I don't know many things, but I know this: no matter if it’s intentional or not, if someone hurts you, they say they’re sorry, but they don’t want to make reparations; that’s just manipulation and not an apology. That's why there are four elements in a genuine apology.

sábado, 1 de agosto de 2015

Trabajo de campo

Trabajo de campo:

            Como cualquier profesión con un mínimo de especialización que se precie los ingenieros de cronologías teníamos nuestra propia jerga. En el interior de este sistema una palabra tan cotidiana como “reloj” denotaba un transportador, es decir, una máquina para viajar en el tiempo. Los antropólogos que nos acompañaban solían usar nuestro mismo código tras pasar un par de meses de viaje con nosotros, así palabras como “despertador”, “continuo” o “flujo” adquirían también para ellos un nuevo significado.
Ése era, por ejemplo, el caso de mi compañera Rose: era antropóloga, habíamos tenido varias sesiones de entrenamiento juntos y usaba de nuestra colección de términos útiles como quien se pone unas zapatillas de andar por casa. Era muy buena en su trabajo, aunque algo… problemática.
Curiosamente y por una vez las complicaciones que nos encontraron en su camino habían sido bastante aleatorias, aunque entrasen dentro del margen de error del cero coma uno por ciento que nadie jamás se molestaba en considerar –y menos nosotros–.
Básicamente lo que había ocurrido era que la máquina había sufrido unos leves desajustes que nos habían desviado de nuestra ruta, enviándonos a la primera década del siglo XXI en lugar de a principios del siglo XX y teníamos que reparar unas cuantas piezas que resultaron dañadas cuando sobrevino el error que provocó nuestro receso.
Así que sabiendo que no podíamos hacer mucho más que estar atrapados, buscar un refugio y reparar el dispositivo, nos tomamos unas vacaciones e hicimos cierta vida social. Y esa vida social nos llevó una noche a una discoteca.
Rose había conocido a una chica un tanto extraña y en un momento dado nos quedamos solos ella y yo.
–No te preocupes, que ahora vendrá un amigo mío, ya no estarás solo –me dijo la chica para mi sorpresa.
–¿Qué? Perdona, creo que no te he entendido bien… ¿solo?
–Sí, ahora tendrás compañía masculina.
–¿Acaso preciso de compañía masculina para no sentirme solo? –era una conversación como un laberinto, apenas entendía nada–. Porque esa afirmación sí que puede provocar un profundo sentimiento de soledad –Rose me lo había advertido “son sexistas, tío, las mujeres creen que deben luchar contra los hombres y los hombres creen que no entienden a las mujeres… ¿será verdad? ¡Dime que no es interesante!”. Bueno, vale, era interesante como concepto, pero agotador como realidad. Además tenía que ser particularmente extenuante tener que comportarse de una determinada manera sólo por el hecho de ser un hombre o una mujer. Rose y yo sólo veíamos personas. Y en cualquier caso nosotros nos disponíamos a estudiar el racismo a principios del siglo XX. Yo no sabía mucho de esos dos siglos… lo básico, pero no había estudiado en profundidad los comportamientos sociales a través de los años, qué duda cabía. Aunque me pregunto qué hubiera pasado si una persona blanca hubiese estado rodeado de mucha gente negra o viceversa… ¿ese tal se sentiría solo? Supongo que el racismo y el sexismo no eran muy distintos en esencia, aunque el estudio sincrónico y diacrónico de tales fenómenos exigía de cierta especialización, evidentemente. Por lo que yo podía saber los acontecimientos que habían seguido al sexismo y al racismo eran distintos en su forma, aunque el contenido… Espera, creo que estaba en medio de una conversación que no acaba de captar mi interés. Lo de romper los tiempos de narración es una pequeña broma del gremio por cierto. De un modo u otro retomé la conversación mucho más rápidamente de lo que podría parecerle a quien tuviera acceso a mi discurso mental–. Perdóname, sólo intento cerciorarme: yo necesito a alguien que sea de mi sexo para sentirme cómodo, ¿no es así? –ésa era la dirección de la conversación.
