I don't know many things, but I know this: no matter if it’s intentional or not, if someone hurts you, they say they’re sorry, but they don’t want to make reparations; that’s just manipulation and not an apology. That's why there are four elements in a genuine apology.

miércoles, 28 de febrero de 2018

La Legión de los gritos


“I am so clever that sometimes I don’t understand a single word of what I am saying”.
OSCAR WILDE.

La Legión de los gritos:

A veces estamos meditando algo y perdemos el hilo de nuestros pensamientos, entonces, reconocemos el sutil rastro de algún concepto que tal vez tiene sentido si llevamos un poco más de ropa, pero nos desorienta un poco no saber exactamente qué estamos pensando o cómo hemos llegado ahí.
Aunque infrecuente, suele ser una situación desagradable: es incómodo encontrarnos en la singular intersección en que las ideas que ya han desaparecido deberían conectar con las que aún están por llegar. Normalmente no pasa de ser un brevísimo instante de confusión en medio del vacío, y, sin embargo, se nos antoja de muy mal gusto porque nos perdemos de vista a nosotros mismos.
Pues bien, de algún modo Kalani vivía en ese brevísimo instante de confusión de forma permanente.
Y es cierto, se perdía de vista a sí misma con facilidad: nunca sabía qué haría después y no se preocupaba mucho por lo que fuera que había pasado un poco antes, básicamente vivía sin esfuerzo en el ahora, y eso a una le hace ganar tiempo.
Rodeada de pensamientos desconcertantes, tanto propios como ajenos, había llegado a la conclusión de que las ideas eran una suerte de chispazo de inspiración: brotaban, no solían tener muy claro que hacían ahí, y desaparecían. El discurso mental era sólo el espacio en que tenían vida. Y no siempre merecía la pena tener acceso al de los demás…
El sonido de una voz la devolvió a la realidad:
–…y así ampliar la alianza comercial que ya tenemos con algunas ciudades de la frontera norte en Okanugan, por no mencionar los libros de la universidad, que están en nuestro poder –Kalani miró algo confundida a aquél hombre. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre un cómodo sillón de cuero, Senescal Piruleta y Snieshka estaban a su lado en un sofá de igual manufactura.
–Parece un buen trato –contestó en un acto reflejo–. Ahora sólo tienes que decirme qué quieres a cambio.
Los pensamientos de su interlocutor aparecieron involuntariamente ante ella: el rastro de intenciones, objetivos y convicción al mezclarse con la sangre.

