Beleth.
—Hay algo que no entiendo —confesó el demonio—, bueno, en realidad hay muchas cosas que no entiendo, pero voy a intentar limitar mis dudas un poco, ¿qué quiere de mí?
—Quiere vengarse —contestó Heidel.
—¿Quiere vengarse de su ineptitud a través de mí? —dijo incrédulo Beleth.
—Atrevido pero estúpido —añadió Tora.
—En cierto modo… tú eres el símbolo de su incapacidad como nigromante —razonó Tiff—. Aunque, claro, a nivel práctico su incapacidad es suya… —finalizó ensimismada.
—Entonces —continuó Beleth—, ¿me quiere muerto?
—Es mucho mejor que eso —comentó Heidel, ya avergonzada por el peso del contexto.
—Quiere —expuso Shivala—, y cito textualmente, “destruirte”. Nos paga sólo por llevarte hasta él. ¿Qué dices? —le ofreció ella.
—Es que les quería cocinar una tarta a las chicas… —comentó él, azorado.
—¿A nadie le preocupa que, de hecho, pueda tener algún objeto poderoso con el que destruir a un demonio? —inquirió Tora.
—Me gustaría recordar que se hace llamar Matt el Poderoso —intervino Shivala.
—Iremos todos —dijo Tiffany—. No creo que este señor supiera usarlo si es que de alguna manera hubiera podido encontrar ese artefacto, que está totalmente fuera de sus posibilidades económicas o intelectuales, y no creo que en ningún caso lo tenga en su poder, pero el Cráneo de las Sombras es un objeto que sirve para aprisionar a demonios poderosos. Y no voy a dejar que un idiota haga daño a Beleth —dijo abrazándole—, si es que Tora acepta ponerle un par de sellos de protección al peque o algo —añadió—. ¿Tora? ¿Por favor? —Puso cara de cordero degollado.
—Por supuesto, llevar a la clériga y a un bebé demoníaco siempre es la opción sensata —aseveró Tora—. Aun así, espero que me lo recompenses —le susurró juguetona al oído y la nigromante no puedo más que sonreír.
—Espera, ¿con sexo o aventuras? —dijo la nigromante, confundida.
—Con sexo —respondió Tora con paciencia.
—Pues vamos a cobrar nuestro sueldo —les animó Shivala—, lo repartiremos con vosotras, claro, y con nuestro demonio, si es que le interesa el dinero.
—Luego hago la tarta —le dijo Beleth a Tora mientras salían por la puerta, guiñándole un ojo—. Eres la mejor.

