"I can resist anything except temptation". Oscar Wilde.

domingo, 2 de marzo de 2025

Quien bien te quiere, te hará llorar

 Quien bien te quiere, te hará llorar:

 

El juez se sentó a la mesa, su comida estaba caliente y su mujer, de pie a su lado, lo miraba. Parecía estar debatiéndose en su interior, sopesando si debía o no volver a insistir en el tema o si ya en aquellos momentos era inútil.

Sabe su señoría que me causa dolor cuando intentamos concebir se aventuró ella, llena de dudas.

No son más que minúsculas heridas, Teófila. Y ya sabes que Dios, nuestro señor, en el Génesis dejó por escrito a través de los profetas “creced y multiplicaos” añadió muy serio. Como mi esposa, te debes a esta nuestra tarea conyugal decía mientras golpeaba insistentemente la superficie de la mesa con el dedo índice.

Su señoría me desprecia, ¿qué puedo hacer para que ponga vuestra merced mi sufrimiento en la balanza de su moral?

Sólo hay una balanza, y ésta es la de nuestro Señor todopoderoso señaló él, con gesto adusto.

Teófila intentó no llorar, eran demasiadas noches acumuladas, ya se había prolongado la situación durante casi dos años.

Es un tormento replicó ella, ahogando un sollozo resignado.

No, es mi derecho zanjó él. No obstante y reparando inevitablemente en su pesar, intentó explicarse. Hay una diferencia entre la ley de los hombres y la ley de Dios: los humanos somos falibles y podemos fácilmente caer en el error al considerar lo que es o no pecado o injusticia. Otros pueblos tienen o tuvieron leyes, como los griegos y los romanos, algunas de ellas abominaciones a los ojos de Dios. Nuestra ley no es sino un reflejo de la ley divina. Tu ignorancia es propia de tu sexo Se calmó levemente y, en un tono más comprensivo, añadió. Ten cuidado con lo que de tus palabras se entiende, mujer, que quien mal pensara podría decir que tratas de acusarme del delito de violación, lo cual es imposible bajo el sagrado sacramento del matrimonio el juez se sonrió ante tal absurda idea.

 

La luz del sol iluminaba aquella calle adoquinada y sinuosa.

Candelaria descansaba a la sombra, apoyada en la pared mientras un muchacho tocaba una guitarra desafinada en la desembocadura de la calle a la plaza, sentado en la escalinata de la iglesia.

Cazadora de monstruos bien pudiera ser un título apropiado para ti propuso Lilim, aquella demonio invisible a ojos de los hombres, resonando dentro de la cabeza de Candelaria.

Mmmm… podría discutir esa elección, aunque me seguirán llamando hidalga, creo yo deliberó, mientras se ponía en marcha. Mas un plan requerimos, Lilim, para que al desenlace de esta aventura siga quedando mi cabeza bien puesta sobre estos hombros.

No nos gustaría que tu precioso cuerpo sufriera ningún daño, cada vello erizado cuando tu latido se enciende vale una vida mortal susurró Lilim, sedienta, ansiando la carne de la humana. He aquí mi propuesta: dado que al señor juez una potestad angelical le guarda, le tenderemos una trampa: abriré tu mente, escondiendo las partes de ella que bien nos interesan, y ocultándome yo Candelaria caminaba, se detenía junto a una puerta y tomaba aire. Todo ocurrirá rápidamente. ¿Preparada?

Preparada Candelaria dio unos toques con un ritmo acordado a la puerta y Teófila abrió, su rostro compungido y lleno de preocupación narraba su historia, mientras recibía a la hidalga.

 

¡¿Qué desfachatez es ésta?! vociferó el juez. ¡¿Viene a sentenciarme quien tiene en su haber la misma hazaña de la que a mí me acusa como si fuese delito?!

Una criatura emergió del juez, opacándolo todo con su luz divina.

¡HE AQUÍ TU VEREDICTO, CONDENA Y TORMENTO! dijo el ángel.

Las potestades eran sencillas, se decía Lilim, siempre iban directas a la mente. Esperaba que Candelaria estuviera aguantando la primera embestida de irrealidad, a partir de ahí, todo sería llevadero.

 

Candelaria había dejado su cuerpo, rígido y temblando ante aquel ángel, en aquella casa de piedra, mientras su mente vagaba y se encontraba en alguna otra realidad.

Espejos y ojos se cruzaban infinitamente, su reflejo la contemplaba intentando liberarse de las cadenas del infinito que, como eslabones, replicaban cada una de sus acciones de forma asíncrona, tal vez un milisegundo más tarde, creando un abanico fuera de compás hecho de sí misma.