La gente alrededor, azotada por una tenue ola de miedo e inseguridad, retrocedió un poco, los guardias tragaron saliva, todos estaban confundidos porque no sabían muy bien qué era una bruja, pero no les gustaba nada cómo sonaba aquella palabra ni los rumores a los que se asociaba.
–Tengo una propuesta que hacerte, bruja de Faro –dijo aquél hombre en medio de la calle, haciéndole un gesto con el brazo para que entrara en el edificio de enfrente–. Acompáñame.
El edificio, conservado a duras penas, parecía un templo muy antiguo con imponentes columnas, en su mayoría intactas, elevando un frontón en el que se vislumbraban los restos de tres figuras. Desde fuera no sólo llamaba la atención por su estructura, sino también porque era uno de las pocas construcciones cuyas aceras no estaban cubiertas por montones de escombros o basura. Cuando entraron, Kalani quedó impresionada: el suelo era de mármol, había alfombras desgastadas repletas de motivos sinuosos, puertas de doble hoja, restos de cortinas amarillentas, maderos tapiando un gran agujero en el techo y cuadros oscurecidos de señores que muy posiblemente habían carecido de sentido del humor. Senescal Piruleta iba olfateándolo todo con interés, mientras, miraba de soslayo el bocata que Kalani seguía comiéndose.
–¿Qué opinas de la ciudad? –le preguntó aquel hombre para romper el hielo.
–Parece un sitio fantástico para mendigar por tu vida.
–Afortunadamente se hizo mucho trabajo en su día y, en consecuencia, podemos acoger a mucha gente. Entiendo que en Faro y Okanugan no os agraden nuestras condiciones.
–Esto… ¿tienes nombre? –curioseó Kalani, que no sabía muy bien cómo dirigirse a él.
–Por supuesto, disculpa mis modales: el Gran Jack –Kalani soltó una carcajada, consiguió detenerse, le miró y estalló entre risas de nuevo.
–Perdona… –intentó recuperar la compostura, tardó un poco, resoplando, pero al final, ya muy seria, afirmó–. No pienso llamarte Gran Jack.
–Jack será suficiente –dijo él, intentando disimular su indignación y forzándose a recordar lo que decían que la bruja podía hacer.
–Jack, creo que paso muy fuerte de tu proposición –comentó ella despreocupada.
–Una afirmación algo injusta, aún no has escuchado lo que tengo que ofrecer. Por otro lado… ¿quién es esta niña cubierta de sangre y por qué nos está siguiendo?
–¿Snieshka? Es mi guardaespaldas.
–¿Es la que ha matado a esos dos forasteros en el bar?
–Puedes preguntarle a cualquiera: dos tipos han intentado acribillarla. Por lo visto matar a alguien en defensa propia no es delito en Arriba. Doy mi testimonio, si es necesario.
–¿Has intervenido en el altercado?
–Qué va, tengo una puntería de mierda, le hubiera dado a un gato o algo… Y si lo dices por mis habilidades, mira, no me gusta sacar conclusiones precipitadas, no sé… una niña que lleva una espada por ahí tampoco puede estar muy bien de la cabeza –él pensaba, comprensiblemente, que Kalani le estaba mintiendo aunque, si Kalani hubiera deseado realmente mentirle, habría sido imposible para él discernir la realidad.
–Y esta cría es tu guardaespaldas –quiso asegurarse, incrédulo.
–Bueno, sólo desde hace unos… siete minutos.
–¿En serio pretendes que me crea que ha sobrevivido a un tiroteo?
–Hombre, yo la… ¿Es una pregunta-trampa? –interrogó Kalani, visiblemente extrañada–. La realidad no se molesta en ser verosímil, pero, oye, si aún tienes dudas, puedes preguntarle a Snieshka si está viva o no.
El hombre, miró pensativo a la bruja de Faro.
–¿Y es muda? –Snieshka no se acabó de tomar demasiado bien que hablaran de ella como si no estuviera allí y dijo:
–Soy muy selectiva con aquéllos a los que decido aproximarme: todo el mundo habla a las espaldas de una, pero quien te conoce puede cometer el error de decir alguna verdad.
El Gran Jack las miró perplejo.
–Qué tienes que ofrecer –demandó Kalani.
Giraron una esquina, había un par de guardias vigilando unas escaleras.
–Dadle vuestras armas a Steve, por favor –el Gran Jack señaló a uno de sus hombres.
Kalani le dio su revólver y su cuchillo a ese hombre, el cual tendría su misma edad, diciendo:
–Muchas gracias, Steve. ¿Sabes?, conocí a otro Steve una vez –añadió en tono conversacional–, un tío con buen fondo, mató a su novio de un tiro y me quitó este diente de aquí de un puñetazo… –en ese momento decidió sonreír en una disculpa, dándose cuenta de que a veces debía parar de hablar un poco antes–. Bueno, tú guárdamelas bien, ¿eh?
–¡Muchas gracias! –dijo Snieshka con una sonrisa mientras le entregaba una espada ensangrentada.
Steve, por aquél entonces, ya había visto muchas cosas en su vida, pese a todo, había algo en aquella sonrisa tan cándida que no dejaba de resultar amenazante: tal vez fuera el color rojo empapándolo todo en la pequeña forastera o la locura filtrándose por cada resquicio de la situación. El joven, no obstante, trató de mantener la compostura y cachearlas de manera profesional.

–¿Estás dispuesta a hacerlo? –quiso saber Snieshka, con marcado acento, mientras paseaba sus dedos sobre la superficie del agua, sin cuestionar la decisión, queriendo simplemente conocer a su compañera.
–Necesito los libros y en Okanugan… nos vendrían bien aliados comerciales, espero que a mi gente le parezca una buena idea… porque si no, voy a trabajar casi gratis –comentó Kalani con resignación mientras frotaba su brazo con una esponja áspera. Senescal Piruleta, fuera de la pequeña piscina de agua caliente, se sacudía sonoramente para secarse. Había una ducha al lado que habían utilizado antes de meterse en el agua, la pared estaba llena de diminutas gotas rojas.
–Eres una mujer inteligente –comentó Sniezhana–, los libros sólo pueden empeorar eso.
–La inteligencia mola –comentó Kalani, alegre.
–Jaque mate –la ironía se le escapaba en medio de la seriedad.
–Snieshka, ahora eres mi puta guardaespaldas, me preocupa un poco que bajes la guardia.
–Si crees que te tomo por tonta, tal vez debería empezar a confiar en ti –Kalani puso cara de circunstancias: seguramente la mujer que no crecía jamás tenía razón–. Por otro lado, no suelo fiarme de la gente –le recordó Snieshka.
–Cuando la vida no tiene sentido, la desconfianza es sólo una mentira más –a Kalani aquella reflexión le inspiraba optimismo, a Sniezhana, una mezcla inusual entre desesperanza de fondo e ingenuidad.
–Es un argumento vistoso, maiá daragaia, No obstante la confianza es lo único que puede hacernos sentir decepcionados y, en un mundo como éste, tu confianza será mi arma.
–¿Crees que confiar en los demás es una puta gilipollez?
–Sí –contestó Snieshka–, y probablemente lo expresaría con esas mismas palabras –añadió mordaz.
La mente de Sniezhana se movía a toda velocidad: desgraciadamente había razones cruzándose entre esos vertiginosos pensamientos suyos las cuales asaltaban el cerebro de Kalani con ráfagas de violencia y dolor en una miríada de gritos que no comprendía. Snieshka confiaba en Kalani, al parecer porque era una bruja como ella y porque, desde su punto de vista, si la bruja de Faro deseaba su confianza sólo tenía que robársela. Debajo del cinismo, sin embargo, había una chispa de sinceridad real. Kalani no pudo detenerse a procesar todo aquello con detenimiento, no en medio de una conversación libre.
–¿Estás segura de que venir a Faro para vivir en sociedad es lo que realmente quieres? –inquirió la psíquica.
–Puedo explicarlo: soy estúpida –Kalani se la quedó mirando, indignada–. No creer en la comunidad y desear integrarse en ella puede sonar incoherente, pero la coherencia es para mentes simples –expuso Snieshka–. La estupidez no, la estupidez es para todos.
–Joder, ¿hay algo que no odies?
–No –Sniezhana se dio un segundo para pensar y corregirse–. Bueno, sí, me gusta leer.
–Al menos tenemos algo en común… –Kalani suspiró con un alivio suspicaz, perdiéndose en sí misma–. Leer es una manera cojonuda de perder el tiempo… y es la forma más parecida que tengo de ver los pensamientos de los demás sin meterme en su cabeza.
–Me interesan más los pensamientos de los que pueden matarte mientras duermes.
–Ah… –respondió Kalani sin ocultar su incomodidad–. Oye, ¿y tú duermes? Te juro que pensaba que, con esos poderes tuyos, ni tenías hambre ni nada.
–Duermo cuando tengo sueño o me aburro. ¿Las conversaciones contigo siempre van a la deriva?
–Menos de lo que me gustaría –aseguró Kalani saliendo de la piscina.