Las hojas secas correteaban hacia ellas como pequeños animales, mientras, la brisa
ganaba velocidad a ratos. El otoño había dejado una noche agradable tras un día de sol, aunque corría ese frío tenue pero presente que hacía a la piel pedir abrigo mientras se eriza el vello. El bebé en brazos observaba todo con unos ojos que brillaban como la luz al final del túnel, si la luz de la metáfora no fuera en absoluto reconfortante y si el túnel fuera una pesadilla imperecedera.
Y Beleth y Tiffany lo miraban como si fuese lo más hermoso del mundo.
Shivala y Heidel los guiaban por entre los callejones hasta que llegaron a un modesto parque flanqueado por la fachada de una pequeña iglesia, frente a la que se detuvieron. —Un templo a la diosa Shar, guardiana de los secretos jamás revelados—comentó Tora mientras tejía hechizos para proteger al bebé—, nuestro nigromante ha adoptado una pose dramática que su disposición para humillarse a sí mismo no puede pagar.
Heidel abrió la puerta con un estallido de su magia, las marmóreas baldosas del suelo reflejaban la luz de la luna en una franja iluminada. Después de que entraran, el nigromante, en penumbra y de espaldas, se giró hacia ellos.
Shivala se llevó la palma a la cara ante aquel ridículo espectáculo.
—Volvemos a vernos, Be… ¿Quién demonios es toda esta gente?
—Yo soy Tiffany, vivo en la calle Del Cerezo, en la casa de la puerta azu... —Tora y el Beleth se apresuraron en taparle la boca antes de que siguiera con la retahíla de datos personales totalmente fuera de lugar. Normalmente esos lapsus no le ocurrían a menudo, pero a veces se olvidaba del contexto social más de lo normal. Tiffany seguía murmurando cosas como podía y cuando se liberó siguió como si nada—. Y aquí está Beleth, ese demonio al que quiere usted destruir. Como compañera del gremio quisiera comprobar cómo lleva a cabo el proceso.
—Pero el demonio parece estar aquí por propia voluntad… —dudó Matt.
Heidel se acercó al nigromante, iracunda, poniéndose enfrente de él, cubierta por una capa de fuego de aspecto inestable que parecía alimentarse de su furia.
—Te hemos traído a tu demonio, danos nuestro dinero —exigió ella, sus ojos eran llamas contenidas.
—Perdone —intervino Shivala, haciendo gala de una docilidad que contrastaba con su tamaño y armamento—, hemos cumplido nuestra parte del trato y no voy a poder contener a mi compañera mucho más: piensa que usted no quiere cumplir.
Matt decidió tragar saliva. En algún lugar de su mente una voz no dejaba de decirle que, bien pensado, era al demonio al que alguien debería estar intentando contener.
—No, no, si tengo el dinero y todo… aquí tienes, aquí tienes —consiguió darle, atemorizado y con una mano temblorosa, una bolsa de monedas a esa mujer de aspecto agresivo que llevaba un mandoble por temor a mirar a la maga de batalla que había comenzado a liberar un grito de batalla terrible—. Ya está, os he dado la bolsa, ¿verdad? —suplicó él.
El fuego de Heidel se apagó de inmediato y respondió con una sonrisa radiante y una reverencia. Y Matt el Poderoso no supo encontrar la reacción apropiada a nada de lo ocurrido. Todos se dispusieron a marcharse.
—¡Esperad! —exclamó él—. ¡Beleth es mío! ¡Andariel me ha dado su poder!
—¿Andariel? —quiso saber Tora en un susurro.
—Fue un poderoso archidemonio hace milenios, pero ahora y a juzgar por toda esta situación… mendiga atención, supongo — Beleth se encogió de hombros.
—¡No podéis hacerme esto —se quejó el nigromante—, si no le doy algo a cambio de su favor, aprisionará mi alma! ¿No podéis darme a ese bebé?
En ese momento todos decidieron quedarse, había un sentimiento generalizado de curiosidad por comprobar de qué creativa manera aquel tipo iba a morir.
Beleth y Tiffany se volvieron hacia él, sus ojos eran pura ira.
Hay ocasiones en que hasta el más idiota de los hombres se da cuenta de que esa suerte que de alguna manera le sostenía a través de sus despropósitos se ha esfumado.
—La gente como tú es la razón de que todo el mundo odie a la gente como tú —afirmó Tiffany.
—Tú también eres una nigromante! —se quejó Matt.
Ella lo miró, desconcertada, sin entender.
—Tu vida es una huida hacia adelante apostando tu escasa dignidad en esa ilusión de control que un demonio cuya única virtud es la paciencia te relata mientras intentas en vano comprender dónde estás o por qué eres tan estúpido —señaló Beleth.
—Demasiadas subordinadas, tío —le susurró Shivala.
—Emmm… ¿muchas gracias? —respondió él a bajo volumen—. Que no exista el orden ni el destino, humano, no va a salvarte a ti del tuyo —añadió para dirigirse después a Tiffany—. ¿Haces los honores?
Matt, lleno de rabia, realizó un conjuro, pronunciando una cadena de palabras llenas de un poder que moraba en las dimensiones mazmorra y se liberaba sobre las baldosas de aquella iglesia derramándose de cada letra que salía de sus labios, agrietando el límite de la realidad y, en consecuencia, destruyéndole al tiempo que su piel comenzaba a necrosarse y a deshacerse mientras su propietario aullaba de dolor.
Nuestra compañía de aventureros tardó unos segundos en reaccionar ante esa especie de estudio sobre la perspectiva del cuerpo humano que cubría el suelo de rojo y vísceras allí donde Matt el Poderoso había puesto a prueba su incompetencia por última vez.
—Este anticlímax ha sido muy decepcionante, necesito tarta —aseveró Tiffany.


miércoles, 1 de abril de 2020

A path made of stories

Für Cielo.