Miró a su alrededor y entonces en uno de los planos espejados la vio a ella: con quien había compartido sudor y cuerpo.

Vio cómo ella no quería.

Y se vio a sí misma forzándola con palabras y amenazas pasando por encima del dolor.

Y sintió una punzada en el corazón, atravesando la imagen de quien fue en el pasado, recordando la persona que era cuando no se atrevía a mirarse a los ojos.

Para cambiar nuestro comportamiento, tenemos que cambiar nuestra personalidad, y para cambiar nuestra personalidad, tenemos que cambiar el mundo dijo una voz, la voz de quien fue su víctima.

Candelaria se dio la vuelta y la vio en otro espejo, con una inmensa sonrisa desde el otro lado.

Madame La hidalga hizo una reverencia.

¿Qué tal está Lilim? preguntó aquella dama al notar que la demonio no se encontraba en aquellos lares ¿Y… dónde estamos? quiso saber, interesada.

Lo desconozco admitió la hidalga, posiblemente en el lugar en el que el recuerdo y la imaginación sueñan.

Muy pintoresco.

Creo… comenzó la hidalga, creo que he de pedirte disculpas una vez más.

No es necesario cuando ya está todo hablado le aseguró Madame.

Insisto respondió Candelaria.

Si así lo deseas, entonces no serás la única, pues ahora entiendo que yo misma era el desdén de los cobardes y el delirio del salvador. Había tanto que enderezar, de insultos y castigos preñados de silencio, de dudas empleadas como arma, de lecciones dadas por quien no sabe nada, de buscar valor en el juicio ajeno, escupir el odio por no tener más que miedo y aprender de a poco a ser una nada afilada e hiriente.

Mas nada tiene eso comparación alguna con forzar a otra creatura, las zurras, las burlas, los engaños y humillaciones, o cuando te hacía confesar apetencias inexistentes so pena de un par de golpes, que si Zutana y Mengano te cortejaban… ocultando los celos que me consumían tras las razones que nos hacen juzgar a las personas.

No es necesario que nos arrodillemos mil y una veces por lo mismo. Pensábamos que el buen entender estaba escrito en los libros de los sabios o se encontraba en el espejismo de los justos, y no en el latido de la bondad.

Fue difícil mirarme a los ojos. Fue difícil tener esa conversación dijo la hidalga.

Sin duda, pero como el tiempo posiblemente apremia le recordó Madame, ¿qué menesteres nos ocupan?

Un poderoso juez fuerza a su esposa, que en este punto y ya harta de suplicar por migajas de respeto, anhela paz. ¿Das con alguna estrategia, Madame?

No exactamente se detuvo a pensar unos segundos. Un hombre no puede cambiar si no hay razones para ello, y quien tiene la justicia no está en el error. Mas tengo una propuesta que espero que Lilim pueda llevar a cabo… ¿Le gusta la justicia reparadora en lugar de la retributiva?

En absoluto, mas le gusto yo declaró Candelaria.

Lilim es sin duda tu libertad… Y seguro que la ironía le hace gracia añadió Madame mientras caminaba entre espejos. Lo que vamos a hacer tiene una pizca de crueldad, a falta de un plan más amable para con nuestro juez, pero tal vez sea una segunda oportunidad. Tengamos fe.

La fe salva dijo la hidalga.

 

Candelaria, volviendo de aquel trance, enseguida se llevó a Teófila a otra habitación.

 

Lilim, cubierta de la sangre de aquella potestad celestial destruida, se sonrió al saber del plan.

Y se apareció ante el juez, dando una vuelta lenta alrededor de él, midiéndole con la mirada mientras las membranas de sus alas dejaban pasar algo de los rayos de sol que hacían danzar a las motas de polvo.

De repente aquel cuartucho parecía pequeño y los lujos y ornamentos, poco más que el fondo de una naturaleza muerta sobre lienzo.

Señoría, entiendo que usted no piensa que una violación se pueda producir en el seno del matrimonio, ¿he sido bien informada? al verla el hombre se echó a temblar y no pudo más que quedarse en el sitio, sin que su cuerpo reaccionara más allá del estremecimiento.

No… no soy un monstruo se defendió él, aterrado, murmurando y abrazándose a algún libro de leyes.

Oh, por supuesto que no, en eso estamos de acuerdo convino Lilim. Para usted la justicia está en quién hace qué, y no en qué se hace, un pensamiento propio de quien es tan débil que necesita una jerarquía y una correa Lilim se lamió la sangre del brazo. ¿Sabe?, tengo una teoría: si queremos saber cómo es una persona, hay que examinar cómo actúa dicha persona en su momento de mayor poder sobre otra a la que no entienda como a un igual.