–No es solo que… yo soy una chica.
–Me lo tomaré como un sí, muchas gra… ¡Pero qué cojones! –de repente vi a Rose zurrando a dos tipos, correr hacía mi, coger mi brazo y largarse conmigo a cuestas.
–Espero que fuera en defensa propia –la amonesté una vez que pusimos un par de manzanas de por medio entre nosotros y el local. Apenas acertaba a hablar mientras mis pulmones querían escapar de mi cuerpo a toda costa, llevados aún por la inercia.
–Tío, ya sabes que no quiero que me echen de clase –me respondió Rose tratando también de recuperar el aliento.
–¿Se puede saber qué ha pasado? –interrogué observando la culpabilidad que vagaba insegura en sus ojos.
–Ha sido culpa mía… estaban hablando de cómo se follaban a sus novias y voy y les digo “pues a mí me gusta tal y tal postura, que a cuatro patas mola y que con el tío encima y las piernas muy abiertas también da gustirrinín, y que es muy agradable hacer una buena mamada cuando estoy con un tío, aunque los tíos siempre dicen que ellos hacen mejores mamadas y la verdad es que si alguien me lo tiene que comer, yo también prefiero que sea una chica…” y cosas así y se ha liado, y no sé… yo sé que en esta época hay chicas que hablaban… que hablan de eso y no pasaba nada (perdona con los tiempos), ha sido un poco confuso. Mira, al principio guay, ¿vale?, porque me preguntaban cosas y tal, y yo les decía esto o lo otro, además me di cuenta de que la había cagado, ¿vale?, porque estamos a principios del siglo XXI y hay gente como muy rara… Ya sabes que en países tan remotos entre sí como Suecia o Sudáfrica hubo ese fenómeno de las violaciones a mujeres y todo eso, y que en otros había mucha violencia de pareja como en los Estados Unidos de América o España, ¿aunque te acuerdas de que en Europa apenas se estudiaban los casos en los que un hombre era el agredido?
–¿Qué demonios es España? –le respondí riendo, a fin de cuentas era ingeniero, no historiador. Pero para ser estrictos sí que tenía vagas nociones al respecto.
–Da lo mismo… Pues yo pensaba que esos dos tíos del bar, en fin… Mira, tampoco es que hubieran puesto el grito en el cielo, pero después se pusieron agresivos o… al menos yo he creído que se ponían agresivos y… yo qué sé, tío, me ha entrado el pánico.
–¿No has dicho que ha sido en defensa propia? Que te quitan el carnet y luego es una pasta.
–Sí, pero no calibro nada bien los parámetros de esta época, esta gente es muy rara, me tratan como si fuera… ¿una mujer? ¡Ni si quiera sé lo que significa eso! Y ahórrate aquello de que si me he sacado el título en una tómbola o lo que sea… que ya sé que debería haberlo sabido, y que lo he estudiado y tal... A ver, que la gente es gente y que estudias cosas y tal, pero que luego cada persona es distinta y eso… ¡Una sociedad es algo heterogéneo, coño!
–Que yo no te digo nada, hombre, aquí la crítica con tu labor eres tú.
–Bueno… tienes razón. Total, que uno de ellos va y me agarra el brazo con fuerza y, claro, me ha salido esa llave que… ¿que giras el brazo que te han agarrado en un círculo, abres su defensa y le metes al muy pringao en toa la jeta? Pues ésa. Joder, es que algo así me sale solo. Y qué mal rollo, por cierto.
–Espero que parte del material te sea útil a la hora de darle cierto enfoque a tu ensayo.