A path made of stories:

A path made of stories
Will remember our steps
While I say thank you
As every castle is in ruins
And my soul knows your soul
Is calm and warm.
There's an endless conversation
wherever the masks fall,
Legends claim it's admiration
Unfold as thousand words
Flowing through unseen smiles
Remember
A home is not a place
But an attentive listening
Oblivious when time is awaiting
On the other side
And a gentle touch
And a heart to share
And a hug to rest in.


domingo, 1 de marzo de 2020

White Crow

White Crow:

            That ignoble world saw the eternal traveller passing by, her gaze hovering through the scenery as she struggled to conceive how that agonising land looked like before her birth, a land which even nowadays men and women blood was shed for.
There was a sort of sad joy when we knew ourselves being the heirs of a destroyed wasteland, so close to ignorance that our traveller would have never abided.
Furthermore she, Bielaya Varona, dissented from the ancient sage: this world wasn’t the best possible one, whereas possibly it was one of the worst worlds ever imagined: Zorya’s authority and law spread over a whole continent whose territories, subdued by the Empire, were making an attempt to rise from their ruins only to be able to breathe.
Bielaya Varona, the White Crow, was an Executioner, she operated as an arbiter and punisher, sent to any corner of the Empire, notwithstanding how abandoned or remote it was, in order to solve the most variegated legal affairs at her own discretion. Zorya’s court had three Executioners and the common people believed they were sorcerers or assassins.
They called her Cuervo Blanco in those lands of Viridia, thriving in the past as a commercial enclave, now devastated by magic and war. She had work to do.