El juez quiso decir algo, pero estaba tan atemorizado que no se atrevió.

Su señoría no es un monstruo, sólo es un hombre con poder. Y piensa que la justicia puede pasar por encima de las vidas de los hombres. Y hay que ver a qué tonterías le dedican algunos su tiempo dijo la demonio, algo hastiada. Hay gente que, mire a donde mire, sólo ve dogma en las ideas. No obstante, señoría, tengo un regalo para vuestra merced sonrió Lilim.

 

Ya puedes pasar susurró Lilim divertida, sólo visible a Candelaria. ¡Ta-dá!

La hidalga abrió la puerta y entró en la habitación contigua con Teófila y vieron ambas a otra mujer, vestida como el juez y extrañamente parecida a él, sólo que en una versión femenina.

¿Paco? se aventuró Teófila, insegura y perpleja.

He visto un demonio murmulló el juez, ¡me ha convertido en mujer!

Creo que voy a tener que pedirte que te vayas de esta casa, que ya no es tuya. No puedes seguir forzándome más él comenzó a sollozar. Te daré dinero y me encargaré de que tengas un trabajo para vivir, mas debes irte y no verme nunca más.

Pero yo te quiero imploró él.

Lo sé y Teófila lo sabía, lamentándose con cada fibra de su ser. Pero me quieres mal.

 

¿Qué te gusta de Madame? quiso saber Lilim, mientras dejaban atrás aquella casa y aquella tarde al atardecer. ¿Su anatomía?

Es llamativa asintió la hidalga, pero hay muchas otras cosas que me gustan de ella.

No la entiendo, Candela. Si alguien te fuerza, destrúyelo.

Ella me perdonó, ¿es eso lo que no entiendes de ella?

¿No teme que la engañen?

Sí, seguramente sí.

Las personas no cambian.

¿Qué ves en mi corazón Lilim? ¿Qué crees que ve ella? A veces, sólo a veces, la gente cambia, aunque tenga que cambiar también el mundo entero.


Quien bien te quiere, te hará llorar © 2025 by Marta Roussel Perla is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

miércoles, 5 de febrero de 2025

Para Katia

 Para Katia:

 

Recuerdas a una persona que aún no conoces,

con el espíritu en calma

quieres comprender,

ver lo importante a través de sus ojos.

Sientes su corazón en tus latidos,

lees su cuerpo, escrito en vibraciones

con las yemas de tus dedos,

aprendes quién es y quién fue,

descubres sus sueños,

respiras su libertad,

y el mundo entero se detiene en su abrazo,

rompes los grilletes de las palabras y el tiempo,

te das de bruces contra sus traumas,

abres heridas y a veces sanas cicatrices,

amas, en definitiva, a otro ser humano.

 

Al carnaval de la vida

vinimos con nuestro propio rostro,

mientras la música adornaba

los segundos que se iban amontonando ante

la ceniza transformándose en ascua,

el ascua prendiéndose en llama,

y el fuego alzando el vuelo

desafiando al destino,

deshaciendo las ataduras

con un grito de batalla,

que se aquieta y se templa,

al fundirse en la sensación

de que volver a casa cabe en sus brazos.


Para Katia © 2024 by Marta Roussel Perla is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

viernes, 1 de noviembre de 2024

La pastilla

 La pastilla:

 

Recuerdo cuando tomé conciencia de que soy un escritor mediocre, recuerdo cuando me di cuenta de por qué, de qué fallaba en mi prosa, qué hacía que lo que escribía siempre estuviera despojado de la chispa de genialidad de quienes construyen mundos y personajes y dilemas capaces de tocarnos el corazón. Yo no sé dar vida a esos momentos que atraviesan el umbral que existe entre la ficción y la memoria, y que se quedan con nosotros al cerrar el libro, acompañándonos ya para siempre con el aroma de los libros viejos.

Estaba entre estas cuatro paredes de dos por dos.

Recuerdo cuando me di cuenta de que lo peor de perder un amigo por alguna clase de disputa no es la tristeza perforando el pecho ni el llanto contenido, sino el inmenso vacío que queda cuando al fin llegamos a la conclusión de que, quien se ha marchado o a quien hemos dejado, nunca va a volver. Que las bromas, los momentos juntos, los desafíos que hemos pasado junto a esa persona ya no son una experiencia activamente compartida, reconstruyéndose con cada nueva experiencia, sino relatos que el tiempo convertirá en hojarasca.

