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martes, 14 de octubre de 2014

Entre noches de luna nueva...

Entre noches de luna nueva…:

            Hacía frío, tanto que le daba la sensación de que la nieve casi estaba caliente afuera: el fuego rojo de las brasas que se abrían en el centro de la taberna no la calentaban y las antorchas parecían sólo otorgarle su luz, olvidándose del calor, abandonado en alguna otra realidad. Y ella, Talvikki, sentía algo en el corazón, un dolor con cinchas de cuero que quería cabalgar en su alma. Nunca se había sentido así y las preguntas que no sabía formular se agolpaban frente a su cerveza.
Se sentaba sola, porque aquél con quien quería estar no podía entrar allí. Sabía que si miraba por la ventana vería unos ojos amarillentos atravesando la noche. Y tal vez no fueran los que su imaginación en su juego creaba, lo cierto era que él también se sentía intranquilo. Algo iba a ocurrir y ambos eran capaces de olerlo en el aire, él entre los susurros agitados del bosque y ella en el inquieto ajetreo del pueblo.
Y por supuesto el hecho de que se hubiera puesto precio a la cabeza de su querido licántropo resultaba revelador.
Las puertas de la taberna crujieron al abrirse, una capucha de un marrón que tal vez hubiera sido rojo en tiempos entró, imponente mientras el viento se recogía ante ella. Todos se giraron para verla pasar, también Talvikki.
Bajo aquella capa nevada resonaban unos pasos imperiosos y fuertes que se dirigían al centro de la sala. La figura, que cargaba con un enorme tahalí a la espalda, extendió una mano mostrándoles a todos un papel con el dibujo de un monstruo y una cifra desorbitada.
–Le daré muerte –sentenció la capucha roja con voz de mujer–. Y vosotros diréis que ha sido Punahilkka quien ha puesto fin a la existencia del Carnicero de Lahti –esos ojos azules parecían sonreír mientras a Talvikki se le congelaba el tiempo en los suyos.
Talvikki había oído ese nombre con anterioridad, junto a rumores y leyendas sobre la muerte del temible lobo que amenazó la región de Heinola. Se levantó aterrorizada, escondiendo la mirada bajo su pesar. Pietari la esperaba al otro lado de la barra, tenía una cerveza que cobrar.
–¿Hoy no cenas? –quiso saber un Pietari más extrañado de lo habitual.
–En casa –dijo escueta Talvikki buscando respuestas en la preocupación que se le derramaba por el suelo.

Aunque Talvikki hubiese intentado dormir, la angustia no le habría dejado. Había esperado pacientemente a que el pueblo entero se acostara. Después aguardó un par de horas más, recelosa de los planes del destino, refugiada en sus desvelos. Temía ser una hoguera en la oscuridad, un señuelo, una presa herida dejando un rastro de sangre tras de sí. Así que esperó en su cabaña quitándose los puñales de las horas que se clavaban en su espalda. La noche le pesaba eterna…

Más tarde echó a andar. Ocultaba sus huellas en el bosque bajo el auspicio de la luna menguante, y su silueta se recortaba contra un tenue brillo blanco en la noche. Estaba cansada, pero no había sueño en el cual reposar, no para ella. Debía seguir adelante. Se anticipaba a sí misma como la punta de una flecha de cedro, clavándose en aquella extraña. Y aquel pensamiento le provocaba pavor.
Tenía que encontrar a Ilmarinen, su lobo, pero no podía aullar al viento su nombre pues sería arrastrado lejos, quizás a oídos que no debían escucharlo. No podía dejar que se llevara el aire su deseo de vida dejándola a solas con aquella parca de capucha roja.
De momento nadie la seguía. Los humanos eran ruidosos en el bosque, ninguno sabía caminar como ella, ella no llevaba perros ni trineo, aunque aquella noche avanzar no le era fácil: la oscuridad apenas dejaba espacio para nada más. Los animales salvajes aguardaban al verla pasar, pero el bosque no callaba ante su caminar. Ella no detenía la vida, ni siquiera cuando la flecha atrapaba a su presa. Ella era la misma cacería. Y ahora trataba de que Ilmarinen diera con ella. Él olería su preocupación deslizándose entre los árboles, impregnando la resina y la savia, haciendo crujir la nieve.
En cualquier caso tenía que dar con él antes de que lo hiciera aquella encapuchada, advertirle, ponerle a salvo. Había visto una hoguera en la lejanía, confiaba en que no fuera él, en caso contrario serían las primeras llamas a las que recurría Ilmarinen desde que ella le conocía.