The throne hall was an imposture: the guard, comprised by mean and women quite uneasy by this time, tried not to look at those robust oak gates as if they were exorcising their fear out from their heads to no avail.
–Remember she’s only a woman! –Alba’s vigorous voice, the last on by lineage of the house of Tulia in the ancient Viridia, aimed to comfort her royal guard. All of them have heard rumour about the Executioners if not have crossed paths with them in some unfortunate occasion, there was no need to add anything more.
The gates burst open, five corpses without their respective heads blew in as if they had been thrown inside the room by a powerful force.
All the members of the royal guard started questioning their salary.
Yes, there was one woman there crossing the threshold who nonchalantly sheathed a pair of swords covered in blood. She was clad in a white tabard, black breeches, dark leather boots and shoulder armour. Judging by her outward appearance she didn’t look like someone important, the only remarkable element among her clothes was a pendant with an emerald on her neck.
–I’m Bielaya Varona, in your lands I’m known as Cuervo Blanco. I don’t err while assuming I’m before Alba Tulia, governor of Viridia? –she didn’t wait any answer and went on–. I must admit that the Empire has been… negligent regarding Viridia and its archaic caste of rulers. No one can trust a queen’s word, not even a kneeling queen’s. You are sentenced to death as charged with conspiracy, sedition and rebellion against the Empress Zorya, your line will be erased from…
–Kill that mongrel! –the queen commanded.
The guards, at least most of them, clad in their armours and wearing their weapons, feeling safe, went forth.
She looked at them and their armours started to constrain and crush their bodies, their bones’ cracking was terrifying. The throne hall had never been host of screams of pain like those of the experienced guards as they were devoured by their breastplates.
Not all the guards had attacked her and, considering their situation, they dropped their weapons to the floor and fled, passing by the Executioner who decided to spare their lives. One of them even muttered some grateful words as she left.
A baby’s cry could be heard.
Bielaya Varona stopped and, after considering that unforeseen circumstance for a couple of seconds, found a solution:
–Give up your name and right, renounce to this house and its riches.
–Zorya has sunk so low that she believes my honour is her property?
–Your honour? –the Executioner repeated, spitting every word with disbelief–. Perhaps it’s a quite abstract concept, your life, on the other hand…
The queen began to bleed by every hole in her body when her internal organs exploded.
Bielaya Varona also silenced the remnants of the guard, which have been slowly dying, skulls torn to shreds by only one of her thoughts.
Now she could listen better.
Now the baby’s weep was clearly perceived.
The White Crow distinctly remembered the exact moment when those strangers killed her new-born by bashing his head against a wall. In that instant the reality itself got divided, particle by particle, submitted to her battered will, and around her only blood and dust remained.
But she had to focus on the right now…
Had she aware of their powers before, had she been able to control them… then, maybe…
But she had to focus on the right now, really…
A man appeared from behind the throne, he was armed with sword and shield and wore a proper chainmail.
–I won’t give my son’s life without putting a fight, your last words? –to that ridiculous threat she could only answer with a scornful snort, meanwhile, she carefully examined that man: this father had been crying for his wife and his men, but he didn’t look like a usual man of noble birth, for he had a real warrior’s determination. Other than a warrior outfit, naturally.
–Servio Ianio? –the Executioner enquired–. I have uttered so many last words in my life that I have none left, therefore I would like to reaffirm my offer since also the Iania house has been accused with sedition, conspiracy and rebellion: renounce to your name and my mission will be accomplished at the same time that you keep your lives intact. It’s a simple decision.
The man called Servio Ianio, pondered those words for an instant, then he sheathed his sword and took his son with a protective gesture while he distrustfully stared at the White Crow.
–That’s a curious proposal from a woman who have killed at least a dozen of people, among whom my loved one was.
–Your queen has deemed her honour as more valuable than your lives and now she’s dead. She had a choice when no other Executioner would have…
The man and his cub disappeared without any warning. Bielaya Varona closed all the hall doors, one by one, with her mind power.
And waited…
As if through a waterfall, she started to hear the baby’s sobbing again and she saw Servio Ianio and his son once more time. They were at the same spot before her and now the little child was howling at the top of his lungs.
–By Zorya! –the Executioner said–. He cannot possibly have more than twelve months… –she mentioned with amusement.
–Are you going to kill me? –the father asked.
–Not if I can avoid it. Do you want your son to live? –she probed enthusiastically–. I have plans for him… –she went on, as she had thought of a couple of options already–. Dispose of your name and your rights over this land, let me train your child, I know of a safe shelter where we can hide. You can come with us.
–Otherwise we will die.
–In all likelihood, but not by my hand or my desire –she agreed–. Unless you wish to die now pointlessly. It’s a simple decision –she said again.
Servio glared at her and, reluctant, started reciting:
–By the sun and the moons, may my name be extinguished from the last name of my house, I surrender before my ancestors and before eternity. May the ancient gods forgive me.
–Let’s go –the Withe Crow had no more time for ceremonies–, take a servant’s cape and follow me.
Servio swallowed his tears and his complains and then he reasoned that perhaps it wasn’t a time to speak. Once he covered his head with a hood, they began to walk. What would happen with the meagre remnants of the kingdom? Would Alba had a decent funeral or would she be eaten by the crows? Were their friends alive, have his letter reached their relatives? What about the plebs, how could they would be able to keep on with their lives? What would occur to his son under that woman’s guardianship? Could he end the Executioner’s life despite of her immense power and run away with his son? Would they be safer if in case the succeeded? Was it possible to killed the Cuervo Blanco or trust her? Was it wise?
What Bielaya Varona had said wasn’t true.
Every step he took forward was a decision and none of them were easy to make.


sábado, 1 de febrero de 2020

Banshee

Banshee:

Fifteen minutes ago the sedatives were withdrawn.
She, exhausted on the stretcher, took that needle inside her arm and slowly extracted it as the blood fell onto the floor. It hurt and she screamed, it was the broken cry of who is not able to utter a word.
–Remember, we have a deal.

Doctor Asperger smiled with satisfaction when he pushed the last key on that typewriter he had in his studio, the screen flickered while the document was printed. Then he signed the paper with his quill, letting the smoke slipping away. His muffled steps on the carpet got him closer to that large window framed with red velvet curtains. Through the window he could see a faraway zeppelin, riding past a splendid sky. It was rare for those contraptions to come remotely near the camps, the last thing those wealthy people wished to see while enjoying their cocktails, created contacts and closed contracts, were the wretched barracks of the complex, the trains that occasionally brought more workforce and the ash. Any worker knew that work didn’t make you free, but the camp prisoners have forgotten what the meaning of those words was whereby one could build hope.
He put a cigarette close to his mouth, grabbed a lighter, and inhaled to light it. Then he signed the paper with his quill, letting the smoke slip away. “A pity”, he thought, “they are good material”. To be honest, he struggle to understand why the Directory didn’t use all those children: they weren’t going to do better in that orphanage at any rate. Perhaps it was some kind of divine mercy he couldn’t fathom: in his opinion the analyses weren’t conclusive and it would have been more desirable, therefore, taking advantage of all they had.