Estaba entre estas cuatro paredes de dos por dos.

Recuerdo el rechazo de las mujeres, hiriente, dándole forma a los personajes que he creado, siempre deseables, pero siempre un poco detestables, albergando expectativas que parecen sacadas de cualquier novela romántica de baratillo que algún perdedor convertirá en película. Afortunadamente, un hombre como yo puede ver con rapidez que esas mujeres, en realidad, no merecen la pena, y que estoy mejor sin cada una de ellas.

Estaba y estoy entre estas cuatro paredes de dos por dos.

Escribo aquí, en este cubículo que parece cerrarse sobre mí.

Recibo una llamada, es mi amigo C.

¿Qué tal andas? pregunta.

Pensando en las tías, que son muy malas, bro.

Ya ves, son un poco zorras, pero, ¿qué quieres que te diga? Están buenas.

Están buenas las tías asiento, ¿tú qué tal?

Nada, te iba a preguntar si te apuntabas a ver el partido.

Claro, tío, allí estaré.

Siempre es agradable tener amigos con los que poder contar.

Miro a mi alrededor.

Hay una pared.

Hay otra pared.

Y otra pared.

Y otra.

Debería haber una puerta por aquí.

¿Dónde está?

A veces siento que me ahogo aquí dentro.

A veces siento que, por más que haga, me ahogo aquí dentro.

Me tomo la pastilla, por si acaso.

¡Mamá! lanzo un grito. ¿Has visto la puerta por aquí?

 

La pastilla © 2024 by Marta Roussel Perla is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

viernes, 1 de marzo de 2024

Las puertas de la vergüenza

Las puertas de la vergüenza:

 

Es difícil expresar, en este contexto, el significado de una puerta que no cierra cuando debe, de una puerta que debería tener una cerradura para la llave que está en tu mano, de una puerta que no encaja ya en su quicio, o de otra que ha sido marcada por quien tiene en su poder todas las respuestas.

Ahí estaba Anna, una niña-araña con nombre humano y demasiado joven contemplando un aspa roja pintada sobre una puerta ante ella.

Sabía lo que quería decir y su madre, al arroparla por las noches la había estado preparando cada noche para esto: huir y buscar refugio.

“Bajo ningún concepto entres en casa, si ves algo así ve a casa de Umma, él te protegerá”.

Pues bien, ésta era la casa de Umma, que como la suya propia también había sido marcada.

Los humanos que aún no le habían dedicado miradas de asco, comenzaban a reparar en ella, suspicaces: llevaba demasiados segundos quieta observando esa puerta. Se puso en movimiento, sin embargo no sabía a dónde ir.

Los humanos reanudaron su ajetreo matinal. Su cerebro le dijo que se tomara unos minutos para llorar, notaba su pecho lleno de dolor y a punto de derrumbarse, esa máscara de serena indiferencia no aguantaría mucho, pero si iba a dejar que el miedo rompiera las grietas del bloqueo emocional, no debía ocurrir en público.

La habían educado para sobreponerse al miedo de las personas de mente estrecha, que embiste a todo cuanto es diferente.

Comenzó a caminar casualmente, sabía que junto al río, cerca del puente de la Basílica de las Estrellas, había una serie de sinuosos callejones poco transitados por gente que solía ocuparse de sus propios asuntos, y a veces del dinero de otros.

¿Se habrían llevado a su madre y a Umma al gueto del norte de la ciudad? ¿Los habrían llevado directamente al campamento de refugiados de Astora? Sabía que nadie volvía de allí. ¿Por qué los humanos habían entrado al barrio de los sastres? Ellos ni siquiera tenían dinero… ¿No era eso lo que buscaban, dinero? ¿Estaría viva su madre? ¿Estaría sufriendo? ¿Estaba ella sola? Quizás era una pregunta estúpida pero la respuesta vino a darle una puñalada de realidad en el corazón. La soledad, la certeza de la soledad, estaba tomando forma y ese rechazo al inhumano que tantas veces había sentido aparecía de nuevo, esta vez inevitable, ubicuo, palpable.

Ella no sabía casi nada de leyes, pero sí sabía que había nuevas leyes que significaban más separación, más violencia y más miedo.

Su vista perdió enfoque, se sentía ajena al mundo, la existencia cubría cada cosa allí a lo lejos…

¿…tás bien? alguien había estado diciendo cosas enfrente de ella.

Miró, un humano en su treintena, ya avanzada, le dirigía una mirada preocupada.