Le vio, humano y desnudo, a través de las ramas cubiertas de nieve, junto al fuego. Talvikki deseaba apagar las llamas de un soplido, deseaba decirle que la oscuridad de las sombras había de ser su refugio.
–No es tu culpa, Talvikki. Recuérdalo: yo he encendido la hoguera –señaló él. La extrañeza se fugó del rostro de la cazadora tan rápido como llegó a él la más contrariada comprensión, Ilmarinen asintió y siguió hablando–. Bienvenida al bosque, Punahilkka –aquel nombre reverberaba sobre sus cuerdas vocales, arqueándose con la tensión de la memoria convirtiéndose en tiempo y con un extraño tañer de melancolía, apenas audible pero presente.
–¿La conoces? –se asombró Talvikki.
–Si la conozco tan bien como creo, habrá venido hasta aquí para matarme.
Punahilkka apareció de entre los árboles, describiendo un círculo con su caminar alrededor de ellos, como una predadora midiendo a su presa.
–No te culpes, Talvikki –le instó la encapuchada a su vez, deteniéndose y mostrando un mandoble que se agitaba ahora entre sus ropas–, como dice Ilmari, le hubiera hallado de un modo u otro, aun sin que se hubiera expuesto. De hecho –siguió mirando ahora a Ilmarinen–, yo te encontré primero.
–¿Es el despecho el que empuña tu acero? –inquirió él.
–¿Crees que albergo motivos ocultos? –interrogó ella con sorna y cierto tono de reproche. Talvikki les miraba alternativamente, imaginando historias por detrás de las palabras.
–¿Es el miedo lo que te acorrala contra tu ira? –insistió él.
–Sólo tú podrías ser tan romántico –se burló ella.
–Tal vez yo esté en un error, pero sólo tú podrías estar tan ciega.
–Eso haría que sintieras una cierta retribución por parte del destino, ¿verdad? ¿Te sentirías cómodo si mi soledad me instigara y mi arrepentimiento me recibiera? –él negó con la cabeza.
–¿Eres feliz, Punahilkka? –le preguntó Ilmarinen, había verdadera preocupación en su voz.
–No importa ser feliz, importa acabar con la pesadilla del recuerdo –repuso la tristeza que se cubría con los retales de otro tiempo en los labios de la encapuchada.
–Siempre temiste incluso las consecuencias de tus decisiones.
Punahilkka comenzó a gruñir y a gemir, revolviéndose y creciendo bajo sus ropas que se rasgaban entre tirones, al tiempo que ella misma palpitaba, odiaba y aullaba, hasta que aquel mandoble se tornó una espada en sus manos. El fuego crepitaba danzando como luz entre sombras. Cuando una mole como un lobo antropomórfico se alzó ante Ilmarinen, éste tan sólo dijo:
–La violencia es el último recurso del que dispone la cobardía, es la hija maldita del miedo.
Contestó el rugido de una bestia.