It wasn’t long ago that the private Zoller had been moved to the Experimentations Pavilion. Most of the patients seemed to have some sort of cognitive delay and they couldn’t or they didn’t wanted to speak, so it was a very calm place, if any, he listened some noises from time to time. Fortunately those times of the Eastern Guerrillas have come to an end and the youth hadn’t to finish wars the elders commenced.
When he turned round a corner he saw that nurse with a girl in her arms.
–Excuse me, mistress… Richter? –he blocked her way, showing a smile so perfect and amiable that it looked obviously coercive–. Do not worry, I don’t want to bother you, I only wanted to know if you could provide me with the patient’s transfer permit, either way, you will have to show them at reception… –he had a worried expression when he looked at the girl–. Is that the patient number eight? She needs a special authorisation…

Guard Rieb considered himself a survivor, that’s why when he heard a shriek so high that reverberated metallic and inhumane on the walls, he diced to do nothing with the outmost professionalism. He stood up looking at the surveillance screens as a piston went up and down inside that mechanism that made them work: on those images he saw the adjoining corridor and on that corridor he saw private Zoller, however, on private Zoller he couldn’t see private Zoller’s head and that made him draw some conclusions.
Therefore he heavily leaned back on his chair, turning the page of a pulp magazine.
When a couple of minutes passed by, he looked at those spinning gears under his clock glass and action the lever to sound the alarm.
Yes, he was a survivor.

The alarm made a deafening loud noise and the patient Zlata Rosenbaum wasn’t particularly fond of Mia Richter carrying her at her back, she didn’t like physical contact nor that hurried runaway which, apparently, she was taking part of.
Of course she had agreed to this, Richter was in need of a certain strange poetry as a vengeance and regarding herself, she wanted to escape from there.
 A car should take them away in case everything went all right.
But that camp wasn’t the only prison Zlata was: since she rarely could control her body, she felt like a spectator trapped in her own mind, not being able to interact with whatever happened around her. She barely could point at thing or use that keyboard to convey her messages, yet Mia had been at her side, teaching her how to communicate.
Mia even bought her a device that she could wear on her wrist with a small keyboard, a bit more difficult to use, a shining screen and a silver and mahogany lid to avoid rainwater. Mia always took care of her and gave her a gift no one else had given to her: she treated her like a human being. Mia believed she was intelligent and thought that the success of the Banshee project may be used as well to improve Zlata’s bodily reactions to her own brain commands.
Zlata knew Mia had been studying the doctors’ books in order to help her and Mia knew that contravening this sub-project guidelines, linked to the Aktion T4 programme, could put her in danger and she always had put Zlata before her, nonetheless.
But this time she had asked for something in return and Zlata couldn’t stop thinking of the only thing she could force her body to do one hundred percent of the time: that scream, that spectral shriek impacting against men who asked too many questions. She couldn’t stop seeing those corpses covered in blood every time she closed her eyes.
But everything was better than the training sessions.
Trainings have involved dogs, dismembered, who didn’t even feel pain but howled out of fear, and their remains piled up on a heap aside the next terrified dog shivering or trying desperately to escape before her. Perhaps because of that a piece of her soul had died. Recalling the dogs was much worse than thinking of these guards. She wanted to cry but she was trapped and her body didn’t let her to.
And it happened what always happened when she had those flashbacks, when she came back to that devastating week. Her fury has been there, lurking in her memories, blending in her sadness, feeding on fear, growing and spitting its hatred until it emerged free in her awareness.
It was always the same, it happened from one second to another.
She wasn’t able to feel the anger until it turned into the whole world.
Suddenly that rage was there and took over.
Suddenly that rage was herself,
At least now she could cry.

Mia knew what she must do: letting Zlata some room, being with her. Zlata hit her and kicked her and cried as the nurse tried to protect both of them. Fortunately, she had managed to get her inside a small cabinet, inside the administrative building where he was to be found.
Ironically the blasting alarm kept them concealed.
Mia remember how they have tortured Zlata during that week and how she could intercede on her behalf in order to stop that practice by doing things she didn’t want to think of.
She knew it wasn’t intelligent let anger control you, but she had kept it inside as she had a plan and she was going to need it at the right time.
For the time being they had an advantage, most of the guards weren’t soldiers and, even when many of them didn’t have to patrol near the Experimentations Pavilion, they had heard rumours enough to run over there at a remarkable slow pace, cultivated from several years of experience in not being dead.