Alguna clase de oficial al mando las conducía a través de la ciudad y Kalani vigilaba que Senescal Piruleta no se quedara demasiado rezagado, el trayecto era corto, de modo que iban a pie, a buen paso entre la nieve. Hacía mucho frío y Kalani nunca había visto tanta gente junta en un mismo sitio, ni siquiera en las ciudades de Okanugan y en cierto modo le daba miedo pensar en que la convivencia pudiera ser fruto de la centralización de la violencia en manos del Estado, como si los fuertes debieran someter a los débiles, pero con unas leyes de por medio, para garantizar una desvirtuada concepción del orden y la justicia. Snieshka pensaba que, si tuviera los poderes de Kalani, doblegaría y/o exterminaría a los poderosos, de forma que todo se pareciera un poquito más a su idea de lo que era el asentamiento de Faro. Senescal Piruleta, por su parte, se paró en una calle estrecha, muy transitada y llena de puestos de comida: en uno de ellos se vendía un pollo asado que olía con intensidad y el perro no tenía claro si seguir olisqueando el aire en dirección a la carne ya cocinada o si debía vigilar a las gallinas que estaban ahí al lado, cloqueando ruidosamente en una jaula espaciosa.
Kalani tenía hambre, no tanta hambre como cuando había llegado a la ciudad de Arriba y había vivido momentos controvertidos: cuando tienes mucha hambre, tanta que podrías comerte a una persona, tanta que miras a las personas como si quisieras comerte a una persona y, además, puedes ordenarle a alguien que se meta en un horno y se cueza un rato, es difícil contenerse. Había llegado hasta allí particularmente delgada y demacrada y básicamente se había entregado por entero a su alimentación y sueño. Y por fortuna no se había comido a nadie. No estaba mal: dormir y comer eran dos de las seis actividades a las que más le gustaba dedicarse. Con el paso de los días había cubierto también otras tres: la música, la lectura y la conversación, aunque ésta última de manera más moderada. No obstante aún tenía hambre y el Gran Jack le había proporcionado una especie de salvoconducto de comida durante unos días. Kalani, toda una mujer, había contenido las lágrimas de alegría hasta estar fuera del edificio.
–¿Queréis algo de papeo? Yo invito. –les propuso Kalani, ilusionada, a su pequeña guardaespaldas y a aquel abnegado escolta. Ella aceptó y él se negó a ello, así que pidió algo en un puesto cercano. Los rumores debían volar, porque los tenderos y tenderas miraban a Kalani con aprensión, cuando no miedo. Pese a todo tuvo suerte y la atendió un chaval al que no parecía importarle en absoluto que ella fuera una bruja.
–Señora bruja de Faro –interpeló el muchacho.
–¿Si?
–No te recomiendo ese plato.
–Bah, tampoco voy a palmarla, ¿no? Dicen que es un plato típico de aquí.
–La tradición no siempre es buena –replicó él con franqueza.
–Bueno… para mí es un experimento –le sonrió ella–. Sobreviviré, ¿no? –interrogó preocupada.
–Eso creo –dijo él con una sonrisa entre insegura y admirada.
Kalani se despidió con una carcajada.
Cuando terminaron de comer la psíquica le preguntó a Snieshka:
–¿Estaba rico? Esa mierda tenía buena pinta.
–Estaba rico. ¿Y tu comida? No parecías estar disfrutándola en absoluto.
–¿Cómo te lo diría…? –comenzó Kalani con una sonrisa entusiasta–. No es que me arrepienta de haberlo probado, pero me arrepiento de haberlo comido.
–¿Has podido identificar de qué estaba hecho?
–No mucho… Creo que había dos bandos de cosas que luchaban por apoderarse del pan.
Snieshka liberó las carcajadas que había estado conteniendo.
–En serio –dijo Kalani con vehemencia–, estoy por volver a la tienda y decirle al chavalote que he aprendido la lección: confía en el tío que te sirve la comida.