Supongo que debíamos haberlo sabido aunque nunca hubiéramos viajado a periodos anteriores al siglo XXIV. Supongo que debíamos haber utilizado nuestros conocimientos para actuar acorde a los tiempos en los que nos hallábamos atareados y al menos emular ciertos comportamientos, no obstante –y pese a los objetivos comunes en cualquier cursillo de formación– la teoría en muchas ocasiones está fragmentada en medio de un espacio abstracto y no solemos darnos cuenta de las consecuencias prácticas que de esa red conceptual pueden emanar. Sin duda había sido un error de principiante. En otras palabras: pasar por alto aspectos fundamentales de una cultura que para los individuos que la conformaban resultaban tan obvios, era un grave síntoma de desidia. Además, no podríamos estudiar el fenómeno deseado –véase, el racismo de principios del siglo XX– si insistíamos en un procedimiento tan torpe, por algo teníamos protocolos y un cierto código deontológico. Tal vez era hora de empezar a tomárselo un poco en serio.
–Tenemos que imprimirle un poco de profesionalidad a esta investigación –dijo ella.
–Me has leído el pensamiento.
–Lo sé, eres muy facilón y utilizas demasiados polisílabos.
Pero yo había movido mis labios pronunciando aquella misma frase y ella se estaba riendo. Sí, nos conocíamos bien… El trabajo en sí quizás podía resultar desde peligroso y excesivamente emocionante hasta tedioso en ocasiones, pero había que reconocer que las condiciones laborales eran muy buenas.
–Es que… pones caras mientras piensas –insistió ella–, es divertido –continuó asintiendo con vehemencia–. Aunque a veces piensas muchas cosas muy rápido y no hay manera.
–Ya… yo también me pierdo un poco, es algo desconcertante, y aunque llego a conclusiones medio decentes, no sé… luego no me acuerdo de algunos pasos intermedios a no ser que tome nota con rapidez.
–Yo me lo ahorro –soltó ella alegre–, mi intuición piensa mucho más rápido que yo, así que le dejo a ella, aunque no te tomes lo que ha pasado como una muestra de lo que acabo de decir –se apresuró ella a puntualizar–. Por el lado bueno, si algo sale mal, corro muy rápido.
–Rose, esto… la misión opera con cierta progresión, ¿verdad? –curioseé con cierta preocupación, más que por los acontecimientos, por los resultados de nuestra labor profesional.
–¡Sí! –aseveró feliz– Es decir, no lo sé… ni siquiera hemos acertado con las coordenadas espacio-temporales… claro que en realidad ha sido un fallo mecánico del trasto ese, pero… ¡Sí! –sonreía.
–Yo también me lo estoy pasando bien.
–Y aprendemos cosas –señaló ella–. Pero que conste que cuando se ha liado antes en el bar y eso, que no estábamos trabajando, ¿qué te dije? –me interrogó en una pose aleccionadora.
–¿Vamos a descansar, tronco?
–¡Exacto! Así que esto de los maromos y las refriegas nocturnas es, técnicamente, extraoficial, hala.
–Sí, bueno, esto… vamos a… tenemos que buscar las piezas para reparar el reloj –era una forma poco sofisticada de cambiar de tema, pero a veces sobre uno de los dos recaía la obligación de centrar a dos cabezas que solían irse por las ramas con facilidad.
–¡Marchando! ¡A la carga! ¡Bombardeemos el mundo con ideas mientras buscamos un destornillador! ¡Ideas! –se puso a cantar de repente:– Dale caña a las ideeeeaas… flipa que no veeeeaas… Es de una canción que he inventado.
–¿Y tú fuiste la mejor de tu promoción? Muy grande.
–Ajá, pero sólo porque a los dos primeros les atropellaron cuando iban a por el diploma. Casi es como un premio de consolación… pero, no te creas, ser la tercera implica que hay un montón de pringaos que querrían ser tú.
–¿Le das importancia a cosas así? –quise saber riéndome, porque no lo creía probable.
–No… Pero ellos sí –no pude evitar reírme.
–Oye, si no nos matan, te invito a algo de vuelta, en la cafetería del curro tienen buen café pese a lo que uno podría pensar.
–¿Tío, lo has probado?