Doctor Asperger had a revelation.
That alarm noises got him out of his reading and as he came back to the real world gave birth to that thought.
He just realised that the opposite to love wasn’t hatred but fear. It was a conceptualisation error quite easy to understand: from the “what we desire for the other person” point of view, happiness or unhappiness, a thriving life or a miserable one, were attributed either to love or hatred. However if we changed the vanishing point, if we reflected about our own feelings, love and fear where perfect antagonists: the former made one feel safe and at home, free in his own world, the latter made one feel unsafe and jailed inside the prison of one’s own mind.
Perhaps jealousy was seen as a sign of love despite that it was a form of fear, perhaps those children who wore his syndrome as a star somehow were free anywhere.
Even at the orphanage, he thought, because a twisted mind could get to a flawed conclusion from the most truthful premise.
He tapped his elegant tobacco pack and took a cigarette he was not going to enjoy.
His cabinet door burst open.
Richter the nurse was grabbing the patient number eight’s hand.
–What is this nonsense?! Why are you storming in my study like that?! –he started yelling.
But Mia Richter answered in a whisper and he strained to hear her. As far as she knew, if you spoke that way to whoever was screaming at you, they stopped doing it to listen.
–You sent my son to the orphanage Am Spiegelgrund –she said coldly. She had a gun on her other hand that she was trying to conceal. Come to think of it, revenge wasn’t something intelligent to do with her anger.
–Oh, I understand now –he replied, unaware of the weapon, with that patronizing tone of a man who knew he had a limited group of equals among which his unplanned conversational partner couldn’t be counted–. Do you believe that since I signed up those documents, therefore I gave the orders myself? –a snort drifted in his arrogance–. Women are weak and irrational creat…
His head exploded before the Banshee scream.
–Thanks for helping me –Mia told Zlata, hesitantly–. Don’t worry, I’ll keep up my end of the deal: we’ll get out of here.
None of them felt better and probably they were worse human beings by now. Yet there was something both of them loathed about good men not saying a word about what bad men did.


martes, 31 de diciembre de 2019

Banshee

Banshee:

            Hacía quince minutos le habían retirado los sedantes.
            Ella, exhausta sobre la camilla, tomó esa aguja que atravesaba su brazo y la fue extrayendo lentamente mientras la sangre caía al suelo. Dolía y ella gritó, era el grito roto de quien no es capaz de pronunciar una sola palabra.
            –Recuerda: tenemos un trato.

            El doctor Asperger sonrió satisfecho al pulsar la última tecla de esa máquina de escribir en su despacho. El monitor parpadeaba mientras el documento se imprimía. Sus pasos sonaban amortiguados por la alfombra mientras se acercaba a los ventanales enmarcados por unas cortinas de terciopelo rojo. A través de la ventana se veía un zepelín a lo lejos, surcando el cielo de un día radiante. Era extraño que esos armatostes se acercasen siquiera a los campos, lo último que deseaba ver la gente adinerada mientras disfrutaban de sus cócteles, hacían contactos y cerraban contratos eran los sórdidos barracones del complejo, los trenes que ocasionalmente traían más mano de obra y la ceniza. Cualquier obrero sabía que el trabajo no te hacía libre, pero los prisioneros del campo habían olvidado qué significaban las palabras con las que uno construía la esperanza.
Él se acercó un cigarro a la boca, después su mechero y aspiró al encenderlo. Dejando escapar el humo, firmó el papel con su pluma. “Una pena”, pensó, “es un buen material”. La verdad es que le costaba entender por qué el Directorio no utilizaba a todos los críos: no es que les fuera a ir mejor en el orfanato en ningún caso. Tal vez se trataba de una suerte de piedad divina que él no comprendía: en su opinión los análisis no eran concluyentes y hubiera sido más deseable, por tanto, aprovechar todo lo que tenían.