Pasaron a través de una puerta de metal, habían limpiado la mayoría de la herrumbre. Dentro un par de pequeñas lámparas eléctricas iluminaban la pequeña sala. Cruzaron otra puerta más llegando a una habitación parecida a la anterior.
Un hombre y una mujer armados estaban erguidos custodiando a una mujer encadenada, de rodillas sobre el suelo, su rostro oculto ante la cortina de sus cabellos. Había manchas de sangre en suelo y paredes, pero no en la prisionera, la cual no parecía herida ni presentaba moratones.
Kalani la examinó, concentrada.
–Vuestro delegado, ministro de asuntos internos o lo que coño sea el Gran Jack me dijo que no la habíais torturado –declaró Kalani, sin ocultar su enfado.
–Mentir sin tener el monopolio de la verdad es una pérdida de tiempo imperdonable –agregó Sniezhana con afectación.
–No la hemos golpeado ni forzado –se explicó el hombre armado, visiblemente incómodo ante la mirada azul y penetrante de Kalani.
–Seguimos órdenes –aseveró la mujer armada–. La prisionera es especialmente peligrosa –ella también evitó mirarla a los ojos, cuadrándose ante la bruja de Faro.
Senescal piruleta se acercó a olisquear a la cautiva. La mujer lo acarició con una mano temblorosa.
Mientras tanto, Kalani seguía surcando esa mente desbaratada por la privación de sueño, luz y espacio y que había pasado semanas escuchando los gritos desesperados y estertores de sus compañeros torturados, éstos sí físicamente. Kalani pensaba y percibía cómo el grupo del que esa mujer formaba parte hacía esclavos para los campos de cultivos de lo que parecía ser una ciudad más grande que Arriba. Veía asaltos de reclutamiento a pequeñas aldeas vecinas en las que, aquéllos que eran capaces de exterminar a sus seres queridos, eran aceptados entre las filas de aquel grupo de guerreros. La mujer había escuchado rumores de la Legión de los Gritos de la costa este, y sabía exactamente qué tenía que hacer cuando llegaran a su pequeño poblado. Había acabado con su familia adoptiva ante la mirada despiadada de unos legionarios. Unos meses después había partido hacia el oeste junto a un pequeño destacamento con el fin de encontrar más tierras que someter, tal vez demasiado lejos. Sin embargo la tortura deformaba distancias, localizaciones, algunos rostros y nombres se difuminaban entre el dolor, los discursos y las palabras se habían quebrado en esa mente. Su cabeza estaba a punto de estallar ante ese rompecabezas completamente roto y cansado.
–Putos gilipollas… –murmuró Kalani para luego alzar la voz, llorando–. Si torturáis a vuestros enemigos porque sí, sois una panda de cabrones y, si lo hacéis para sacar información, sois unos putos gilipollas. Esa mujer ya no puede ni pensar. Para obtener información necesitáis una mente fuerte, la tortura no doblega la voluntad, sólo debilita la mente. Un buen trato os daría lo que queréis, siempre y cuando tuvierais algo que ofrecer y una alternativa segura para quien va a hablar. Sé qué creéis: creéis en el poder del más fuerte como un mal menor, también creéis en la justicia, en que los intereses de esta ciudad deben prevalecer, en que salvaréis más vidas de las que quitáis, creéis que estáis ante salvajes y que por eso podéis eliminarlos sin remordimientos o de lo contrario ellos acabarán con vosotros. Pero por lo que yo sé, es peligroso creer en las cosas: ellas nunca se pondrían a creer en ti. Bueno –dijo volviéndose hacia la puerta, animada–, ya podéis decirle al Gran Jack que me pague lo que me debe. Y si quiere información, que aprenda un poco de su trato con la gente, joder.
Snieshka no dijo nada y Senescal Piruleta se volvió hacia la puerta cuando Kalani se aproximó a ellos.
El escolta les abrió la puerta.