–Me enfrento a la muerte a menudo, un café no va a detenerme a no ser que sea uno de esos cafés mutantes de Pléyade 6 que hacen la digestión por ti.
–¡Venga ya, eso de la cafetería no es un café! –fuimos diciendo mientras nos montábamos en un coche que acababa de… bueno, de robar, que a esta altura no voy a moverme yo entre eufemismos.
En serio, yo creo que tenía un código deontológico por alguna parte…
–Te lo has dejado en los otros pantalones –me informó ella rompiendo mi discurso mental.
–No, lo tengo aquí, apuntado en esta mano, mira.
–¡Eso es la lista de la compra!
–¡Pensé que no lo notarías! –me excusé.
–Te leo la mente, ¡no me sorprendes! Jajaja.
–Ríete, loca, “jajaja” no es más que la terrible onomatopeya de una risa.
–Bueno, vale –, nos quedamos en silencio durante un segundo, nos miramos y rompimos en carcajadas. Normalmente no aguantábamos tanto tiempo seguido diciendo absurdos con naturalidad. ¿Estábamos mejorando?
En fin, un trabajo duro.

viernes, 31 de julio de 2015

Hacer una tortilla



Hacer una tortilla:

            Cogió los huevos, los examinó atentamente en busca de posibles grietas en su superficie, cerciorándose de su buen estado. Uno por uno los fue cascando: un golpe sordo contra el filo del plato y lanzaba ambas partes de la cáscara a la papelera tras asegurarse de que toda la clara había caído. Entonces, como si no hubiera pensado nada en ningún momento, se transformaba en los movimientos que vibraban entre el silencio de la música procedente de sus cascos. Asentía con la cabeza, siguiendo el ritmo y aprobando los primeros pasos que comenzaba a dar.
Se puso a batir los huevos, sin embargo el plato era demasiado pequeño, así que tenía que estar siempre alerta para hacer el giro de muñeca más perfecto posible: la potencia y el trazo debían ser decididos, pero contenidos y delicados a la vez para no derramar esa clara que comenzaba a mezclarse con la yema. Al acabar el líquido anaranjado parecía cubierto por una pátina de azúcar o cristal, brillante, y ante el sol presentaba un color que sólo hacía que quisiera continuar, y es que el proceso mismo de cocinar se estaba haciendo mundo. Le echó una cucharada de sal muy contento.
Peló las patatas como su madre le había enseñado, aunque por aquel entonces quien cocinaba había desaparecido por completo. Tras quitarles la piel con atención y cuidado, comenzó a cortarlas en medias rodajas; quizás se tardaba un poco más, pero la tortilla lo agradecería.
Llenó la sartén de aceite, nunca había hecho una en una vitrocerámica, prefería cocinar con gas o fuego si podía elegir, opinaba que la comida sabía siempre mucho mejor. En fin, se las apañaría. Aproximó las manos al aceite tras un par de minutos, aún estaba frío, pero seguramente podía ir echando las patatas ya, el aceite tendría que calentarse, ¿no?
Durante unos minutos básicamente estuvo mirando la sartén embobado y pensando por momentos en que su abuela siempre le había dicho que si uno mira el agua hervir, ésta nunca hervía. Aunque en realidad él no estaba mirando nada en concreto, le bastaba con estar allí. Comenzó a extrañarse, apartó la sartén un poco y tocó temerariamente la superficie de la vitrocerámica. Efectivamente no funcionaba.
Soltó una carcajada.
Cambió la sartén de placa y reinició el proceso. El aceite comenzó a bullir. Añadió otro poco de sal.
Les iba dando vueltas a las patatas –le encantaba darle vueltas a la comida en su cocción y le parecía que la palabra cocción no era tan fácil de introducir en un discurso–, sin embargo algo en ellas se le escapaba… Siguió repitiendo los movimientos, las levantó y se dio cuenta sorprendido de que se estaban quemando.
Pese a todo pensaba que aún podía salvar esa tortilla.