Y la bestia preparó su hoja y Talvikki tomó el arco que tensaba su corazón. La cazadora tenía el pánico temblando ante sus manos, delante de la punta de la flecha que, insegura, le susurraba al oído vientos de negación. La certera Talvikki sentía un miedo que la atrapaba, apresándola contra el sueño de la noche, un miedo que provenía de un tiempo anterior a los humanos, un miedo que nacía tras la decadencia de la edad de los monstruos. Y se sentía a sí misma lejana, llorando.
No podía concentrarse y era incapaz de disparar. No podía difuminarse en el tiempo del bosque; cada una de sus pulsaciones, familiares como su propia respiración, habían desaparecido, escabulléndose tras la corteza de los árboles.
Ilmarinen, de pie, recibió un espadazo que cercenó su cabeza.
La sangre alimentó la nieve con un baño rojo, en una ofrenda de muerte al invierno de la mano de la más absurda necedad.
Y de la realidad de Talvikki sólo quedó el eco de sus latidos rotos.
Y sus lágrimas de terror se ahogaron en las de tristeza.
Resbalaban aún por sus mejillas cuando su mano rozó el carcaj, cuando la furia guio sus brazos mientras el tiempo se contraía de dolor, cuando la rabia soltó la flecha que impactó en ojo derecho de Punahilkka.
Y aquella bestia aulló, se arrancó la flecha y su ojo, y galopó hacia Talvikki veloz, y sus garras encontraron el tórax de la cazadora que se estaba derrumbando ante su propia ira, contemplándose como un error. La loba la empotró contra el tronco de un árbol, derribándola. La nieve cayó. Y Talvikki sintió el sonido de costillas rotas en su interior, la punzada gélida del hueso quebrado.
A cuatro patas, contra el suelo, la cazadora gemía, intentando alzarse sobre el sufrimiento en vano, mientras se aferraba al daño en su pecho con su mano izquierda y escupía sangre.
Punahilkka tomó distancia y la examinó al tiempo que caminaba a su alrededor. Después recuperó su aspecto de mujer y observó a Talvikki arrodillándose ante el dolor. Sopesaba su mandoble considerando la opción de darle uso.
–Te he hecho un regalo, Talvikki –dijo finalmente esa loba con forma humana y vestimenta desgarrada, clavando su espadón en la tierra–. Deberías estarme agradecida por la claridad que distinguirás en la oscuridad total sin necesidad de linterna alguna –uno de sus ojos era un coágulo de sangre cicatrizando a una velocidad sobrenatural.
–Quieres borrar tu pasado –gruñía Talvikki–, pero el olvido siempre sigue el rastro del tiempo –intentaba levantarse y volvía a caer.
–Y en cierto modo, te doy la razón –le confesó mientras se calentaba las manos junto al fuego–. Cuando llegue la luna llena, ven a buscarme –tomó su arma.
–Eres una estúpida –le aseguró Talvikki logrando erguirse finalmente.
–Te recibiré con esta espada de plata –Punahilkka la envainó en su tahalí, se dio la vuelta y echó a caminar.
–Eres… –Talvikki comenzó a vomitar y su herida empezó a arder lacerante, poco a poco. Y esa piel que sentía desgarrada por el sufrimiento y la impotencia devoró su mundo en una noche.
“Eres una persona triste”.

