Quien bien te quiere, te hará llorar:
El juez se sentó a la mesa, su comida estaba caliente y su mujer, de pie a su lado, lo miraba. Parecía estar debatiéndose en su interior, sopesando si debía o no volver a insistir en el tema o si ya en aquellos momentos era inútil.
–Sabe su señoría que me causa dolor cuando intentamos concebir –se aventuró ella, llena de dudas.
–No son más que minúsculas heridas, Teófila. Y ya sabes que Dios, nuestro señor, en el Génesis dejó por escrito a través de los profetas “creced y multiplicaos” –añadió muy serio–. Como mi esposa, te debes a esta nuestra tarea conyugal –decía mientras golpeaba insistentemente la superficie de la mesa con el dedo índice.
–Su señoría me desprecia, ¿qué puedo hacer para que ponga vuestra merced mi sufrimiento en la balanza de su moral?
–Sólo hay una balanza, y ésta es la de nuestro Señor todopoderoso –señaló él, con gesto adusto.
Teófila intentó no llorar, eran demasiadas noches acumuladas, ya se había prolongado la situación durante casi dos años.
–Es un tormento –replicó ella, ahogando un sollozo resignado.
–No, es mi derecho –zanjó él. No obstante y reparando inevitablemente en su pesar, intentó explicarse–. Hay una diferencia entre la ley de los hombres y la ley de Dios: los humanos somos falibles y podemos fácilmente caer en el error al considerar lo que es o no pecado o injusticia. Otros pueblos tienen o tuvieron leyes, como los griegos y los romanos, algunas de ellas abominaciones a los ojos de Dios. Nuestra ley no es sino un reflejo de la ley divina. Tu ignorancia es propia de tu sexo –Se calmó levemente y, en un tono más comprensivo, añadió–. Ten cuidado con lo que de tus palabras se entiende, mujer, que quien mal pensara podría decir que tratas de acusarme del delito de violación, lo cual es imposible bajo el sagrado sacramento del matrimonio –el juez se sonrió ante tal absurda idea.
La luz del sol iluminaba aquella calle adoquinada y sinuosa.
Candelaria descansaba a la sombra, apoyada en la pared mientras un muchacho tocaba una guitarra desafinada en la desembocadura de la calle a la plaza, sentado en la escalinata de la iglesia.
–Cazadora de monstruos bien pudiera ser un título apropiado para ti –propuso Lilim, aquella demonio invisible a ojos de los hombres, resonando dentro de la cabeza de Candelaria.
–Mmmm… podría discutir esa elección, aunque me seguirán llamando hidalga, creo yo –deliberó, mientras se ponía en marcha–. Mas un plan requerimos, Lilim, para que al desenlace de esta aventura siga quedando mi cabeza bien puesta sobre estos hombros.
–No nos gustaría que tu precioso cuerpo sufriera ningún daño, cada vello erizado cuando tu latido se enciende vale una vida mortal –susurró Lilim, sedienta, ansiando la carne de la humana–. He aquí mi propuesta: dado que al señor juez una potestad angelical le guarda, le tenderemos una trampa: abriré tu mente, escondiendo las partes de ella que bien nos interesan, y ocultándome yo –Candelaria caminaba, se detenía junto a una puerta y tomaba aire–. Todo ocurrirá rápidamente. ¿Preparada?
–Preparada –Candelaria dio unos toques con un ritmo acordado a la puerta y Teófila abrió, su rostro compungido y lleno de preocupación narraba su historia, mientras recibía a la hidalga.
–¡¿Qué desfachatez es ésta?! –vociferó el juez–. ¡¿Viene a sentenciarme quien tiene en su haber la misma hazaña de la que a mí me acusa como si fuese delito?!
Una criatura emergió del juez, opacándolo todo con su luz divina.
–¡HE AQUÍ TU VEREDICTO, CONDENA Y TORMENTO! –dijo el ángel.
Las potestades eran sencillas, se decía Lilim, siempre iban directas a la mente. Esperaba que Candelaria estuviera aguantando la primera embestida de irrealidad, a partir de ahí, todo sería llevadero.
Candelaria había dejado su cuerpo, rígido y temblando ante aquel ángel, en aquella casa de piedra, mientras su mente vagaba y se encontraba en alguna otra realidad.
Espejos y ojos se cruzaban infinitamente, su reflejo la contemplaba intentando liberarse de las cadenas del infinito que, como eslabones, replicaban cada una de sus acciones de forma asíncrona, tal vez un milisegundo más tarde, creando un abanico fuera de compás hecho de sí misma.
Miró a su alrededor y entonces en uno de los planos espejados la vio a ella: con quien había compartido sudor y cuerpo.
Vio cómo ella no quería.
Y se vio a sí misma forzándola con palabras y amenazas pasando por encima del dolor.
Y sintió una punzada en el corazón, atravesando la imagen de quien fue en el pasado, recordando la persona que era cuando no se atrevía a mirarse a los ojos.
–Para cambiar nuestro comportamiento, tenemos que cambiar nuestra personalidad, y para cambiar nuestra personalidad, tenemos que cambiar el mundo –dijo una voz, la voz de quien fue su víctima.
Candelaria se dio la vuelta y la vio en otro espejo, con una inmensa sonrisa desde el otro lado.
–Madame –La hidalga hizo una reverencia.
–¿Qué tal está Lilim? –preguntó aquella dama al notar que la demonio no se encontraba en aquellos lares –¿Y… dónde estamos? –quiso saber, interesada.
–Lo desconozco –admitió la hidalga–, posiblemente en el lugar en el que el recuerdo y la imaginación sueñan.
–Muy pintoresco.
–Creo… –comenzó la hidalga–, creo que he de pedirte disculpas una vez más.