Con mucha calma les dio la vuelta a las que estaban más doradas por un lado que por el otro y las escurrió más tarde con la ayuda de un colador. A falta de un recipiente mejor cogió una olla y en su interior quedó mezclado el huevo con las patatas. Tenía que reposar una media hora.
Olía bien.
Una amiga suya le ofreció fumarse un porro fuera de la cocina.
Ella había estado cocinando pimientos rellenos, pero debía esperar a que la tortilla estuviese lista para freír antes de meter su propio plato en el horno. Después, tal vez por haber vivido en Barcelona unos años o por ser ella italiana, haría pantumacapara acompañar. Esta amiga había estado calentando la carne, cortando el queso y lavando los pimientos. Después les añadió hierbas y especias varias y no tuvo más remedio que esperar. Y fruto de esa espera estaban decidiendo si ir a fumar en ese preciso momento.
Él miró el porro.
Pensaba que no era lo más conveniente, pero aceptó, las consecuencias no podían resultar en tragedia tampoco.
Media hora más tarde volvió a la cocina luchando por guardar el equilibrio y concentrarse al máximo para tener al menos la mitad de la agilidad mental de un koala, lo cual supondría un notable incremento de su capacidad habida cuenta de la situación actual.
Cuando estaba fumado se relajaba, es decir, se relajaba más de lo habitual. Pero en algún momento el cuerpo pedía el pago correspondiente y entonces sentía ansiedad y a veces simple miedo. No siempre tenía objeto, a veces sólo lo sentía atenazándole el estómago, constriñendo sus músculos, atrapando su mente en un círculo bastante patoso. Fumar porros tenía el molesto inconveniente de hacerle pensar que era un ente separado, era un poco absurdo. Tendría que vencer y atravesar un velo de pereza para volver a ser el aceite hirviendo y las patatas pelándose.
En cualquier caso, y estupefacientes aparte, a la media hora las patatas parecían haberse llenado de huevo.
La sartén recibió la tortilla mientras él, espátula en mano, iba dejándose ser entre los bordes de la mezcla, impidiendo que la base se quemara, inconsciente del límite que podría haber entre su piel y el huevo adquiriendo un tono esponjoso. Dejó que la parte de abajo se dorara ligeramente y se preparó.
No podía fallar.
Ahora tenía que superar su estado atrapado en una nube de pensamientos anegada por el tetrahidrocannabinol, ir más allá de su mermada coordinación, sentir a la tortilla misma en la sartén.
Cogió el mango, agitó la tortilla para ajustar el peso y hacerse una idea de los posibles movimientos que pudieran, eventualmente, producirse fuera de sus pretensiones.
Con la otra mano tomó un plato llano –el mismo que usara para dejar las rodajas de patatas antes de freírlas– y lo sopesó igualmente.
La comida, como todo, era sagrada y él estaba haciendo arte para sus amigos. Debía esforzarse. No es que hubiera nada a lo que rendir cuentas, no es que pudiera sentirse mal si la comida a medio hacer, por ejemplo, se escabullía entre el plato y la sartén y daba contra el suelo dejando una mancha pegajosa y pedazos de patatas que se perderían –por desgracia– en la papelera. No es que se debiera nada a sí mismo tampoco, no había grilletes ni contratos, estaba cocinando poniéndole amor a la cocina. Era la misma razón por la cual hacía lo que hacía, simplemente.
Era exactamente lo mismo que su amiga feliz había hecho con los pimientos rellenos, ni más ni menos. Por supuesto que era algo increíble y de lo más digno de gratitud.
Se concentró dejando que todo se fuera a su imprevisible deseo.
Sus palmas no tenían dedos. Depositó el plato sobre la sartén, cuidando de que encajara bien. Alzó la sartén por el mango y respiró hondo. No podía fallar.
Después los relojes se quedaron mudos y sus manos hicieron el movimiento preciso. No existía el mundo, sólo la tortilla girando sobre un eje imaginario y certero.
