Primigenio:
Que lo observado cambia en presencia del observador es un interesante aspecto de la física cuántica conocido como el Efecto del observador. Este principio afecta a objetos cuánticos, aquéllos que se encuentran a escala atómica y subatómica: escalas tan pequeñas que a los seres humanos nos cuesta comprender y cuyas leyes nos resultan contraintuitivas y desafiantes a nivel intelectual.
El objetivo de los profesores de física cuántica es que los estudiantes alcancen un conocimiento de esta área tal, que entiendan tan poco como entienden los primeros, pero a poder ser, que los segundos no entiendan menos.
La pregunta que se hacía el profesor Rufus en aquel momento era la siguiente: si un ser de dimensiones imposibles y ángulos no euclidianos se manifestara, sin saberlo, en nuestro universo, ¿el hecho de que observara el mundo cambiaría la naturaleza o las propiedades de ese mismo mundo?
Últimamente se estaban dando extraños casos de mutaciones en el mundo: cualquier cosa podía verse afectada: desde seres humanos, hasta edificios o ciudades, pasado por flora y fauna, transformando paisajes enteros o dimensiones como el espacio entre el sonido y el silencio, ahora tomado por una especie de estática constante, pero no diferente del silencio.
Algunos seres vivos morían de formas grotescas e impredecibles. Y sin embargo, allí donde en apariencia más cambios se habían originado, ningún instrumento de medición mostraba nada particular: no había más radiación, presión atmosférica, variaciones en los componentes del aire, o el agua. Si se inspeccionan los cadáveres o los edificios tergiversados en espacios más allá de la imaginación, no se encontraba ninguna sustancia ni rastro especial.
A nivel humano, la escala planetaria era, de momento -y, dada la situación, posiblemente para siempre-, la escala máxima que un problema pudiera presentar y eso, debido a una compleja yuxtaposición de elementos, preocupaba al profesor a muchos niveles.
Además, parecía que los problemas iban subiendo en intensidad y, hacía un par de días, habían descubierto que mirar al exterior desde la protección que dan las cuatro paredes de un edificio era suficiente para mutar de forma grotesca y, en muchos casos, morir.
Probablemente no había salvación ni nada tan banal como significado.
Afortunadamente, en su edificio de apartamentos, donde todos se conocían, intentaban darse apoyo mutuamente, ya fuera en forma de comida, medicinas, relatos e historias que contar o brindando apoyo emocional, incluso en un momento como ese.
Los primeros en suicidarse eran esos optimistas que ponían fechas arbitrarias para que ocurriera un gran milagro, toda esa caterva de mal llamados "machos alfa" y ese tipo de personas que no saben procesar sus sentimientos y los reprimen constantemente, es decir, todos aquellos que tenían alguna excusa para no estar en contacto con sus emociones, fuesen éstas cuales fueren.
Y era totalmente comprensible: no parecía haber nada en la realidad misma que fuera a cambiar el curso de los acontecimientos y los únicos que soportaban vivir así eran aquellos que tenían curiosidad o un propósito en la vida.
Ante la situación muchos de éstos se suicidaban también, por supuesto.
Los seres humanos se necesitan unos a otros para sobrevivir y, sin poder salir al exterior, sólo era cuestión de tiempo morir de hambre o por enfermedad, cuando no por terribles mutaciones, de modo que Rufus hizo lo único que sabía hacer para sentirse vivo: aprender.
Rufus, a esas alturas, tenía más curiosidad que miedo, de modo que una noche cogió su telescopio y empezó a observar el cielo. Su aspecto empezó a cambiar y los dientes se le empezaron a caer de las encías mientras le crecía una boca en la cabeza. Aquel proceso resultó ser extremadamente doloroso, pero no incapacitante, de modo que, sopesando cuidadosamente las circunstancias, decidió ir a la azotea con su telescopio.
Encontrar algo llamativo en el cielo fue mucho más fácil de lo que pensaba aquella noche, ya que vio sobre el horizonte nocturno una silueta eclipsando las estrellas y un potente núcleo de luz que se movía de lado a lado, como si alguna criatura extraña y de tamaño cósmico se estuviera acercando al planeta Tierra.
Cogió su telescopio: ese núcleo de luz parecía un agujero blanco y aquel ser se dirigía inequívocamente en su dirección.
Rufus se preguntó si una criatura tan grande podía siquiera percibir los planetas.
“Posiblemente no”, pensó él.
Y no mentiría si hubiera dicho que le habría gustado vivir un poco más para confirmar que, efectivamente, no podía.
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