¿Estás bien? repitió él. ¿Te has perdido?

Fue entonces cuando rompió a llorar. Ella no quería, de verdad, pero la tristeza era el caudal de un río destrozando la presa de la supervivencia.

Ella tiritaba, no era frío, sino terror, él la abrazó. Pero Anna había dejado de estar allí de nuevo y tardó largos minutos en volver.

En algún momento se fijó en que la mano de él estaba ante su cara, sosteniendo un trozo de manzana, era para ella, la cogió.

Estaban sentados, mirando a la nada frente a ellos, él a lo concreto, ella a través.

Si una niña puede ser una criminal, sin duda todo está permitido. Se nos habla de una guerra en la que sólo un bando pone muertos y encarcelados bufó él con una sonrisa de incredulidad cínica, recordando la propaganda, después se quedó pensativo un rato, para soltar de pronto. ¿Alguna vez has pensado cuál es el peor insulto?

¿Hijo de puta? se aventuró ella, con la boca llena. Casi aprecía despreocupada.

Es potente, es patriarcal… sopesó él. Pero tal vez traidor sea el peor insulto, porque un traidor es aquél que ha puesto a la venta lo que daba significado a su propia vida.

Eso no se puede hacer dijo Anna.

¿Y eso? quiso saber el hombre.

Si alguien te miente, no quiere decir que seas tonto o que la otra persona sea distinta a lo que fue, espera… no entiendo lo que he dicho… Si alguien te miente… se ha aprovechado de tu… pensó un momento en la palabra adecuada. Tu honestidad. se decidió.

 ¿Te gusta leer?

Sí.

¿Puedes volver a tu casa?

No.

¿Tus padres están vivos?

Mis madres, y no.

¿Tienes a donde ir?

No.

La luz del sol descansaba sobre todas las cosas en aquel atardecer plateado de fines de invierno. Apenas daba calor, pero aun así se sentía como un regalo.

A Anna siempre le había gustado ver las partículas de polvo posándose sobre el escritorio de madera oscura que había al lado de la biblioteca de su casa. Sobre él había una ventana circular y los rayos de sol que se colaban a través eran el lienzo sobre el que se dibujaba el vaivén del espacio en calma.

Recordaba días largos de verano, días de soñar, aburrirse, leer, ver amigos y familia, no hacer nada.

Sus recuerdos zozobraron y se partieron al chocar en el presente.

Y las astillas de la memoria se le incrustaron en todo el cuerpo.

Tenemos que sacarte de aquí dijo él, mientras ella sollozaba de nuevo.

 

Unos minutos más tarde cogieron un tranvía: tenían que alcanzar las murallas de la ciudad y la salida que había sido más segura de cruzar, al menos durante los últimos meses, era la llamada de los mercaderes. Allí los guardias más codiciosos solían pedir un jugoso traslado a fin de custodiar de la forma más diligente posible las puertas, interrogar a los comerciantes, amén de examinar y, en caso de ser necesario, requisar mercancías que razonablemente hayan sido declaradas ilegales. O no hacerlo, por supuesto.

Me llamo Matteo le dijo a Anna cuando se sentaron.

Algunos humanos miraban a la niña-araña con suspicacia. Otros con miedo. Otros abiertamente con asco. Había un denominador común: sin duda, todos coincidían en el hecho de que no conocían a Anna.

Yo soy Anna.

El tranvía se detuvo inesperadamente, en medio de una calle, lejos de cualquier parada.

El conductor, un hombre afable, carraspeó y les invitó a que se bajaran.

No se dijo el por qué, porque lo obvio no hace falta reseñarlo cuando atenta contra las buenas maneras.

Toda esa gente de bien estaba esperando, algunos parecían tener prisa y estar molestos por la escena causada.

Es peligroso que una araña se suba en uno de éstos le sonrió a Anna una señora mayor, con la amabilidad de quien en el fondo está haciendo un favor. Anna la miró con desconfianza, ya conocía la palabra hipocresía.

Anna dijo Matteo mientras la ayudaba a bajarse del vehículo, no hay nada más terrible ni potencialmente cruel que un grupo de gente buena y convencida de que hace lo correcto.

 

Anduvieron durante largos minutos, ya estaban cerca de las murallas de la ciudad, y sin embargo había más oficiales que de costumbre. También los inquisidores habían hecho su aparición.

¡Eh, eh, usted! le gritó alguien a Matteo.

Él se giró, le hablaba un muchacho joven, vestido con esa gabardina negra que llevaban los oficiales. Hubiera aparentado ser una persona sencilla de no ser por el atuendo.