Dejó la sartén sobre la vitrocerámica y, con una sonrisa, hizo caer la tortilla del plato para freír la otra mitad.
Dos minutos más tarde era una obra bien dispuesta: inflada y esponjosa, llenando el cuerpo con el olor a aceite, sal y el profundo aroma que todos cuantos hayan devorado –porque no es un plato para comer– una tortilla de patatas conocen: el aroma de las patatas doradas y brillantes y el del huevo jugoso en sacrosanta unión.
–¡Ole mis cojones, y encima hace sol! –dijo, para terminar, el cocinero.

martes, 30 de junio de 2015

Un día extraño


Un día extraño:

La luz del día se ondulaba por la rendija de esa puerta que no cerraba bien. El interior de la tienda estaba lleno de trastos: cuadros, aparatos electrónicos, muñecas de porcelana de aspecto siniestro, viejos monitores, puertos informáticos etiquetados y despiezados, relojes antiguos, cuadros y menaje exótico. La mercancía apenas cabía en las estanterías y él se había perdido. Las motas de polvo se dejaban guiar por una brisa que, por perezosa, parecía irreal. Afuera se escuchaba el ocasional motor de algún coche en el agosto madrileño vacío y lejano. También se oía el trino de unos pájaros que le ataban al mundo por si acaso.
–¿Hay alguien ahí? –preguntó en un tono que sonaba más a una disculpa que a una pregunta.
–Hay alguien aquí –respondió una anciana sonriente–. Y, por lo que veo, joven, te has perdido.
–Sí –la sílaba pronunciada se asomó tras su rubor, él se rascó el brazo, incómodo.
–La salida está justo por donde has venido.
–Tengo que llegar a la calle Luna, ¿sabe hacia dónde debo, esto… ir?
–Si doblas a la izquierda en la segunda calle hacia allí, verás la Gran Vía, no estás lejos de ningún sitio.
–Perdone –agachó la cabeza en un preludio de su marcha.
–¿Estás preparado para tener un día extraño? –dijo la anciana mirándole con un enigma afilado en los labios, jovial y benevolente pese a todo, como si fuese capaz de reunir varios puntos de fuga en un solo gesto.
–¿Qué…? –él vaciló unos instantes sin lograr articular palabra alguna, sin encontrar posibles pensamientos ni elecciones. De alguna manera, sin embargo, decidió irse finalmente. Aunque, más que de una decisión en sentido estricto, se trataba de un acontecimiento impersonal en medio de su cuerpo. Dio un paso sobre el suelo de madera y salió.
Una ráfaga de viento le encontró en su viaje al cruzar el umbral.
La ciudad de Madrid había desaparecido.
En su lugar había un cielo teñido de colores inefables que se caían del sol, una pradera verde y brillante, y una garganta como un tajo grisáceo, cicatrizando en un camino de tierra.
Se volvió, los ojos de un caballo le miraban. El animal agitó las crines con impaciencia. Le estaba esperando a él, supuso. Su mano tomó las riendas, no tuvo tiempo de preguntarse por qué su cuerpo iba por delante de sí mismo.
Montaba a caballo, estaba seguro de que no sabría soportar el trote o el galope, no sabría bascular su cuerpo ni fijarse a la silla adecuadamente porque nunca jamás había cabalgado, pero en esos momentos, sencillamente, una consideración como ésa no era más que un minúsculo grano de duda en medio de un universo de profunda incomprensión.
Se internó en el cañón pedregoso al paso, preguntándose por todas esas cuestiones que, por imposibles, no querían presentarse. Bastante extrañado, se dio cuenta de que no tenía miedo. Quizás para tener miedo había que tener también una certeza, algo fijo que pudiera zozobrar y caer, el antónimo que abriese un campo de sensación en el que él pudiera sentirse y encontrarse. Le daba la impresión de que había que apropiarse de algo de lo que el temor pudiera a su vez apoderarse o que al menos pudiera amenazar. Le daba la impresión de que sin seguridad tampoco había miedo. Y él no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, hasta el punto de que no tenía asidero mínimo al cual acogerse, no tenía lugar alguno desde el cual posicionarse para comprender todo aquello –abrumador– que estaba pasando.