–¡¿Te parece justo lo que has visto ahí dentro?! ¡¿Y aquí fuera?! –se quejó Sniezhana en un callejón, a solas. Kalani estaba tocando su armónica a bajo volumen, tranquilamente sentada en unas escaleras cubiertas por un porche y el perro estaba junto a ella como escuchando la música. –¡¿Ty miñá slúshaiesh, Kalani?!
Kalani, algo irritada, dejó la armónica a un lado.
–Snieshka, si esto es un intento de manipulación, no me gusta una puta mierda y me está poniendo nerviosísima. Pero, oye –se atajó a sí misma con alegría–, me gustaría saber lo que opinas de esta situación.
–¡Ejecuta a toda esa gente y apodérate de este lugar! –gritaba la mujer inmortal, llena de rabia, reparando en que, a la hora de tratar con Kalani, no tenía más remedio que trazar una burda línea recta.
–En tu opinión la gente es buena o mala –dedujo Kalani– y los últimos merecen un castigo. Pero la gente no es ni buena ni mala, sólo es gente.
–¿¡A ty mozhesh tak skazat’, ved’ma Maiaká!? ¿¡No me has dicho antes que esa mujer encadenada pertenece a un grupo sumamente violento el cual hace uso de una concienzuda brutalidad como estrategia básica!? ¿¡Y acaso los torturadores son mejores!? ¿¡Y qué hay de la gente de Arriba sometida a los poderosos!? ¡Si en una situación de injusticia dices ser neutral, estás del lado del opresor!  –insistía–. Skazhí, ¿qué otra arma tienen los miserables que detentan el poder sino el miedo?
–El odio –contestó Kalani.


miércoles, 31 de enero de 2018

Heterotopía


Life is always going to be stranger than fiction, because fiction has to be convincing, and life doesn’t.
NEIL GAIMAN.

Heterotopía:

Se sentía sucia cuando consideraba que eso de pensar no sería tan tentador de estar permitido. Si alguien cuelga un cartel de “prohibido el paso”, otra persona pasará y, probablemente, robará el cartel.
Libertad, comunismo, democracia, fascismo. Son palabras que han caído en el olvido: significados en peligro de extinción que sólo deben ser observados desde una distancia prudencial.
Porque cada pensamiento esconde un misterio.
No obstante, para nuestra protagonista esto es más que una simple metáfora: su cerebro, esa suerte de red informático-neuronal, está diseñado para percibir los pensamientos como una serie de datos físicos, como si fuesen palabras en la lectura de otro, sólo letras desfilando ante ella, letras que –salvando las distancias– podría tocar con sus propias manos. Ésta no se trata de una evolución estrictamente tecnológica sino de una funcionalidad con un objetivo político concreto. Nuestra protagonista está siempre un paso antes de llegar al significado que se esconde tras un concepto, y está bien que así sea: ante ciertos pensamientos hay una clara fuerza que nos prohíbe el paso, una fuerza artificial e inflexible, una línea de código de programación que nos invita a no hacer la pregunta. No hace falta seguir pensando más si queremos tener una vida respetable. Ni la tradición ni la religión han sido nunca tan eficientes como el Dogmatismo a la hora de doblegar la curiosidad.
Ella había deseado saber. En consecuencia cualquiera que la mirara en aquel calabozo sólo vería la figura jurídica de “pensamientos contra los ciudadanos” sobre su pecho: una luz azul culpándola de no ser una ciudadana ejemplar.
Había otras personas ahí y sobre todas y cada una de ellas flotaba la misma información, el mismo delito.
Ella, indecisa, se acercó a una mujer con más pendientes de los que parecía sensato ponerse en un mundo como el nuestro.
–¿Tú por qué estás aquí? –pronunció la pregunta en un susurro y con tal timidez que la otra mujer puso los ojos en blanco, pensando que se había topado con una timorata.
–Conseguí ver Evil Dead. No el remake, la buena –se apresuró a puntualizar la mujer de los pendientes. Nuestra protagonista no sabía lo que era eso y su interlocutora le aclaró tras un segundo de mutua incomprensión–. Una peli gore del siglo XX… Sangre y eso –y nuestra protagonista puso una cara de evidente repugnancia.
–¿Te gustan esas cosas?
–Como muchas otras cosas, hacerlas no. Verlas, mmm… tampoco. Verlas en una peli de ficción en la que no se le hace daño a nadie, sí, mucho, muy fuerte. El otro día vi una de acción en la que un tío usaba los intestinos de un mendas para hacer rappel –dijo sonriendo–. Pero eso no quiere decir que vaya a hacerme una bufanda con tu piel, que creo que es un poco lo que te está pasando por la cabeza.
Un hombre se les acercó.
–Hay micrófonos –les dijo en un susurro.
–¿Y qué, es que las cosas pueden estar peor?
–En realidad sí –intervino nuestra protagonista, atemorizada.
–Asesinato múltiple –dijo un guardia enmascarado señalando al hombre.
Se lo llevaron.
El hombre gritaba, maldecía y forcejeaba.
Pero se lo llevaron.
–¿Has visto a ese tío? –inquirió la de los pendientes.
–¿El que se acaban de llevar?
–Imaginó que mataba a su jefe y a su familia: le despidieron y él le dio rienda suelta a su imaginación mientras le pegaba a un saco de boxeo –le explicó la de los pendientes.
–¿Qué van a hacer con él? –interrogó ella muerta de miedo por haber compartido celda con un asesino.
–Estamos en el Sótano. Ya sabes lo que van a hacer con él. Y no, las cosas no pueden estar peor a no ser que se salten sus ya muy locas leyes.
–Abuso de menores –dijo de nuevo el guardia, como si recitara los ítems de una lista, con el tono de la rutina más burocrática.
–Éste tenía unos dibujos japoneses, ya sabes, siempre es un instituto –le explicó la de los pendientes cuando se llevaron a otro hombre.
Nuestra protagonista ya no pudo contenerse más:
–Eso es horrible, ¡es un pederasta!
–Es tan horrible como mis propias fantasías, como el resto de pensamientos.
Un guardia entró en el habitáculo, el hombre le miró desafiante a los ojos.
Se lo llevaron.
–Contenidos inapropiados y corrupción –siguió el guardia.
–A ésta la cogieron viendo una serie de política, dime que no es genial.
Aquella mujer comenzó a llorar, suplicando por su vida, decía entre llantos que no quería morir.
Se la llevaron.
–¿Todos te han dicho lo que han hecho? –quiso saber nuestra protagonista.
–Ni de coña, ¿estás loca? –respondió la mujer de los pendientes.
–Enaltecimiento del comunismo –continuó el guardia.
–Un idealista, ya verás cuando le echen encima unos cuantos crímenes contra la humanidad y varios millones de muertos… Pobre chaval, por favor –dijo sintiendo una profunda lástima, su crimen era el peor y su castigo sería de lo más aleccionador: una ejecución pública–. ¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera sabemos si éstas son buenas o malas personas. Y yo que creía que la gente es lo que hace. Al menos a nosotros no se nos aplica la ley de Talión, sólo nos pegan un tiro.
El chico, joven y con una sonrisa en los labios, les hizo un corte de manga e insultó a cada uno de los guardias que vio mientras se lo llevaban.
–Asesinato múltiple con alevosía y tortura…
–Ésta es buena –señaló la de los pendientes–, eso son las pelis gore.
–…y zoofilia.
–Y eso mis fantasías de tentáculos, que esta gente filtro no tiene… ¡Oh, no! ¿Qué harán cuando se enteren de que me gustan los súper pulpos espaciales? ¿Hackear datos es también derecho penal, agente? –y empezó a pegarles puñetazos a los guardias.
Y, al final, la redujeron y se la llevaron.
Sólo quedaba nuestra protagonista intentando hacer de la locura algo comprensible.
No pudo racionalizar la situación.
Su mente se quebró.
Y ella se echó a llorar.
–¡Yo no soy una degenerada como esas personas! –empezó a gritar, temiendo por su vida.
Un agente enmascarado se aproximó a ella.
–La escoltaremos a su casa, señora Lautrec –su voz era amable.
Ella se quedó bloqueada.
–Debido al protocolo de seguridad –el guardia ignoraba su estado de shock pese a dirigirse a ella– no podrá ver nada hasta que salga del vehículo en el que será transportada. Firme aquí y aquí, con este formulario serán borrados los asientos y referencias a la prisión preventiva en el Departamento de Perfil Público, será como si no hubiera pasado nada. No obstante, cuide de no detenerse ante los pensamientos equivocados, no le ayudarán a ser una ciudadana ejemplar.
Y la señora Lautrec volvió a casa tratando de asimilar su propio alivio, satisfecha, pensando en cómo nadie podía defender a unas personas que evidentemente se merecían un tiro.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Infernus succubi

Infernus succubi:

En esa explanada en la que convergen tiempos, espacios, universos y realidades enteras, llenos de posibilidades de hueso y carne y madera y sangre y metal y piedra y energía vibrando en medio de lo incomprensible, se libraba la batalla más antigua de todas, tan antigua que sus propios términos y reglas se habían convertido en el polvo de la memoria, abandonado a la eternidad.
Y en medio de la quietud de esa batalla algo comenzó a llamarla, pulsando en su cabeza y abriéndose un hueco en alguna de las variaciones posibles.
Y ella, la curiosa, no pudo más que plantarse al otro lado de la cuestión, atravesando la barrera que había entre ella misma y ese extraño mundo que la llamaba.
–¡Hola! –dijo en perfecto castellano al materializarse–. Creo que el traductor no me va muy bien, ¿hablo muy raro?
–¡Vade retro, demonio! –así que era uno de ésos: un ser humano alzaba un objeto tallado con el brazo muy estirado y aires de suficiencia, cabellos de plata poco abundantes y un cuerpo desatendido. Eso significaba –si la memoria no le fallaba– que su muerte no andaría lejos…
Ella, recordando los manuales básicos de viajes interdimensionales, prestó atención al pequeño detalle del dónde, el más o menos cuándo aún tendría que figurárselo. Por partes, había un suelo y un techo y una, dos, tres y hasta cuatro paredes, y gravedad. No dejaba de ser un producto algo genérico y ramplón, nada arriesgado por parte de la física, pero tenía la ventaja de que solía gustarle a casi todo el mundo.
–¿Qué quiere decir vade retro? Ah, es latín pronunciado un poco al tuntún, pero entonces… ¿me convocas para gritarme que me aleje? –se preguntó ella acercándose con naturalidad a aquel anciano. El hombre, espantado por la proximidad de aquel demonio, trastabilló y dio con el suelo, manteniendo, pese a todo, esa extraña cruz en alto como si fuese alguna clase de artefacto protector. Ella, por su parte, notó un tacto arenoso en la planta de esos pies que tenía, siempre le resultaba desconcertante moverse como los alienígenas, con esos cuerpos: demasiado materiales y a cada cual con apéndices más raros. Observó que sobre los tablones del suelo había un dibujo hecho con tiza, circular y repleto de símbolos…
–¡Silencio! –aquel amable propietario la sacó de sus cavilaciones–. ¡Estáis bajo el yugo de mi voluntad, súcubo del averno!
–Oiga, ¿en serio cree que, si tuviera usted alguna forma de controlarme, tendría que explicármelo? –dijo ella apartándole suavemente con el poder de su mente, totalmente aburrida a esas alturas, y dirigiéndose a la puerta mientras un tabardo de por ahí encontraba su cuerpo.
–¡Os he invocado para el fornicio! –insistió el anciano en una rabieta, abandonando ya todo intento de parecer autoritario.
–Mire, abuelo, le aseguro está usted bastante más cerca de la arritmia que de un orgasmo –dijo ella saliendo al sol e ignorándole completamente después.
Pasó a una plaza en la que había una inmensa fuente, edificios de roca amarillenta, bastante humo y un magnífico atardecer.
Un humano se quemaba en una pira. A juzgar por la entusiasmada aglomeración alrededor del evento, parecía algún tipo de celebración importante: había un desorientado rebaño de ovejas, un grupo de personas alejadas del resto y dándose aires de importancia, y vendedores ambulantes ofreciendo una comida que con tan sólo un par de milenios de evolución podría haberse comprado a sus potenciales clientes.
Había dos personas más aún por ser ajusticiadas.
Una mujer gritaba que no quería morir, atada a un poste, llorando.
Otra, también atada, muy morena, callaba y observaba a la muchedumbre con evidente desprecio.
Nuestra protagonista se sentó en el borde de la fuente, deseosa de averiguar, con una mentalidad muy científica, a qué se debía tal atrocidad. Aunque solía tratar con otras especies, conocía lo suficiente a los humanos como para saber que aquélla era una constante inherente a la humanidad: a cada crimen le correspondía un castigo, un error de concepción en su base, terrible pero arraigado.
–¡Brujas, rameras de Satán! ¡Al infierno con ellas! –gritó alguien muy poco aseado. Ahí tenía su porqué, en fin, cuando eliminas lo razonable de la ecuación sólo te queda lo estúpido.
Lo que parecía ser un maestro de ceremonias se aproximó hacia una de las condenadas, antorcha flameante en mano, declamando insensateces acerca del pecado y su redención, de la voluntad de algún dios y de la naturaleza de un mundo simplificado hasta el absurdo.
La antorcha se apagó.
La llama cruzó el espacio que había, fluyendo como agua al caer, hasta la curiosa forastera que se reclinaba sobre la fuente, posándose el fuego sobre la extraña y creciendo hasta envolverla, calcinando sus ropajes pero dejando intacta su piel y cabellos, limpios y poseedores de una belleza impropia de esa realidad.
–¡Es un engendro del séptimo infierno! ¡Prendedla! –exclamó el anciano que salía de su casa mientras se abrochaba los pantalones. Afortunadamente la gente no le hizo demasiado caso, ocupados como estaban en escapar de un demonio en llamas.