Su expresión de alerta cambió ligeramente, una cierta preocupación difícil de interpretar se abría paso.

Están reuniendo a esas bestias en el barrio de Charna, para evitar mayor degeneración les advirtió, clavando una mirada acerada contra Anna. Vengo con una patrulla miró hacia atrás, unos pasos se aproximaban.

Se dispusieron a correr, pero otros pasos se aproximaban por el otro lado.

A veces la vida es una cuestión de suerte dijo el muchacho, aproximándose a ellos, dispuesto a que la suya fuese buena. Lo siento.

Su patrulla se detuvo al verlos, sopesando la situación, evaluando los acontecimientos con cuidado.

La patrulla que tenían en frente contrastaba con este espíritu analítico: claramente estaban de fiesta y no parecían tener intención de que parara.

Se abrazaban, contaban chistes y se reían, algunos atronadoramente.

Uno de ellos vio a Anna, que trataba de hacerse chiquitita y esconderse tras Matteo. Tenía las patas curvadas hacia dentro, tenía miedo.

Su mirada imploraba paz.

El que la vio se empezó a reír, empezó a desenfundar, la culata apretada, la bala dispuesta.

Matteo, intentó decir algo.

Sólo es una niña… balbució. Seguramente no era inteligente, no era ningún mensaje lleno de astucia diplomática.

Era el oprimido apelando a la veleidosa magnanimidad del opresor.

Pero no había tiempo.

Matteo, tal vez de tener más claridad mental, le hubiese preguntado si creía que matar a una niña pequeña no sería uno de esos errores que cambian el curso de una operación militar, con la convicción que tiene un necio en que cualquier persona tiene a su vez principios o corazón.

Quizás perdió unos segundos vitales en pronunciar su ruego, pero se decidió.

El oficial no se detuvo y apuntó a Anna a la cabeza.

Las manos de Matteo se iluminaron con las llamas de su fuerza.

Era demasiado tarde.

El muchacho que había tratado de advertirles, otro mago, le disparó cerrando el puño una descarga eléctrica en el pecho que lo derribó y lo hizo convulsionar.

Escuchó un tiro.

Un tiro que le robó el sonido al resto del mundo.

Sobre ese estruendo negado fueron emergiendo unas risas de euforia genuina.

Los puñetazos y las patadas se abalanzaron sobre él.

Durante varios minutos.

Cuando se aburrieron también se aseguraron de que no sobreviviera.

No se preocupe, sargento, en seguida se llevarán los cuerpos y no tendrá que ver usted a estas alimañas muertas. Han ensuciado toda la acera.


Las puertas de la vergüenza © 2024 by Marta Roussel Perla is licensed under Attribution-NonCommercial 4.0 International 

miércoles, 31 de enero de 2024

Rape me, my friend

Rape me, my friend:


Cuando tu pareja te viola a veces tienes que fingir el orgasmo, para que acabe rápido.

Un amigo de mi pareja me decía: "SI TE DUELE, TE JODES".

Por supuesto, ni siquiera sabía que me estaban violando como tampoco supe que me estaban maltratando.

Ni siquiera cuando me obligaban a decir que yo era una persona distinta y peor, ni siquiera cuando estaba tirada en el suelo e intentaba cubrirme de las patadas que me daba en el pecho y la espalda.

 Los años de pesadilla ya pasaron y sin embargo hay algo que permanece: "SI TE DUELE, TE JODES".

 

lunes, 15 de mayo de 2023

Othercide

 “Imagination is only intelligence having fun. A healthy mind knows how to switch between worlds, and which one you need to eat and sleep in”.

TERRY PRATCHETT


Othercide:

 

            The worlds were like broken glass, shattered and blurry, but forming a perfect mirror during the night. It was then when sneaking between them was feasible and when heroes hunted down fearsome monsters, beasts and demons, crossing beyond the boundaries of reality.

            The night was the door and magic was the key.

 

            “You shouldn’t be here”, Alma stated, clambering over the battlements with her eight spider legs, adjusting those belts on her leather armour.

Tilman a chubby thirteen years old human child was hugging his knees, downcast, surrounded by papers full of doodles and written lines. He looked at her, trying to keep his tears.

She swifty covered the distance between them and hugged him tightly.

“Cry, Til, your tears mean your granny was important and we need to honour her memory letting your pain flow from your heart.”

She also let herself drop her burden off and some minutes later, when both of them were wiping away their tears, she told him:

“Do you want to show me what you have written?