Curiosamente se sentía bastante bien, abandonado incluso de sí mismo, pero bastante bien. A fin de cuentas, no tenía nada. Y por más consciente que fuera de que hacía unos escasos minutos sí había tenido algo desde el día de su nacimiento, no suponía ninguna diferencia. Ahora no. No allí.
Las paredes del cañón se alzaban a ambos lados de su caminar junto a ellas. Tras unos minutos llegó a un punto de inflexión: un abismo.
Un gran abismo y el sendero anhelando su viaje a lo lejos, al otro lado del acantilado.
Abajo distinguía agua y olas, al frente, lo que podía describirse como una columna natural y gigantesca sobre el suave batir de un océano en calma.
Veía dos torres ante él, al otro lado del precipicio, descomunales y obviamente no concebidas por la mente humana: describían formas imprecisas, casi cambiantes si uno no fijaba la mirada en ellas como si las intentara anclar a las palabras, y su construcción parecía imposible atendiendo a la física que conocían los hombres.
Respiró hondo sobre su montura, acarició el cuello del zaino e hinchó los carrillos pensando qué podía hacer. Suponía que nada lógico.
Nada lógico o volver por donde había venido.
Plegado sobre el cuero en su silla de montar había un morral. En su interior, una flauta travesera. Simplemente la cogió. Sabía tocarla, aprendió hacía años. Sabía que debía tocar, sentía el aire arremolinándose en el interior de sus pulmones, aguardando. Pero no sabía qué tocar y le resultaba ridículo pensar en el para qué. Aún así se atrevió, porque lo cierto es que no creía que hacer otra cosa fuese a tener ni más ni menos sentido que tocar. Y pensar que algo podía resultar ridículo en aquellos parajes era lo realmente ridículo. Al parecer allí las cosas se limitaban a ser.
No pudo evitar reírse.
Y tocar.
Sopló: una nota se sostenía, colgándose de la melodía en su ocaso, mientras nacía otra que se solapaba y trepaba por ella con firmeza o descendía con suavidad antes de que la anterior se disipara del todo. La música era serena y vital, haciendo tirabuzones de sonidos, coros, fugas y líneas que se dispersaban en un camino sin destino hasta apagarse una tras otra. Estaba solo con la música, la naturaleza y el sol.
Un monstruo nació de las profundidades de las aguas, enorme, informe, horrendo.
Le miraba. Rugió con un sonido indescriptible y ajeno al mundo que él conocía, pero que hizo temblar los cimientos de éste en el que se hallaba.
Su caballo seguía sobre sus cuatro patas, confiando en el jinete.
Él contempló al monstruo, inmenso como el acantilado mismo. Sentía la parálisis del miedo, la huida haciéndose trizas contra la impotencia, el cuerpo en una tensión incapaz, el corazón gritando y su mente rezando. Dejó estar al temor mientras se transformaba en puro terror, más antiguo que los hombres, reduciendo toda la realidad a un sentimiento que le atrapaba contra sí mismo en su deseo de no ser él quien estaba ahí. Contempló el terror en su viaje a través de su interior. Luego, tras unos minutos de latidos precipitados y respiración entrecortada y a punto de reventar, dejó paso a la serenidad que se inclinaba desde su opuesto. Si ese engendro intentaba algo, él moriría. Era simple. Pero no había hecho nada. Él tampoco había intentado nada aparte de sobrevivirse a sí mismo.
–¿Soy un monstruo? –se extrañó él de pronto. Sentía cada sonido en el cielo, cayendo como lluvia.
Dio una última nota con la flauta y se lo quedó mirando.
Aquella aberración colocó algún miembro de lo que sería su cuerpo en la oquedad que separaba el camino roto por el precipicio. Era un puente o la muerte.