–No es necesario cuando ya está todo hablado –le aseguró Madame.
–Insisto –respondió Candelaria.
–Si así lo deseas, entonces no serás la única, pues ahora entiendo que yo misma era el desdén de los cobardes y el delirio del salvador. Había tanto que enderezar, de insultos y castigos preñados de silencio, de dudas empleadas como arma, de lecciones dadas por quien no sabe nada, de buscar valor en el juicio ajeno, escupir el odio por no tener más que miedo y aprender de a poco a ser una nada afilada e hiriente.
–Mas nada tiene eso comparación alguna con forzar a otra creatura, las zurras, las burlas, los engaños y humillaciones, o cuando te hacía confesar apetencias inexistentes so pena de un par de golpes, que si Zutana y Mengano te cortejaban… ocultando los celos que me consumían tras las razones que nos hacen juzgar a las personas.
–No es necesario que nos arrodillemos mil y una veces por lo mismo. Pensábamos que el buen entender estaba escrito en los libros de los sabios o se encontraba en el espejismo de los justos, y no en el latido de la bondad.
–Fue difícil mirarme a los ojos. Fue difícil tener esa conversación –dijo la hidalga.
–Sin duda, pero como el tiempo posiblemente apremia –le recordó Madame–, ¿qué menesteres nos ocupan?
–Un poderoso juez fuerza a su esposa, que en este punto y ya harta de suplicar por migajas de respeto, anhela paz. ¿Das con alguna estrategia, Madame?
–No exactamente –se detuvo a pensar unos segundos–. Un hombre no puede cambiar si no hay razones para ello, y quien tiene la justicia no está en el error. Mas tengo una propuesta que espero que Lilim pueda llevar a cabo… ¿Le gusta la justicia reparadora en lugar de la retributiva?
–En absoluto, mas le gusto yo –declaró Candelaria.
–Lilim es sin duda tu libertad… Y seguro que la ironía le hace gracia –añadió Madame mientras caminaba entre espejos–. Lo que vamos a hacer tiene una pizca de crueldad, a falta de un plan más amable para con nuestro juez, pero tal vez sea una segunda oportunidad. Tengamos fe.
–La fe salva –dijo la hidalga.
Candelaria, volviendo de aquel trance, enseguida se llevó a Teófila a otra habitación.
Lilim, cubierta de la sangre de aquella potestad celestial destruida, se sonrió al saber del plan.
Y se apareció ante el juez, dando una vuelta lenta alrededor de él, midiéndole con la mirada mientras las membranas de sus alas dejaban pasar algo de los rayos de sol que hacían danzar a las motas de polvo.
De repente aquel cuartucho parecía pequeño y los lujos y ornamentos, poco más que el fondo de una naturaleza muerta sobre lienzo.
–Señoría, entiendo que usted no piensa que una violación se pueda producir en el seno del matrimonio, ¿he sido bien informada? –al verla el hombre se echó a temblar y no pudo más que quedarse en el sitio, sin que su cuerpo reaccionara más allá del estremecimiento.
–No… no soy un monstruo –se defendió él, aterrado, murmurando y abrazándose a algún libro de leyes.
–Oh, por supuesto que no, en eso estamos de acuerdo –convino Lilim–. Para usted la justicia está en quién hace qué, y no en qué se hace, un pensamiento propio de quien es tan débil que necesita una jerarquía y una correa –Lilim se lamió la sangre del brazo–. ¿Sabe?, tengo una teoría: si queremos saber cómo es una persona, hay que examinar cómo actúa dicha persona en su momento de mayor poder sobre otra a la que no entienda como a un igual.
El juez quiso decir algo, pero estaba tan atemorizado que no se atrevió.
–Su señoría no es un monstruo, sólo es un hombre con poder. Y piensa que la justicia puede pasar por encima de las vidas de los hombres. Y hay que ver a qué tonterías le dedican algunos su tiempo –dijo la demonio, algo hastiada–. Hay gente que, mire a donde mire, sólo ve dogma en las ideas. No obstante, señoría, tengo un regalo para vuestra merced –sonrió Lilim.
–Ya puedes pasar –susurró Lilim divertida, sólo visible a Candelaria–. ¡Ta-dá!
La hidalga abrió la puerta y entró en la habitación contigua con Teófila y vieron ambas a otra mujer, vestida como el juez y extrañamente parecida a él, sólo que en una versión femenina.
–¿Paco? –se aventuró Teófila, insegura y perpleja.
–He visto un demonio –murmulló el juez–, ¡me ha convertido en mujer!
–Creo que voy a tener que pedirte que te vayas de esta casa, que ya no es tuya. No puedes seguir forzándome más –él comenzó a sollozar–. Te daré dinero y me encargaré de que tengas un trabajo para vivir, mas debes irte y no verme nunca más.
–Pero yo te quiero –imploró él.
–Lo sé –y Teófila lo sabía, lamentándose con cada fibra de su ser–. Pero me quieres mal.
–¿Qué te gusta de Madame? –quiso saber Lilim, mientras dejaban atrás aquella casa y aquella tarde al atardecer–. ¿Su anatomía?
–Es llamativa –asintió la hidalga–, pero hay muchas otras cosas que me gustan de ella.
–No la entiendo, Candela. Si alguien te fuerza, destrúyelo.
–Ella me perdonó, ¿es eso lo que no entiendes de ella?
–¿No teme que la engañen?
–Sí, seguramente sí.
–Las personas no cambian.
–¿Qué ves en mi corazón Lilim? ¿Qué crees que ve ella? A veces, sólo a veces, la gente cambia, aunque tenga que cambiar también el mundo entero.
Quien bien te quiere, te hará llorar © 2025 by Marta Roussel Perla is licensed under CC BY-NC-ND 4.0