He let an embarrassed smile slip away amid his blush and commented, a bit on the defensive, that he didn’t know yet what genre the story was going to be, nor what was he going to write about exactly, how would that all of that have any connection with his granny or even what aspects of her should he pay homage to, so they began speaking about life and death about memories and imagination.

 

Markus went on, exhausted, his back started aching some minutes ago and he had started panting some seconds ago.

            “Do you want to take a break?”, Hilda asked, leaning her weight on her staff, not trying to hide her own fatigue. She was ay younger than him but she was also a person accustomed to use spells to organise her desk or tying her shoelaces.

“Yes”, he said while dropping his heavy backpack on the floor, “I’m still trying to understand how a spider woman has been terrorising that village when there’s been no harm or damage done.”

“They’re dangerous”, Hilda said, squinting at him. “You know it very well, mages are dangerous too.”

“Yes, but the war is over, we won and we have most of those monsters confined in camps” Markus reasoned, “it makes no sense…”

“It is our duty to save and purify their souls”, Victor said, his voice made people shiver as much as the voice of any archon even when he was as young as Hilda, ”we must help them, put them away from that degenerate path and make them come closer to the path of the just. Our gods know an infinite compassion.

Markus didn’t miss that the purity of the path of the just was paved with the bodies of all of those whose salvation consisted on, basically, being dead.

 

“During the last year, she wasn’t even herself”, Tilman said, “or…was she…?”, he went on, pensively and bewildered, “but… often she wasn’t her, she didn’t who anybody else was and I wonder whether… did she know who she was?”

“You used a lot of pronouns there, Til, I got lost a bit”, Alma confessed, “I believe she did know who she was and even though she didn’t recognise us in the end, even when she didn’t know what our names were o who we were, she knew we were a safe place, that she could trust us, that she had not forgotten. She was never afraid when we were by her side. Plus, we can remember her for all those years of her stories making us laugh all night long.”

“Maybe this tale could consist of her traveling to a special place, where we all are, when she feels good… But I guess some action would be needed: maybe she could not remember which place was and everything is turned into stone, covered by fog and she has to speak with strange creatures, solving riddles and beating enemies by using her intelligence and wit. Do you think it’s a good idea?”, he wanted to know.

“Any idea is a good one if well developed”, she nodded—. Everybody says teenagers are too confident in whatever we say and, look, I don’t think so, and maybe I’m wrong because it seems that only because I lack experience, I am not allowed to pontificate anything, totally absurd, a lot of categorical statements were said by people who wasn’t even sober, I don’t know, but I do believe any idea is good for a tale provided it’s well developed”, the spider girl answered.

“Oh, yeah? What do you think about evil underwear as a concept?”, Tilman defied her.

“Forget what I’ve just said”

“The only bad point is, to write truly intelligent stuff, no tricks, one must be as intelligent as their characters and that would force me to train my imagination by writing, it’s a vicious circle, Alma.

“Train your imagination?”, she was curious.

“They say you learn better when you’re having fun and creativity makes your intelligence have fun. I’ve read it”, he firmly affirmed.

“Good point.”

 

“Is it here?”, Markus enquired.

The stopped before the overgrown ruins of a lonely tower upon a hill.

“There’s a portal here”, Hilda said, “it totally covers the watchtower and I can activate it.”

Some almost demolished spiral stairs in a very poor condition clang to the present as tight as they could, trying to climb the three stores the tower was divided in.

“Do you believe”, Hilda started to say, “we can cover more ground if each one of us goes to a different floor?”

“And how would the inquisitor defend himself, with his firm moral sense?”

“I took part in Kerala’s war.” Victor pointed out, “War uncovers and takes of that mask we have to wear in society. It frees us.

“Which is interesting because there’s who claim Kerala, far from being a war, was a massacre”, Markus commented.

“Only a good man is able to sacrifice who he is, what he believes in, in order to do what’s right”, the inquisitor answered.

“Justice is nothing else than a tale disguised as moral”, Markus replied in turn.

“That’s why what’s right must be one step ahead justice” Victor resolved.

“I’m concerned about them being able to escape” said the mage hunter, in an attempt to go back to the main topic.

“I would rather have this mission accomplished with zero casualties”, Markus claimed.

“However, you cannot disobey me”, Victor rehearsed the sweet smile of who holds the power and knows he can punish other at his discretion. Hilda and Markus turn towards him. “We will take separate ways: Markus, go to the third floor. Hilda, go to the second, when we have our positions secured, open the portal and send us to the other side.”

Hilda and Markus went to part their ways on the second floor.

“Do you truly believe this doesn’t make sense?”, the mage hunter probed.