Así que probablemente tenía que seguir por ahí.
Dudó, la idea de la muerte no le gustaba en absoluto, pero una vez más, no creía que el monstruo fuese a esperar para acabar con él. Y creía en el fondo de su corazón que aquella bestia grotesca e impensable era algo íntimamente ligado a él mismo. Esa idea no le molestó, ni siquiera a nivel metafórico.
Y luego pensó que si lo peor que había hecho el bicho ese era ayudarlo, hoy era su día de suerte. Rebuscó en su morral nuevamente, encontró unas flores.
Al cruzar se las dejó como ofrenda al inicio del nuevo camino y se inclinó ante la bestia en una reverencia.
–No sabía que me iban estas cosas, demonio, pero me inclino ante ti. Acepta estas flores como regalo, no tengo mucho más. Compártelas, por favor, con este camino.
Montó y reanudó la marcha, dejando las dos torres que flanqueaban el sendero a su espalda.
Avanzó y escuchó unas campanas. El paisaje que contemplaba era extraño, como si se combara sobre su centro. Veía montañas y el espejo de un lago en medio de una pradera. La isla era enorme, pero no daba la sensación de que pudiera albergar tanto mundo desde fuera. No importaba. Había una iglesia gótica y gris al otro lado del lago. Y las campanas, efectivamente, doblaban ante él.
Una diosa inabarcable para la vista corrió el mundo como si fuera una sábana, y el día y la noche desaparecieron.
Su caballo se encabritó y él intentó calmarlo como pudo. Y pudo: una diosa gigante y antropomórfica casi era un cliché.
Se bajó de su montura.
Ante él había una hoguera.
Y, sin saber muy bien qué hacer, extrajo tinieblas del fuego, guiándolas por ese vacío que era ahora el mundo con tal de no aburrirse.
–Has derrotado al monstruo de las leyendas, mortal –dijo la gigante con una voz que llenaba cada palmo de mundo.
–Hombre… visto así… –se ruborizó, pero esta vez no se rascó el brazo sino que le hizo bastante gracia toda la situación–. Yo sólo quería ir al cine, en serio. El viaje me ha abierto los ojos. Esto… a ver cómo lo digo en plan bien… ¿Necesitáis algo de mí? –hizo un gesto buscando concreción con las manos–. En serio… no sé, ¿tenéis algún requerimiento? No es que me guste ir por ahí haciendo recados, pero ya que estoy aquí…
–Hay una misión para ti, Viajero de mundos.
–¿Puedo liarme un porro primero? Hay cierto estrés bastante miérder en todo este… en toda esta movida –dijo examinando el interior de su morral.
–Debéis recuperar la Vasija del Orden y destruirla.
–Suena muy metal, la verdad –se arrodilló con menos gracia que la última vez–. Voy a sentarme un rato y luego lo vamos viendo.
–¿Llevaréis a cabo vuestra misión?
–Sí… no suelo negarle nada a dioses que miden bastante más que yo.
–Os estaré eternamente agradecida. Aceptad mi regalo.
–¿Regalo…? –ella le tocó.
Él cambió. Para siempre.
Y se dispuso a vivir otra vida.
Todo lo anterior era sólo una sombra al lado de la experiencia pura atravesando su piel, lo que siempre había sido.
Ya había recuperado la Vasija del Orden. Ya la había destruido. Y nada había cambiado.
–Tienes sentido del humor –le dijo a la diosa–. ¡Coño! ¿Soy una diosa gigante? –se dijo a sí mismo–. Vale, soy una diosa gigante que tiene aún menos claro que yo cómo usar el plural mayestático…
–Básicamente –repuso ella.
–Menuda mariconada, me gusta, en fin… –comenzó a liarse el porro–. Al menos soy anti-épico.
–¡Oh, vamos! –se quejó ella riéndose.
–Mi humor absurdo golpea con el infinito, ¿has visto?
Se rieron los dos.
–Desde luego, qué mundo más raro –afirmó satisfecho.