sábado, 1 de junio de 2013

Descubriendo el rastro

Descubriendo el rastro:

            Ella seguía su rastro, jadeando.
            Había dado en el blanco y la madera de la flecha había atravesado el músculo rojo.
La sangre que manaba fluyendo por el astil de cedro marcaba su ruta.
Los marineros decían que ningún viento era bueno para quien no tenía rumbo. Para ella la caza y el bosque eran, no ya su hogar, sino parte de sí misma. Sabía cómo caminar sin hacer un solo ruido, entendía el canto de los pájaros y los secretos que traía el rumor del río.
 Ahora sin embargo corría a toda prisa sobre el musgo de las piedras y la hierba agreste que las primeras nieves dejaban a la vista. Corría sin parar con el arco en ristre y la flecha preparada, quebrando ramas caídas y apartándose las que desde los árboles la hostigaban en su camino.
El reno de astas majestuosas, herido en el muslo, no podía andar lejos. Ni muy deprisa.
Notaba ella cómo el aliento helado quería agotársele: quemándole los pulmones cuando expiraba, congelando su pecho cuando tomaba aire bajo las capas de pieles que la calentaban. Estaba agotada, pero ya lo veía. Y sabía que su presa iba a derrumbarse, lo leía en cada uno de sus movimientos, en la longitud del dibujo de sus ligamentos acortándose, en el vaho cada vez más pesado, en sus bramidos sentenciados.
Torció el animal a la izquierda de repente, y tropezó.
Ella no dudó. Se detuvo en seco y adoptó la postura precisa. Su mano derecha fue hacia atrás guiada por el más puro instinto, tensando la cuerda. Su mano izquierda deslizó el arco ante sus ojos. Apuntó conteniendo el aire.
Los segundos se dilataron alrededor de su concentración.
Y el momento justo llegó hasta ella de la mano del tiempo.
Soltó el aire y la flecha que, cabalgando el viento, trajo consigo el sonido del impacto.
La sangre no se contuvo, precipitándose contra el suelo.
El reno se debatía aferrado a la vida, si bien sus patas no podían sostener el peso de su orgullo. Cayeron primero sus cuartos traseros y, postrado, sus pezuñas delanteras se unieron a su suerte.
El último mugido era un estertor largo que aún trataba de desafiarlo todo, que sólo cedería ante el fin de toda posibilidad, que iba arrancándose de la vida.
Su mano, no obstante, tomó otra flecha del carcaj. Había algo más allí, ocultándose en el límite del rabillo del ojo.

Tenía que huir, tenía que alimentarse, tenía que galopar, tenía que entender. Cuando había suelo de nieve el tacto del frío se sumergía bajo él, distante. La velocidad corría por sus venas siendo la savia de los troncos que brotaban ante sus ojos. El olor de aquel animal amenazado era el único camino, el único mundo. Había no obstante otro aroma, el de una humana tras su caza. Él le había visto primero, el perfume del agotamiento de la humana se transformaba en su propia marcha, en pura energía. Humanos. Humanos queridos de los que conocía el nombre. Él no quería matarles, no quería. Galopar, galopar. La caza. No hay amigos. Ya no hay familia. Su furia, ¿de dónde vino? Ahora el bosque era su calma. Ya nada podía transformarle en el monstruo que jamás volvería a ser. ¿Años? ¿Lustros? Ahora no. Apretar el paso. La carrera sin fin, eterna huella de una caza intemporal, ahora, ahora, su movimiento ardiendo. El rastro de feromonas de miedo eran sus piernas corriendo, y sus piernas corriendo eran el barro y las hojas caídas del bosque que pronto serían esa sepultura de color blanco. Exhalar, inhalar. El sabor de la carne estaba cerca.