“I’ve never been the sharpest knife in the drawer, but as I see it all those monsters were expelled to another plane of existence, they were blamed for breaking the mirror, even when they had no other way to flee, take shelter and seal the way they escaped from. And even when we have exterminated them here or we send them to the camps. And if they are still blamed for this world’s evil, but they’re not an agent of change in it anymore, there’s someone who is guilty but will be never judged. For sure this is not as simplistic as conflating legality with justice, for sure everything that happens is due to many causes I am not able to understand, of which nobody told me.

“You’re a demon hunter, why don’t you just be it? You’re good at it.”, she said, trying not to look haughty, she really thought it was a positive comment. But he didn’t understand it the same way:

“Because then I could believe I’m intelligent while I’m engaged in killing mages, being myself a mage, without wondering what will happen with me when all those other wizards that I have to kill run out.”, he reproached her.

“We are dismantling an oppressive system of power, perhaps you don’t remember Norvell pogroms.”

“Have you ever checked in history books; what kind of people carry out pogroms? You haven’t been in those concentration camps, right?”, he sharply interrogated, “I guess the world is much better now”, he cynically answered as he irritated went upstairs. He lately understood everything less and less and, of course, he didn’t comprehend anybody ready to ally with a power that ultimately would destroy them. But what did he know? He knew he was furious and he knew anger was a love letter to oneself before injustice.

Only a type of human being could punish another creature in order to win the fight of good against evil. Markus wondered where the hell that fight was and where he was within it.

“I’m in position!”, Markus yelled, unsheathed his sword and raised his shield.

“I’m opening the portal!”, Hilda responded.

 

“Fuck”, Markus mumbled, throwing his sword to the ground, silently shaking his head and giving up. The portal closed behind his back. Before him there was only a couple of children, one of them, human.

Alma had unsheathed her twin sword, with an embarrassed but genuine expression of defiance, now, however, she doubted.

Hilda went upstairs, preparing some kind of fire spell.

Nevertheless, the spell vanished between her hands.

“It cannot be!” she exclaimed in frustration after a couple of further attempts. She tried other hexes but there was no magic left within her, and to her incomprehension arrived and with incomprehension, fear.

A wave of tranquillity washed her fear away.

“I’m sorry”, Tilman apologised, while he paid the price for using his power and blood started flowing from the wound that was opening and crossing his right eye, rendering him blind as scar tissue began to cover that tearing just afterwards, “I don’t like entering people’s minds.”

“Will I recover my magic”, Hilda wanted to know, collapsing on the floor and frightened.

“No, I am truly sorry”, Tilman sentenced.

 

“Let’s get out of here, Hilda”, Markus asked, sheathing his sword after picking it up. Steps were heard slowly ascending the stone stairs, Alma hurried to cover up the stair’s opening with her web.

“How many of you are there?”, the spider girl hastily interrogated.

“There’s an inquisitor”, Hilda managed to say with a tiny voice about to break. She felt already broken either way, an important part of who she was, that shaped who she was, her very essence, her purpose, was gone.

“Take care of her”, Alma told Markus.

Tilman activated the portal, which opened again, dividing the tower by half.

“I don’t think Victor will cross the portal back without killing you first”, he clarified, helping Hilda to lean on him to go towards the portal.

“Then we can abandon him here”, Alma concluded, peeking over the battlements. “He probably has the portal on one side, my cobweb on the other, otherwise he will be trapped between two portals. By the way… he hasn’t any fire with him, right?”, she pensively questioned.

As an answer she heard the sound of some sort of glass jar breaking into pieces and immediately afterwards her web started burning.

“Markus, you are well aware of the sentence imposed for treason”, Victor reminded him with a perfectly calmed voice, “but I can still be magnanimous. We must eradicate the monster, pull the human out of it”, he shouted.

Two blades pierced his thorax, Alma had quickly covered the distance separating her from the inquisitor. She extracted her bloodstained swords off him and tried not to look that corpse slamming that stone floor turning red.

“Apparently he knew how to fight against unarmed people”, Markus confirmed casually. “I’m sorry”, he said after thinking for a moment, vaguely gesturing everything around him.

Hilda and Markus traversed the portal.

On both sides of it only wounded survivors were left.

“They should start living a bit”, Tilman pointed out. “That would let us live”.

“It must be terrible overcoming adolescence and still think there are people who are born in the wrong species or the wrong way, and they must be punished for that. A bad point about that reasoning is that, of course, if you thoroughly search, there’s always someone who is different enough from you and who can be hanged from a tree at the same time.”

 


 

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