Hacía poco que el soldado Zoller había sido trasladado al Pabellón de Experimentación. La mayoría de los pacientes parecían tener alguna clase de retraso cognitivo y no podían o no querían hablar de modo que era un sitio muy tranquilo, como mucho, de vez en cuando escuchaba algún ruido. Afortunadamente los tiempos de las Guerrillas del Este habían dado a su fin y los jóvenes ya no tenían que terminar guerras que habían comenzado ancianos.
Cuando giró una esquina vio a esa enfermera con una chica en brazos.
–Disculpe, señora… ¿Richter? –le cortó el paso ensayando una sonrisa tan perfecta y amable que resultaba obviamente coercitiva–. No se preocupe, no quiero incomodarla, sólo quería saber si podría proporcionarme los permisos para trasladar a la paciente, en cualquier caso, tendrá que presentarlos en recepción... –torció el gesto al fijarse en la chica– ¿Es la paciente número ocho? Necesita un permiso especial para…

El guardia Rieb se consideraba a sí mismo un superviviente, por eso cuando escuchó un chillido tan agudo que reverberaba metálico e inhumano sobre las paredes, decidió no hacer nada con la más absoluta profesionalidad. Estaba erguido, mirando las pantallas de vigilancia mientras un pistón subía y bajaba entre el mecanismo que las hacía funcionar: en las imágenes veía el pasillo contiguo y en el pasillo contiguo veía al soldado Zoller, sin embargo en el soldado Zoller no veía la cabeza del soldado Zoller y eso le llevó a sacar ciertas conclusiones.
De modo que se reclinó pesadamente sobre su silla, pasando la página de una revista pulp.
Cuando habían pasado un par de minutos, miró esos engranajes rotando bajo el cristal de su reloj y accionó la palanca para dar la alarma.
Sí, él era un superviviente.

La alarma resultaba ensordecedora en sus oídos y a la paciente Zlata Rosenbaum no le hacía particular gracia que Mia Richter estuviera cargándola a la espalda: no le gustaba el contacto físico ni la atropellada carrera en la que, al parecer, estaba tomando parte.
Por supuesto, había accedido a esto, Richter necesitaba de una extraña poesía a modo de venganza y ella quería salir de allí.
Un coche debía recogerlas si todo salía bien.
Pero aquel campo no era la única prisión en la que Zlata se encontraba: dado que raramente podía controlar su cuerpo, se sentía una espectadora atrapada en su propia mente, sin poder interactuar con lo que ocurría a su alrededor. Apenas podía señalar y usar esos teclados para transmitir mensajes, pero Mia había estado a su lado entrenándola para comunicarse.
Le había comprado incluso un dispositivo que podía colocarse a la muñeca con un pequeño teclado, algo más difícil de usar, una pantalla brillante y una cobertura de caoba y plata para protegerlo de la lluvia. Mia siempre se ocupaba de ella y le otorgaba un regalo que nadie más le había dado: creía en ella y la trataba como a un ser humano. Mia creía que ella era inteligente y pensaba que el éxito del proyecto Banshee podía aplicarse para mejorar la reacción ante otras órdenes que el cuerpo de la paciente Rosenbaum debiera obedecer.
Zlata sabía que Mia había estado estudiando los libros de los doctores para poder ayudarla y Mia sabía que contravenir las directrices del sub-proyecto, encuadrado en el programa Aktion T4, podía ponerla en serio peligro y sin embargo siempre había puesto a Zlata por delante.
Pero en esta ocasión había pedido algo a cambio y Zlata no dejaba de pensar en lo único que sí podía obligar a su cuerpo a hacer: ese grito, ese chirrido espectral impactando contra aquellos hombres que hacían demasiadas preguntas. No dejaba de ver esos cadáveres ensangrentados cada vez que cerraba los ojos.
Y sin embargo cualquier cosa era mejor que las sesiones de entrenamiento.
Los entrenamientos habían involucrado perros, desmembrados, que ni siquiera sentían dolor pero aullaban de puro miedo, sus restos amontonados en una pila junto al próximo perro tiritando aterrorizado ante ella o tratando desesperadamente de huir. Tal vez por eso un pedazo de su alma había muerto. Recordar a los perros era aún peor que pensar en estos guardias. Quería llorar pero estaba atrapada y su cuerpo no se lo permitía.
Y ocurrió lo que siempre ocurría cuando tenía esos flashbacks, cuando volvía a esa semana devastadora. La furia había estado ahí, agazapada detrás de sus recuerdos, mezclándose con la tristeza, alimentándose de miedo, creciendo y escupiendo su odio hasta emerger a la consciencia, libre.
Siempre era igual, pasaba de un segundo a otro.
No era capaz de sentir la ira hasta que se convertía en el mundo entero.
De repente la rabia estaba ahí y la tomaba.
De repente la rabia era ella.
Al menos ahora podía llorar.