–¡Pero si quería usted follarme hace sólo cinco minutos! –respondió ella sin dar crédito.
–¡Haberos dejado, pues! –le espetó el anciano y ella, confundida por lo pasivo de la idea, no tuvo muy claro por dónde empezar a argumentar, hasta tal punto que decidió terminar:
–¡Bueno, vamos a ver –dijo la súcubo al final, algo hastiada–, los locos que quedan, vayan ustedes disolviéndose, por favor!
El anciano se fue refunfuñando de allí y la súcubo se preguntó hasta qué punto estaba ese señor conectado con aquella realidad…
Como todo el mundo hubo desalojado la plaza, decidió liberar a las dos mujeres.
La morena fue corriendo a por un sable que algún guardia había abandonado en su huida. Se interpuso, espada en ristre, entre la súcubo y la otra joven, la cual padecía una evidente clase de discapacidad cognitiva que dejaba su marca en su rostro. Ambas estaban aterrorizadas.
–¡Alejaos con nuestra gratitud, seáis diosa o demonio, y dejadnos marchar en paz!
–No te preocupes –dijo nuestra protagonista mientras las llamas desaparecían–, al contrario que vosotros, nosotros no juzgamos... no como lo hacéis por aquí… –aseguró mirando alrededor–. No soy un dios ni un diablo, me llamo... –parecía confundida, como si nunca hubiera pensado en ello–. Me temo que nunca he tenido un nombre que se pueda reproducir fonéticamente, ponedme uno.
–Irene –resolvió la otra joven, más pálida que la que empuñaba el sable, asomándose tras ella.
–Muy bien, yo soy Irene, ¿cómo os llamáis?
–María de las Mercedes, cabrera, a su disposición –respondió de nuevo al asomarse, sintiéndose algo más animada dadas las circunstancias (esto es: seguía con vida).
–Ā’isha –dijo la morena–, primero, navegante en busca del oro español que guardan los mares; segundo, criminal desposeída de toda nave, y, tercero, en deuda con vos –finalizó con renuencia.
–¿Por qué nos liberades, vuesaced? –quiso saber María de las Mercedes.
–Porque –comenzó la recién apodada Irene–, ¿qué sentido tiene una norma si no podemos quebrantarla?
–Habrá sido la fortuna que fueran ambas, las vuestras y las nuestras, las que había que romper –dijo Ā’isha, recelosa, en una afirmación que por el tono tenía el eco de una pregunta.
–No busco nada de vosotras –respondió la súcubo, extrañada.
–Nadie ayuda a otro a cambio de nada –aseveró Ā’isha.
–Yo ayudo a cambio de nada –le aseguró la cristiana.
–A base de fuerza, dinero y poder se mueve el mundo –insistía la mora.
–Seguro que tu entendimiento –siguió María de las Mercedes dirigiéndose a la viajera interdimensional con una sonrisa– está ya bien alumbrado por tales cuestiones y tales conclusiones y aquí te ves. Por cierto, ¿quién o qué eres?
–Una peregrina procedente de otra realidad.
–¿Y si vienes de otra realidad, cómo has llegado hasta aquí?
–Ese anciano trató de crear un portal dimensional, intentaba hacerlo a propósito, pero, como sucede con estas cosas, el portal se abrió por un aparente accidente –María de las Mercedes se río, encantada.
–¿El anciano que burlar te quería –curioseó Ā’isha– antes de que te negaras y pasaras a ser una hija de mil perras? Si es así, no te sientas sola, a todas nos pasa, beldades o vulgares, el desprecio y el cortejo y el desprecio.
–Ya lo escribió sor Juana Inés hace bien poco, ni la ingrata ni la fácil son de arrimarse el hombre. Y la mujer, desconocida –convino María de las Mercedes, con una ironía cándida.
–¿Conoces el arte de la lectura? –curioseó Ā’isha, impresionada.
–Conózcola y en buen relación la guardo, ¿y tú?
–Yo en varios idiomas soy de leer –dijo, muy orgullosa–. Es bueno para el negocio.
Dejaron unos segundos de silencio contemplando el sol sobre el horizonte. Después María de las Mercedes interrogó a la viajera, llena de curiosidad:
–¿Sabes si en alguna realidad existe una guerra entre el Bien y el Mal?
–No me suena –dijo Irene convencida–, ¿con mayúsculas? –quiso asegurarse–. Yo diría que no. Es decir, hay una batalla de influencias, por decirlo así, pero el Bien y el Mal nos quedan ya un poco lejos.
–¿Y sabes si en este universo nuestro existe Allah? –interrogó Ā’isha, con un leve tono de desconfianza.
–¿Me vais a querer matar si os digo que no? –se defendió Irene.
Ā’isha suspiró aliviada y María de las Mercedes soltó una carcajada.
–Ya decía yo que era raro que toda persona fuera nacida en el país de los dioses correctos y las leyes correctas –murmuró la mora, suspicaz–. La pérdida no es terrible cuando el destino que este mundo nos depara es la persecución y la muerte. ¿Y hay tesoros?
–¿Qué? –Irene se tropezó con su propia incomprensión.
–De donde vienes, ¿hay tesoros?
–Tesoros para la mente, supongo –dijo ella con vaguedad–. No lo entendéis… Nada de lo que pudierais sentir sería comprensible a vuestros ojos, vuestro cuerpo de carne sería transformado, vuestra mente…
–¿Cuántas normas estás dispuesta a desobedecer? –inquirió María de las Mercedes con una sonrisa radiante.