La cazadora aguzó la vista con el arco pegado al cuerpo. Hacia el sur había creído distinguir la silueta de… de un lobo que se detuvo entre los árboles, a unos escasos doscientos metros de donde ella estaba. Un imponente lobo de pelaje denso, albo y grisáceo había estado persiguiendo a su misma presa.
–¡Es mío! –gritó apuntándole, contrariada, sabedora de que tenía que decirle adiós a la pieza que otros se cobrarían.
La rigidez que había tomado sus brazos se relajó por una fracción de segundo y es que ante ella había un lobo pero, ¿acaso estaba solo?
No aullaba. Sólo la miraba con unos ojos amarillos.
Bajó el arma. El lobo hizo amago de dar un paso hacia ella y los brazos de la cazadora volvieron a elevarse en una tensión cautelosa. Y sus ojos feroces volvieron a rivalizar con los del antiguo depredador.
El animal no obstante se detuvo y se sentó sobre sus cuartos traseros.
Se mantuvieron en una mirada sin dueño durante varios minutos. Era extraño: no se medían, porque no había espacio para nada más aparte de la más pura contemplación.
Ella, desconcertada, dejó caer sus brazos demasiado cansados y entumecidos como para mantenerse vigilantes, resbalando por sus hombros el peso de la incomprensión. Al final también se sentó, extenuada su alma.
El bosque, que desde el inicio de la persecución había enmudecido, fue despertando tímidamente entre gorjeos y trinos y leves crujidos de nieve en la lejanía que se querían confundir con el viento.
Sin previo aviso el lobo se levantó, trotó adonde estaba el reno y tirándole del pescuezo fue arrastrándolo con dificultad hacia la cazadora que, asombrada, se mantenía inmóvil. Sentía que no debía hacer gesto alguno, temerosa de romper el presente como haría una piedra quebrando el aquietado reflejo de las aguas de un estanque.
El lobo depositó al reno junto a ella jadeando. Y ambos, cazadora y cazador, se dieron tiempo, para encontrar cada uno sus respuestas en el silencio.
–¿Quieres compartirlo? –se aventuró a decir tras unos minutos sentada allí, junto al lobo. El bosque volvió a callar, no estaba acostumbrado a tanto ruido y ella lo sabía. Pero el lobo no desapareció en la bruma del ensueño, seguía allí, a su lado–. Pensaba que no me ibas a dejar nada –aclaró ella sonriendo, como sonríe la gente que se lo está pasando realmente bien en la intimidad–. Para partirlo por la mitad voy a necesitar bastante tiempo. Pero supongo que lo hemos cazado entre los dos… ¿tú qué crees? –el lobo inclinó la cabeza como si hiciese una reverencia–. En un par de horas será de noche. Mañana estaré por aquí, aún se puede cazar, ¿sabes? –dijo desenvainando un puñal y comenzando a desollar al reno –No puedo desperdiciar ni un solo día –el lobo volvió a inclinar la cabeza. Ella se detuvo, muy extrañada y después se echó a reír de repente mientras seguía separando el pelaje del músculo con las manos ensangrentadas.
–¿Cómo te llamas?
El lobo aulló, ululando un sonido particular.
Ella, alarmada, se puso en guardia mirando en todas direcciones pero por increíble que pudiera parecer no había manada para él.
La cazadora se detuvo de pronto observando al extraño cazador, pensando muchas cosas, jugueteando con el puñal entre sus manos como con sus ideas en su mente.
Súbitamente aulló ella una vez, y el lobo dejó escapar un gemido poco optimista.
Repitió el sonido con una suerte de ligeros ajustes, que debieron de resultar insuficientes porque esta vez el lobo volvió a aullar con potencia, como había hecho para contestar a su pregunta.
Hizo ella un último intento y consiguió imitar el aullido del lobo, modulando su voz con la curvatura apropiada, durante el intervalo de tiempo exacto.
El lobo inclinó la cabeza.
–Pues yo me llamo Talvikki. Y sé como tú lo dura que es la vida del cazador. Ya sabes dónde vivo, por si quieres algo –continuó sajando piel diligente–. Si los humanos quieren cazarte, hazte humano, aunque estés desnudo, y así no te matarán. Y yo iré a por ti. Y no te preocupes por mí, ya sé cómo llamarte.
Aullaron juntos su nombre, y ella sonrió, invadida por una paz sin origen.
–Aunque un día me dirás tu otro nombre si lo tienes, ¿verdad? Si… si quieres.
Ella le miraba esperando una respuesta. Él miró al infinito con ojos que susurraban el bosque, también tenía preguntas que hacerse. Pensaba en los pasos dados que le habían sorprendido con las primeras nieves y con un encuentro tan inesperado como predestinado. En definitiva un encuentro que perfectamente podría haberse evitado.
Tras unos segundos de líneas mentales, que por holísticas se deshacían, inclinó la cabeza de nuevo.
–Pero me gusta mucho tu nombre –le aseguró Talvikki para volver a aullar.