Mia sabía lo que debía hacer, dejarle espacio, estar junto a ella. Zlata la golpeaba con los puños y le daba patadas y lloraba, y la enfermera intentaba protegerlas a ambas. Afortunadamente había conseguido llevarla a una pequeña habitación, ya en el edificio administrativo donde debía encontrarle.
Irónicamente el estruendo de las alarmas las ocultaba.
Mia recordó habían torturado a Zlata durante aquella semana y cómo ella pudo interceder para que retiraran esa práctica, haciendo cosas en las que no quería pensar.
Sabía que no era inteligente actuar llevada por el odio, pero lo había estado guardando en su interior porque tenía un plan y lo iba a necesitar en el momento oportuno.
De momento tenían un punto a su favor, la mayoría de los guardias no eran soldados y, aunque muchos de ellos no tenían que patrullar el Pabellón de Experimentación, habían escuchado los suficientes rumores como para ir corriendo hacia allí con una magnífica lentitud, cultivada a través de varios años de experiencia en no morir.

El doctor Asperger tuvo una revelación.
El sonido de las alarmas lo había sacado de su lectura y, volviendo al mundo real, gestó ese pensamiento.
Se había dado cuenta de que el opuesto del amor no era el odio, sino el miedo. Se trataba de un error de conceptualización sencillo de entender: el foco estaba puesto en lo que deseábamos para la otra persona, felicidad o infelicidad, una vida próspera o una vida miserable, de lo cual atribuíamos como causa o bien el amor o bien el odio. Sin embargo si cambiábamos el punto de fuga, si decidíamos reflexionar en lo que nosotros sentíamos, el amor y el miedo eran perfectos antagonistas: el primero le hacía sentir a uno seguro y en casa, liberado en su propio mundo; el segundo le hacía sentir inseguro y enjaulado en la prisión de su mente.
Tal vez por eso los celos se veían como una muestra de amor a pesar de ser una forma de miedo, tal vez por eso los niños que llevaban su síndrome por estrella, de alguna manera, eran libres en cualquier lugar.
Incluso en el orfanato, pensó él, porque una persona torcida podía llegar a una conclusión errónea desde la más correcta de las premisas.
Dio un par de golpes con su dedo índice a su elegante caja de tabaco y tomó un cigarrillo que no iba a disfrutar.
La puerta de su escritorio se abrió sonoramente.
La enfermera Richter tenía a la paciente número ocho cogida de la mano.
–¡¿Qué despropósito es éste?! ¡¿Cómo irrumpe usted así en mi despacho…?!– comenzó a vociferar el doctor.
Pero Mia Richter le respondió hablando en un susurro y él tuvo que esforzarse en oírla. Hasta donde ella sabía, si le hablabas de ese modo a quien te gritaba, paraba de hacerlo para escucharte.
–Usted mandó a mi hijo al orfanato Am Spiegelgrund– dijo con frialdad. Tenía una pistola en la otra mano que trataba de ocultar. Bien pensado, la venganza no era algo inteligente que hacer con el odio.
–Ah, ya entiendo –dijo el doctor, sin percatarse del arma, con ese tono condescendiente de quien sabía tener sólo un reducido grupo de iguales entre los cuales no se contaba su interlocutora–. ¿Cree que por el hecho de que yo firmara esos documentos, era quien tomaba las decisiones? –ahogó una risotada en su arrogancia–. Las mujeres sois criaturas débiles e irraci…
Su cabeza explotó ante el grito de la Banshee.
–Gracias por ayudarme –le dijo Mia a Zlata, llena de dudas–. No te preocupes, cumpliré mi parte: saldremos de aquí.
Ninguna se sentía mejor y probablemente se habían transformado en algo peor. Sin embargo había algo que ambas detestaban de los hombres buenos que observaban a los hombres malos sin decir una palabra.